no crean, cuando no como pizza…¡hasta leo!

13 Dic

EL ALMA DEL ATEÍSMO

-Introducción a una espiritualidad sin Dios-

ANDRÉ COMTE-SPONVILLE

♣♣

Traducción de Jordi Terré – Editorial Paidós SAICF; Buenos Aires, 2009

ISBN 978-950-12-6900-o

 

 

CAPÍTULO I

“¿Podemos prescindir de la religión?”, “¿Existe Dios?”, “¿Qué tipo de espiritualidad podemos proponer a los ateos?”.  Comencemos por lo más fácil.  Por definición, Dios nos supera.  Las religiones, no. Éstas son humanas -demasiado humanas, dirían algunos-, y en cuanto tales accesibles al conocimiento y a la crítica.  Si Dios existe, es trascendente.  Las religiones forman  parte de la historia, la sociedad y el mundo (son inmanentes).  A Dios se le considera perfecto.  En cambio, ninguna religión podría serlo.  La existencia de Dios es dudosa (tal será el objeto de nuestro segundo capítulo).  La de las religiones no lo es.  Las preguntas que se plantean, a propósito de estas últimas, son menos ontológicas que sociológicas o existenciales: no se trata de saber si las religiones existen (¡a veces, ay, da la impresión de que existen demasiado!), sino qué son y si podemos prescindir de ellas.  Sobre todo, la cuestión que me importa es esta última.  Pero no se puede responder sin abordar, aunque sea brevemente, la primera.  ¿Qué es una religión?: la noción es tan vasta y tan heterogénea que es difícil definirla de una manera completamente satisfactoria.  ¿Qué hay de común entre el chamanismo y el budismo, entre el animismo y el judaísmo, entre el taoísmo y el islam, entre el confucianismo y el cristianismo?.  ¿Acaso incurrimos en error al utilizar la misma palabra “religión” para todos estos casos?.  Me siento tentado de pensarlo.  Considero que varias de estas creencias, especialmente las orientales, constituyen más una mezcla de espiritualidad, moral y filosofía que una religión, en el sentido en que tomamos normalmente esa denominación en Occidente.  Se ocupan menos de Dios que del hombre o la naturaleza.  Conciernen menos a la fe que a la meditación.  Hay que entender sus prácticas menos como ritos que como ejercicios o exigencias.  Sus adeptos no constituyen tanto Iglesias como escuelas de vida o sabiduría.  Tal es el caso, especialmente, del budismo, el taoísmo o el confucianismo, al menos en su forma pura o purificada, quiero decir, independiente de las supersticiones que, en cualquier país, se adhieren al cuerpo de la doctrina hasta volverla a veces irreconocible.  A propósito de ellas, se ha hablado de religiones ateas o agnósticas.  La expresión, por paradójica que parezca a nuestros oídos de occidentales, no carece de alguna pertinencia.  Buda, Lao-Tsé o Confucio no son dioses ni apelan a ninguna divinidad, a ninguna revelación, ni a ningún creador personal o trascendente.  No son más que hombres libres, o liberados.  No son más que sabios o maestros espirituales.  Pero dejémoslo.  No soy etnólogo ni historiador de las religiones.  Me pregunto, como filósofo, sobre la  posibilidad de vivir bien sin religión.  Esto supone que sepamos de qué hablamos al hablar de religión.  Para ello, necesitamos una definición, por aproximada o provisional que sea.  Se cita con frecuencia, por lo aclaratoria que es, la que daba Durkheim en el primer capítulo de Las formas elementales de la vida religiosa:  “Una religión es un sistema solidario de creencias y prácticas relativas a las cosas sagradas, es decir, separadas o prohibidas, creencias y prácticas que reúnen en una misma comunidad moral, llamada Iglesia, a todos aquellos que se adhieran a ellas”.  Podemos discutir algunos puntos (lo sagrado no está sólo separado o prohibido, sino que es también venerable;  la comunidad de los creyentes no es necesariamente una Iglesia, etc.), pero apenas, creo yo, la orientación general.  Podemos darnos cuenta de que no se treata expresamente aquí de uno o varios dioses, ya que, como señala Durkheim, no todas las religiones los veneran:  por ejemplo, el jainismo, que es ateo,  o el budismo, que es “una moral sin Dios y un ateísmo sin Naturaleza”  (la expresión, citada por Durkheim, pertenece a Eugéne Burnouf, gran indianista del siglo XIX).  Todo teísmo es religioso, pero no toda religión es teísta.  La definición de Durkheim, centrada en las nociones de lo sagrado y de comunidad, nos ofrece así lo que podríamos llamar el sentido amplio, sociológico o etnológico de la palabra “religión”.  Al inscribime, ya que se trata de mi historia, en un universo monoteísta, y especialmente en el campo de la filosofía occidental, me gustaría proponer un sentido más restringido, menos etnológico que teológico o metafísico, y que constituiría algo así como un subconjunto del primero: una religión, en nuestros países, es casi siempre una creencia en una o varias divinidades.  Si queremos reunir estos dos sentidos, pues la lengua nos invita a hacerlo, aunque sin confundirlos, el resultado daría la definición siguiente, que retoma y prolonga la de Durkheim:  Llamo religión a todo conjunto organizado de creencias y de ritos referidos a cosas sagradas, sobrenaturales o trascendentes (en el sentido amplio de la palabra), y especialmente a uno o varios dioses (en el sentido restringido), creencias y ritos que reúnen en una misma comunidad moral y  espiritual a quienes se reconocen en ellos o los practican. ¿Era el budismo original una religión en este sentido?.  No estoy seguro.  Buda no afirmaba la existencia de ninguna divinidad, y es dudoso que las palabras “sagrado”, “sobrenatural” o “trascendente” hubieran aludido, tanto para él como para sus adeptos, a  una realidad cualquiera. Pero está claro que el budismo histórico, en sus diferentes corrientes, se ha convertido en una religión, con sus templos, sus dogmas, sus ritos, sus oraciones, sus objetos sagrados o pretendidamente sobrenaturales.  Lo mismo sucedió, o poco menos, con el taoísmo y el confucianismo.  ¡Qué sabiduría en el origen!, ¡Cuántas supersticiones con el paso de las épocas!.  La necesidad de creer tiende a prevalecer, casi en todas partes, sobre el deseo de libertad.   Lo menos que podemos decir es que Occidente no escapa a ello.  Tuvo también sus escuelas de sabiduría, aunque pronto fueron enterradas por la religiosidad que ellas habían pretendido, durante un tiempo, poner a distancia.  Fe y razón, mythos y logos coexisten, y es a eso a lo que llamamos una civilización.  Las nuestras se alimentaron, durante siglos, de trascendencia.  ¿Cómo no iban a quedar marcadas por ella?.  El animismo está muerto en nuestros países.  El politeísmo también.  Pero no siento nostalgia alguna, ¡todo lo contrario!.  Es un primer paso, como muestra Max Weber, hacia la racionalización de lo real.  La naturaleza está como vaciada de dioses: permanece el vacío del desierto, como decía Alain, y “la formidable ausencia, presente por todas partes”.  Ésta permanece bien viva.  Evidentemente, el judaísmo, el cristianismo y el islam son religiones, en el sentido estricto que  acabo de definir.  Y para nuestros países, estos tres monoteísmos son, en primer lugar, lo que importa.

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