El siglo de Justiniano

20 Jul

Las transformaciones del mundo mediterráneo

                          Siglos III-VIII                                

 

Franz Georg Maier

Historia Universal Siglo XXI – Vol. 9 –  Siglo XXI Editores – México, 1989

 

 

Justiniano I y su esposa, la emperatriz TeodoraJustiniano I  y su esposa Teodora

 ♣

 

Renovatio Imperiis

 

Justiniano acuñó con su personalidad el rostro de los años comprendidos entre el 518 y el 610.  El emperador que extendió nuevamente la soberanía del imperio hasta España, que creó con su Corpus iuris los fundamentos de la evolución de la jurisprudencia europea e hizo construir Santa Sofía, dominó de una manera tan evidente el siglo VI que, no sin razón, da su nombre a la época.  Constituye una de las pocas figuras que, con sus actos, han determinado el curso de la historia.  Sin embargo, la obra y las realizaciones de Justiniano,  no pueden ser enteramente comprendidas a partir de su personalidad.  El alejamiento del peligro germano-bárbaro y la consolidación económica del Imperio de Oriente,  tras la primera conmoción que produjeron las invasiones,  fueron elementos políticos y económicos decisivos.  Anastasio prestó un importante servicio a Justiniano en,  los éxitos políticos en  este sentido.  Por otra parte,  los éxitos políticos en el exterior no son imaginables sin la relativa debilidad y escasa estabilidad de los estados germánicos sucesores del Imperio de Occidente.  Los éxitos de Justiniano son también impensables sin los colaboradores extraordinariamente dotados de que se rodeó,  aunque elección, nombramiento y lealtad de estas figuras dan fe por sí mismos de las grandes dotes del soberano.  Belisario fue el estratega y caudillo militar más destacado del siglo;  el eunuco Narses se mostró tan brillante diplomático como,  más tarde, victorioso general.  Las reformas políticas internas de Justiniano fueron llevadas a cabo por el prefecto pretoriano Juan de Capadocia,  un ministro del interior y de finanzas tan efectivo como odiado.  El gran jurista Triboniano fue el gran impulsor de la reforma jurídica.  El más influyente consejero y ayudante del emperador fue,  sin embargo, la emperatriz.  La elevación de Teodora a emperatriz  “no puede saludarse precisamente como un triunfo de la virtud femenina”,  ha comentado Edward Gibbon.  La malévola chronique scandaleuse de la corte bizantina,  que el historiador Procopio hizo pública,  a la muerte del emperador,  en su Historia Secreta,  está llena de aborrecibles desfiguraciones,  pero no cabe duda de que algunos hechos son indiscutibles.  La hija de un guarda de osos del hipódromo de Constantinopla,  huérfana desde muy niña,  de la que afirmaban (erróneamente) sus contemporáneos que no casualmente descendía de Chipre,  la isla de Afrodita,  comenzó como una gran atracción del teatro de variedades de la época,  la pantomima.  Convertida en la cortesana de moda de Constantinopla,  atrajo la atención del cónsul.  Justiniano, que casó con ella,  a pesar de la fuerte oposición de su tía, la emperatriz Eufemia.  Como emperatriz,  Teodora rompió de modo radical con su pasado,  pero conservó su encanto y su belleza,  lo que Procopio ha de admitir contra su voluntad.  Este ha descrito maliciosamente las ocupaciones diarias de la emperatriz:  “Cuidaba su cuerpo más de lo necesario,  pero quizá menos de lo que hubiera deseado.  Cada  mañana iba lo más rápido posible al baño y lo abandonaba, tras usarlo generosamente,  para desayunar.  A continuación se entregaba nuevamente al reposo.  En el desayuno y demás comidas se hacía servir toda suerte de alimentos y bebidas.  En general,  dormía siempre mucho:  desde el mediodía hasta el atardecer y por las noches hasta el alba.  Aunque la emperatriz se entregaba a toda clase de excesos,  creía poder gobernar el imperio en las pocas horas del día que le restaban”.  Teodora ejerció una notable influencia en el gobierno y no exclusivamente a través de su acusada política de validos,  a la que pertenece la caída de Juan de Capadocia, resultado de una sórdida intriga.  La emperatriz demostró poseer destacadas cualidades políticas, a pesar de su mojigatería y odio hacia la aristocracia imperial (una reacción inconsciente,  producto de las vivencias de la primera época de su vida).  No sólo poseía ambición y talento políticos,  sino también una gran agudeza.  Aportaba, además,  en los momentos decisivos,  la firmeza que le faltaba al emperador.  De esta manera,  se convirtió en muchos casos en el principal apoyo del soberano,  que prestaba gran atención a sus consejos.  “Ninguno de ellos me produjo nunca a mí ni a la mayoría la impresión de seres humanos,  sino de criminales demonios.  Se consultaban entre sí cómo poder destruir de la manera más fácil y rápida a los hombres y a sus obras;  después tomaban figura humana y visitaban como demonios la totalidad del mundo habitado”.  En el romanticismo tremendista de Procopio se refleja, sin duda, la estrecha colaboración de los soberanos.  Con todo,  la inclinación claramente monofisita de la emperatriz,  que con los años se había vuelto más religiosa,  llevó a la política eclesiástica a una situación frecuentemente fluctuante y equívoca,  de graves consecuencias -aunque Teodosia viese, tal vez mejor que el mismo emperador,  el peligro de un creciente alejamiento de las provincias orientales.  “El emperador Justiniano se hizo cargo de un estado sacudido por graves desórdenes.  No sólo lo engrandeció,  sino que lo hizo aún más importante en todos los aspectos.  Era un soberano que  poseía la cualidad de reformar completamente un estado”  -he aquí un juicio no deformado de Procopio sobre el emperador-.  La obra política de la época es,  de hecho,  impensable sin la personalidad de Justiniano,  capaz de hacer converger hacia un mismo fin las circunstancias propicias y las cualidades de sus colaboradores.  Justiniano era,  como Justino, un simple hijo de labradores macedonios,  pero,  desde el principio,  gracias a su tío el emperador,  obtuvo una excelente y brillante formación,  que le permitió dominar desde muy joven -favorecido por sus dotes naturales-  el saber teológico y mundano de la época,  así como las sutilezas del arte político y la diplomacia.  Tuvo graves consecuencias el hecho de que su formación y procedencia fuesen romano-latinas y  no griegas.  Sus cualidades intelectuales y una capacidad de trabajo inagotable contribuyeron en gran parte a su éxito.  Poseía un conocimiento magistral de los complejos asuntos del imperio y tenía también la obsesión de intervenir hasta en los más mínimos detalles,  ya fueran los proyectos de las expediciones militares,  los planos arquitectónicos de las fortificaciones africanas,  el programa de los juegos festivos o la elaboración de los preceptos del ayuno.  La ascética dedicación a que se entregaba día y noche, en incesante actividad,  fue admirada por sus contemporáneos con una mezcla de respeto y temor:  “No tenía,  por así decirlo,  ninguna necesidad de dormir, comer y beber.  Apenas gustaba los manjares con la punta de la lengua y con esto le bastaba,  pues tales cosas se le antojaban una necesidad accesoria de la naturaleza.  Muchas veces pasó dos dias y dos noches sin probar alimento alguno,  especialmente en el tiempo que precede a la Pascua.  En ocasiones, dormía sólo una hora y el resto de la noche lo pasaba dando vueltas constantemente”

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