Páginas amarillas by Princess!: el Dr. Guevara Lynch y sus amigos… a la deriva

11 Ago

 

 

El socialismo y el hombre en Cuba

 

Consejos al combatiente

 

Pasajes de la guerra revolucionaria

 

 

 

Edición algo “clandestina”, ca. 1968/9, posterior a la muerte del Che Editorial Síntesis, sin fecha. Publicación argentina sin más anotaciones ni indicaciones críticas acerca del material publicado; prologado por su autor, Ernesto Guevara

 

 

En el Congo: la guerra se aprende

En el Congo: la guerra se aprende

 

 

A LA DERIVA

 

Al día siguiente de la sorpresa de Alegría del Pío , caminábamos en medio de montes en que se alternaba la tierra roja con el “diente de perro”, oyendo descargas aisladas en todas direcciones y sin atinar ningún rumbo específico.  Chao, que era veteranos de la guerra española, opinó que esa forma de caminar nos conduciría inevitablemente a caer en alguna emboscada enemiga y propuso buscar algún lugar adecuado para esperar la noche y caminar entonces.  Estábamos prácticamente sin agua, con la única lata de leche que teníamos había ocurrido el percance de que Benítez, encargado de su custodia, la había cargado en el bolsillo de su uniforme al revés, vale decir, con los huequitos hechos para absorerla hacia abajo, de tal manera que, al ir a tomar nuestra ración consistente en un tubo vacío de vitaminas que llenábamos con leche condensada y un trago de agua vimos con dolor que todo estaba en el bolsillo y en el uniforme de Benítez.  Logramos establecernos en una especie de cuenca que ofrecía visión amplia a un lado, pero tenía el defecto que no se podía prever el avence enemigo por el otro.  Sin embargo, nosotros pensábamos más en que no nos vieran que en defendernos y resolvimos mantenernos allí durante el día aunque con el compromiso expresamente tomado por los cinco de luchar hasta la muerte.  Quienes hiciéramos ese pacto nos llamamos : Ramiro Valdés, Juan Almeida, Chao, Benítez y el que ésto relata.  Todos sobrevivimos la terrible experiencia de la derrota y la lucha posterior.

 

 Por la noche salimos a caminar.  Establecí cual era la estrella polar, según mis conocimientos en la materia, y durante un par de días fuimos caminando guiándonos por ella para ir hacia el este y llegar a la Sierra Maestra. (Mucho tiempo después me enteraría que la estrella que nos permitió guiarnos hacia el este no era la polar, y que, simplemente por casualidad, habíamos ido llevando aproximadamente este rumbo, hasta amanecer en unos acantilados muy cerca de la costa).  El mar se veía abajo; nos separaba de él un farallón cortado a pico de unos cincuenta metros de altura y la tentadora imagen de una fosa de agua, al parecer dulce, sobresalía abajo.  Nuestro tormento era la sed; esa noche había aparecido una multitud de cangrejos e impulsados por el hambre matamos algunos, pero como no podíamos  hacer fuego, sorbimos crudas sus partes gelatinosas lo que nos provocó una sed angustiosa.  Después de mucho buscar encontramos un paso practicable donde bajar en busca del agua, pero, en los trajines de ida y venida, la fosa observada desde lo alto se nos perdió y solamente pudimos mitigar la sed gracias a las pequeñas cantidades de agua restantes de lluvias anteriores que quedaban en los huecos del “Diente de Perro”; allí buscábamos y la extraíamos mediante algunas gotas de líquido cada uno.  Íbamos caminando con desgano, sin rumbo fijo; de vez en cuando un avión que pasaba por el mar.  Caminar entre los arrecifes era muy fatigoso y algunos proponían ir pegados a los acantilados de la costa, pero había allí un inconveniente grave; nos podían ver; en definitiva nos quedamos tirados a la sombra de algunos arbustos esperando que bajara el sol.  Al anochecer encontramos una playita y nos bañamos.  Hice un intento de repetir algo que había leído en algunas publicaciones semi-científicas o en alguna novela en que se explicaba que el agua mezclada con un tercio de agua de mar da un  agua potable muy buena y aumenta la cantidad de líquido; hicimos así con lo que quedaba de una cantimplora y el resultado fue lamentable; un brebajo salobre que me valió la crítica de todos los compañeros.  Algo refrescados por el baño seguimos caminando.  Era de noche y creo recordar que había una luna bastante buena.  Almeida y yo, que íbamos a la cabeza, observamos de pronto, en una de esas pequeñas chozas que los pescadores hacen a la orilla del mar para resguardarse de la intemperie, una sombra de gente durmiendo.  Creímos que eran soldados, pero estábamos ya demasiado cerca para retroceder y avanzamos rápidamente; Almeida fue a intimar la rendición de los dormidos cuando nos encontramos con una sorpresa agradable: eran tres expedicionarios del “Granma”, Camilo Cienfuegos, Pancho González y Pablo Hurtado. Enseguida iniciamos un intercambio de opiniones, de experiencias, de noticias de los poco que sabía cada uno de los otros o cada uno del combate.  Mientras el grupo de Camilo nos obsequiaba con unos pedazos de caña que habían arrancado antes de huir y que sirvió para engañar al estómago con algo dulce y jugoso , ellos masticaban desaprensivamente los cangrejos.  Habían encontrdo la forma de mitigar la sed absorbiendo directamente el agua de los hoyitos de algún tubito o palo hueco.  Seguimos nuestro camino todos juntos.  Ocho era ahora el número de combatientes del ejército del “Granma”, y no teníamos noticias de que hubiera más supervivientes.  Pensábamos,  con lógica, que debía haber más grupos como el nuestro, pero no teníamos siquiera idea de dónde estábamos, todo lo que sabíamos era que caminando con el mar a nuestra derecha íbamos hacia el este, es decir, a la Sierra Maestra, el lugar donde teníamos que refugiarnos.

 

No se nos escapaba el hecho de que los acantilados a pico y el mar cerraban completamente nuestras posibilidades de fuga, en caso de toparnos con una tropa enemiga.  No recuerdo ahora si fue uno o dos días que caminamos por la costa, solo se que comimos algunos pequeños frutos de tuna que crecían en las orillas, uno o dos por cabeza, lo que no engañaba el hambre, y que la sed era atenazante, pues las contadas gotas de agua debía racionarse al máximo.  Una madrugada, ya sumamente cansados, llegamos a la orilla del mar y quedamos dormitando hasta que se viera por dónde pasar porque parecía que de pronto los acantilados hubieran caído a pico. Apenas amaneció iniciamos una exporación y aparecio ante nuestros ojos una casa grande de guano con apariencia dde pertenecer a algún campesino de posición acomodada.  Mi opinión inmediata fue la de no acercarnos a una casa de ese tipo, pues presumiblemente serían nuestros enemigos o tal vez el ejército la ocupara.  Benítez, opinó todo lo contrario y al final avanzamos los dos hacia la casa.  Yo me quedaba afuera mientras él cruzaba una cerca de alambre de púas (nos acompañaba alguien más que no recuerdo),  De pronto percibí claramente en la penunbra la imagen de un hombre uniformado con una carabina M-1, en la mano; pensé que habían llegado nuestros últimos minutos, al menos los de Benítez a quien ya no podía avisar porque estaba más cerca del hombre que de mi posición.  Benítez llegó casi al lado del soldado y se volvió por donde había venido, diciéndome con toda ingenuidad quél volvía porque había visto “un señor con una escopeta” y no le pareció prudente preguntarle nada.  Realmente, Benítez y todos nosotros nacimos de nuevo, pero allí no paró nuestra odisea.  Después de dar un rodeo prudencial, tratamos de ir trepando por el acantilado mucho más abajo aquí, pues llegábamos a la zona denominada “Ojo de buey”, donde un pequeño río car al mar y por lo tanto lo perfora en ese lugar.  El día nos sorprendió antes de lograr traspasar la loma y solamente tinamos a llegar a una cueva desde la cual se observaba perfectamente todo el panorama; éste era de absoluta tranquilidad; una embarcación de la marina desembarcaba hombres, mientras otros embarcaban, al parecer en una operación de relevo.  Pudimos contar cerca de treinta y después supimos que eran los hombres de Laurent, el temido asesino de la Marina de Guerra, que después de haber cumplido su macabra misión de asesinar a un grupo de compañeros, estaba relevando a sus hombres…

 

 

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