el fin de “un” o “del” mundo: Pablo, Ambrosio, Agustín

21 Ago

 

 

HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS

 

Marcel Prelot

 

 Versión castellana y supervisión por Manuel Osorio Florit. 

Editorial La Ley; Buenos Aires, 1971

 CAPÍTULO IX

Los Apóstoles y los Padres

SECCIÓN I: De San Pablo a  San Ambrosio

 

♣ La doctrina pauliana

Durante los primeros años de la predicación evangélica, todavía no se había recalcado la noción de humanidad –término que, como se sabe, será pronto aceptado por los escritores cristianos- ni de la dualidad de los poderes. En el seno del Imperio Romano, los cristianos de los orígenes forman incontestablemente una sociedad.  Desde el comienzo existen Iglesias, es decir, asambleas o ecclesiai sobre las cuales se reconoce rápidamente la supremacía de Roma y que se comunican entre sí.  Pero por el momento son otras tantas sociedades ocultas, otras tantas células clandestinas, que carecen de toda organización en el plano jurídico.  También espiritualmente esta Iglesia se halla separada del siglo y vive con extremado fervor, frecuentemente en espera de un cercano fin del mundo. En consecuencia, el primer punto de la enseñanza, evangélica, el “Dad al César” adquiere toda su importancia.  Se recalca la obediencia al poder establecido.  Como ha escrito Balmes, los cristianos de la época necesitan, en cierto modo, rivalizar en lealtad, porque es muy importante para ellos que el Imperio Romano, ya en decadencia y con señales de decrepitud, no se derrumbe.  A pesar de las persecuciones, aparece como la envoltura protectora necesaria, en cuyo interior el cristianismo incipiente puede desarrollarse.  Sobre todo, la primacía del deber de obediencia al César es el resultado del deseo de los cristianos, y más todavía de sus jefes, de responder con la doctrina y con los hechos a las calumnias de los paganos, que ven en ellos una secta de revolucionarios.  Para que pueda producirse la revolución religiosa del cristianismo, no es necesario que se deslice hacia la revolución social o política.  Otra razón más es que han aparecido muy rápidamente las “herejías”.  Una de ellas, el agnóstica, se considera especialmente peligrosa: según ella, la libertad total ha sido dada por Cristo a los hijos de Dios.  En estas condiciones, es bastante lógico que hasta el momento en que en el año 313 el Edicto de Constantino traiga el final de las persecuciones y la tolerancia al culto cristiano, los apóstoles primero y los escritores cristianos, después, pongan especialmente de relieve el deber de sumisión a las órdenes del soberano.  San Pedro, el primer Papa, escribe a los fieles de su jurisdicción: “Sed sumisos a toda institución humana para bien del Señor, ya sea al rey por ser quien posee la suprema autoridad, ya a los gobernantes, por ser en quienes Él la ha delegado.”  Esta enseñanza se repite con acrecentada precisión en San Pablo, en su Epístola a los Romanos (XIII; 1, 2 y 5): “Que todas las almas se sometan a los soberanos, porque no hay poder que no venga de Dios”.  Es esta la famosa fórmula que se repetirá después constantemente y que es la base de la enseñanza cristiana en la materia…”no hay poder que no venga de Dios”, aclaramos que “poder” en sentido objetivo, quien circunstanciada y subjetivamente lo ejerza, carece de importancia en cuanto a la necesaria e imprescindible función que ese poder cumple. Lo divino es la institución del poder, lo librado a las querellas de los hombres es su titular. Igualmente los cristianos deben “someterse no sólo por temor sino por escrúpulo de conciencia”.  La obediencia al príncipe no es simplemente una actitud externa sino también una manifestación del espíritu. San Pablo confirma esta doctrina general en las instrucciones pastorales dadas a sus discípulos.  A Tito le escribe: “Recuerda a los fieles, hijo mío, el deber de sumisión al príncipe, y a las autoridades el deber de obedecerle”.  A Timoteo le dice: “Ante todo, exhorto a rogar, a suplicar la concesión de la gracia para los reyes, para todos aquellos que están constituídos en dignidad”.  Al Apóstol le parece así esencial en su ministerio, recordar por una parte a los fieles el deber de obediencia y por otra parte hacerles rogar por quienes ejercen el mando en la Ciudad.  Se llega por este modo a establecer una concepción pauliana de la autoridad política.  La palabra “Ministerio” no está tomada en el sentido actual del derecho público, sino en el sentido teológico de ministerium, ejecución.  La autoridad del Príncipe se impone porque es el instrumento de Dios.  El príncipe es el ejecutor, quiéralo o no, de las intenciones de la providencia, inspiradora de sus actos.  Está creado para promover el bien y reprimir el mal. Llena una necesidad divina que incluso ignora.  La situación es entonces de una destacada simplicidad: la Iglesia constituye una formación casi exclusivamente espiritual, aún cuando preste a sus fieles algunos servicios de orden práctico, especialmente de asistencia a los pobres. Pero la Iglesia es clandestina y, por otra parte, el poder público es completamente extraño a la religión, sin que entre ambos exista ningún punto de contacto.  Los deberes de los cristianos frente al Estado romano descansan exclusivamente en el derecho natural.  Sólo porque los emperadores y sus delegados llenan de manera natural su ministerio para el bien, le hacen objeto de una obediencia deferente y, asimismo, de sus rezos al Dios de los cristianos.

 

 

Pablo, tal como Rubens lo imaginó en 1611

Pablo, tal como Rubens lo imaginó en 1611

 

 

♣La oración para el Emperador

 La doctrina de San Pablo se encuentra en todos aquellos que después de él han escrito y hablado sobre estas cuestiones.  San Ireneo, que irá a Lyon y sufrirá en el año 177 la persecución de Marco Aurelio, en su obra contra los herejes cita y comenta a San Pablo.  Lo mismo que el Apóstol, afirma que el poder ha sido establecido por Dios y no por el diablo, porque el poder está hecho para el bien.  Poco más o menos en la misma época, Tomás de Antíoco, obispo en el 169, precisa muy bien la naturaleza de la autoridad de los príncipes. Hace una distinción entre el culto y el honor:  “No puede rendirse culto a César porque César no es Dios”, pero… “debe rendirse a César y a quienes lo representan, legítimos honores, porque si bien César no es Dios, es el hombre establecido por Dios”.  Estas fórmulas, llenas de sentido, señalan perfectamente los límites fundamentales.  Los legítimos honores consistirán en el amor, en la obediencia y en la oración.  El mismo autor buscará a este respecto una confirmación en la Biblia y recordará el proverbio: “Honra, hijo mío, a Dios y al rey y no les seas rebelde porque él se venga enseguida de sus enemigos”.  Atenágoras (hacia 179), que se esfuerza en combatir las ideas de los paganos referentes a los cristianos, estima que éstos son calumniados cuando se los presenta como malos ciudadanos, siendo, por el contrario, los mejores súbditos.  Hay que orar por el Imperio, hay que orar incluso por su acrecentamiento, porque el mantenimiento de su reino es una condición para la tranquilidad de los cristianos y para su posibilidad de dedicarse al cuidado de sus almas y a las demás tareas espirituales.  En todo caso, la oposición que eventualmente pueden ejercer los cristianos no implica una resistencia violenta sino pasiva y limita la misma estrictamente a las prescripciones que pudiesen menoscabar el culto al verdadero Dios. Los cristianos no pueden rezar al Emperador, pero pueden rezar por él y por los poderes establecidos, tal como lo expresa la oración de Tertuliano: “Invocamos al Dios eterno para la salvación de los emperadores, rogamos siempre para que tengan una larga vida, un reinado tranquilo, un hogar seguro, ejércitos valerosos, un Senado fiel, un pueblo honesto”; (160 d.C). “Incluso el príncipe hostil debe ser objeto de una oración a su favor” dice Tertuliano.  El cristiano, al beneficiarse con la tranquilidad del orden civil que permite su elevación espiritual, debe, en consecuencia, orar por el mantenimiento de ese orden. Por otra parte, el emperador también es un hombre nacido de Dios. El mismo Tertuliano dice que el emperador lo es más de los cristianos que de ningún otro… porque “ha sido establecido por nuestro Dios”. Es superior a cualquiera e inferior al sólo Dios verdadero. Él, como tantos otros cristianos, cree que el fin del Imperio de Roma acarrea el fin del mundo.  En tales condiciones es necesario rogar por el emperador, porque de la prosecución de los destinos de Roma depende, al mismo tiempo, la supervivencia de la humanidad. El Estado, que es entonces el estado pagano, permanece exclusivamente en ese plano y los cristianos no tienen influencia sobre él. Con excepción de la reserva “al César… y a Dios….”, sin duda capital, no se afecta en nada la concepción del Estado antiguo ni se modifica nada de las formas del poder. Los cristianos, al no tener sino un ideal religioso, no buscan un orden político mejor para oponerlo al ya establecido.  No obstante debe señalarse la presencia de una corriente disidente en desacuerdo con la corriente más general proveniente de la antigüedad grecorromana. Generalmente la antigüedad consideraba el poder como un bien en sí mismo, tanto para quienes lo ejercen como para quienes es destinado. Lo vemos en Platón, en Aristóteles: la Ciudad es el resultado de un bien mayor no de un mal humano. La condición cívica no es una consecuencia de la debilidad del hombre individual sino de la búsqueda del ambiente normal para su expansión. Inversamente, los cristianos atribuirán el origen del poder al pecado.  La idea, admitida según parece por ciertos padres de la Iglesia, es que si el hombre fuese virtuoso no habría necesidad de Estado.  San Ireneo compara los hombres a los peces que se devoran entre sí. La organización política existe para evitar esas hazañas de caníbales. Los príncipes son siempre temibles y los individuos deben soportarlos tal cual son.  Si practican el bien, el pueblo lo agradecerá a Dios; de otro modo, verán en sus actos el castigo del Señor.

 

 ♣ El Imperio Cristiano

La situación de la Iglesia primitiva es clara en su simplicidad, porque el Estado y la Iglesia se mueven en dos campos diferentes.  En cambio, el fin de las persecuciones acarrea con las primeras superposiciones constitucionales las primeras dificultades intelectuales. Mientras el Imperio siguió siendo pagano la sociedad cristiana conserva un carácter clandestino, fuera de la cuestión individual del culto que se tributa a Dios, no existen problemas colectivos comunes.  En cambio, desde el momento en que el emperador se hace cristiano, las cosas ocurren de otro modo.  Los titulares del poder se convierten en fieles y en calidad de tales pertenecen a la Iglesia.  Por otra parte, ésta, al salir de las catacumbas, es simplemente tolerada primero y luego directamente reconocida. Forma una colectividad institucionalizada que sobrepasa en importancia a todo lo que podía tener el Imperio de asociaciones organizadas. A partir de ese instante se plantea en su naciente agudeza, lo que de buen grado llamaríamos un problema “interconstitucional”.  En la primera fase vemos la obediencia al poder establecido, llevada al extremo. La segunda implica ya ciertas tentativas en los hombres de Estado de convertir a los hombres de Iglesia en subordinados suyos, y el los hombres de Iglesia , de tomar ventaja sobre los hombres de Estado.  Inmediatamente aparece el temor de que los laicos se inmiscuyan en los asuntos eclesiásticos. Josías de Córdoba escribe al emperador Constantino -primera mitad del sigloIV- con motivo del concilio de Nicea, presionándolo para que no intervenga en el dominio religioso:  “Las cosas de la Iglesia pertenecen a los hombres de la Iglesia.  Si el emperador interviniese faltaría a los preceptos de Dios enunciados en el Evangelio, que quiere que se le reconozca a él, a César, lo que le es debido, pero que le obliga a César… a respetar las cosas de Dios”.

 

San Ambrosio y el nacimiento del sacerdotalismo

San Ambrosio, muerto diez años antes que San Juan Crisóstomo está situado intelectualmente, sin embargo, en una fase del desarrollo del pensamiento cristiano que, a primera vista, rompe con la precedente. Mas no son los principios sino la situación lo que se ha modificado totalmente. Al hacerse cristianos el jefe de Estado o el Estado mismo,han dejado de ser extraños a la Iglesia.  El arzobispo de Milán (333-397) ve en el Emperador a un fiel sometido a su jurisdicción. Ambrosio ha nadido en Tréveris.  Es un antiguo funcionario imperial que después se ha ordenado. Conoce muy bien el derecho público.  Entre él y el emperador se multiplicarán los motivos de fricción.  El primero nace del restablecimiento del altar de la Victoria en la curia del Senado.  Los senadores habían reclamado que la estatua de esa diosa pagana presidiera de nuevo sus tareas, siendo así que los primeros emperadores cristianos la habían hecho desaparecer. Ambrosio interviene: “Se trata -dice- de un asunto religioso; como obispo me asiste el derecho de hacerme escuchar”.  El segundo asunto interesa a la Basílica porciana de Milán, reclamada por los arrianos.  El emperador o sus representantes han dado la razón a los heréticos y Ambrosio protesta. Se le responde que debe callarse porque todo pertenece al emperador. No, contesta Ambrosio, porque una basílica es un bien consagrado a Dios. Al príncipe el cuidado de los palacios, a los sacerdotes y por lo tanto a mí, obispo, el cuidado de las iglesias.  El tercer problema es que los cristianos un poco exaltados han demolido una sinagoga y el emperador, muy justamente para nuestro criterio actual, los invita a reparar el daño.  Mas no es esta la opinión de Ambrosio.  Con ese motivo se privará a la Iglesia de una parte de sus recursos.  En condiciones tales, cuando el emperador Teodosio viene a Milán y ocupa un lugar en la basílica, Ambrosio le niega participación en la ofrenda, a menos que, previamente, revoque las órdenes referentes a la sinagoga de Calínico. El cuarto y último caso: en Tesalónica se han producido algunas refriegas, con matanzas de funcionarios. El emperador ha ordenado unas represalias sangrientas que han degenerado en verdadera matanza.  Cuando el emperador regrese a Milán, Ambrosio se aleja de la ciudad para no encontrarse con él y le prohíbe participar en el culto.  Se obliga al emperador a que haga penitencia públicamente antes de asistir a los oficios y recibir los sacramentos. Ambrosio especifica que reconoce plenamente los derechos del emperador, pero que éste, como cristiano, tiene deberes para con la Iglesia. Y he aquí su fórmula capital, cuyos alcances durarán por siglos: “El emperador está en la Iglesia, y no por encima de la Iglesia.  Así pues, existe una subordinación del emperador frente al poder eclesiástico.  En lo referente a la religión y a la moral, la obediencia amplia y casi incondicional a los poderes políticos, anteriormente reconocida, es sustituída por una obligación de esos mismos poderes de aceptar la autoridad espiritual.  Como cristiano, el emperador se halla sometido a la Iglesia, al Papa y al obispo que la representan, cuando falta a la disciplina religiosa o a la ley moral y esto a causa del pecado. Como pecador, la Iglesia podrá imponerle la contrición, la penitencia y el propósito de enmienda.  Le obligará a rectificar su conducta, no ya por métodos materiales sino simplemente mediante el ejercicio de las sanciones espirituales que pueden imponerse como castigo a todos sus fieles, pero que con relación a un príncipe adquieren un aspecto resonante.

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