Ilusiones necesarias: escritos de Noam Chomsky

23 Ene

ILUSIONES  NECESARIAS

Control del pensamiento en las sociedades democráticas

 

 

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NOAM CHOMSKY

Traducción de Loreto Bravo de Urquía y Juan José Saavedra Estevan

Terramar Ediciones; Caronte Filosofía; La Plata, 2007 – ISBN 978-987-617-015-4

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Noam Chomsky, "for ever young"; 1972

Abraham Noam Chomsky, “for ever young”; 1972

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La hipocresía, escribió Milton, “es el único mal invisible, salvo sólo para Dios”.  Sin embargo, la de asegurarse de que “ni Hombre ni Ángel puedan distinguir” el mal es una vocación exigente.  Pascal la había comentado algunos años antes al observar “cómo los casuistas reconcilian las contradicciones entre sus opiniones y las decisiones de los papas, de los concilios y de la Escritura”.  “Uno de los métodos por medio de los cuales reconciliamos estas contradicciones”, explica su interlocutor casuístico,  “es la interpretación de alguna frase”.  Así, si el Evangelio dice,  “Dad limosna de lo que tenéis en exceso” y la tarea consiste en “liberar a los más ricos de la obligación de dar limosna”, “el asunto se arregla fácilmente dando a las palabras lo que tenéis en exceso una interpretación que haga que nunca nadie se vea afectado por tal cosa”.  Los sabios eruditos demuestran que “lo que los hombres de mundo acumulan para  mejorar sus circunstancias, o las de sus parientes, no se puede definir como un exceso y, por tanto, los hombres de mundo, incluso los reyes mismos, casi nunca tienen nada en exceso”  -a esto ahora lo llamaríamos reforma fiscal-.  Podemos, por tanto, cumplir rigurosamente con las palabras del Evangelio a efectos de que “los ricos están obligados a dar limosnas de aquello que tienen en exceso… [aunque] esto nunca o casi nunca será obligatorio en la práctica”.  “He ahí la utilidad de las interpretaciones”, concluye.  En nuestros días, este mecanismo ha sido utilizado por Orwell, que lo llamó Newspeak; los logros de sus casuistas no son menores que los del monje de Pascal, aunque los seguidores de Orwell son menos abiertos que éste en cuanto a la práctica en sí.  En los dos últimos capítulos, siguiendo la recomendación de los intelectuales liberales a efectos de que con los “avances del conocimiento” deberíamos limitarnos a métodos “sutiles” y “refinados” de control social, evitando “métodos groseros, evidentes y directos”, comenté algunas de las modalidades del control del pensamiento desarrolladas en las sociedades democráticas.  El mecanismo más eficaz consiste en la limitación de lo pensable, que se logra por medio de la tolerancia del debate,incluso del fomento del mismo, aunque sólo dentro de límites adecuados.  Pero los sistemas democráticos también recurren a medios más crudos, y el método de la “interpretación de alguna frase” constituye un instrumento destacado.  Así, la agresión y el terror estatal en el Tercer Mundo se convierten en la “defensa de la democracia y de los derechos humanos”; y la “democracia” se logra cuando se asegura que el gobierno esté en manos de “los hombres ricos que habitan en paz dentro de sus moradas”, como en la receta de Winston Churchill para el orden mundial.  A nivel nacional, el gobierno de los privilegiados se ha de garantizar, y se ha de reducir a la población a la situación de observadores pasivos; en las dependencias, podrían ser necesarias medidas estrictas para eliminar cualquier desafío a los gobernantes naturales.  Bajo la interpretación adecuada de la frase, sí es verdad que “el anhelo de ver una democracia al estilo norteamericano duplicada en todo el mundo ha sido un tema recurrente en la política exterior de Estados Unidos”, como declaró el corresponsal del Times, Ned Lewis.  No hay, por tanto, “contradicción” alguna cuando anhelamos la democracia y la independencia para Vietnam del Sur al tiempo que destrozamos el país para erradicar al Frente de Liberación Nacional, y a continuación pasamos a la destrucción de los budistas, organizados a nivel político, antes de permitir “elecciones” manipuladas.  La casuística incluso nos permite seguir adelante dentro de esa línea, aunque reconozcamos que hasta que el terror de EEUU los obligó a “responder ante la fuerza para sobrevivir”, el enemigo indígena insistía en que su lucha contra Estados Unidos y sus clientes  “debería tener lugar a nivel político, y que el empleo del poder militar masificado era en sí mismo ilegítimo”.  Nuestro rechazo de la política a favor del poder militar es natural, ya que también reconocíamos que el Frente de Liberación Nacional era el “único partido político que verdaderamente estaba basado en las masas de Vietnam del Sur”, y que nadie, “con la posible salvedad de los budistas, se creía en situación, por su número y su poder, de arriesgarse a formar una coalición, temiendo que si lo hacían la ballena se tragaría al alevin”.  Siguiendo un razonamiento similar, resultaba adecuado derrocar la primera y la última elección libre en la historia de Laos, ya que la ganaron las personas equivocadas, organizar o apoyar el derrocamiento de gobiernos elegidos en Guatemala, Brasil, la República Dominicana, Filipinas, Chile y Nicaragua; apoyar u organizar directamente el terror a gran escala con el fin de obstaculizar la amenaza de la democracia, la reforma social y la independencia en América Central en la década de 1980, tomar medidas enérgicas para asegurar que el período de la posguerra volviera a las manos adecuadas, y muchas otras cosas-  todos nuestros “anhelos de democracia”. Desde el mismo punto de vista, podemos comprender por qué, en diciembre de 1965, los redactores de New York Times alabaron a Washington por haber “permanecido en un prudente segundo plano durante los recientes desórdenes” de Indonesia.  En dichos “recientes desórdenes”, los militares de Indonesia habían “desactivado la bomba de relojería política del país, el poderoso Partido Comunista de Indonesia eliminando “a la casi totalidad de los dirigentes de primera y segunda plana del Partido Comunista de Indonesia” de uno u otro modo -y, de paso, asesinando a cientos de miles de personas, en su mayoría campesinos sin tierras-, mientras que Washington observaba en “prudente” silencio, como optaron por creer los redactores.  Este factor concomitante a una victoria para la libertad, que gozó de buena acogida, no se mencionó, aunque los redactores si advirtieron que las condiciones sociales que habían permitido al Partido Comunista de Indonesia organizar a 14 millones de personas seguían en pie.  Instaron a Washington a ser cauteloso en cuanto al suministro de ayuda a los responsables de las matanzas, por temor a que el dirigente nacionalista Sukarno y los restos de PCI pudieran aún beneficiarse, a pesar de los alentadores logros de los amigos y aliados de Estados Unidos a la hora de llevar a cabo la mayor matanza desde el Holocausto.  De manera similar, es natural que el New York Times alabara al gobierno del Sha de Irán, al cual la CIA devolvió el poder por el “considerable éxito en su campaña en contra de elementos subversivos” y su  “dilatado historial de logros a la hora de reprimir la subversión sin suprimir la democracia”.  Entre los subversivos, ahora afortunadamente reprimidos sin suprimir la democracia, se incluye “al partido Tudeh, pro-soviético”, anteriormente “una auténtica amenaza”, pero que “se considera que ahora está totalmente liquidado”, y a los “nacionalistas extremistas” que habían sido casi tan subversivos como los comunistas.  Y aparentemente, pocos perciben una discordancia al leer un informe actual sobre el “retorno de la democracia plena” a Filipinas bajo el título  “el decreto de Aquino prohíbe al Partido Comunista”, y cuyo primer párrafo explica que un decreto presidencial estipuló la pena de prisión para quien perteneciera al partido, que había sido legalizado bajo la dictadura de Marcos.  No mucho tiempo antes, el propio Marcos había sido un demócrata modélico, un hombre “comprometido con la democracia”, en palabras de Ronald Reagan;  “Estimamos su adhesión al principio de la democracia y a los procesos democráticos” y su “servicio a favor de la libertad”, proclamó el vicepresidente George Bush en Manila.  Eso, no obstante, fue antes de que Marcos perdiera el control  y con él las credenciales que hacían de él un demócrata amante de la libertad.  Basándonos en los mismos principios, podemos recordar con nostalgia los días de la “democracia” bajo las dictaduras de Diem y Thieu-Ky en Vietnam del Sur.  Y nada es más natural que comentar con orgullo que la “democracia está en marcha a nivel ideológico” porque “la experiencia de las últimas décadas indica que lleva a la prosperidad y al desarrollo”:  “Como mecanismo económico, la democracia funciona probadamente”, escribe James Markham en el artículo de fondo de la Times Week in Review.  Se ha producido, sin duda, el crecimiento económico en los países “recientemente en proceso de industrialización”,  destacadamente en Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong ma y Singapur.  Hemos de entender, por tanto, que la “democracia” es un sistema que rechaza las formas democráticas con el fin de facilitar el consumo reducido y la sobreexplotación, junto con el control estatal de la economía, en coordinación con los consorcios nacionales y con las multinacionales; modelo más próximo al fascismo tradicional que a la democracia.  Todo tiene sentido, no obstante, cuando entendemos que el término “democracia” significa el dominio de la economía y de la vida social y política por parte de los elementos nacionales que son adecuadamente sensibles a las necesidades de las empresas y del gobierno de EEUU…

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