Los límites del dolor: ideología del “tratamiento”

12 Mar

LOS LÍMITES DEL DOLOR

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NILS CHRISTIE

Traducción de Mariluz Caso

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Breviarios del Fondo de  Cultura Económica -381-

D. R. © 1988, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, S. A. DE C. V.

ISBN 968-16-1687-1

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Nils Christie; Oslo, 1928

Nils Christie; Oslo, 1928

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III. EL TRATAMIENTO DE LA DELINCUENCIA

-Del alcohol a la condición peligrosa-

Los escandinavos tienen graves problemas con el alcohol. No consumimos grandes cantidades, de acuerdo a las normas internacionales; pero lo consumimos en situaciones y en modos que permiten los bebedores evadir las formas usuales de control social. Por lo tanto, puede entenderse fácilmente porqué la bebida y el control de la bebida son temas que han preocupado a nuestras sociedades. Ha sido un problema importante y difícil: importante por los muchos y muy visibles signos de desdicha; y difícil porque nos queremos liberar del problema, pero no del alcohol. Por lo tanto, no podemos proscribir la substancia, como se ha proscrito la heroína. Frente a la mayoría dé las drogas, aplicamos una política oficial de abstinencia: excepto en las situaciones controladas por los médicos, decretamos que las drogas son inapropiadas para todos. Cuando se trata del alcohol, este tipo de control parece imposible. Aquí operamos con la idea de que los problemas no son del alcohol,sino de cierta categoría de afectos a él. También tenemos, naturalmente, un vasto número de reglas relacionadas con la venta y servicio del licor. Pero además del control parcial, tratamos de controlar algunos que no pueden resistir los efectos del licor. Nuestros primeros intentos se dirigieron a controlar los barrios frecuentados por alcohólicos y vagos. Los borrachos en las calles producían un espectáculo desagradable y antiestético: los abstemios los usaban como ejemplos pedagógicos; los acostumbrados al alcohol los encontraban embarazosos. Por lo tanto, era necesario mantener a los borrachos fuera de la circulación. Sin embargo, no era fácil considerar tan repugnante su conducta como para que mereciera uncastigo que los mantuviera alejados el tiempo suficiente para crear una mejoría real en la renovación de las calles. Mas lo que no se podía hacer justamente comocastigo no encontraría objeciones si se realizaba como tratamiento. Éste podría también causar dolor; pero igualmente lo causan muchas curas, y este dolor no tiene la finalidad de ser dolor, sino de ser una cura. El dolor se vuelve así inevitable, pero éticamente aceptable. La idea fue formulada en una reunión importante de la Asociación Noruega para la Política Penal, en 1893, y pasaron sólo algunos años antes de que una ley basada en este principio fuera aprobada por el Parlamento. La ley autorizaba al sistema para el control de los delincuentes a recluir para tratamiento a aquellos que hubieran sido arrestados varias veces en la calle por andar en estado de ebriedad. En vez de multarlos por emborracharse, debían recibir un largo periodo de tratamiento, y a que las multas no los habían disuadido de su conducta. La idea original era que el periodo durante el cual se les recluiría sería completamente indeterminado. Sin embargo, en el último minuto se fijó un límite de cuatro años. Éstos transcurrirían en lo que resultó ser la prisión más severa del país, situada enun terreno llano y deprimente, tan castigado por los vientos que, según uno de los directores, había que atar al suelo a las gallinas para que no se las llevara el viento. Los reincidentes recibían otro periodo de cuatro años, seguido de tantos periodos de cuatro años cuantos se necesitaran, hasta que la cura fuera completa. En Suecia y Finlandia se tomaron medidas similares, pero no en Dinamarca. En este país siempre se ha enfrentado al alcohol y a sus problemas en formas más similares a las que prevalecen en Europa Central. En Finlandia la medida fue particularmente útil, porque estuvo combinada con un arreglo de acuerdo con el cual los encarcelados podían solicitar que en vez de ello se les deportase a Siberia. Muchos lo hicieron. Pero no todas las enfermedades pueden curarse. El concepto de “no tratable” es la extensión lógica de las ideas de tratamiento. A veces no es posible ayudar a los enfermos a regresar a la vida ordinaria; es,pues, necesario retenerlos, como a los ancianos en asilos o a los completamente incapacitados en unidades especiales. Ni sería justo esperar un éxito completo dentro del sistema de control de la delincuencia. Por lo tanto, este sistema también necesitaría unidades más permanentes para los recalcitrantes, particularmente porque se tendría que enfrentar asimismo con personas que hayan sido diagnosticadas como criminales peligrosos. Como hemos señalado, debe ser doloroso vivir en una institución de este tipo; pero lo mismo les sucede a menudo a los ancianos y a los incapacitados permanentemente. Además, en el caso particular de los criminales peligrosos, se impedía el sufrimiento de víctimas potenciales. Todo este sistema llegó a su punto culminante en Suecia, inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial. Un comité de derecho penal propuso la completa abolición del antiguo código penal y del concepto de castigo: Suecia debía tener una ley de “medidas” para la defensa social, no de castigos. La proposición fue rechazada.

Los grandes exploradores

El siglo pasado fue la época de los viajes de descubrimiento. Livingstone exploró África para el hombre blanco; los sociólogos estuvieron investigando la situación de las clases bajas en las ciudades europeas.Las máquinas se volvieron más grandes y más pode- rosas; requerían más personas dispuestas a trabajar en las ciudades, y menos en el campo. Se volvió más difícil controlar a las masas de las ciudades. Los ope- radores de las máquinas se encontraban físicamente más cercanos, y sin embargo, al mismo tiempo, más alejados. August Strindberg (1878), al describir el Estocolmo del siglo pasado (El hijo de la sirvienta) nos dice cómo el empleado público, el burgués, el trabajador y la prostituta en una época vivieron juntos en el mismo edificio, aunque no en apartamentos similares. Sin embargo, gradualmente tomaron caminos separados. Valen-Senstad (1953) describe cómo en Oslo ningún policía en su sano juicio se aventuraba solo en Vaterland. Era como el Harlem de hoy: territorio enemigo, o por lo menos tierra de extraños. En esa época estaba trabajando en Italia un joven médico militar, Cesare Lombroso. El mismo relata el descubrimiento que hizo en una ocasión en la década 1861-1870:   De repente, una mañana de un sombrío día de diciembre, encontré en el cráneo de un bandido una larga serie de anormalidades atávicas . . ., análogas a las que se encuentran en los vertebrados inferiores. Al ver estas extrañas anormalidades (como cuando se ilumina una extensa llanura por un horizonte resplandeciente), medi cuenta de que el problema de la naturaleza y generación de los criminales estaba resuelto para mí” [Radzinowicz, 1966, p. 29] Recientemente se han suscitado preguntas sobre la naturaleza de dichos “bandidos”: ¿eran delincuentes comunes, ladrones?, o ¿eran campesinos rebeldes?; ¿se resolvía la cuestión de la naturaleza y causa de la criminalidad basándose en el cráneo de un enemigo político? De cualquier manera, las causas del crimen se atribuían firmemente al interior del cuerpo. Los criminales eran diferentes a la mayoría de  la demás gente; y había que hacerles frente con métodos científicos. Había que internarlos o darles tratamiento, de acuerdo con las necesidades de cada criminal. Lombroso fue el buque insignia: detrás de él llegaron Ferri en Italia, von Liszt en Alemania, Bernhard Getz en Escandinavia; luego siguieron reglamentaciones y medidas especiales relacionadas con las circunstancias particulares del infractor individual.  Adoptamos la detención preventiva, la custodia, sentencias indeterminadas y expertos que decidieron el momento de la liberación; instituciones para sicópatas y especiales para alcohólicos. El estado liberal no era tan liberal cuando se trataba de establecer las condiciones externas para el libre flujo de la empresa económica. La construcción de carreteras y ferrocarriles y la reglamentación de la pobreza se volvieron tareas esenciales. Se formó un ejército de expertos. El control de las desviaciones se volvió  esencial para el desarrollo industrial. Las bases intelectuales de esta forma de pensar se establecieron enel siglo xix. Tove Stang Dahl describe este movimiento en dos obras importantes (1977, 1978). Ignatieff (1978, p. 215) llega a la misma conclusión: “La intensificación de la disciplina laboral iba de la mano con la elaboración de la libertad de un mercado laboral . . .” 

 

-La caída de un imperio-

Estas medidas casi han desaparecido. En mi país, desde 1970 se permitió que los vagos y alcohólicos permanecieran en las calles. Las medidas especiales contra los psicópatas están cada vez más pasadas de moda. Dinamarca y Finlandia han aban- donado el sistema por completo, y Noruega y Suecia pronto harán lo mismo. Los reformatorios y las pri- siones especiales para jóvenes han sido abolidos en todos lados, excepto en Suecia. La principal excepción que queda tiene que ver con el llamado “criminal peligroso”. Dinamarca tenía 20 personas clasificadas como tales en 1978, y Finlandia 9. Noruega posiblemente encontrará una solución correspondiente a la de Finlandia cuando queden abolidas las medidas especiales contra los sicópatas. Un comité sueco propuso recientemente que se descartara la clasificación “igual a la demencia”. En general, hemos regresado a un sistema en que las sentencias definidas se dictan en los tribunales. En gran parte, esto tenía que suceder. En primer lugar, la hipocresía del sistema pronto se volvió transparente. Un estudio tras otro indicaban que los centros de tratamiento para delincuentes no eran hospitales después de todo. Eran sospechosamente similares a las prisiones ordinarias; el personal que daba “tratamiento” era semejante al personal de una cárcel; y los supuestos pacientes eran igualmente similares a los antiguos clientes de la prisión, sólo que con una actitud aún más negativa hacia lo que les estaba sucediendo que la que solían expresar los presos ordinarios. El tratamiento indeterminado para la delincuencia obviamente era más doloroso que el anticuado método del dolor causado intencionalmente. En segundo lugar, también se pudo ver que el sistema de tratamiento no trataba con éxito. La ideología del tratamiento estaba basada en los conceptos del pensamiento utilitario y científico. Los defensores del tratamiento aseguraban que era útil para el paciente, y al mismo tiempo estaban abiertos a la investigación. Sin embargo, como se ha demostrado eficientemente en la literatura sobre los efectos de los tratamientos para la delincuencia, los alegatos de su utilidad no han sido confirmados. Con excepción de la pena capital, la cadena perpetua y posiblemente la castración, ninguna cura ha resultado ser más eficiente que las demás como un medio para impedir la reincidencia. Incluso en los pocos casos en que ha habido realidades detrás de la terminología del tratamiento, no se ha confirmado ninguna reducción en las tasas de reincidencia. La unanimidad sobre este punto ahora es abrumadora, hasta el grado en que se hace necesario añadir algunas palabras de adverten- cia: lo que se ha intentado ha estado todo el tiempo dentro de los límites de los recursos disponibles. Nunca se ha emprendido una acción económica y social de tipo masivo. No se ha enriquecido a la gente pobre; no se han dado empleos de clase media a los trabajadores; no se ha ayudado a los jóvenes desarraigados a que realicen sus sueños ocultos; no se ha logrado dar nuevas relaciones sociales duraderas a la gente solitaria. Claro que no se ha hecho nada de esto, pues se requerirían reorganizaciones sociales que están fuera del alcance de los trabajadores en investigación criminológica.  En tercer lugar, se examinó concienzudamente el concepto de “peligrosidad”. Como resume von Hirsch (1972) en un excelente artículo, estudio tras estudio han documentado el uso vago del concepto, la baja capacidad de predicción cuando se trata de seleccionar a los tipos supuestamente peligrosos y la habitual falta de éxito en el tratamiento. Los estudios escandinavos, Christiansen y otros (1972), Dalgard (1966) y Stang (1966) coinciden plenamente. La interminable sucesión de escándalos que surgieron alrededor de las pocas instituciones especiales que quedaban (en el otoño de 1980 Reitgjerdet, en Noruega, y Rampton, en Inglaterra) ejemplifican las imposibles concesiones morales integradas en ellas. La ciencia proporcionó los argumentos; pero no bastan para cambiar la vida social. Esto nos trae a un cuarto punto en la explicación de la derrota de la ideología del tratamiento. Para los años sesenta, los trabajadores ya habían ganado algún po- der, o por lo menos respetabilidad. Los voceros de la clase trabajadora (que no necesariamente provenían de esa clase ni pertenecían a ella, excepto por su ideología) estaban molestos por las desigualdades expuestas y los abusos disfrazados de tratamiento. El hecho de que la mayoría de los que recibieron este tipo de tratamiento para la delincuencia resultaron pertenecer precisamente a las clases que se suponía estaban en el poder político no fortaleció exactamente la credibilidad de estas medidas. Y a esto ha- bía que añadir el hecho de que estaban a la vista medidas opcionales de control. El concepto de Estado benefactor había llegado: la pobreza y la desdicha debían combatirse por medio de pensiones y de ayuda social, no por medio de prisiones.

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