las páginas amarillas de Princesa García: origen de las diversas formas de gobierno; según Rousseau

6 Abr

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Las diversas formas de gobierno deben su origen a las diferencias mayores o menores que se hallan entre los particulares en el momento de su institución.  ¿Un hombre era eminente en poder, en virtud, en riqueza o en  crédito?. Fue elegido magistrado único, y el Estado se hizo monárquico.  Si muchos aproximadamente iguales entre sí dominaban por su crédito sobre los demás, fueron elegidos todos constituyéndose una aristocracia.  Aquellos cuya fortuna o talento eran menos desproporcionados y se habían separado en menor grado del estado de naturaleza y guardaron en común la administración suprema y formaron una democracia.  El tiempo comprobó cuál de esas formas era más ventajosa a los hombres.  Unos estuvieron sometidos únicamente a las leyes,  otros obedecieron muy pronto a los amos.  Los ciudadanos quisieron conservar su libertad;  los súbditos no se cuidaron más que de quitársela a sus vecinos,  no pudiendo sufrir que otros gozasen de un bien que ellos no tenían.  En una palabra:  de un lado estuvieron las riquezas y las conquistas, y de otro, la felicidad y la virtud.  En estos diversos gobiernos,  los magistrados fueron al principio electivos, y cuando la riqueza no lo impedía se concedía la preferencia al mérito, que da natural ascendiente, y a la edad, que acredita experiencia en los negocios y sangre fría en las deliberaciones.  Los ancianos entre los hebreos, los gerontes de Esparta y el Senado de Roma y hasta la misma etimología de nuestra palabra señor,  prueban de qué modo era antaño respetada la vejez.  A medida que las elecciones recaían en hombres de más avanzada edad, hacíanse más frecuentes, y mayores dudas se presentaban; aparecieron las cábalas, formáronse facciones, los partidos se agriaron, encendiéndose la guerra civil;  por último, fue sacrificada la sangre de los ciudadanos a la pretendida felicidad del Estado, y se estuvo en vísperas de caer de nuevo en la anarquía de los tiempos anteriores.  La ambición de los poderosos aprovechó estas circunstancias para perpetuar sus cargos en sus familias;  el pueblo, habituado ya a la dependencia, al reposo y a las comodidades de la vida, y lejos así mismo de estar en situación de poder romper sus cadenas, consistió en el aumento de su servidumbre como medio de asegurar su tranquilidad; y así es como los jefes, que llegaron a ser hereditarios, se acostumbraron a mirar su magistratura como un caudal de familia, a considerarse ellos mismos propietarios del Estado, del cual no eran, ciertamente, más que funcionarios; a llamar esclavos a sus conciudadanos, a contarlos, como a rebaños, entre el número de las cosas de su propiedad, y a llamarse a sí mismos iguales a los dioses y reyes de los reyes.  Si seguimos el progreso de la desigualdad en estas diferentes evoluciones, hallaremos que su primera causa fue la constitución de la ley y del derecho de propiedad;  la institución de la magistratura, la segunda; y la tercera y última, el cambio de poder legislativo en poder arbitrario.  De manera que la condición de rico o pobre fue autorizada por la primera época;  la de poderoso o débil, por la segunda;  y por la tercera, la de señor y esclavo, que es el último grado de la desigualdad y término a que llegan los demás, hasta que nuevas revoluciones disuelven de repente el gobierno o le aproximan a la institución legítima.  Para comprender la necesidad de este progreso, menos se necesita considerar los motivos del establecimiento del cuerpo politico que la forma de ejecucuón que adopta y los inconvenientes que lleva consigo;  porque los vicios que hacen necesarias las instituciones sociales son los mismos que hacen inevitable el abuso; y como, excepción hecha de Esparta, donde la ley vigilaba principalmente la educación de los niños, y donde Licurgo estableció costumbres que casi le excusaban de añadir ley alguna, en general son las leyes menos fuertes que las pasiones,  los hombres continúan sin cambiar, y será fácil la demostración de que todo gobierno que sin alterarse ni viciarse sigue su camino, siempre conforme al fin de su institución, no tiene necesidad de existir, que un país en donde nadie eludiese las leyes ni abusara de la magistratura no tendría necesidad de magistrados ni de leyes…

 

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J.J. Rousseau ”Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”. Traducción de Consuelo Berges.  Ediciones Orbis S.A. Hyspamerica,  1984 – ISBN 950-614-243-2

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Jean Jacques Rousseau - Retrato al óleo de Allan Ramsay (1713-1784)

Jean Jacques Rousseau – Retrato al óleo de Allan Ramsay (1713-1784)

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