¿Cuál es el origen de las lenguas?: contesta Jean Jacques Rousseau

26 Mar

 

 

   … Obsérvese cuántas ideas debemos al uso de la palabra, cómo la palabra ejerce y facilita las funciones del espíritu y piénsese en las inconcebibles penas y en el tiempo infinito que ha debido de costar la primera invención de las lenguas;  únanse estas reflexiones a las anteriores, y se juzgará cuántos millones de siglos han debido de necesitarse para desenvolver sucesivamente en el espíritu humano la operación de que era capaz.  Séame permitido considerar un momento las dificultades del origen de las lenguas.  Podría contentarme con citar o repetir aquí las investigaciones que el abate de Condillac, ha hecho sobre esta materia, las cuales confirman plenamente mi opinión y que acaso me han sugerido la primera idea.  Pero la manera que tiene este filósofo de resolver las dificultades que se presenta a sí mismo, sobre el origen de los signos instituídos, demuestra que ha supuesto lo que yo pongo a discusión, a saber:  cierta especie de sociedad ya establecida entre los inventores del lenguaje;  por lo que creo que, remitiéndome a sus consideraciones, debo añadir las mías para exponer las mismas dificultades con la claridad que conviene a mi objeto.  La primera que presento es el imaginar cómo las lenguas pudieron hacerse necesarias, porque no teniendo los hombres correspondencia alguna entre sí, ni necesidad de tenerla,  no se concibe la necesidad de esta invención ni su posibilidad, si es que fue indispensable.  Diré también, como otros muchos, que las lenguas han nacido en el comercio doméstico de los padres, las madres y los hijos;  pero, además de que esto no resolvería las objeciones, sería incurrir en la falta de los que, razonando sobre el estado de naturaleza  y trasladando a ésta ideas tomadas en la sociedad,  siempre ven a la familia reunida en una misma habitación, y a sus miembros guardando entre ellos unión tan íntima y permanente como entre nosotros, donde tantos intereses comunes los reúnen;  mientras que en este primitivo estado, no teniendo ni casa, ni cabañas, ni propiedad de ninguna especie, cada uno se alojaba al acaso, y con frecuencia para una sola noche:  los varones y las hembras se unían fortuitamente según su encuentro, la ocasión y el deseo, sin  que la palabra fuera intérprete muy necesario de las cosas que hubieran de decirse, y hasta se apartaban con la misma facilidad.  La madre amamantaba, al principio, a sus hijos por su propia necesidad;  después, queriéndole por hábito, los alimentaba;  tan pronto como adquirían fuerza para buscarse su sustento, aquéllos abandonaban a la madre,  y como allí no había otro medio de encontrarse que el de no perderse de vista,  pronto llegaban a no conocerse unos a otros.  Observad, además, que teniendo el niño todas sus necesidades por explicar, y, por consiguiente, más cosas que decir a la madre que la madre al niño,  éste es quien debía hacer los mayores esfuerzos de invención;  de manera que la lengua que él empleaba debía ser en gran parte su propia obra;  lo cual multiplica las lenguas tanto como individuos hay para hablar,  a lo que contribuye todavía más la vida errante y vagabunda,  que no deja a idioma alguno tiempo para adquirir consistencia.  Porque decir que la madre dicta al hijo las palabras de que deberá servirse para pedirle una cosa, es manifestar cómo se enseñan las lenguas ya formadas, pero no enseñar cómo se forman éstas.   Supongamos vencida esta primera dificultad;  crucemos por un momento el inmenso espacio que debió de encontrarse entre el puro estado de naturaleza y la necesidad de las lenguas, y busquemos, suponiéndolas necesarias,  cómo pudieron comenzar a establecerse.  Nueva dificultad,  peor aún que la precedente, porque si los hombres tienen necesidad de la palabra para aprender a pensar,  han tenido aún mayor necesidad de saber pensar para encontrar el arte de la palabra;  y después de comprender cómo el sonido de la voz ha sido tomado por interpretación convencional de nuestras ideas, quedaría siempre por saber cuáles han podido ser los medios de interpretar las ideas que, no teniendo objeto sensible, no podían indicarse  ni por el gesto ni por la voz;  de suerte que apenas se pueden formar conjeturas admisibles acerca del nacimiento de este arte de comunicar sus pensamientos y establecer comercio entre sus espíritus.  Arte sublime que está ya muy lejano de su origen;  pero que el filósofo ve aún a tan prodigiosa distancia de su perfección,  que no hay hombre bastante atrevido para afirmar que ésta llegará algún día,  aunque las revoluciones que el tiempo trae necesariamente fuesen suspendidas en favor suyo,  y los prejuicios saliesen de las academias o se callasen ante ellas,  para que éstas pudieran ocuparse de este espinoso asunto durante siglos enteros y sin interrupción.  El primer lenguaje del hombre, el lenguaje más universal,  el más enérgico,  el único de que hubo necesidad antes que fuese preciso persuadir a hombres reunidos, es el grito de la naturaleza.  Como este grito es arrancado por una especie de instinto en ocasiones forzosas,  para implorar socorro en los grandes peligros o alivio en los males violentos,  no era de uso frecuente en el curso ordinario de la vida, donde reinan sentimientos más moderados.  Cuando las ideas de los hombres comenzaron a extenderse y a multiplicarse, y se estableció entre ellos comunicación más estrecha,  buscaron signos más numerosos y un lenguaje más extenso.  Multiplicaron las inflexiones de la voz y añadieron los gestos que por su naturaleza son más expresivos, y cuyo sentido depende menos de una determinación anterior.  Expresaban, pues, los objetos visibles y móviles por gestos,  y aquellos que hieren al oído,  por sonidos imitativos;  pero como el gesto no indica apenas más que los objetos presentes y fáciles de describir y las acciones visibles,  no siendo de uso universal,  porque la oscuridad o la anteposición de un cuerpo lo hacen inútil, y,  como más exige atención que la excita,  se imaginó, por fin, sustituírlo con articulaciones de la voz,  las cuales, sin tener la misma relación con ciertas ideas, son más a propósito para representarlas todas como signos instituídos,  sustitución que no pudo hacerse más que de común consentimiento y de manera demasiado difícil de concebir en sí misma,  porque este acuerdo´unánime debió de ser motivado, y la palabra parece haber sido harto necesaria para establecer el uso de la palabra.  Debe comprenderse que las primeras palabras de que los hombres hicieron uso tuvieron en su espíritu una significación mucho más extensa que las empleadas en lenguas ya formadas,  y que ignorando la división de la oración en sus partes constitutivas,  los hombres dieron a cada palabra el sentido de una proposición entera.  Cuando empezaron a distinguir el sujeto del atributo y el verbo del nombre, cosa que  no fue mediano esfuerzo de ingenio,  los sustantivos no fueron más que nombres propios,  el infinitivo el único tiempo de los verbos, y en cuanto a los adjetivos, la noción no debió de desarrollarse sino muy difícilmente,  porque todo adjetivo es una palabra abstracta,  y las abstracciones son actos penosos y poco naturales.  Cada objeto recibió desde luego un nombre particular,  sin consideración a los géneros y a las especies, que estos primeros fundadores no estaban en condiciones de distinguir;  como lo estaban en el cuadro de la naturaleza.  Si una encina se llamaba A,  otra se llamaba B,  pues la primera idea que se obtiene de dos cosas es que para observar lo que las dos tienen en común,  de manera que cuanto más se limitan los conocimientos, más extenso se hace el diccionario.  La dificultad de esta nomenclatura no pudo ser resuelta fácilmente,  porque para colocar a los seres bajo denominaciones comunes y genéricas era menester conocer las propiedades y las diferencias, eran precisas observaciones y definiciones, es decir,  la Historia natural y la Metafísica en grado mucho mayor que los hombres de aquel tiempo podían tener.  Por otra parte, las ideas generales no pueden introducirse en el espíritu sino con ayuda de las palabras,  y el entendimiento no las alcanza sino mediante proposiciones. Ésta es una de las razones por la que los animales no sabrán formarse tales ideas ni adquirir nunca la perfección que de ellas depende.  Cuando un mono va sin vacilar de una nuez a otra, ¿se cree que tiene idea general de esta clase de fruto y que compara su  arquetipo con esos dos individuos?.  Sin duda que no;  pero la vista de una de estas nueces trae a su memoria las sensaciones que recibió de la otra,  y sus ojos,  impresionados de cierta manera,  anuncian a su gusto la impresión que va a recibir.  Toda idea general es puramente intelectual.  Por poco que la imaginación intervenga,  la idea se convierte en particular.  Intentad trazaros la imagen de un árbol en general,  y jamás lo consiguiréis,  a pesar vuestro,  será preciso verlo pequeño o grande,  débil o frondoso, claro u oscuro;  y si depende de vosotros ver sólo aquello que se halla en todo árbol,  esta imagen no se parece ya a un árbol.  Los seres puramente abstractos se ven de la misma manera,  o no se conciben sino por el discurso.  Sólo la definición de triángulo os da la verdadera idea de él;  tan pronto como os figuráis uno en vuestro espíritu,  es un triángulo determinado,  y no otro,  y no podéis evitar hacer las líneas sensibles o el proyecto coloreado.  Es preciso, por tanto, enunciar proposiciones, es preciso hablar para tener ideas generales, porque tan pronto como la imaginación se detiene, el espíritu no sigue con ayuda del discurso.  Si,  pues,  los primeros inventores no han podido dar nombres más que a las ideas que ya tenían, se deduce que los primeros sustantivos  no han podido ser nunca otra cosa que nombres propios…

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J.J. Rousseau;  “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”. Traducción de Consuelo Berges.  Ediciones Orbis S.A. Hyspamerica,  1984 – ISBN 950-614-243-2

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by Princess, republicana, a pesar del nombre...

by Princess!!, republicana, a pesar del nombre…

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