Los límites del dolor: el escudo de las palabras -escritos de Nils Christie-

1 May

Los límites del dolor

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NILS CHRISTIE

Traducción de Mariluz Caso

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Breviarios del Fondo de  Cultura Económica -381-

D. R. © 1988, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, S. A. DE C. V.

ISBN 968-16-1687-1

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las fábricas del dolor

las fábricas del dolor

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Con facilidad se olvida la gravedad de los fenómenos que están en el meollo del código penal.  Si un empleado de una empresa funeraria se diera el lujo de participar en toda la aflicción que encontrara, si cargara con ella, pronto tendría que cambiar de empleo. Lo mismo sucede probablemente con aquellos de nosotros que trabajamos dentro del sistema penal, o que estamos conectados íntimamente con él. Es difícil vivir con las cuestiones a que nos tenemos que enfrentar. Sobrevivimos convirtiendo el trabajo en rutina, dedicándonos sólo a fragmentos del todo por vez y distanciándonos del cliente y particularmente de la experiencia que tiene el cliente de su propia situación. Las palabras son un buen medio de disfrazar el carácter de nuestras actividades. Las agencias funerarias tienen un vocabulario perfectamente apropiado para la supervivencia: los muertos se han “ido a descansar” o a “dormir”, los sufrimientos han cesado, el cuerpo se ha vuelto hermoso de nuevo y, en los Estados Unidos, la fiesta de despedida es arreglada por profesionales en una funeraria. Lo mismo hacemos dentro del sistema de control del crimen y el medio que lo rodea. ¿Acaso no es característico que ya haya usado en este capítulo la palabra “cliente” dos veces, en vez de “la persona que va a ser castigada”?.  “Cliente” es un término cómodo -que en otros tiempos significó “dependiente”, protegido”-, el cual frecuentemente de- signa a una persona a quien ofrecemos servicios o ayuda. En el interior de las prisiones (por lo menos en mi parte del mundo) se le llama “residente” en vez de “preso”. Su cuarto en la prisión se denomina así: “cuarto”, no “celda”. Si se porta mal, es posible que se le ofrezca “tratamiento en un cuarto individual”. En la práctica, esto puede significar días de aislamiento en una celda desprovista de muebles. En mí país, a la mayoría de los empleados de las prisiones se les llama “betjent”, que significa “aquel que sirve”: no se les llama “guardias”. Sin embargo, en el nivel más alto del sistema penal noruego somos bastante moderados en el uso de los eufemismos: a los directores de la cárcel los llamamos así: “directores de la cárcel”; de igual manera llamamos al cuerpo administrativo más alto la “junta de la prisión”. En Suecia llaman al nivel superior “Kriminalvardstyrelsen”. “Vard” tiene connotación de cuidado, atención. Al director danés de todo el sistema se le llama director para el forsorg del crimen; es la palabra que usamos para aquellos que precisan de cuidados: los enfermos, los ancianos, los muy necesitados, los niños pequeños que no tienen a quien recurrir. El uso general de la palabra forsorg se abandonó cuando se estableció la seguridad social, que consistía en gran parte en servicios médicos. Así que ahora el término se usa para nuevos propósitos, como en el susodicho título para el director del sistema que se encarga de aplicar las sanciones penales. ¿Qué clase de palabras debemos escoger?.  Es cierto que hay muchos pensamientos bondadosos detrás de las palabras bondadosas. Es posible que los presos se sientan mejor si no se les recuerda constantemente su condición llamándolos “reclusos”, metidos en “celdas”, transferidos a “celdas de castigo especial”, vigilados por “guardias” y dirigidos por “directores de la cárcel”; quizá se sientan menos estigmatizados. Tal vez recibirían más servicio y ayuda si al sistema se le llamara forsorg en vez de “sistema penitenciario”. Es posible que las palabras bondadosas creen un mundo semejante. Sin embargo, lo que me hace preguntarme si no existe algo más que mera bondad es la fácil manera con que aceptan estas palabras bondadosas los que tienen la autoridad. Los que sufren no son los que evitan las expresiones de congoja; es la sociedad la que las evita, con la ayuda de los directores de las funerarias. Geoffrey Gorer (1965) ha señalado: en nuestros tipos de sociedades existe un fuerte tabú contra ex- presar aflicción y pena agudas. El sufrimiento debe expresarse en una forma controlada, y no por mucho tiempo. Se supone que esto es lo mejor para quienes están cerca de la muerte y de la desdicha; y cierta- mente es bueno para los que no están tan cerca.  Por medio del lenguaje y la ceremonia, la aflicción ha desaparecido de la vida pública. Y también los dolores del castigo. En los tiempos en que se acostumbraban la flagelación, la amputación o la muerte como castigo, el sufrimiento era más obvio (excepto para los perversos que se ingeniaban para que las autoridades los ejecutaran, con lo cual se ahorraban el sobremanera pecaminoso acto de suicidarse). Las cadenas pesadas simbolizaban la degradación; era una imagen clara de aflicción y desdicha. En la actualidad, algunas cárceles parecen hoteles modernos, otras parecen internados. Allí se cuenta con comida decente, trabajo o estudio; hay hombres y mujeres en la misma unidad en la pecaminosa Dinamarca, visitas conyugales en Suecia: todo parece una vacación a expensas de los contribuyentes. De acuerdo con esto, el fenómeno del dolor y el sufrimiento casi se ha extinguido, incluso en los libros de texto sobre derecho penal. La mayoría de los textos indican claramente que el castigo es un mal que tiene intención de ser un mal; pero las obras modernas no dicen casi nada más al respecto. En comparación con la enorme riqueza de detalles y las sutiles distinciones que generalmente ofrecen estos libros de texto, existe una notable reserva entre los autores recientes cuando se trata de describir el fe- nómeno medular: las penas o castigos. El dolor que causan los castigos y el sufrimiento y la congoja que se sienten son elementos que generalmente no apa- recen en los textos. No se trata simplemente de un descuido, como se descubre al desafiar a los escrito- res de derecho penal en relación con su estéril descripción de los fenómenos centrales de su oficio, y al sugerirles que deberían volverse más concretos al escribir. La palabra penal está estrechamente rela- cionada con “pena” o dolor. Esto es más obvio en la  tradición lingüística del inglés y el francés que en la tradición alemana y escandinava, donde hablamos de Strafferett o Strafrecht, que quiere decir “código del castigo”; pero en ambas tradiciones lingüísticas se crearía un revuelo considerable si se sugiriera que a la ley básica se le debería llamar “ley del dolor”-. Yo lo he sugerido, y por eso lo sé: a los profesores de derecho penal ciertamente no les gusta que los de- signen como profesores “en derecho del dolor”; a los jueces no les agrada sentenciar a la gente al dolor, sino que prefieren sentenciarla a diversas “medidas”; a los establecimientos penitenciarios no les agrada que los consideren como “instituciones para infligir dolor”. Aun así, una terminología de este tipo presentaría un mensaje muy preciso: el castigo como lo impone el código penal es la imposición consciente de dolor. Se supone que los que reciben un castigo han de sufrir; si en general lo disfrutaran, sería nece- sario cambiar el método. Las instituciones penales se esfuerzan para que los que reciben las sentencias reciban algo que los haga infelices, algo que los lastime.  El control del crimen se ha convertido en una operación limpia e higiénica. El dolor y el sufrimiento han desaparecido de los libros de texto y de las de- signaciones usuales; pero, como es natural, no han desaparecido de la experiencia de los penados. Los blancos de la acción penal están igual que en otros tiempos: asustados, avergonzados, e infelices. A veces se esconden detrás de una fachada ruda pero que se puede penetrar fácilmente, como lo ejemplifican muchos estudios. Martha Baum muestra en detalle cómo unos “ancianitos” se empequeñecían al enfrentarse al hecho de que no iban a regresar a su casa con su madre (véase Wheeler, 1968). Cohen y Taylor (1972) describen técnicas de “supervivencia sicológica”. Tales técnicas no son necesarias si no existe el sufrimiento. Todo el libro es un triste relato de los éxitos de aquellos que trataron de hacer sufrir a otras personas. También lo es la descripción de Sykes (1958) de lo que llama con justa razón “los sufrimientos del encarcelamiento”. Eso mismo dejan ver las palabras de los propios reclusos. Un hombre que acababa de salir de una de las prisiones de Castro describió su destino en una entrevista con Inger Holt-Seeland en el periódico danés Information (11 de diciembre de 1979); este hombre medía el tiempo a través de los cambios de quienes lo visitaban:  Intentaré darles una especie de versión fílmica de cómo pasa el tiempo para los presos. Traten de imaginar el primer año, cuando las visitas son amenizadas por los niños. Llegan corriendo, seguidos por algunas mujeres jóvenes y bellas…, se mueven aprisa…; detrás de ellos, más lentamente, llegan los padres, hermanos, suegros, cargados con pesadas bolsas. Algunos años después, las cosas cambian: ahora algunos jóvenes llegan primero; ya no son niños, son jóvenes de 12, 13 y 14 años, a los que siguen mujeres de más de treinta años, con diferentes movimientos, con diferentes expresiones en su rostro . . .; y aquellos que tenían 40 o 50 años ahora tienen 60 o más. Ahora llegan más lentamente … Y así como el carácter de sus visitas ha cambiado, también ha cambiado su ropa, la que llevan es más obscura; sus ademanes han disminuido, las voces agudas han desaparecido; los chistes ya no se oyen, ni las anécdotas e historias: sólo se habla de lo esencial. La visita se vuelve más triste, se dicen menos palabras, el gozo se ha ido … En cuanto a los presos, sus cabezas se han puesto blancas, sus rostros se han arrugado, se les han caído los dientes .. .  Este hombre pasó 18 años en prisión. En Escandinavia salimos del paso fácilmente. Nos podemos decir a nosotros mismos: “esto no sucede aquí”, “no durante tanto tiempo”, “no por mucho tiempo, para la gran mayoría”. Lo cual es cierto, pero sólo hasta un punto. Si nos tomamos la molestia de penetrar las fachadas del diseño escandinavo, encontramos que estos supuestos vacacionistas son tan desgraciados en algunos casos del sistema escandinavo moderno, como cuentan que lo eran en las antiguas cárceles del tipo de Filadelfia. ¿Cómo podría ser de otro modo? Los presos comparten la mayoría de los valores de la gente ordinaria. Los llevan ante un juez y los meten entre cuatro paredes como consecuencia de actos de los que se supone que deben avergonzarse. Si no se avergüenzan de sus actos, por lo menos deben hacerlo por estar en esa situación. Y si no se avergüenzan, por lo menos se llenan de tristeza por el simple hecho de que la vida está pasando sin que participen en ella.  Mientras escribía yo esto, llegó por correo un ejemplo característico de lo que los profesores de derecho penal no incluyen en sus textos. La revista Nordiskmedisin dedica la mayor parte de su número de marzo de 1980 a la cuestión del dolor. En la cubierta está un rostro en agonía, y el contenido está dedicado al alivio del dolor. El editorial (Lindblom, 1980, pág. 75) dice: Para estimular y coordinar las investigaciones sobre el dolor, y para mejorar la enseñanza sobre los resultados de esta investigación, se ha creado un nuevo organismo interdisciplinario.  Se le ha llamado Asociación Internacional para el Estudio del Dolor.  Como resultado de las experiencias en Estados Unidos, se han intentado nuevas formas de tratar los casos severos de dolor, particularmente los estados crónicos en que no es posible tratar la causa. Sin embargo, este tratamiento interdisciplinario del dolor, mediante clíni- cas como las que existen en Estados Unidos, Inglaterra y otros países europeos, aún no se ha hecho realidad en Escandinavia . . .  La investigación es interdisciplinaria, por lo que nos preguntamos qué sucedería si se incluyera a expertos en derecho penal. ¿Compararían entonces sus notas y tratarían de construir todas las negaciones de las otras partes? Los penalistas podrían aprender así formas más eficaces de crear dolor, y los médicos formas más eficientes de prevenirlo. Sin embargo, lo más probable es que los penalistas no deseen formar parte de la Asociación Interdisci- plinaria para el Estudio del Dolor. La mera sugerencia los indignaría y encolerizaría. Su asistencia dejaría claro lo que ahora está confuso. Pocas dificultades habría para repartir dolor en las sociedades en que éste es el destino explícito de la mayoría de las personas: dolor en la Tierra, dolor en el infierno. (Aunque la ambigua condición social del verdugo indica que tiempo atrás las dificultades no eran insig- nificantes). Pero tal sociedad no es la nuestra: hemos abolido el infierno, y la reducción del dolor en la Tierra es una de nuestras metas principales. En una sociedad de este tipo, es difícil dejar que la gente sufra deliberadamente. Y sin embargo, lo hacemos: causamos dolor inten- cionalmente. Pero no nos agrada hacerlo. Nuestra elección de palabras neutralizantes nos engaña; la fría forma en que describen los profesores de derecho las cualidades del sufrimiento deliberado indica lo mismo. No nos agrada hacerlo porque causar dolor intencionalmente discrepa gravemente de otras actividades básicas de nuestra sociedad. En este libro a menudo empleo la frase “reparto de dolor”; pero he tenido que esforzarme bastante para evitar que esta formulación desaparezca.  Mi bondadoso y competente consejero en las sutilezas del idioma inglés ha insistido en que el término no existe, que se parece a reparto de leche: ¡horrible! Yo intento demostrar lo contrario: se parece a reparto de leche; ¡perfecto!: capta exactamente lo que quiero expresar.  Si “reparto de dolor” no es un concepto académico, debería serlo. El reparto de dolor es un concepto para lo que en nuestro tiempo se ha convertido en una operación calmada, eficiente e higiénica. Desde el punto de vista de los que dan el servicio, no es ante todo drama, tragedia e intensos sufrimientos: la imposición de dolor está en desacuerdo con algunos ideales importantes, pero puede realizarse en un aislamiento inocente y sonámbulo del conflicto de valores. Los dolores del castigo se quedan para aquellos que lo reciben. Por medio de la elección de palabras, de las rutinas del trabajo, de la división del trabajo y la repetición, todo el asunto se ha convertido en el reparto de un producto.

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