de nuestro corresponsal en la Gran Ciudá: curiosidades hospitalarias

5 Feb

-HOY-

¡Exclusivo!

-para el PETIBONIAN TIMES-

 ¿Siempre hay un loco/a delante de mí?

 

 

by Princess!!, cronista-"paciente" , siempre lista y al servicio de la comunidá

by Princess!!, cronista-“paciente” , siempre lista y al servicio de la  comunidá

♣ 

 

 

 

Queridas lektoras… no es el caso ponerme a contar intimidades del ámbito de la salú, incluso la mental.  Pero sí es el caso recordales y recordar, o más bien “actualizar” el simple y sencillo hecho consistente en que siempre pero siempre, no sólo hay un loco en la colina, sino también en todo hospital que se precie de tal.  ¿Soy yo que me los encuentro a todos o siempre, pero siempre están en el turno anterior al mío?.  En fin, n0 pretendo resolver este enigma, tan viejo como la injusticia, la humedad o los mismos hospitales.  El caso es que estoy frecuentando alguna de estas nobles y antiguas instituciones porteñas, eso sí, ¡suerte que por razones de salú, ja, ja, ja! y siempre encuentro alguno.  Quizás y en primer lugar, porque en un hospital se ofrece algún tipo de refugio, por precario que sea: un banco donde echarse a descansar del dolor del mundo, comida y hasta un lugar donde protegerse del frío del invierno;  aire acondicionado o siquiera un ventilador y hasta un baño en el rigor de los eneros o, por lo menos y en última instancia, un montón de gente que espera y escucha y hasta de empleados que conocen y conviven con los solitarios, los desahuaciados, los inconexos de la tierra, los locos.  ¿Saben?: alguna vez fui joven y viví en el sur lejano, el de los inviernos tan fríos que no pueden sobrevivirse afuera.  Como en todo pueblo chico, también allí había un loco, el clásico “loco del pueblo”, el loco Pérez.  Y el loco Pérez pasaba todas las noches de invierno al calor seguro de la buena calefacción del hospital, adonde llegaba puntualmente para refugiarse al anochecer.  Pero la Gran Ciudá no sólo es una madre cruel y altiva, sino que ¡está llena de locos! y nadie parece darles mucha bolilla… ni siquiera en los hospitales: Un señor viejo en la fila de turnos porta un cartel tipo hombre-sandwich hecho con cajas de cartón, colgado de su cuerpo con piolín y mal escrito con frases como “POLÍTICOS TODOS CORRUPTOS QUE LES ROBAN A LOS JUBILADOS”  y -esta otra pieza literaria de fuste en el lado de la espalda-  “DEBERÍAN ESTAR TODOS PRESOS LOS HIJOS DE PUTA”;  una señora mal vestida y siempre sonriente que arrastra un changuito repleto de quién sabe qué preguntando todas las mañanas  “¿Saben dónde está el servicio de Dermatología?” como si fuera a atenderse, contenta en medio de la gente que espera porque siempre encuentra a un incauto o primerizo que le contesta;  otro que no para de hablar atronándonos en la espera tempranera con preguntas cuyas respuestas lo llevan hacia otras, infinitas, circulares, deteniéndose siempre en los detalles de números, supuestas simetrías, “hipótesis” conspirativas … ¡y el que me tocó hoy!, un alma perdida con sombrero de cowboy  y remera desteñida, joven, rubio, de anteojos gruesos:  esperaba turno como yo, para una extracción de sangre… en el pasillo no perdió oportunidad de comentarme lo bueno de la atención, las ventajas de la medicina pública y hasta la falta de ventilación adecuada en la salita de espera.  Llevaba unas bolsas de plástico algo desastradas, vaya a saber con cuántos secretos del mundo, porque las revolvía cada dos minutos, buscando la conexión perdida.  Dejó pasar a un señor mayor antes que él explicando solidario a la chica del laboratorio que lo hacía en consideración “a que tenía un golpe en la cabeza”, aunque el señor mayor estaba perfectamente bien, por supuesto.  Cuando llegó su turno se levantó y declaró solemne  “Hay que ser hombre” mientras avanzaba decidido…¡se trataba de un simple pinchacito! y no pude evitar reírme. Y tampoco pude evitar escuchar: después de saludar comenzó por preguntar sobre todos y cada uno de los ítems que se relevan en un sencillo análisis… de sangre mientras la empleada le contestaba con paciencia, ¡pero no mucha!.  Entonces sucedió algo increíble: sacó de sus  bolsas ¡un frasco de pis! en la “convicción” de que también era necesario para el mejor trabajo del laboratorio.  ¿Qué hace, señor?, lo increpó la empleada, ¡Yo le tengo que tomar apenas una muestra de sangre, guarde “eso” que me está ensuciando el laboratorio y nadie se lo pidió!.  ¿Ah, no? , “razonó”  el loco del sombrero,  porque a mí me pareció que sí leyendo los “parámetros” (sic) que ustedes investigan en las muestras.  Y es que era un loco culto, claro que “leyendo”… locamente. ¡Guarde eso inmediatamente, después lo tira en el baño y siéntese ahora mismo, señor!,  mandoneó la chica de las jeringas.  Le hizo caso, también era un loco amable y obediente.  (¿Cúando, cómo y por qué enfermamos de las palabras?. Misterio prolijo).  Después me tocaba a mí.  Y todavía lo ví en la vereda del hospital, mientras yo esperaba el bondi, de vuelta a casa: se acercaba sonriente a la entrada de la guardia,  incluso a la principal del mismo hospital, mirando los carteles, saliendo otra vez, rumbeando después para quién sabe dónde, ¡ojalá que para su casa!, porque no parecía un “homeless”.  Y que Dios proteja a los locos….

nov

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