el fin de “un” o “del” mundo: Agustín de Hipona

23 Ago

 

HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS

 

Marcel Prélot

 

 Versión castellana y supervisión por Manuel Osorio Florit

Editorial La Ley; Buenos Aires, 1971

 

 

 CAPÍTULO IX

Los Apóstoles y los Padres

SECCIÓN II: La Ciudad de Dios; San Agustín 

 

 

♣ Agustín, retórico y obispo

Ambrosio es el padre espiritual de Agustín quien, en sus Confesiones, ha trazado este célebre retrato de aquél:  “Llegué a casa del obispo Ambrosio, universalmente conocido como  hombre selecto, fiel en rendir homenaje a Dios.  Orador activo, distribuye entre su pueblo la delicada flor del buen trigo candeal, el risueño óleo, el vino que sin emborrachar embriaga.  Sin yo saberlo, Tú me llevaste a él para ser, cono conocimiento de causa, Tuyo por su intermedio”. Nacido en Tagaste, Numidia, Agustín es hijo de Patricio, un pagano, y de Mónica, una cristiana que viuda desde los viente años, habrá de consagrarse por entero a su educación.  Agustín, catecúmeno, no fue bautizado.  Muy pronto abrazará la herejía maniqueísta y llevará una vida disoluta.  Mantiene una larga relación de la que nace un hijo, Adeoadato.  Cursa estudios en letras.  El artista que hay en él está cohibido por la lietratura cristiana y sobre todo por la Biblia, a pesar de lo cual se siente entusiasmado por Cicerón y por Virgilio, a quienes conoce admirablemente.  Será sucesivamente profesor de gramática en Tagaste, profesor de retórica en Cartago y en Roma.  “San Agustín -dice muy bien H.J. Marrou en su preciosa tesis del doctorado en letras, Saint Augustín et la fin de la culture antique; 1938,  es un letrado antiguo, un discípulo de Cicerón, un lejano alumno de Isócrates, es un gramático, un retórico, un erudito de una especie bien definida: la común a todos los retóricos del imperio”.  Su filiación filosófica no es menos determinada: ha porfundizado en todas las filosofías racionalistas de la época helenística y romana, dando, no obstante, particular relieve, en su obra, al elemento platónico.  En Milán, donde ocupa una cátedra oficial, Agustín hace su conversión como consecuencia de la lectura de un texto de San Pablo, que una voz imperiosa le ordena tomar y leer.  Se retira entonces a Cassiacum y en el año 387 recibe el bautismo de manos de Ambrosio. En el 388 regresa a África, pero su madre, que ha sido uno de los agentes decisivos de su conversión, muere en Ostia antes del embarque. En el año 391, Agustín, que vivía bastante retirado, es reconocido en la basílica de Hipona por el pueblo, quien lo reclama como sacerdote y le exige que acepte.  En el 392 es ordenado por el obispo Valerio.  En el 395 se convierte en su coadjutor y lo sucede, en 396, como obispo de Hipona.  A partir de ese momento, su destino se confunde con la historia de la Iglesia de África.  Su ministerio obstaculiza con fercuencia la redacción de su gran obra La Ciudad de Dios.  Comenzada en el 413 no quedará terminada hasta el 426, cuando Agustín cuenta con 72 años.  Agotado por tantas obras en el ejercicio de su ministerio, así como en el campo intelectual (no ha escrito menos de 232 libros u opúsculos), el obispo pide que se le conceda un coadjutor para que se ocupe de los asuntos materiales y le permita a él revisar su obra en lo que le quede de vida.  Con mucho esfuerzo consigue que satisfagan su petición y sobre todo le cuesta un gran trabajo obtener de sus fieles un poco de tranquilidad, pues ellos quieren entenderse siempre con él.  No obstante, todavía escribe, del 427 al 429, sus  Retractaciones, que son un examen y una corrección de lo que él considera errores de la primera redacción de La Ciudad de Dios.  Más en el 429 se produce el funesto acontecimiento, desde mucho antes presentido: la invasión de los vándalos.  África queda abierta a los bárbaros por la complicidad del conde Bonifacio, entonces rival del emperador.  Genserico pone cerco a Hipona y durante el sitio Agustín muere.  Dios escuchó a su servidor, que había pedido ser llamado a Él si no podía salvarse la ciudad episcopal. 

 

 

Iconografía de Agustín: antiguas imagenes de una vida

Iconografía de Agustín: antiguas imagenes de una vida; libro de 1624

 

 

♣ La Ciudad de Dios

Al igual que Ambrosio, su padre en Dios, Agustín se ha ocupado de las relaciones entre la Iglesia y el Imperio.  Se encontraba en Milán en el momento en que el obispo empieza a luchar con la emperatriz Justina, sostén de los arrianos.  Se temía que la madre el rey-niño, Valentiniano, hiciese que sus soldados arrebatasen a Ambrosio, por lo que el pueblo cristiano se mantenía al lado de su obispo, pasando las noches en la Iglesia, dispuesto a morir con él.  “Y mi madre, vuestra servidora –nos dicen las Confesiones-, queriendo ser de las primeras en tener su parte de angustia y de vigilia, vivía tan sólo de oraciones; nosotros mismos, todavía indiferentes al calor de vuestro espíritu, nos sentíamos impresionados ante esa inquietud y esa consternación”.  Semejante tensión ha desaparecido cuando Agustín, hacia el final de su vida, empieza La Ciudad de Dios.  La Iglesia está en paz  con el Estado.  Teodosio ha sellado la alianza del Imperio y la Iglesia, alianza que su hijo Honorio ha estrechado aún más.  Por otra parte, el poder civil se encuentra amenazado y necesita ser reforzado contra la disolución interna y, sobre todo, contra las amenazas venidas del exterior, al haber sido tomada Roma por Alarico y los godos en el 410.  Los paganos hacen responsable del desastre al cristianismo.  De sus filas se elevan quejas seguidas de la acusación de que con la nueva religión han debilitado y arruinado al Estado.  Para combatir sus blasfemias y errores, el celo ardiente de la casa del Señor puso la pluma en manos de Agsutín, según él mismo explica en sus Retractaciones.  Esa refutación abarca los cinco primeros libros de La Ciudad de Dios.  Los cinco siguientes rechazan otra tesis pagana según la cual si el mantenimiento del culto a los ídolos no hubiese podido salvar a Roma de la decadencia, por lo menos habría asegurado la felicidad futura a quienes les hubieran permanecido fieles.  De ese modo, los diez primeros libros son esencialmente apologéticos.  Agustín se esfuerza en convencer a los paganos de que el cristianismo no constituye en absoluto la causa de los males que aquejan el Imperio y su capital.  El resto de la obra es una exposición de las doctrinas cristianas.  Desde el libro XI al libro XIV, Agustín describe el nacimiento de las dos ciudades: la Ciudad de Dios y la Ciudad del mundo.  Los libros XIV a XVIII muestran su desarrollo paralelo.  Los libros XIX a XXII exponen sus objetivos obligados.  La obra, al tratar por igual a ambas ciudades, lógicamente debería haber ostentado ese título, pero el obispo de Hipona ha querido que el mismo fuese suminsitrado por la mejor de las dos.  El libro esta´dedicado por entero a su gloria.  “Cosas gloriosas se dicen de ti, Ciudad de Dios…”.  Como el análisis lo indica, la Ciudad de Dios no es un tratado de política pero se ocupa ampliamente de ella.  Además, no solamente en su gran obra se ha interesado San Agustín por los prorblemas de ese orden.  Con la multiplicidad de sus diversos escritos, esos elementos se hallan diseminados por todas partes…

 

 

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2 comentarios to “el fin de “un” o “del” mundo: Agustín de Hipona”

  1. El Último Barón 23 agosto, 2013 a 00:50 #

    Me gustaron los dos extractos. Una lectura muy entretenida, amena y que deja buen sabor de boca, útil para estos tiempos de “barbarismo social”, inducido de modo artificial.

    Me gusta

Gracias

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