Escritos de Noam Chomsky: Los límites de lo expresable

26 Ene

ILUSIONES  NECESARIAS

Control del pensamiento en las sociedades democráticas

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NOAM CHOMSKY

Traducción de Loreto Bravo de Urquía y Juan José Saavedra Estevan

Terramar Ediciones; Caronte Filosofía; La Plata, 2007 – ISBN 978-987-617-015-4

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Aún reconociendo que rara vez se produce algo verdaderamente nuevo, podemos identificar algunos momentos en que las ideas tradicionales adquieren nueva forma, se cristaliza una nueva consciencia  y las oportunidades futuras aparecen bajo un nuevo aspecto.  La fabricación de ilusiones necesarias para la gestión social es tan vieja como la historia,  pero el año de 1917 se puede considerar como un punto de transición dentro del período moderno.  La revolución bolchevique dotó de una expresión concreta al concepto leninista de la intelectualidad como vanguardia del progreso social, explotando las luchas populares para adquirir el poder estatal e imponer el dominio de la “burocracia roja” que Bakunin había predicho.  Esto se hizo inmediatamente, desmantelando consejos de fábrica, Soviets y otras formas de organización popular, de manera que se pudiera movilizar efectivamente a la población como “un ejército de trabajadores” bajo el control de dirigentes perspicaces que impulsaron a la sociedad hacia adelante, con las mejores intenciones, por supuesto.  Para este fin, los mecanismos de la Agitprop sn fundamentales, incluso un estado totalitario como los de Hitler o Stalin se basa en la movilización de las masas y en el sometimiento voluntario.  Una doctrina notable de la propaganda soviética consiste en que la eliminación por parte de Lenin y Trotsky de cualquier vestigio de control sobre la producción por parte de los productores y de participación popular en la determinación de la política social constituyen un triunfo del socialismo.  El objeto de este ejercicio de contrasentido consiste en explotar el atractivo moral de los ideales que se estaba logrando destruir.  La propaganda occidental se aprovechó inmediatamente de la misma oportunidad, identificando el desmantelamiento de las formas socialistas como el establecimiento del socialismo, con el fin de socavar los ideales de izquierdas libertarias, asociándolas con las prácticas de la tétrica burocracia roja.  Hasta nuestros días, ambos sistemas de propaganda adoptan esta terminología, para sus distintos objetivos.  Cuando los dos sistemas mundiales de propaganda están de acuerdo, al individuo le resulta extremadamente difícil escapar a sus tentáculos.  El golpe a la libertad y la democracia en todo el mundo ha sido tremendo.  Durante el mismo año de 1917, el círculo de pragmáticos liberales de John Dewey se atribuyó el mérito de guiar a una población pacifista al guerra “bajo la influencia de un veredicto moral alcanzado tras la más completa de las deliberaciones por los miembros más sensatos de la comunidad…, una clase que se ha de describir de forma inclusiva pero aproximada como “los intelectuales”, quienes mantenían haber “realizado… el trabajo efectivo y decisivo a favor de la guerra”.  Este logro, o al menos su autopercepción articulada, trajo amplias consecuencias.  Dewey, el mentor intelectual, explicó que esta “lección psicológica y educativa” había demostrado “que a los seres humanos les resulta posible hacerse con los asuntos humanos y gestionarlos”.  Los “seres humanos” que habían aprendido la lección eran “los hombres inteligentes de la comunidad”, la “clase especializada” de Lippmann, los “observadores fríos” de Niebuhr.  Debían ahora aplicar sus talentos y su comprensión a “lograr un orden social mejor reorganizado”, por medio de la planificación, la persuasión o la fuerza cuando ésta fuera necesaria;  pero, insistía Dewey, solamente el “uso refinado, sutil e indirecto de la fuerza”, no “los métodos groseros, evidentes y directos” empleados cn anterioridad al “adelanto del conocimiento”.  El recurso sofisticado a la fuerza está justificado si satisface el requisito de “eficacia comparativa y economía en su empleo”.  Las doctrinas recientemente articuladas de “fabricación del consentimiento” eran un factor concomitante natural, y en años posteriores tendríamos que oír hablar mucho de los “intelectuales tecnócratas, orientados hacia las políticas” que trascienden la ideología y que resolverán aquellos problemas sociales que pudieran permanecer por medio de la aplicación racional de los principios científicos.  Desde aquel tiempo, el núcleo principal de intelectuales articulados ha demostrado una tendencia hacia uno u otro de estos polos, evitando los “dogmatismos democráticos” en relación con la comprensión por parte de la gente de sus propios intereses, y permaneciendo conscientes de la “estupidez del hombre medio” y de su necesidad de ser llevado hacia el mundo mejor que sus superiores planifican para él.  Un traslado de uno al otro polo puede ser bastante rápido e indoloro, ´puesto que no está en juego ningún cambio fundamental de doctrina o valor, sólo una evaluación de las oportunidades para lograr el poder y el privilegio;  beneficiarse de una ola de lucha popular, o servir a la autoridad establecida en calidad de gestor social o ideológico.  La transición convencional del “Dios que falló” desde los entusiasmos leninistas hsta el servicio al capitalismo estatal puede, en mi opinión, explicarse en medida considerable en estos términos.  Aunque durante las etapas iniciales existían elementos auténticos, hace mucho que el asunto ha degenerado hasta alcanzar el nivel de  una farsa ritualista.  Es especialmente buena la acogida que se le otorga a la fabricación de un pasado maligno, que también constituye una vía segura para el éxito.  De este modo, quien se confiesa pecador puede describir cómo animó a los carros de combate en las calles de Praga, apoyó a Kim Il Sung, acusó a Martin Luther King de traición, etcétera, de manera que aquellos que no han visto la luz queden implícitamente mancillados.  Una vez lograda la transición, el camino hacia el prestigio y el privilegio queda abierto,  ya que el sistema valora considerablemente a quienes han visto sus propios errores y están ahora en situación de tachar a las mentes independientes de ser apologistas al estilo de Stalin, sobre la base de la clarividencia superior adquirida de resultas de su juventud mal empleada.  Algunos optarán por convertirse en “expertos” al estilo que articula con candor Henry Kissinger, quien definió al “experto” como una persona adiestrada en la “elaboración y definición del consenso de su electorado”,  aquellos que “tienen un interés personal en las opiniones comunmente aceptadas: después de todo, la elaboración y definición de su consenso a nivel elevado lo ha convertido en un experto”.  Una generación más tarde,  Estados Unidos y la Unión Soviética se habían convertido en las superpotencias del primer sistema verdaderamente mundial,  haciendo realidad las previsiones de Alexander Herzen y otros de un siglo antes, aunque las dimensiones de su poder nunca fueron comparables y las capacidades de ambos a la hora de ejercer una influencia y de coaccionar han ido disminuyendo durante algunos años.  Los dos modelos de la función de los intelectuales persisten, similares en su origen, adaptados a los dos sistemas prevalecientes de jerarquía y dominación.  Del mismo modo, los sistemas de adoctrinamiento varían, según la capacidad del Estado a la hora de coaccionar y las modalidades de control efectivo.  El sistema más interesante es el de la democracia capitalista, que se basa en el mercado libre, guiado por medio de la intervención directa donde pudiera ser necesario, para establecer la conformidad y marginar a los “intereses especiales”.  Los principios objetivos de la fabricación del consentimiento son aquellos que se consideran como “los miembros más sensatos de la comunidad”,  los “intelectuales”, “los dirigentes de la opinión”.  Un funcionario de la administración Truman comentó que “no impone demasiada diferencia para el público en general cuáles sean los detalles de un programa.  Lo que cuenta es cómo ven el plan los dirigentes de la comunidad”: aquel “que moviliza a la elite, moviliza al público”, concluye un estudio erudito de la opinión pública.  La “opinión pública”  que Truman y sus asesores se tomaron en serio, e intentaron diligentemente cultivar,  era la de la elite de los “lideres de la opinión”, “el público de la política exterior”, observa  el historiador diplomático Thomas Paterson,  y esto sucede de manera consecuente, aparte de los momentos en los que se ha de superar una “crisis de la democracia” y se requieren medidas más vigorosas para relegar al público en general al lugar que le corresponde.  En otros momentos se los puede satisfacer, es de esperar, con diversiones y una dosis permanente de propaganda patriótica, y fulminaciones contra diversos enemigos que ponen en peligro sus vidas y sus hogares a no ser que sus dirigentes permanezcan firmes ante la amenaza…

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