ahora, el poder supremo es ejercido por la autoridad religiosa…

27 Sep

 

HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS

 

 Marcel Prélot

 

 ♣

Versión castellana y supervisión por Manuel Osorio Florit

Editorial La Ley; Buenos Aires, 1971

 

 CAPÍTULO X

El agustinismo político

 

Evangeliario de Godescalco,  del scriptorium de Aquisgrán, entre 781 y 783: difundir la palabra y, cuando no alcanza, ¡los palos también!

Evangeliario de Godescalco, del scriptorium de Aquisgrán, entre 781 y 783: difundir la palabra y, cuando no alcanza, ¡los palos también!

 

 

Así se opera ese prodigioso traspaso de la preponderancia política al poder pontifical, sin que al aceptarlo el pontífice crea salirse de los deberes religiosos de su carga apostólica y sin que quiera usurpar las funciones públicas.  La paz se ha convertido en materia religiosa, más aún que política.  Nicolás I reivindica el derecho de poner orden en todas partes y nadie puede convencerlo de su actitud usurpadora.  La absorción del derecho natural del Estado en una justicia más elevada lleva a la exaltación del pontificado que, por institución divina, es en la tierra su heraldo principal.  De esta suerte, y contrariamente a una opinión muy extendida, el sacerdotalismo no es una doctrina de las relaciones entre la Iglesia y el Estado sino una concepción diferente de la sociedad política misma, diferente del Estado.  El poder supremo es ejercido por la autoridad religiosa.  Esta no solamente posee una superiordad moral, que en lógica del pensamiento cristiano no podría serle negada, sino que se arroga las atribuciones fundamentales de la soberanía política:  la  INSTITUCIÓN  y la JURISDICCCIÓN.  La jerarquía eclesiástica establece y juzga al poder civil que cesa de ser independiente. 

 

Este régimen político ha sido calificado de “teocracia”. Tal es también el título dado por M. Marcel Pacaut a su obra, ya citada, aunque el propio autor, por lo menos en un pasaje de su libro, haya tenido la idea de que esta denominación era inadecuada.  En efecto, si nos referimos a la etimología verbal y a la historia doctrinal, el término “teocracia” no sirve de modo alguno para designar los conceptos que estudiamos.  La teocracia es el gobierno directo o indirecto de Dios: en su forma inmediata, solamente el pueblo de Israel la ha conocido, conforme nos relata San Agustín.  Ello supone una intervención sobrenatural constante: en su forma mediata es el gobierno de los inspirados por Dios o de los jefes designados directamente por Ël.  Toma entonces la fisonomía, ya sea del profetismo político (como en la ciudad-iglesia el de Calvino, calificado de “Bibliocracia”) ya sea del derecho divino sobrenatural, según la concepción absolutista que confiere su corona a los reyes.  Ahora bien, ninguna de esas concepciones es aplicable a la pretendida teocracia medieval.  En la medida en que la doctrina que será la del absolutismo de los príncipes, se encontrase en discusión, estaría representada por los emperadores y reyes que pretendan recibir su corona directamente de Dios, por herencia o a través de una designación electoral, principesca o popular.  Estaría en contra de la tesis de los Papas, según la cual la corona procede de una concesión pontifical que permite también quitarla.  El término hierocracia  propuesto, no sin reticencias, por Marcel Pacaut, no es usual y sus resonancias bizantinas sugieren mal un conjunto de tendencias en las cuales el “sacerdocio” es el núcleo.  Ciertos hombres consagrados a Dios por el sacramento del orden tienen sobre los demás, por institución divina, el más eminente poder que pueda existir. La base lógica del poderío pontificio es incontestable para un creyente.  Los poderes de la Iglesia son los de Cristo.  El sacerdocio tiene, pues, la plenitudo potestatis en el dominio espiritual.  Se transforma en sacerdotalismo” cuando se extiende a lo temporal negando a éste un valor propio y confiriéndole eticidad.  Hay así no solamente subordinación de lo temporal a lo espiritual sino interpenetración que termina con la inclusión del primero en el segundo, o más bien con la ausencia de comunicación entre uno y otro.  En principio, el poder espiritual está en juego constantemente.  Cada actividad temporal tiene por su origen y su implicancia una trascendencia espiritual.  Palmo a palmo, la actividad sacerdotal gana así todo lo social.

 

El poder sacerdotal no tiene la causación de usurpación y reprochársela sería un anacronismo.  Los intereses políticos están estrechamente mezclados con los religiosos o, más exactamente, no existen intereses políticos autónomos.  El Estado antiguo, antes de desaparecer, se encontró privado del aspecto religioso que le era esencial.  Relegado en lo temporal, antes de disolverse materialmente estaba en decadencia moral.  El Sacro Imperio no puede derivar la noción de lo político sino por su subordinación a la Iglesia.  Asociándolo a sus fines sobrenaturales, ésta lo hace participar de su propia dignidad.  En su iniciación, todo es muy lógico en la teoría sacerdotalista, tal como la fórmula de Gregorio VII, su más eminente representante.  Escribiendo a Guillermo el Conquistador, el Papa declara:  “Es ley de la religión cristiana que después de Dios, la autoridad real esté dirigida por la vigilancia de la autoridad apostólica.  La escritura atestigua que la autoridad apostólica y pontificia presentará a los reyes cristianos y a todos los demás fieles ante el tribunal divino y rendirá cuenta a Dios por sus pecados”.  Así es, ratione pecccati, por razón del pecado, como se expresan los canonistas, que los reyes dependen de los papas.  Esta inclusión de los reyes en la vida moral se encuentra en la tradición misma de la Iglesia.  Gregorio VII, en una carta dirigida al obispo Hermann de Metz, con fecha 13 de Marzo de 1080, se apoya en una declaración de Gelasio I al emperador Anastasio“Existen dos poderes principales, augusto emperador, que rigen el mundo y son la autoridad sagrada de los pontífices y el poder real.  La responsabilidad de los sacerdotes es tanto más grave cuanto que deben rendir cuentas al tribunal divino por todos, incluso por los reyes.”  Pero Gregorio VII no reconoce la autoridad de los reyes como legítima, como querida por Dios, sino a condición de que la ejerzan en la Iglesia para la Iglesia, que sean los auxiliares dóciles de la jsuticia sobrenatural, de la que edl Papa es defensor supremo.  Si se sustrajeran a sus obligaciones se convertirían en justiciables ante el jefe de la Iglesia.  En los prijmeros tiempos de su pontificado, Gregorio VII usa fórmulas moderadas.  Pero en el curso de su conflidcto con Enrique IV de Alemania, la concepción sacerdotal, todavía en formación, queda determinada definitivamente.  Gregorio VII escribe sus dicatatus papae -“la carta más absoluta de la plenitud de poderes de la Sede Apostólica” según H.X. Arguillêre- en las cuales asimila los emperadores, los reyes y todos los príncipes seculares a los obispos, a los arzobispos y a los primados, para declarar que puede, “en nombre de San Pedro y San Pablo, quitar y dar sobre la tierra, a cada cual según sus méritos, los imperios, los reinos, los principados, los ducados, los marquesados y todas las posesiones de los hombres”.  La doctrina se transforma aquí en la del “poder directo” o del sacerdotalismo absoluto…

 

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