los límites del dolor: la disuasión

18 Mar

LOS LÍMITES DEL DOLOR

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NILS CHRISTIE

Traducción de Mariluz Caso

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Breviarios del Fondo de  Cultura Económica -381-

D. R. © 1988, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, S. A. DE C. V.

ISBN 968-16-1687-1

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el dolor sin límites

                                               el dolor sin límites                                         

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IV. DISUASIÓN

-Las ideologías gemelas-

Como uno de los que tomaron parte activa en la eliminación de las ideas y práctica del tratamiento dentro de la estructura del código penal, veo con considerable angustia y ansiedad cómo la disuasión está prosperando con la muerte de su competidor. Desde hace bastante tiempo he estado dando conferencias sobre los argumentos falsos del tratamiento durante las sesiones matutinas en Oslo, mientras que Johs. Andenaes (1974) ha argumentado en pro de la prevención general en la tarde y en la misma aula, ante un público muy atento. Y es natural que esté atento: estos estudiantes van a integrar el sistema para el control del crimen, y necesitan substitutos racionales de la ideología del tratamiento; substitutos científicos, buenos y racionales, como aquellos a que están acostumbrados. Y los reciben; los reciben cada vez en mayor número. Durante los últimos años hemos recibido importantes proposiciones para que se cambie el sistema penal tanto en Finlandia (Straffrättskommitteens betänkande, 1976; Anttila, 1977) como en Suecia (Brottsförebyggande Radet, 1977). En ambos casos se declara que la ideología del tratamiento está muerta; y en ambos los ponentes encuentran un substituto muy de su agrado en la disuasión (o “prevención general” como la llamamos en Escandinavia) como el fundamento básico del sistema penal. Las dicotomías gobiernan el mundo: las ideas de tratamiento se han desvanecido, por lo que hay necesidad de prevención general. Para mí esto parece ser la mayor debilidad del informe -qué por lo demás parece ser inspirado e inspirador- sobre el “Nuevo sistema penal” de Suecia (Brottsförebyg- gande Radet, 1977). Como si el tratamiento y la disuasión fueran las únicas formas de hacer frente a los conflictos. Es demasiado sencillo, pero al mismo tiempo es bastante natural que las ideas de la prevención general estén reemplazando a las del tratamiento. Los dos conjuntos de ideas son presentados a menudo como esencialmente diferentes; pero en realidad están estrechamente relacionados en muchos puntos. En su etapa reciente, ambos son resultado de una época de pensamiento racional y útil. Tienen en común un elemento manipulativo. El tratamiento tiene por objeto cambiar al delincuente; la disuasión es un intento de cambiar la conducta de la gente. En ambos casos es un dolor con un propósito. Se supone que tiene lugar algún tipo de modificación de la conducta. Otro elemento común es que uno y otro están firmemente incrustados en la ciencia. Sin embargo,  ya no resulta divertido medir los efectos del tratamiento. Todos ellos son negativos;  de ahí que los investigadores se hayan trasladado a una nueva tierra prometida. ¿Sirve de disuasión del asesinato privado que se introduzca el asesinato por el Estado? Isaac Ehrlich (1975) afirma que se salvan de siete a ocho personas por cada asesino que se ejecuta; mientras que otros autores argumentan que Thorsten Sellin (1967) tenía razón cuando descubrió que la pena de muerte no tenía influencia sobre la tasa de asesinatos en un Estado. Los problemas son más complejos que los de evaluar los efectos del tratamiento, pero en principio los problemas y potencialidades que se han de medir son los mismos dentro de la prevención general y el tratamiento. También son los mismos los grupos que toman parte en las nuevas disputas. Y puesto que son cuestiones factuales, científicas y de ingeniería social aplicada, estamos de nuevo en manos de los expertos en mediciones, y posteriormente estaremos en las de los “técnicos sociales” para hacer que los resultados se traduzcan en acción. Las similitudes entre la ideología del tratamiento y la disuasión explican por qué son tan fácilmente intercambiables. Pero también hay diferencias entre las dos. Llama particularmente la atención la mayor capacidad de supervivencia de las ideas dentro del campo de la disuasión o prevención general. La teoría se atribuye validez empírica, al igual que se la atribuía el tratamiento. Pero es un asunto mucho más difícil de investigar. En primer lugar, hasta sus conceptos básicos están vagamente delimitados. La imprecisión dentro de este campo está ampliamente ejemplificada por el simple hecho de que los conceptos clave, “prevención general” y “disuasión”, se usan de modo intercambiable en la mayoría de las publicaciones, y por lo tanto también en esta obra (cf. Andenaes, 1974, Apéndice 1). Además, hojeando la literatura, podemos ver cómo todo, desde la actividad policíaca hasta la horca, puede clasificarse como estímulos en un sistema de prevención general o disuasión. En general, creo que es justo decir que todos los elementos que podrían concebirse en un control social formal también podrían clasificarse como elementos de la prevención general. Por último, incluso en los casos en que los estímulos son reducidos a propor- ciones manejables, los efectos son frecuentemente más difíciles de medir que los del tratamiento. Las razones son simples: los efectos del tratamiento por lo menos tenían un blanco formalmente claro: los que recibían tratamiento; con la prevención general o disuasión estas cuestiones son más complicadas: la población general, toda o en parte, es el blanco. Esa población podría cambiar su actividad de un tipo de crimen a otro, o pasar de un país a otro, podría haber recibido el mensaje de una mayor o menor dosificación del estímulo, o podría no haberlo recibido. Tanto conceptual como empíricamente, las ideas de la prevención general o disuasión son así más incómodas de manejar que las ideas del tratamiento. La vaguedad en cuanto a las definiciones, estímulos y blancos u objetivos hace casi imposible desaprobar estas ideas. La teoría se fortalece al afirmar que está fundada en la ciencia, pero sobrevive al escrutinio empírico. Son probablemente estos aspectos de la teoría los que hacen posible que la prevención general llene el vacío que ha dejado el tratamiento, y lo que hace a la ideología apropiada en una época en que la imposición de dolor habría sido problemática de otra forma. 

-Explicaciones científicas de lo obvio-

Es obvio que el castigo dirige la acción. Nosotros lo sabemos: no se nos ocurre tocar un horno candente; a menudo cambiamos nuestra conducta si alguien que significa mucho para nosotros nos censura por nuestro mal comportamiento; los más de nosotros usamos cinturones de seguridad si nos va a costar caro no hacerlo. Lo que sabemos de nuestra vida personal tendemos a transferirlo a nuestra vida pública. Mi experiencia en mi familia y con el círculo de mis amigos recibe validez en la discusión sobre cómo disuadir al ladrón, al toxicómano, al delincuente violento. ¿Por qué los castigos no los disuaden de su proceder, como me sucede a mí con el horno caliente? En realidad hay razones bastante buenas por las que esto no sucede. En la arena pública no hay control y castigo inmediatos, sino sanciones formales que siguen mucho tiempo después del posible delito. Aquí no se trata de castigos aplicados por alguien que tiene alguna relación con el ofensor, y por lo tanto también mayores posibilidades que la mera creación de dolor. Por lo general tampoco se trata de una alternativa entre castigos o nada, sino de un au- mento o de una disminución de algunos tipos de castigos para tipos específicos de crímenes. Para apli- car nuestra experiencia cotidiana sobre cómo evitar el dolor a un debate general acerca de la disuasión, tendríamos que formular preguntas sobre la capacidad de disuasión de un horno a 200 C° en comparación con la de uno a 300 C°, o sobre un regaño del padre que dura unos pocos minutos en comparación con un regaño de 15 minutos. Por último, algo muy importante es que una discusión sobre la prevención general no es un análisis de los efectos inmediatos del dolor, sino principalmente de los efectos que sobre la persona A causa el hecho de que la persona B sea castigada. Algunos de nosotros no tenemos la capacidad de escarmentar en cabeza ajena. De todas maneras, es obvio que el castigo sí disuade. Algunas clases de castigo evitan ciertas acciones en algunas situaciones. Sin ningún castigo, podría surgir el caos. Cuando la policía se pone en huelga, sobrevienen problemas. Estoy completamente de acuerdo. En su forma más elemental, la premisa básica de la teoría de la disuasión es completamente válida. Si no se toma ninguna medida contra los que violan la ley, esto ciertamente afectará el grado general de criminalidad en el país. Sin embargo, en la práctica las ideas de la prevención general o disuasión no se aplican en esa forma elemental de la teoría. En la práctica, estas ideas se aplican cuando los políticos necesitan argumentos para aumentar las penas para ciertos delitos, o cuando los jueces desean ser particularmente severos; por ejemplo, cuando quieren aumentar un castigo de un año de prisión a dos años. En mi país, innumerables sentencias comienzan con la fórmula: “Por razones de prevención general, es necesario aplicar aquí una sanción severa”. Es una salida prudente, basada en la intuición y en la ciencia. Aquí llegamos al meollo del problema: las teorías sobre la prevención general o disuasión son completamente aceptables cuando se trata de ejemplos extremos: todo o nada. El que no se tomara ninguna medida contra los que violan la ley ciertamente afectaría el grado general de criminalidad en el país; si la evasión fiscal se castigara sistemáticamente con la pena capital, mejoraría la conducta tributaria. Pero éstos no son los casos en que se usan las ideas. Casi todas las aplicaciones concretas se refieren a pequeñas adiciones o substracciones de los niveles de dolor usuales. Aquí las teorías y los estudios empíricos dentro del campo de la prevención general no nos sirven de guía; sino que, al usar constantemente sus ejemplos extremos, los especialistas en este campo nos dan la impresión de tener teorías y resultados útiles. En otras palabras, le dan al procedimiento de repartir dolor una falsa legitimidad. Podrían haber dicho: “Opinamos que los criminales y delincuentes deben sufrir”. Éste es un concepto de valores que está abierto al ataque, y nos podríamos haber metido en un debate moral sobre el sufrimiento. Pero no lo dicen; sino que mantienen, después de complicadas discusiones científicas (y vividas demostraciones de que las ideas del tratamiento no tienen ninguna base científica), que basan sus propias ideas en la ciencia empírica. Luego sacan a relucir todos los casos clásicos de los efectos obvios de ciertas formas de dolor para apoyar su argumento. Al expresar lo obvio en términos científicos, se crea la impresión de que la elección del castigo está basada en la razón, y de que la imagen del crimen habría sido diferente si los métodos de castigo hubieran sido diferentes. Se da al dolor una legitimación científica:  estamos muy a gusto con lo que hacemos, ¡pero perseveramos en nombre de la ciencia!


 

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