de nuestro corresponsal, ¡último momento!: una Babel dentro de la Gran Babel del Sur…

14 Ene

-HOY-

Plaza Miserere, o ¡el Once, nomás!

  by Princess!!, ¡a mil en la redacción del PETIBONIAN TIMES!

by Princess!!, ¡a mil en la redacción del PETIBONIAN TIMES!

 

 

En mi infancia porteña, el barrio de Once era simple y sencillamente, el querido barrio judío: con sus negocios “especializados” por calles, como, en parte, todavía lo es hoy  (la ropa de bebé y niños en esta calle, la bijouterie en tal otra, el cotillón en aquella de más allá, los hilos, botones, puntillas y las telas en esta de por aquí).  Y eran sus lindas calles “internas”, tan de barrio tranquilo como islas entre las grandes avenidas.  También las sinagogas, las escuelas, las casas de mis amigos, algún viejo cine de la Avda. Pueyrredón adonde pasaban “Monterey Pop” todos los sábados en la trasnoche, así podíamos ver a los próceres del rock’n roll ya idos al otro mundo en el que permanecían siempre jóvenes.  Y era hasta mi odiado colegio secundario, el “A“Normal de ¡Señoritas! Nro. 9 Domingo Faustino Sarmiento, casi casi en el límite que separaba al barrio-gueto del pleno centro, en la esquina de las avenidas Callao y Corrientes… eran sus bares, adonde los viejos judíos jugaban al dominó mientras los oficinistas y empleados tomaban el café con leche, sus preciosos almacenes kosher y las panaderías de panes trenzados y semillas de amapola, todo todo todo “culminando” en la misma y tristona Plaza Miserere y en la Estación Central del Ferrocarril Sarmiento, esa que “entraba” y “sacaba” a todos los laburantes del mundo que venían desde el Oeste para desparrramarlos por la gran ciudad.  Después Once se “coreanizó”, en una loca convivencia con los restos del barrio judío no emigrado  y las pensiones de bolivianos, paraguayos y provincianos de cien acentos y colores metidos en los edificios hechos bolsa de la vieja recova de Pueyrredón.  ¡Y era Banchero, para comer la mejor “fugazza con queso”  en el lugar adonde supuestamente se “había creado” y  también La Perla del Once -ahora modernizada, visitada y revisitada por los viejos héroes locales del rock que todavía ¡viven!, gracia’ a Dió’-, ese mítico lugar de peregrinación adonde Tanguito, muerto joven y trágicamente, haciendo honor al mito,  había escrito “La Balsa”.  El caso es que sigue siendo todo eso, pero también “otra cosa”: el reflejo de una Argentina, digo, de una Petibonia todavía más babélica y … algo más empobrecida.  Yo pasé una noche de viernes, cruzando la Plaza adonde los mismos laburantes de mil acentos de tierra adentro y de tierra afuera, ahora oscuros y altos senegaleses que venden anteojos, bolsos y bijou, charlatanes caribeños que van y vienen saliendo de las pensiones, trabajadores y nobles pizzeros y mozos santiagueños que vuelven de su trabajo y todos ellos y qué se yo quiénes más, se cruzan con los paisanos de kipá saliendo del templo, con las viejas vecinas de siempre, con el ¡predicador evangélico! que está allí a toda hora, desde el fondo de los tiempos bíblicos para ofrecer una esperanza de salvación a los abandonados del mundo que se unen, en medio de los containers de basura y los papeles y bolsas de plástico que ruedan con el viento.  Los puestos de venta de las mil y una cosa cercan la estación y se cuidan como una posición estratégico-militar de altísimo valor: verdaderos campamentos adonde duermen, comen y viven familias enteras, hasta un viejo en una desastrada silla de ruedas que descansa allí del fragor de esta vida dura, de este mundo de dolor, mientras unos chicos juegan y corren alrededor.  Y entré al supermercado gigante de la Avda. Rivadavia, a la que también le escribieron un rocanrolito de los viejos tiempos, que ya no es “El Hogar Obrero” de los sueños socialistas sino una cadena dizque moderna pero algo rasca, como el mismo “Once“: la señora comprando verdura, los laburantes tardíos llevando comida en bandejas de plástico, la chica que se va de vacaciones comprando una valija de último momento… y yo, que regreso a la madre que me parió a la vuelta de los años: ¡Bienvenidos a la Grande Babylon!, la misma de siempre y no tanto… la noche recién comienza. 

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