de la consolación (del calor) por la filosofía II: by Princess, lectora asada…

14 Dic

EL ALMA DEL ATEÍSMO

 

-Introducción a una espiritualidad sin Dios-

ANDRÉ COMTE-SPONVILLE

 

♣♣

Traducción de Jordi Terré – Editorial Paidós SAICF; Buenos Aires, 2009

ISBN 978-950-12-6900-o

 

 

CAPÍTULO I

Un testimonio personal

¿Se puede prescindir de la religión?. Evidentemente, todo depende que quién se esté hablando.  ¿Qué es ese “ser”?.  ¿Se trata de individuos?.  Si es así, yo sólo puedo aportar mi propio testimonio: por lo que a mí respecta, ¡me las arreglo muy bien sin religión!.  Sé de qué hablo y, en cualquier caso, puedo comparar.  No sólo fui educado en el cristianismo; creí en Dios, con una fe muy viva, aunque atravesada por las dudas, hasta los 18 años.  Luego, perdí la fe, y fue como una liberación: ¡todo se volvía más simple, más ligero, más abierto, más fuerte!.  Era como si yo saliera de la infancia, de sus sueños y pavores, de sus ansierdades y languideces, como si por fin entrara en el mundo real, el de los adultos, el de la acción, el de la verdad sin perdón y sin Providencia.  ¡Qué libertad!, ¡qué respoonsabilidad!, qué júbilo!.  Sí, desde que soy ateo, tengo la sensación de que vivo mejor: más lucidamente, más libremente, más intensamente.  Sin embargo, no podría postularlo como una ley general.  Algunos conversos podrían dar testimonio en sentido contrario, manifestando que viven mejor desde que tienen fe, como muchos creyentes, incluso sin haber dejado nunca de compartir la religión de sus padres, podrían proclamar que le deben lo mejor de su existencia.  ¿Qué podríamos concluir, sino que somos diferentes?.  Este mundo me basta: soy ateo y estoy contento de serlo.  Pero otros, sin duda más numerosos, no están menos satisfechos por tener fe.  Quizás es que necesitan un Dios para consolarse, para tranquilizarse, para escapar (éste es el sentido, en Kant, de los “postulados de la razón práctica”) del absurdo y la desesperación, o sencillamente para dar una coherencia a su vida, porque la religión corresponde a su experiencia más alta, ya sea afectiva o espiritual, a su sensibilidad, a su educación, a su historia, a su pensamiento, a su alegría, a su amor… Todas esas razones son respetables.  “Nuestra necesidad de consuelo es imposible de saciar”, decía Stig Dagerman.  Y también  nuestra necesidad de amor, y nuestra necesidad de protección.  Frente a estas necesidades, cada cual se las arregla como puede.  Haya misericordia para todos.

Duelos y rituales

¿Cuál es la fuerza mayor de las religiones?.  Contrariamente a lo que se dice a menudo, no consiste en tranquilizar a los creyentes respecto de su propia muerte.  La perspectiva del infierno es más inquietante que la de la nada.  Por lo demás, ése era el principal argumento de Epicuro contra las religiones de su tiempo: proporcionan a la muerte una realidad de la que carece, y por esa razón encierran a los vivos, absurdamente, en el miedo de un peligro puramente fantasmático (el infierno) que acaba estropeando hasta los placeres de la existencia.  Contra eso, Epicuro enseñaba que “la muerte no es nada”, ni para los vivos, porque no está presente mientras viven, no para los muertos, porque ya no son.  Tener miedo a la muerte es, pues, tener miedo a nada.  Eso no suprime la angustia (que nuestros psiquiatras definen precisamente como un miedo sin objeto real), pero la pone en su lugar y ayuda a superarla.  Lo que nos produce espanto es nuestra imaginación.  La razón es lo que tranquiliza.  Si pensáramos estrictamente la nada, no tendríamos por definición nada que temer.  Y al revés, ¿qué puede haber más pavoroso que la perspectiva de una condena eterna?.  Es cierto que muchos cristianos dejaron de creer en ella.  El infierno sólo sería una metáfora: tan sólo habría que tomar el paraíso al pie de la letra.  No dejan de producirse progresos.  Los ateos no tienen esas preocupaciones.  Se aceptan como mortales, en la medida de lo posible, y se esfuerzan por acostumbrarse a la nada.  ¿Podrán conseguirlo?.  No se inquietan demasiado.  La muerte se llevará todo, incluso las mismas angustias que inspira.  La vida terrestre les importa más, y les basta.  Pero está la muerte de los otros, y es tanto más real, tanto más dolorosa, tanto más insoportable.  Ahí es donde el ateo se encuentra más indefenso.  La muerte le arranca el ser, al que amaba por encima de todo -su hijo, su padre, su cónyuge, su mejor amigo-.  ¿Cómo podría no sentirse desgarrado?.  No existe ningún consuelo para él, ninguna compensación, salvo a veces esta pizca de sosiego:  la idea de que el otro, al menos, ya no sufrirá, que no tendrá que soportar este horror, este desgarramiento, esta atrocidad… necesitará mucho tiempo para que el dolor vaya mitigándose, poco a poco, para que se vaya haciendo soportable, para que el recuerdo de aquel a quien se ha perdido, de llaga abierta que era primero, se transforme progresivamente en nostalgia, luego en dulzura, luego en gratitud, casi en felicidad… Uno se decía: “¡Qué atrocidad que él ya no esté!”.  Luego, pasan los años, y uno se dicen:  “¡Qué bien que haya vivido, que nos hayamos encontrado, conocido, amado!”.  Tal es el trabajo del duelo: trabajo del tiempo y de la memoria, de la aceptación y de la fidelidad.  Pero, en el momento, eso es evidentemente imposible.  Sólo queda el horror; sólo queda el sufrimiento, sólo queda lo inconsolable.  ¡Cuánto nos gustaría entonces creer en Dios!, ¡Cuánta envidia sentimos a veces hacia los que creen en Él!.  Reconozcámoslo: éste es el punto fuerte de las religiones, allí donde son casi invencibles.  Pero ¿es ésta una razón para creer?.  Para algunos, sin duda.  Para otros, entre los que me cuento, sería más bien una razón para negarse, hasta tal punto parece burda la triquiñuela, como suele decirse, o sencillamente por orgullo, rabia o desesperación.  A pesar del dolor, se sienten como reforzados en su ateísmo.  La rebelión frente a lo peor les parece más justa que la oración.  Y el horror, más auténtico que el consuelo.  Para ellos, la paz llegará más tarde.  El duelo no es una carrera de velocidad.  Hay algo más, que ya no depende del pensamiento, sino de los actos, en todo caso de los gestos, y de alguna manera, muy hermosa, de realizarlos en grupo.  Lo que la religión aporta, cuando se ha perdido a un ser querido, sino también un ritual necesario, un ceremonial, aun si boato, como una cortesía postrera ante la muerte del otro, que ayudaría a afrontarla, a integrarla (tanto psicológica como socialmente) y, en definitiva, a aceptarla, porque hay que llegar a hacerlo, o en todo caso, a vivirla.  Una velada fúnebre, una oración, cantos, rezos, símbolos, actitudes, ritos, sacramentos… es una forma de domesticar el horror, de humanizarlo, de civilizarlo, y no cabe duda de que es necesario.  No enterramos a un hombre como a un animal.  No lo incineramos como un leño.  El ritual marca esa diferencia, la subraya, la confirma, y es lo que lo vuelve casi indispensable.  Así es como actúa el matrimonio, para quienes lo consideran necesario, frente al amor o al sexo.  Y así los funerales, frente a la muerte.

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