“El” clásico argentino: Alberdi se toma una siesta tucumana…

30 Jun

 

BASES

y puntos de partida para la organización política de la República Argentina

JUAN BAUTISTA ALBERDI

 

5º reedición.  Textos revisados y con una advertencia por Francisco Cruz

“LA CULTURA POPULAR”; Buenos Aires; 1933

 

 

¡SALIÓ LA CONSTITUCIÓN ARGENTINA!

¡SALIÓ LA CONSTITUCIÓN ARGENTINA!

                               

 

                                  Fragmentos de una Introducción, II

 

Todo el derecho constitucional de la América antes española es incompleto y vicioso, en cuanto a los medios que deben llevarla a sus grandes destinos.  Voy a señalar esos vicios y causa disculpable, con el objeto de que mi país se abstenga de incurrir en el mal ejemplo general.  Alguna ventaja ha de sacar de ser el último que viene a constituírse.  Ninguna de las constituciones de Sud América merece ser tomada por modelo de imitación, por los motivos que paso a ocuparme.  Dos períodos esencialmente diferentes comprende la historia constitucional de nuestra América del Sud: uno que principia en 1810 y concluye con la guerra de la Independencia contra España, y otro que data de esta época y acaba en nuestros días.  Todas las constituciones del último período son reminiscencias, tradición, reforma muchas veces textual de las constituciones dadas en el período anterior.  Esas reformas se han hecho con miras interiores: unas veces de robustecer el poder en provecho del orden; otras de debilitarlo en beneficio de la libertad; algunas veces de centralizar la forma de su ejercicio, otras en localizarlo: pero nunca con la mira de suprimir en el derecho constitucional de la primera época lo que tenía de contrario al engrandecimiento y progreso de los nuevos Estados, ni de consagrar los medios conducentes al logro de este gran fin de la revolución americana.

 

¿Cuáles son, en qué consisten los obstáculos contenidos en el primer derecho constitucional?. Voy a indicarlos: Todas las constituciones dadas en Sud América durante la guerra de la Independencia, fueron expresión completa dela necesidad dominante de ese tiempo.  Esa necesidad consistía en acabar con el poder político que Europa había ejercido en este continente, empezando por la conquista y siguiendo por el coloniaje; y como medio de garantizar su completa extinción, se iba hasta arrebatarle cualquier clase de ascendiente en estos países.  La independencia y la libertad exterior eran los vitales intereses que preocupaban a los legisladores de ese tiempo.  Tenían razón: comprendían su época y sabían servirla.  Se hacía consistir y se definía todo el mal de América en su dependencia de un gobierno conquistador perteneciente a Europa; se miraba por consiguiente todo el remedio del mal en el alejamiento del influjo de Europa.  Mientras combatíamos, contra España, disputándole la soberanía democrática de este continente, nuestros legisladores no veían nada más arriba de la necesidad de proclamar y asegurar nuestra independencia, y de sustentar los principios de igualdad y libertad como bases del gobierno anterior, en lugar del sistema monárquico que había regido antes en América y subsistía todavía en Europa.  Europa nos era antipática por su dominación y por su monarquismo.  En ese período, en que la democracia y la independencia eran todo el propósito constitucional; la riqueza, el progreso material, el comercio, la población, la industria, en fin, todos los intereses económicos, eran cosas accesorias, beneficios secundarios, intereses de segundo orden, mal conocidos ymal estudiados, y peor entendidos por supuesto, no dejaban de figurar escritos en nuestras constituciones, pero que sólo era en clase de pormenores y detalles destinados a hermosear el conjunto.  Bajo ese espíritu de reserva, de prevención y de temor hacia Europa, y de olvido y abandono de los intereses económicos, diéronse las constituciones contemporáneas de San Martín, de Bolívar y O’ Higgins, sus inspiradores ilustres, repetidas más tarde casi textualmente y sin  bastante criterio por las constituciones ulteriores, que aún subsisten.  Contribuía a colocarnos en ese camino el ejemplo de las dos grandes revoluciones, que servían de modelo a la nuestra; la revolución francesa de 1789, y la revolución de los Estados Unidos contra Inglaterra.  Indicaré el modo de su influjo para prevenir la imitación erónea de esos grandes modelos, a que todavía nos inclinamos los americanos del Sud.  En su redacción nuestras constituciones imitaban las constituciones de la República Francesa y de la República de Norte América.  Veamos el resultado que esto producía en nuestros intereses económicos, es decir, en las cuestiones de comercio, de industria, de navegación, de inmigración, de que depende todo el porvenir de la América del Sud.  El ejemplo de la revolución francesa nos comunicaba su nulidad reconocida en materias económicas.  Sabido es que la revolución francesa, que sirvió a todas las libertades, desconoció y persiguió la libertad de comercio.  La convención hizo de las aduanas un arma de guerra, dirigida especialmente contra Inglaterra, esterilizando de ese modo la excelente medida de la supresión de las aduanas provinciales, decretada por la Asamblea nacional.  Napoleón acabó de echar a Francia en esa vía por el bloqueo continental, que se convirtió en base del regimen industrial y comercial de Francia y Europa durante la vida del Imperio.  Por resultado de este sistema, la industria europea se acostumbró a vivir de protección, de tarifas y prohibiciones.

 

Los Estados Unidos no eran de mejor ejemplo para nosotros en política exterior y en materias económicas, aunque parezca extraño.  Una de las grandes miras constitucionales de la Unión del Norte era de defensa del país contra los extranjeros, que allí rodeaban al Norte y Sur de la República naciente, poseyendo en América más territorio que el suyo, y profesando el principio monárquico como sistema de gobierno.  España, Inglaterra, Francia, Rusia y casi todas las naciones europeas tenían vastos territorios alrededor de la Confederación naciente.  Era tan justo, pues, que tratase de garantirse contra el regreso practicable de los extranjeros a quienes venció sin arrojar de América, como hoy sería inmotivado ese temor por parte de los Estados de Sud América que ningún gobierno europeo tienen en su inmediación.  Desemmbración de un Estado marítimo y fabril, los Estados Unidos tenían la aptitud y los medios de ser una y otra cosa, y les convenía la adopción de una política dstinada a proteger su industria y su marina contra la concurrencia exterior, por medio de exclusiones y tarifas.  Pero nosotros no tenemos fábricas, ni marina, en cuyo obsequio debamos restringir con prohibiciones y reglamentos la industria y la marina extranjera, que nos busan por el vehículo del comercio.  Por otra parte, cuando Waghingrton y Jefferson aconsejaban a los Estados Unidos una política exterior de abstención y de reserva para con los poderes políticos de Europa, era cuando daba principio la revolución francesa y la terrible conmoción de toda Europa, a fines del último siglo, en cuyo sentido esos hombres célebres daban un excelente consejo a su país, apartándole de ligas políticas con países que ardían en el fuego de una lucha sin relación con los intereses americanos….

 

 

 

 

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