las páginas amarillas de Princesa García: Marx critica a Hegel (II)

18 May

Introducción para la crítica

de la Filosofía del derecho de Hegel

-Karl Marx-

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(de “Filosofía del derecho”; Georg W.F. Hegel)

Traducción de Angélica Mendoza de Montero – 2° ed.  Editorial Claridad, Buenos Aires; 2009

 ISBN 978-950-620-283-5

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El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde,dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sillón, pero para siempre.” –Friedrich Engels-

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              La crítica de la Filosofía del Derecho y del Estado,  que por obra de Hegel ha tenido la más consecuente, rica y última consideración, es lo uno y lo otro; tanto el análisis crítico del Estado y de la realidad vinculada a él, cuanto la decidida negación de toda la forma seguida hasta nosotros de la conciencia política y jurídica alemana, cuya expresión más noble, más universal, elevada a ciencia es precisamente la filosofía del derecho especulativo.  Si sólo en Alemania era posible la filosofía del derecho especulativo,  este abstracto, exuberante pensamiento del Estado moderno cuya realidad perdura más allá puede hallarse también solo allende el Rin.  Igualmente, el pensamiento alemán de llegar al concepto de Estado moderno abstrayendo del hombre real, por más que anormal, sólo era posible porque y en cuanto al mismo Estado moderno hace abstracción del hombre real y responde a los planes del hombre total, no dividido de un modo imaginario.  Los alemanes han pensado lo que otros pueblos han hecho.  Alemania ha sido su conciencia teórica.  La abstracción y elevación de su pensamiento marcharon siempre a igual paso con la unilateralidaad y humildad de su vida real.  Por lo tanto, si el statu quo del Estado alemán expresa la conclusión del antiguo régimen, la transformación de la leña en carne del Estado moderno, el statu quo de la ciencia alemana del Estado expresa el incumplimiento del Estado moderno, el deshacerse de su propia carne.  Ya, como decidida contraposición a la forma hasta ahora conocida de la conciencia práctica alemana,  la crítica de la filosofía del derecho especulativo no va a terminar en sí misma, sino en un problema para cuya solución sólo hay un medio:  la praxis.  Se pregunta: ¿Puede Alemania llegar a una praxis, a “la hautex des principes”,  esto es,  a una revolución que la eleve no sólo al nivel oficial de los pueblos sino a la elevación humana que instituirá el porvenir próximo de estos pueblos?.  El arma de la crítica no puede soportar evidentemente la crítica de las armas; la fuerza material debe ser superada por la fuerza material; pero también la teoría llega a ser fuerza material apenas se enseñorea de las masas.  La teoría es capaz de adueñarse de las masas apenas se muestra “ad hominen” apenas se convierte en radical.  Ser radical significa atacar las cuestiones en la raíz.  La prueba evidente del radicalismo de la teoria alemana y, por lo tanto, de su energía práctica,  es hacer que tome como punto de partida la cortante, positiva eliminación de la religión.  La crítica de la religión culmina en la doctrina de que el hombre sea lo más alto para el hombre; en consecuencia,  en el imperativo categórico de subvenir a todas las relaciones en las cuales el hombre es un ser envilecido, humillado, abandonado, despreciado; relaciones que no se pueden delinear mejor que con la exclamación de un francés a propósito de un proyecto de impuestos sobre los perros:  “¡Pobres perros! ¡Los quieren tratar como hombres!”.  También desde el punto de vista histórico la emancipación teórica tiene una importancia específica práctica para Alemania.  El pasado revolucionario de Alemania es justamente teorético:  es la Reforma.  Como entonces el monje, ahora el filósofo en cuyo cerebro se inicia la revolución.  Lutero ha vencido la servidumbre fundada en la devoción,  porque ha colocado en puesto a la servidumbre fundada sobre la convicción.  Ha infringido la fe en la autoridad,  porque ha restaurado la autoridad de la fe.  Ha transformado a los clérigos en laicos,  porque ha convertido a los laicos en clérigos.  Ha liberado al hombre de la religiosidad externa,  porque ha recluído la religiosidad a la intimidad del hombre.  Ha emancipado al cuerpo de las cadenas porque ha encadenado al sentimiento.  Pero si al protestantismo no le importaba verdaderamente desligar,  le interesaba poner en su  justo punto al problema.  No era más necesaria la lucha del laico con el clérigo fuera de él, importaba la lucha con su propio clérigo íntimo, con su naturaleza sacerdotal.  Y si la transformación protestante de laicos alemanes en curas emancipó a los papas laicos, a los príncipes junto a su cortejo, a los privilegiados y los filisteos,  la transformación filosófica de sectarios alemanes en hombres emancipará al pueblo.  Pero como la emancipación no prendió entre los príncipes, así no pudo durar la secularización de bienes cumplida con la expoliación de las Iglesias,  que la  hipócrita Prusia había puesto en obra antes que todos los otros Estados.  Entonces, la guerra de los campesinos,  el acontecimiento más radical de la historia alemana,  en la cual la misma teología ha naufragado,  nuestro statu quo iría a destrozarse contra la filosofía. El día antes de la Reforma,  la Alemania oficial era la sierva  más completa de Roma.  El día antes de su revolución es la sierva más absoluta de algo bastante inferior a Roma:  de Prusia y de Austria, de “krautjunker” y de filisteos.  En tanto parece que una dificultad capital se opone a una radical revolución alemana.  Las revoluciones tienen necesidad especialmente de un elemento receptivo, de una base material.  La teoría en un pueblo alcanza a realizarse en tanto y en cuanto se trata de realización de sus necesidades.  Ahora, a la enorme disidencia entre las preguntas del pensamiento alemán y las respuestas de la realidad alemana, ¿corresponde una igual disidencia de la sociedad burguesa con el Estado y consigo misma?.  ¿Las necesidades teóricas constituyen inmediatas exigencias prácticas?.  No basta que el pensamiento impulse hacia la realización;  la misma realidad debe acercarse al pensamiento.  Pero Alemania no ha llegado ascendiendo por los grados medios de la emancipación política,  lo mismo que los pueblos modernos.  Aun los grados, que teóricamente ha superado,  prácticamente no los ha alcanzado todavía.  ¿Cómo podría con un salto mortal no sólo dejar atrás tales obstáculos propios,  sino al mismo tiempo aquellos de los pueblos modernos, los límites que en realidad debe aún disputar y sentir como liberación de sus reales barreras?.  Una revolución radical sólo puede ser la revolución de necesidades radicales de las cuales parecen faltar igualmente las premisas y las sedes propicias a su resurgimiento.  Pero, si Alemania ha conseguido la evolución de los pueblos modernos sólo con la abstractra actividad del pensamiento, sin tomar una parte material en los esfuerzos reales de esa evolución,  por otro lado comparte los dolores de esa evolución sin participar de sus placeres, sin sus placeres, sin su parcial satisfacción.  A la actividad abstracta,  por un lado,  responde el sufrimiento abstracto por otro.  Por eso, Alemania se hallará un buen día al nivel de la decadencia europea,  antes de haberse encontrado al nivel de la emancipación europea.  Se podrá parangonar a un prosélito del fetichismo que perece de la enfermedad del cristianismo…

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