el imperialismo carolingio: una estructura para la comunidad cristiana

23 Sep

HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS

 

Marcel Prélot

 

 Versión castellana y supervisión por Manuel Osorio Florit

Editorial La Ley; Buenos Aires, 1971

 CAPÍTULO X

El agustinismo político

 

 

Capilla Palatina, donde Carlos I, El Grande, fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico

Capilla Palatina, donde Carlos I, El Grande, fue coronado Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por el Papa León III 

 

 

 

El Papa Zacarías (741-752) aprueba formalmente la revolución dinástica llevada a cabo por Pipino el Breve.  Con Esteban II aparece por primera vez el papado más acá de los Alpes.  Pide al rey de los francos la ayuda que el emperador bizantino no puede darle.  Desde entonces, el Santo Imperio está en marcha.  Se realizará bajo Carlomagno, aunque el Papa y el futuro emperador no hayan concebido el proyecto del mismo modo.

 

En torno de Carlomagno, laicos y eclesiásticos ven al rey de los francos, señalado por Dios para dominar la barbarie, convertir a los pueblos paganos y crear entre ellos una comunidad de fe y de ley de la que surgirá un Estado.  Pero no se piensa en darle la corona imperial.  Para Alcuino, el mundo cristiano cuenta con tres personajes providenciales: el emperador de Oriente, el Papa y el rey.  Este es en el fondo más poderoso y más glorioso que los otros dos pero se contenta con el título de “patricio” o de “exarca” , del que se ha servido para contener y luego aplastar a los lombardos y para colocarse como protector de la Iglesia.  Quienes rodean al Papa, aún estimando altamente a Carlomagno, no parecen muy dispuestos a concederle la dignidad imperial.  Consideran suficientes los títulos que acabamos de recordar.  Proceden de la Santa Sede misma, la que los ha conferido, no en virtud de un derecho teocráticos sacado de la Biblia y ya descartado sino de acuerdo a libros históricos.  Se vale para ello de un documento de origen obscuro aparecido hacia el 750: la donatio Constantini.  Según ésta, al retirarse a Bizancio el emperador, habría dado formalmente al Papa todo el Occidente.  Fundada o no sobre un hecho auténtico, la donatio traduce una creencia general en la que el papa Zacarías se apoya desde el 751 para confirmar el advenimiento de los carolingios.  El papa Adriano alude a ella, sin duda, en una carta dirigida a Carlomagno en 778.  Esta divergencia inicial explica, según L. Christiani ( “La République Chrétienne” en Chronique sociale de la France; 1925), la actitud de León III y la de Carlomagno en el momento de su coronación el 25 de diciembre del año 800.  León III, que necesita un protector y lo ha encontrado en Carlomagno, quiere consagrarlo emperador.  Pero es esencial que la iniciativa parta de él.  De ahí que proceda por sorpresa.  Sin preparativos y probablemente sin acuerdo, durante la fiesta de Navidad corona a Carlomagno, a quien hizo poca gracia lo brusco del procedimiento.  Eginhardo,, su biógrafo, nos afirma que si el emperador “hubiese conocido el proyecto del soberano pontífice, no habría entrado en la iglesia ese día, aún siendo, la fiesta principal del año. Más tarde, cuando en 813 Carlomagno asocia al trono a su hijo Louis le Debonnaire él mismo entrega la corona al joven príncipe. 

 

De hecho, el título imperial no concede a Carlomagno ningún nuevo territorio, ningún derecho que no tenga ya, ni siquiera sobre el Estado pontificio, en el cual el Papa tenía intenciones de seguir siendo el soberano temporal.  Pero le confiere grandeza y obligaciones morales.  De esta suerte, Carlomagno es colocado en la cima de la jerarquía de las potestades humanas.  Llega a ser el jefe temporal de la comunidad cristiana, de la que el Papa es jefe espiritual.  No hay en ello una pura restauración del Imperio romano con reconstitución de un Estado, en el sentido antiguo y futuro del término, sino creación de una sociedad político-religiosa de tipo completamente nuevo, cuya concepción arranca directamente del agustinismo político.  Los cultos a láteres de Carlomagno admiraban apasionadamente al ilustre doctor.  Las confusiones  que creaba su mal comprendida tesis de la primacía de lo espiritual, obran aquí en favor del jefe cristiano, quien, por su título romano e imperial, se considera como encargado por igual de los intereses de la Iglesia y del Estado.  Carlomagno es jefe religioso tanto como jefe político.  La alta fundión religiosa ejercida por él absorbe su actividad temporal.  Haciendo del bautismo el vínculo principal de las naciones tan diversas que ha conqistado, realiza temporalmente esta unidad humana, esta “humanidad” redimida antaño como ideal evangélico.  Al preceder la unidad mística, obra de la fe, a la unidad material, obra de la diplomacia y de las armas, la magistratura religiosa absorbe en sus funciones sagradas al poder político.  “Nos encaminamos así hacia la realización del agustinismo político:  el Estado concebido como el reino de la sabiduría y que prepara la Ciudad de Dios… La idea imperial de Carlomagno es, pues, ante todo, una visión religiosa del orden del mundo”  (Robert Folz, L’idée d’Empire en Occident, París, 1953).  Carlomagno, observa acertadamente H.X. Arguilliére, hace posible a Gregorio VII.  “Cada sociedad, cada estado de civilización, sólo dispone de un cierto número de ideas para interpretar los acontecimientos, para cnducirlos, combatirlos o adaptarse a ellos”.  El imperialismo carolingio, desechando definitivamente la noción de Estado, legado de la antigüedad, sustituyéndola por la nueva concepción de una comunidad con base y fines religiosos, abre intelectualmente el camino al sacerdotalismo gregoriano.  Prácticamente lo deja libre cuando él mismo entra en decadencia.  El nuevo sistema político, el feudalismo, fruto de la anarquía política, de la carencia de poderes centrales, de peligros exteriores, provoca una división ilimitada, una partición infinita.  Al quedar el papado como único poder universal, se considera no solamente padre y amo de todas las iglesias sino sustituto de la tambaleante autoridad política.  “Esta deslumbrante superioridad de todos los elementos del poderío desemboca en una dominación de la Iglesia, incluso hasta en el Siglo”  (Gabriel Le Bras, “Institution ecclesiastiques de la chrétienté médièval”, París, 1964).

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