las dos espadas: fundamentación sacerdotal del poder sobre las almas y los cuerpos

8 Oct

HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS

 Marcel Prélot

 

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Versión castellana y supervisión por Manuel Osorio Florit

Editorial La Ley; Buenos Aires, 1971

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 CAPÍTULO X

El agustinismo político

 

 

San Bernardo y la alegoría de las dos espadas

 

 

Naturalmente, a las opiniones pontificales y  alas resistencias imperiales les siguen numerosos predicadores, teológos o legistas, turba magna,  gran muchedumbre cuya enumeración sobrepasa nuestro tema.  Encontraremos, sobre las personas y las obras, múltiples indicaciones y preciosos informes acompañados de extractos característicos en la Théocratie de Marcel Pacaut.  No obstante, debemos hacer una mención particular de San Berbardo de Claraval (1090-1153).  Indudablemente, en el plano intelectual, Hugo de Saint-Víctor y Honorio de Ausburgo lo aventajan, pero el abate de Clairvaux es un prodigioso animador cuya influencia resulta extraordinaria.  En particular ha dado una considerable difusión y un alcance, que para nosotros es casi incomprensible, a la alegoría de las dos espadas que en la Edad Media y hasta los tiempos modernos ha constituído el mayor argumento de los sacerdotalistas.

 

Las dos espadas aparecen en el curso del relato de la Pasión.  En su prédica de después de la Cena, Jesús indica a los apóstoles que deben preferir la espada a la túnica.  Y éstos responden que tienen dos espadas.  Cristo dice en seguida:  “Es bastante” (Luc. XII, 38).  Poco después, Jesús hará envainar a Pedro la espada con la que ha cortado la oreja del servidor del Gran Sacerdote (Mateo, XXVI, 50-52). De esas dos espadas San Bernardo ha hecho todo un símbolo.  Las dos espadas representan los poderes espitirual y temporal y son igualmente de institución divina.  Pero por haber retenido Pedro las dos espadas, pudo su sucesor atribuir la espada temporal al emperador.  El príncipe es un agente necesario, ya que usar la espada es indigno de las funciones sacerdotales o, al menos, incompatible con ellas.  Tal es el sentido de la orden de envainar la espada prescrito por Cristo a Pedro.  Sin embargo, no implica que la espada le sea quitada al Papa.  “El que diga, comenta San Bernardo, que la espada no es del Papa, no me parece que escucha con bastante atención la frase del Señor que declara : “Enfunda tu espada“.  Ésta es de Pedro y sus sucesores y no debe ser desenvainada más que por orden suya, aunque él no deba usarla por su propia mano”. (“De consideratione”).  “Una y otra espada pertenencen a la Iglesia, a saber la espada espiritual y la espada material.  Pero ésta debe ser usada para la Iglesia y aquélla por la Iglesia; la primera por la mano del sacerdote, la segunda por la del caballero, pero asegurándose de la orden del sacerdote y del mandato del emperador”   (Epístola 256). 

 

Gregorio VII ha recurrido también a una alegoría, pero extraída esta vez de la cosmografía, para representar la posición respectiva de los dos poderes en la sociedad cristiana.  “Lo mismo -escribe el Papa en su ya citada carta a Guillermo el Conquistador- que Dios ha dispuesto para la belleza del universo dos luminarias más importantes que las otras, el Sol y la Luna. .. ha provisto la dirección del mundo con la autoridad apostólica y la autoridad real, cuyos deberes son distintos”.   Inocencio III (1198-1216) aclarando la comparación con el Sol  “que preside el día”   y la Luna  “que domina las noches”   añade que  “Dios también en el firmamento de la Iglesia universal ha instituído dos grandes divinidades: la más grande, que reina sobre las almas, que son como  los días, y la más pequeña, que domina los cuerpos, que son como las noches; la autoridad pontificia y el poder real… Una y otro han merecido tener en Italia la sede de su autoridad.  Así Italia, por una disposición divina, ha obtenido el principado del sacerdocio y del poder real.  “La concidencia en Roma de la sede de ambos poderes tiene por causa la primacía de la sede apostólica, que estaba ya estab ecida allí.  Es el Papa, jefe de la Iglesia, quien ha reclamado un defensor, quien le ha concedido el título imperial y quien fiscaliza la elección de sus sucesores. (Délibératione du seigneur Papa Innocent sur la fair de l’empire, 1199).  “Pertenece a la Sede Apostólica ocuparse con celo y prudencia del advenimiento del Imperio Romano, porque el Imperio, ya es sabido, nos concierne en su principio y en su fin: en su principio porque el Imperio ha sido transferido de Grecia por y para la Santa Sede; por ella, porque fue la autora de ese traslado y para ella con el propósito de estar mejor protegida; en su fin, porque el emperador recibe del Soberano Pontífice la imposición de manos final o última para su promoción, el día en que por él es bendecido, coronado e investido del Imperio”.

 

En pocas palabras, la concepción sacerdotalista de la organización política se resume en cuatro proposiciones: 1º) Hay dos potencias distintas pero complementarias, hechas para dirigir en conjunto la cristiandad, comunidad universal superor a todas las otras, a tal punto que los países particulares no son sino sus provincias.  2º)  El poder espiritual es superor al poder temporal.  El sacerdocio tiene precedencia sobre la realeza, pero el sacerdocio no tiene que ocuparse directamente de las cuestiones temporales, pues, de otro modo, no habrá más que una autoridad y no dos.  3º)  Es el papado quien ha formado el Imperio de Occidente.  El emperador es un cristiano consagrado, que tiene sobre todos los demás la primacía de estar encargado oficialmente, en virtud de su consagración de la defensa de la Iglesia.  Ejerce el protectorado de los intereses generales de la cristiandad.  Y , finalmente, 4º)  Al recibir del Papa la corona y la consagración, el emperador romano de Occidente, el rey de Germania, toma nominalmente su asiento en Roma que, gracias a la Santa Sede, vuelve a ser la capital del mundo como lo fue durante la eantigüedad…

 

 

 

 

 

Bernardo de Clairvaux enseñando en la sala capitular; Heures d'Étienne Chevalier, ilustradas por Jean Fouquet,

Bernardo de Clairvaux enseñando en la sala capitular; Heures d’Étienne Chevalier, ilustradas por Jean Fouquet

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