de nuestro corresponsal en Bi Ei: nada urgente, aunque ¡exclusivo!

8 Dic

-HOY- 

 

CALLES PORTEÑAS

 

El caso Lavalle:  o la consagración de  la tristeza

 

 

by Princess!!; la que tiene que cambiar de calle para no cortarse las venas con una galletita húmeda...

by Princess!!; la que tiene que cambiar de calle para no cortarse las venas con una galletita húmeda…

“Sábado a la noche…cine”, proclamaba una oldie peli argentina de los ’60 -quién sabe, yo la recuerdo algo melancólica, un cierto malestar en la cultura muy propio de entonces, con algo de tristeza de barrio, pero quién sabe- .  Como fuere, mostraba el fulgor de la calle de los cines, Lavalle, por supuesto.  Amigas, lektoras que me acompañan en este atardecer triste de domingo, mientras escribo esperando la lluvia que no llega:  no diré nada nuevo si digo que hace mucho, mucho tiempo, los cines en general y muy especialmente los de Lavalle, han ido desapareciendo, lenta pero inexorablemente.  Los nuevos se refugiaron, fulgurantes y pochocleros, en los shoppings que aquí y allá proliferaron y proliferan como hongos tras las lluvias.  O en los complejos de cines, fuera del centro, ahora devenido lumpen y roñoso, lejos, en los pitucos barrios del norte.  También es más que obvio que apenas sobreviven dos o tres de las decenas de cines de otros tiempos, cuando la clase media y los laburantes de los barrios, programaban,  al menos, “la” salida semanal, quincenal o mensual al cine y a comer afuera, con la patrona, los chicos y hasta con la suegra anexada.  Pero Lavalle no sólo perdió sus cines, algo que también sucedió en tantos barrios de tantas ciudades de tantos mundos… Lavalle perdió algo más, quizás entre la basura acumulada, los deprimentes y caros cybers, las cabinas telefónicas donde se amontonan inmigrantes solitarios, los prostíbulos y las sospechosas ferias de objetos berretas.  De día, si no tienen más remedio y no están deprimidos como yo, digamos que zafa.  Eso con algo de cuidado por sus pertenencias y con mucho de habilidad para esquivar a los tarjeteros, promotores y “cambistas” de dólares, euros y reales con su voz monocorde voceando ¡”Cambio, cambio”!.  Debe ser profético… realmente, si algo necesita Lavalle es un cambio.  Muchos de los grandes cines cayeron hace rato bajo la picota, otros subsisten pero es peor: devenidos Iglesias que de todo nos salvan o galerías sospechosas y armadas a las chapas donde pululan sex shops de cuarta y venta de celulares, también ferias de objetos difusos o de ropa de “segunda selección”, son la imagen misma de la tristeza urbana.  Tristes chicas colombianas haciéndose las alegres entre las montañas de basura y los locales de comida rápida ofrecen volantes, atienden tristes locales o promocionan tristes  prostíbulos; pululan los vendedores ambulantes de “cosas” que nunca necesitaremos, lugares de apuestas y juegos y el infaltable bingo con su infaltable tristeza, que va bien con la triste calle. Restos de esplendor sobreviven: La Estancia, palacio de la carrrrrrne arrrrrgentina, se sostiene con los turistas del mediodía; el genial y porteñísimo Palacio de la Papa Frita de Lavalle al 700, también… si parece un milagro viviente.  Es más: hasta sobrevive el ABC, viejísimo y tradicionalísimo restaurante alemán que está casi casi igualito, pero que obbbbvio, atiende sólo al mediodía… por las dudas.  Si esquivan a los pastores brasileños, a los tarjeteros, al hombre empanada, a los que piden monedas para volver a la casa o a la vida, a los borrachos y a los personajes sospechosos, digamos que es caminable… de día.  Y hasta podrán apreciar bellos edificios de oficinas que todavía lucen sus glorias pasadas, aunque algo marchitas.  También subsisten algunas marroquinerías, orientadas al turismo que todavía lo intenta; las casas de ropa, las sastrerías tradicionales, huyeron hace tiempo o lo están haciendo.  Y, como es de rigor, también encontrán el inevitable Mc Donald, el Burguer King, los puestos de panchos y de pan y facturas baratas, incluso, algún que otro viejo café o confitería, adonde les arrancarán puntualmente la cabeza con los precios.  Tempranito, Lavalle se vacía de oficinistas, abogados, contadores y laburantes varios del centro.  Y sin prisa ni pausa, se llena de tristeza al  caer la noche: una tristeza con olor a basura acumulada, con la nostalgia de los que vinieron a buscar un destino mejor pero quizás no lo encontraron, tristeza que tiene la voz desafinada del cantante que busca unos mangos para subsistir y los gritos de fondo del pastor de la Iglesia de la Salvación Total y Universal de Todos los Males de Este Mundo.  Y que se concentran en la calle Lavalle, justamente.  Digo, los males del mundo. Consejo turístico para las chicas que son las ÚNICAS autorizadas a ingresar en mi columna codificada y nada “Macho-friendly”: DE NOCHE, ABSTENERSE; FINES DE SEMANA TAMBIÉN, salvo que estén pensando en suicidarse.  De día se banca, muy especialísimamente si están dispuestas a gastarse unos mangos en el imperdible Palacio de la Papa Frita o en el ABC.  Eso sí, ni me dieron unos mangos para testear restaurantes… ya les dije, el PETIBONIAN TIMES está en la lona y sufro los efectos de las reducciones presupuestarias.  En fin, son los tiempos que corren.  Algo tristes, como la calle Lavalle…

altri tempi

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