un sueño hindú

9 Feb

Estaba en la India, una gran ciudad por cierto, quizás Calculta, quizás Bombay, quizás tan sólo una ciudad soñada… un viaje extraño para mí,  de pocos, muy pocos días.  Y es que se trataba de agentes de turismo que viajaban, tal vez organizando otros viajes futuros para turistas del mundo.  Y yo con ellos… pensé: “Para estas personas los viajes son banales, rutina, ¡para mí no! y nunca se me hubiera ocurrido venir desde tan lejos por dos o tres días”.  Lo mismo estaba feliz, feliz de estar en ese destino insólito.  Por alguna “razón” arrastraba un carrito con comida, llevaba uvas, pan, algo de pescado y mi única preocupación era protegerlo del tremendo calor de la India.  Un muchacho joven estaba a cargo de este “viaje”, que parecía ser de trabajo.  “No te preocupes, vamos a un lugar que tiene heladera”, adonde parece que nos dirigíamos, entre una verdadera nube de niños charlatanes, curiosos y demandantes.  Amé a esos niños, con un amor instantáneo, sin fisuras.  Uno de ellos, de más edad aunque muy joven,  hablaba español y eso me asombró: el “coordinador” me explicó que se debía a que trabajaba en la agencia y viajaba con frecuencia; era simpático, moreno al estilo indio, alegre, muy hermoso.  Otra niñita me tomó de la mano pidiéndome que la acompañaramos a un lugar, ¡un pedido imperioso!: se trataba de una escuela, quizás su escuela… un simple patio al aire libre donde algunas maestras develaban el misterio de la letra en pizarrones algo desastrados, poblados de hermosas palabras incomprensibles para mí, escritas con tizas de mil colores.  ¡Cuánto hubiera deseado quedarme para aprender con los niños!, pero teníamos que volver, y mi pequeña amiga me despidió con unas palabras en español. ¡Me sorprendí tanto! y le pregunté cómo las conocía: “Por escucharte”, respondió; y me tomó el corazón por sorpresa, porque yo no había aprendido ninguna palabra de su lengua que se llamaba “clash… no sé qué más” .  ¡Hay tantas lenguas en la India!, pensé. La niña se perdió entre todos los demás chicos y mientras volvíamos con mis compañeros comenté el asunto:  “¿No les parece increíble que una niña aprenda algunas palabras de un idioma extraño sólo por escuchar nuestras conversaciones apenas unos minutos?”.  Pero a nadie pareció sorprender este hecho maravilloso.  Y de pronto, como sucede en los sueños, estábamos frente al Obelisco, en la porteñísima esquina de Corrientes y en compañía del joven indio que parecía trabajar con nosotros.  Estábamos felices, quizás por volver a casa, mientras yo seguía arrastrando mi carrito con comida.  El joven indio reía también y conversaba animado, ¡feliz!.  ¿Dónde aprendiste a hablar tan bien castellano?, le pregunté…   “En Miami”, respondió por él nuestro coordinador y agregó: “Viaja con frecuencia”.  Entonces pasó algo terrible: Levantando su camisa larga, al estilo indio, su “jefe”, nuestro “coordinador”, descubrió que ocultaba una prenda robada.  Y todo se derrumbó en medio de sus severos retos y hasta insultos al chico indio.  “Estás despedido y te vamos a abandonar aquí, en Argentina, nunca volverás a trabajar con nosotros”.  Pensé y dije: “Esta muy bien retarlo, pero también perdonar, no podemos abandonarlo aquí, solo”. “Sí, podemos”, contestó inflexible, mientras el joven lloraba,  inmensamente triste, quizás ignorante hasta de sus propios motivos…

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