¿Cuál es el origen de las lenguas? (II): una teoría de Jean Jacques Rousseau

30 Mar

              Pero luego que, por medios que desconozco, nuestros nuevos gramáticos comenzaron a extender sus ideas y a generalizar sus palabras, la ignorancia de los inventores debió de sujetar este método a límites muy estrechos, y así como  habían multiplicado al principio los nombres de individuos por no conocer los géneros y las especies, hicieron después pocas especies y géneros por no saber considerar a los seres en todas sus diferencias.  Para llevar esas divisiones bastante lejos, fueron precisas más experiencia e ilustración que las que podían tener, y mayores investigaciones y trabajos que los que podían emplear.  Luego, si aún hoy se descubren cada día nuevas especies, que hasta ahora,  habían escapado a la observación, considérese cuánto debió de ocultarse a hombres que sólo juzgaban las cosas por su primer aspecto.  En cuanto a las clases primitivas,  a las nociones más generales, inútil es añadir que con mayor razón les fueron desconocidas.  ¿Cómo, verbigracia, habrían imaginado o entendido las palabras como materia, espíritu, sustancia, modo, figura, movimiento, si nuestros filósofos, que desde hace tanto tiempo se sirven de ellas, con dificultad las entienden?.  Además, las ideas que esas palabras encierran, por ser puramente metafísicas, no tienen en la naturaleza modelo alguno de donde pudieran haberse tomado.  Me detengo en estos primeros pasos y suplico a mis jueces suspendan aquí su lectura para considerar, a partir solalmente de la invención de los sustuantivos físicos, es decir, de la parte de la lengua más fácil de encontrar,  el camino que queda aún por recorrer para expresar todos los pensamientos del hombre, para tomar forma constante, poder ser hablada en público e influir en la sociedad.  Les suplico también reflexionen en el tiempo y conocimientos que han sido precisos para hallar los números, las palabras abstractas, los aoristos y todos los tiempos de los verbos, las partículas, la sintaxis, ligarlas oraciones, los razonamientos y formar toda la lógica del discurso.  En cuanto a mí, asustado por las dificultades que se multiplican, y convencido de la imposibilidad casi demostrada de que las lenguas hayan podido nacer y establecerse por medios puramente humanos, dejo al que quiera emprender la discusión de este difícil problema:  si ha sido más necesaria la sociedad ya formada para la institución de las lenguas, o las lenguas ya inventadas para el establecimiento de la sociedad.  Sea lo que fuere de estos orígenes, se ve al menos el escaso cuidado que la naturaleza se tomó en unir a los hombres por medio de mutuas necesidades y de facilitarles el uso de la palabra; lo poco que ha preparado su sociabilidad y lo poco que ha supuesto de su parte en todo lo que aquéllos han hecho para establecer los vínculos.  En efecto, es imposible imaginar por qué en esta situación primitiva tendría un hombre necesidad de otro hombre en mayor grado que un lobo o un mono la tienen de su semejante; ni, supueta esta necesidad, por qué razón podría prestarse el otro hombre a los deseos del primero; ni aun en este caso, cómo podrían convenir entre ellos sus condiciones.  De sobra sé que se repite sin cesar que nada hubo tan miserable como el hombre en ese estado:  y si es cierto, como creo haberlo demostrado, que solamente después de muchos siglos pudo tener deseo y ocasión de salir de él, ello sería motivo para entablar un proceso contra la naturaleza, y no contra aquel a quien de tal modo había ella misma destituído.  Pero, si interpreto bien el término miserable, comprendo que es un vocablo que no tiene sentido alguno, o que no significa más que la privación dolorosa y el sufrimiento del cuerpo o del alma, y entonces querré que se me explique cuál pudo ser el género de miseria de un ser libre con la paz en el corazón  y el cuerpo en perfecta salud.  Entonces pregunto: de la vida civil o natural, ¿cuál está más sujeta a convertirse en insoportable para los que disfrutan de aquéllas?.  No vemos en derredor de nosotros casi otra cosa que gentes que se lamentan de su existencia, muchos que en cuanto pueden hasta se privan de ella, no bastando la unión de las leyes divna y humana para poner término a este desorden.  Pregunto si en tiempo alguno se ha oído decir que un salvaje en libertad haya siquiera intentado quejarse de la vida y darse muerte, júzguese, pues, con menos orgullo, de qué lado está la verdadera miseria.  Por el contrario, nada hubiera sido tan miserable como el hombre salvaje desvanecido por las luces intelectuales, atormentado por las pasiones y razonando sobre un estado distinto del suyo.  Por sabia providencia, las facultades que tenía en potencia no debían desarrollarse sino cn las ocasiones de ejercerlas, para que no le resultasen superfluas y de pesada carga antes de tiempo, ni tardías e inútiles en la ocasión oportuna.  Con sólo el instinto tenían cuanto necesitaba para vivir en el estado de naturaleza; y con la razón cultivada no tiene más que lo necesario para vivir en sociedad.  Desde luego parece que no teniendo los hombres en este estado manera alguna de relación moral, ni de deberes conocidos, no podían ser buenos ni malos, y no tenían vicios ni virtudes; a menos que, tomando estas palabras en sentido físico, llamemos vicios en el individuo a las cualidades que pueden perjudicar a su propia conservación, y virtudes a las que pueden favorecerla,  en cuyo caso sería preciso calificar de más virtuoso al que menos resistiera los impulsos de la naturaleza.  Pero, sin separarnos del sentido ordinario, es oportuno suspender el juicio que podríamos formar sobre semejante situación y desconfiar de nuestros prejuicios hasta que, con la balanza en la mano, hayamos examinado si existen más virtudes que vicios entre los hombres civilizados, o si sus virtudes son más ventajosas que funestos son sus vicios o si el progreso de sus conocimientos es indemnización suficiente de los males que mutuamente se hacen a medida que se enteren del bien que deben hacerse; o si  no se hallarían en situación más feliz con no tener ni mal que temer ni bien que esperar de nadie, por estar sometidos a una dependencia universel al y con obligarse a recibirlo todo de aquellos que no se obligan a darles nada.  Sobre todo, no vamos a deducirlo, con Hobbes, que, por no tener el hombre ninguna idea del bien, fue naturalmente malo; que fue vicioso porque no conocía la virtud; que negó siempre a sus semejantes los servicios que no creía deberles,  y que en virtud del derecho que con razón se atribuía a las cosas que necesitaba, vanamente se consideraba como dueño único de todo el universo.  Hobbes ha comprendido perfectamente el vacío que dejan todas las modernas definiciones del derecho natural;  pero las consecuencias que deduce de la suya demuestran que la toma en un sentido que no es menos falso.  Razonando sobre los principios que establece, debía decir este autor que siendo el estado de naturaleza aquel con el cual nuestra conservación es el cuidado menos dañoso a los demás, era, por consiguiente, el más apropiado a la paz y el más conveniente al género humano.  Mas dice precisamente lo contrario, por haber incluido fuera de lugar, en el deber de conservación del hombre salvaje, la necesidad de satisfacer multitud de pasiones que son obra de la sociedad y que han hecho necesarias las leyes.  El malo, dice, es un niño fuerte: falta saber si el salvaje es un niño fuerte.  Aunque así se aceptase, ¿qué se deduciría?.  Que, siendo fuerte este hombre, era tan dependiente de los otros como siendo débil y no habría clase de exceso que no cometiera; que pegaría a su madre cuando tardase en darle de mamar;  que estrangularía a un hermano cuando se incomodase; que mordería la pierna a otro cuando le interrumpiese o molestase.  Pero en el estado de naturaleza son supuestos contradictorios ser fuerte y dependiente; y el hombre es débil cuando está sometido a dependencia, y de ahí que para ser fuerte se emancipe;  Hobbes no ha visto que la misma causa que impide a los salvajes el uso de la razón, como pretenden nuestros jurisconsultos, les impide al m ismo tiempo el abuso de sus facultades, como él  mismo reconoce.  De manera que podría decirse de los salvajes que no son malos precisamente porque no saben lo que es ser bueno; ya que no es el progreso de la ilustración ni el freno de la ley, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio lo que les impide hacer mal.  Hay, además, otro principio que Hobbes no ha visto: que habiendo sido dada al hombre, para suavizar sus determinadas circunstancias, la fiereza de su amor propio, o el deseo de conservarse, antes del nacimiento de ese amor, templa el ardor que tiene hacia su bienestar por medio de la repugnancia innata a ver sufrir a su semejante.  Creo no debo temer contradicción alguna si concedo al hombre la única virtud natural que haya sido obligado a reconocer el más obstinado detractor de las virtudes humanas.  Me refiero a la piedad, disposición conveniente a seres tan débiles y sujetos a tantos males como nosotros somos; virtud tanto más universal y útil al hombre cuanto que precede en él al empleo de toda reflexión, y tan natural que los mismos brutos dan de ella algunas veces señales evidentes…

Φ

 

J.J. Rousseau ”Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”. Traducción de Consuelo Berges.  Ediciones Orbis S.A. Hyspamerica,  1984 – ISBN 950-614-243-2

Φ

 

 

 

 Primera tumba de Jean-Jacques Rousseau en la isla del parque de Ermenonville

Primera tumba de Jean-Jacques Rousseau en la isla del parque de Ermenonville

Anuncios

Gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: