filosofía en batón y chancletas (V): ¿Podemos prescindir de la religión?

3 Ene


 EL ALMA DEL ATEÍSMO

 

-Introducción a una espiritualidad sin Dios-

ANDRÉ COMTE-SPONVILLE

 ♣♣

Traducción de Jordi Terré – Editorial Paidós SAICF; Buenos Aires, 2009

ISBN 978-950-12-6900-o

 ♣

 

   CAPÍTULO I

Nihilismo y Barbarie

El nihilismo hace el juego a los bárbaros.  Pero existen dos tipos de barbarie, que es importante no confundir: una, irreligiosa, es sólo un nihilismo generalizado o triunfante; la otra, fanatizada, pretende imponer su fe por la fuerza.  El nihilismo conduce a la primera y deja el campo libre a la segunda.  La barbarie nihilista carece de programa, de proyecto y de ideología.  No le son necesarios. No cree en nada: sólo conoce la violencia, el egoísmo, el desprecio y el odio.    Son prisioneros de sus pulsiones, su estupidez y su incultura.  Esclavos de lo que creen su libertad.  Son bárbaros por falta de fe o de fidelidad: son los espadachines de la nada.  La barbarie de los fanáticos presenta otro aspecto.  No carecen de fe, ¡todo lo contrario!.  Se sienten rebozantes de certezas, de entusiasmo, de dogmatismo: toman su fe por un saber.  Por ella, están dispuestos a matar o a morir.  No dudan, no titubean.  Conocen la Verdad y el Bien.  No tienen necesidad de ciencias ni de democracia.  Todo está escrito en el Libro.  Basta con creer y obedecer.  Entre Darwin y el Génesis, entre los derechos humanos y la Charia, entre los derechos de los pueblos y la Torah, eligieron su campo, de una vez por todas.  Están del lado de Dios. ¿Cómo habrían de confundirse?. ¿Por qué habrían de creer en otra cosa, someterse a otra cosa?.  Fundamentalismo. Oscurantismo. Terrorismo. Pretenden ser como ángeles, pero actúan como animales o tiranos.  Se creen los Jinetes del Apocalipsis.  Son los jenízaros del absoluto, cuya propiedad pretenden en exclusiva y reducen a la dimensión, particularmente estrecha de su buena conciencia.  Son prisioneros de su fe, esclavos de Dios o de lo que creen -sin pruebas- que es su Palabra o su Ley.  Sobre ellos, Spinoza dijo lo fundamental:  “Luchan por su servidumbre como si se tratara de su salvación”.  Pretenden someterse a Dios.  Son libres de hacerlo, mientras no usurpen nuestra libertad.  ¡Pero que no intenten que los demás también nos sometamos!. ¿Qué es lo peor que podemos temer?:  la guerra entre los fanatismos.  O bien (podrían ser ambos), que no tengamos otra cosa que oponerles, a los diferentes fanatismos de unos, que el nihilismo de los otros.  Entonces, prevalecería siempre la barbarie, y poca importancia tendría que viniera del Norte o del Sur, de Oriente o de Occidente, que apelara a Dios o a la Nada.  En ambos casos, es dudoso que el planeta pudiera sobrevivir.  Lo contrario de la barbarie es la civilización.  No se trata de “invertir todos los valores”, como quería Nietzsche, ni siquiera en lo esencial, de inventar nuevos valores.  Conocemos los valores, también la Ley.  Hace al menos veintiseis siglos, en todas las civilizaciones que existían en la época, la  humanidad “seleccionó”, como diría un darwinista, los grandes valores que nos permiten vivir juntos.  Es lo que Karl Jaspers llamó “la era axial” (del griego axios, el valor), de la que seguimos siendo deudores. ¿Quién querría regresar a un mundo anterior a Heráclito o Confucio, Buda, Lao-Tsé, Zoroastro o Isaías?. ¿Repetir lo que dijeron?.  Evidentemente no basta.  ¡Aunque sí comprenderlo, prolongarlo, actualizarlo, transmitirlo!.  De otro modo, no habría progreso.  Alain, en Francia, y Hannah Arendt, en Estados Unidos, nos lo pusieron de manifiesto:  sólo mediante la transmisión del pasado a los hijos les permitimos inventar su futuro; sólo si somos culturalmente conservadores, podemos ser políticamente progresistas.  Y esto vale especialmente en materia de moral, y tanto para los valores más antiguos (los de las grandes religiones y las sabidurías antiguas: la justicia, la compasión, el amor…) como para los más recientes (los de la Ilustración: la democracia, el laicisismo, los derechos humanos…).  ¡No hagamos tabla rasa del pasado!.  Salvo excepción, no se trata tanto de inventar nuevos valores, como de inventar, o reinventar, una nueva fidelidad a los valores que hemos recibido y que tenemos la misión de transmitir. Es como una deuda, ante el pasado, que sólo se puede devolver con destino al provenir: evidentemente, la única manera de ser verdaderamente fiel a los valores que hemos heredado consiste en legarlos a nuestros hijos.  Los dos conceptos de transmisión y de fidelidad son indisociables:  aquél no es más que la prolongación, hacia adelante, de lo que éste reconoce haber recibido de atrás.  Son los dos polos de toda tradición viva, y por tanto también de toda civilización.  Seguir avanzando, para esta especie de río que es la humanidad, es la única forma de no traicionar las fuentes.

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