¡Exclusivo!: de nuestro corresponsal, ¡rumbo al norte!

21 Ene

-HOY-

quetrén, quetrén: o una excursión al norte profundo

 

 

¡Desde la redacción del Petibonian Times!

¡Desde la redacción del Petibonian Times!

 

Porque llegó la hora de subirme al tren, y fue hace unos días, rumbo al lejano norte, bordeando el río, a la distancia.  El tren que llega al Tigre, donde los ríos se juntan.  Los cronistas de Petibonia dirían que era una tarde de sábado agobiada bajo un “sol inclemente”; que el calor era “digno del infierno de Dante”, o simplemente, “dantesco”.  Yo diré que era una tarde de sábado y cielo limpio, de sol inclemente y un calor digno del infierno de Dante.  Unas lindas nubes gordas, bajas, algodonosas, tapaban de a ratitos el sol, apenas unos minutos que ayudaban a soportar la luz y el cielo reflejando todo, como un mar turquesa.  Corrí desde la entrada al andén porque ¡el tren ya salía y lo alcancé!, una alegría infantil.  Me quedé parada cerca de las grandes ventanillas, para ver por fin el mundo-tren desde allí.  Atrás fue quedando la gran avenida, los ruidos de la ciudad, las torres gigantescas, todo al ritmo del viejo quetrén quetrén… porque este tren es irremisiblemente viejo, así que se bambolea, frena de golpe y sobre todo, ¡hace quetrén-quetrén!. Me gustan las calles que bordean las vías, acompañando el trayecto, los grandes árboles que comienzan a aparecer mientras las estaciones van quedando en el olvido de “atrás del tren”: Retiro, Belgrano, Núñez, Vicente López, Olivos, La Lucila, Martínez, Acasusso, San Isidro… y el tren que sigue y seguirá, hasta donde los ríos se juntan.  ¿Y si viviera en una de esas casas que casi tocan el tren?. ¡Podría verlo por mi ventana o saludarlo desde la terraza, mientras cuelgo la ropa al sol!. Pero casi no tengo tiempo de pensar cuando ya dejamos atrás las casas y aparecen otras, que también asoman al tren junto con los álamos, los sauces, los eucaliptus y las enredaderas tan pero tan de tren que cubren los muros y las espaldas de los depósitos viejos.  Cierto verde, cierto aire del río, que no se ve, pero está cerca.  Cuando bajo y el tren se aleja despacio, bulle el andén bajo mis pies.  ¡Me gusta eso!: el sonido quetrén del tren que se aleja y la tierra que vibra.  Camino entre el rumor de cierta brisa que mueve apenas las copas altas, buscando algún alivio.  Ni sé que hago aquí:  cuando unas sombras me cruzan “pienso” ¡Son duendes!, salen a ver si alguien anda por el mundo durante las siestas infinitas de enero.  ¡Soy yo que anda por el mundo!, les grito en silencio, por las dudas.  Y desaparecen.  Después salgo a una avenida de esas que tienen estaciones de servicio, gomerías, farmacias, bares, fábricas de pasta, panaderías con lunch a domicilio, peluquerías, veterinarias y gimnasios: cuando alcanzo el colectivo que me llevará algo lejos del mundo-tren y sus árboles, todo vuelve a su lugar, quizás a la espera de mi regreso, al atardecer, “pienso”.  Para entonces los duendes estarán dormidos, “pienso”, y ese pensamiento me tranquiliza.  Mientras cae la tarde espero mi tren de regreso a níngún lugar; me saludan las pocas nubes que pasan y se colorean con los naranjas y rosas del sol bajo.  Después viene la noche, y me sorprende viajando en tren. 

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