Las páginas amarillas de Princesa García: ¿Qué es la propiedad? (III)

16 Feb

 

 ¿Qué es la propiedad?

 

Pierre Joseph Proudhon

Traducción de Rafael Díaz Ormaechea

Ediciones Orbis S.A. Hyspamérica;  Madrid, 1984

 ♣

Pierre Joseph Proudhon 1809/1865

Pierre Joseph Proudhon
1809/1865

 

Capítulo I 

Método seguido en esta obra.  Esbozo de una revolución

 

 

…Hace dieciocho siglos, el mundo, bajo el imperio de los Césares, se consumía en la esclavitud,  en la superstición y en la voluptuosidad.  El pueblo, embriagado y embrutecido por continuas bacanales,  había perdido hasta la noción del derecho y del deber;  la guerra y la orgía lo diezmaban sin interrupción;  la usura y el trabajo de las máquinas,  es decir,  de los esclavos,  arrebatándole los medios de subsistencia, le impedían reproducirse.  La barbarie renacía,  horrorosa,  de esta inmensa corrupción y se extendía como lepra devoradora por las provincias despobladas.  Los sabios predecían el fin del imperio,  pero ignoraban los medios para evitarlo. ¿Qué podían imaginar,  en efecto?.  Para salvar esa sociedad envejecida era necesario suprimir lo que era objeto de la estimación y de la veneración públicas,  abolir los derechos consagrados por una justicia diez veces secular.  Se decía  ” Roma ha vencido por su política y por sus dioses;  toda reforma en el culto y en la opinión pública sería una locura y un sacrilegio.  Roma, clemente para con las naciones vencidas,  al regalarles las cadenas,  les hace gracia de la vida;  los esclavos son la fuente más fecunda de sus riquezas;  la emancipación de los pueblos sería la negación de sus derechos y la ruina de sus finanzas.  Roma, en fin, entregada a los placeres y satisfecha hasta la hartura con los despojos del Universo,  usa de la victoria y de la autoridad;  su lujo y sus concupiscencias son el precio de sus conquistas; no puede abdicar ni desprenderse de ellas.”  Así comprendía Roma en su beneficio el hecho y el derecho.  Sus pretensiones estaban justificadas por la costumbre y por el derecho de gentes.  La idolatría en la religión,  la esclavitud en el Estado,  el materialismo en la vida privada,  eran el fundamento de sus instituciones;  alterar esas bases equivalía a conmover la sociedad en sus propios cimientos, y, según expresión moderna,  a abrir el abismo de las revoluciones.  Nadie concebía tal idea;  y entretanto la humanidad se consumía en la guerra y en la lujuria.  Entonces apareció un hombre que se decía Palabra de Dios;  ignórase aún hoy quién era,  de dónde venía y quién había inspirado sus ideas.  Predicaba por todas partes que la sociedad expiraba,  que el mundo iba a transformarse;  que los maestros eran falaces, los jurisconsultos, ignorantes,  los filósofos,  hipócritas y embusteros;  que el amo y el esclavo eran iguales,  que la usura y cuanto se le asemejaba era un robo,  que los propietarios y concupiscentes serían alcanzados por el fuego eterno,  mientras los pobres de espíritu y los virtuosos habitarían en un lugar de descanso.  Afirmaba además otras muchas cosas no menos extraordinarias.  Este hombre,  Palabra de Dios,  fue denunciado y preso como enemigo público por los sacerdotes y los doctores de la ley, quienes tuvieron la habilidad de hacer que el pueblo pidiese su muerte.  Pero ese asesinato jurídico no acabó con la doctrina que Palabra de Dios había predicado.  A su muerte,  sus primeros discípulos se repartieron por todo el mundo predicando la buena nueva,  formando a su vez millones de misioneros que morían degollados por la espada de la justicia romana,  cuando ya habían cumplido su misión.  Esta propaganda obstinada,  verdadera lucha entre verdugos y mártires,  duró casi trescientos años,  al cabo de los cuales se convirtió el mundo.  La idolatría fue aniquilada,  la esclavitud, abolida, la disolución,  reemplazada por costumbres austeras,  el desprecio de la riqueza llegó alguna vez hasta su absoluta renuncia.  La sociedad se salvó por la negación de sus principios,  mediante el cambio de religión,  y la violación de los derechos más sagrados.  La idea de lo justo adquirió en esta revolución, que después ha sido olvidada,  unas proporciones jamás sospechadas hasta entonces.  La justicia sólo había existido para los amos,  desde entonces empezó a existir para los siervos.  Sin embargo, la nueva religión no dio todos sus frutos.  Hubo, si, alguna mejora en las costumbres públicas,  alguna templanza en la tiranía;  pero en lo demás,  la semilla del Hijo del hombre cayó en corazones idólatras,  y sólo produjo una mitología semipoética e innumerables discordias.  En vez de atenerse a las consecuencias prácticas de los principios de moral y de autoridad que Palabra de Dios había proclamado,  se distrajo el ánimo en especulaciones sobre su nacimiento,  su origen,  su persona y sus actos;  se comentaron sus parábolas,  y de la oposición de las opiniones más extravagantes sobre las cuestiones más irresolubles,  sobre textos incomprensibles,  nació la teología,  que se puede definir como la ciencia de lo infinitamente absurdo.  La verdad cristiana no va más allá de la edad de los apóstoles;  el Evangelio,  comentado y simbolizado por los griegos y latinos,  cargado de fábulas paganas,  llegó a ser, tomado al pie de la letra,  un conjunto de contradicciones;  y hasta la fecha el reino de la Iglesia Infalible ha sido el de las tinieblas.  Dícese que las puertas del infierno no prevalecerán,  que la Palabra de Dios se oirá nuevamente,  y que,  por fin,  los hombres conocerán la verdad y la justicia;  pero,  para entonces,  habrá terminado el catolicismo griego y romano,  de igual modo que a la luz de la ciencia desaparecen los fantasmas de la opinión.  Los monstruos que los sucesores de los apóstoles tuvieron por misión exterminar,  repuestos de su derrota,  reaparecieron poco a poco,  merced al fanatismo imbécil y a la deliberada connivencia de los clérigos y de los teólogos.  La historia de la emancipación de las comunas en Francia presenta constantemente la justicia y la libertad infiltrándose en el pueblo a pesar de los esfuerzos combinados de los reyes,  de la nobleza y del clero…

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