El siglo de Justiniano (II)

22 Jul

 Las transformaciones del mundo mediterráneo

                          Siglos III-VIII                                

 

Franz Georg Maier

Historia Universal Siglo XXI – Vol. 9 –  Siglo XXI Editores – México, 1989

 

 

 

Mosaicos de Santa Sofía: la Madre de Dios

Mosaicos de Santa Sofía: la Madre de Dios

 

 

 ♣

 

Renovatio Imperiis

 

 

Encerrado en su palacio,  como Felipe II,  separado del mundo y de los súbditos por una rigurosa etiqueta oriental y todo un ejército de dignatarios palatinos,  cuidaba constantemente de los problemas del Imperio.  Se esforzó -por lo que le acusaba Procopio de buscar novedades y de destruir el orden existente-  en mejorar la situación social y jurídica de sus súbditos y en crear una administración justa e insobornable.  Pero,  cuando aparecía en público,  aun siendo en el fondo un hombre amable,  de mediana estatura y precozmente calvo,  la majestuosidad de un ceremonial grandioso le elevaba ante sus súbditos a símbolo inaccesible del poder absoluto.  Más decisiva aún que la capacidad de trabajo y que la preocupación social era la energía sin ejemplo de una voluntad dominadora,  que hizo de Justiniano el mayor autócrata del trono bizantino.  Una de las grandes ideas que le dominaban con la fuerza de una pasión,  fue la del ilimitado poder el emperador como representante de Dios sobre la tierra,  ante quien han de doblegarse tanto la Iglesia como el Estado.  De hecho,  logró implantar en el Estado y también en parte de la Iglesia este exagerado concepto de la plenitud del poder imperial.  Pero no sólo la voluntad de dominio, que se exterioriza en esta interpretación de la dignidad imperial,  contribuye a la configuración de la imagen del monarca,  sino también su peculiar capacidad para mantener en todo momento las distancias.  Justiniano,  que rara vez abandonaba el encierro de su palacio y que gobernaba el imperio desde su despacho,  carecía del carisma de un auténtico monarca.  Pese a toda su cortesía,  que prodigaba en el trato de cada día,  pese a toda la sencillez de su vida personal,  en contraposición con la pompa del ceremonial estatal, Justiniano era incapaz de despertar entusiasmo o tan siquiera afecto entre sus súbditos.  Algo siniestro debió de tener su personalidad para asustar a sus contemporáneos.  En la asociación de notables facultades intelectuales  con una inalterable voluntad política dirigida a una gran meta y en el frío distanciamiento del mundo que le rodeaba y de sus súbditos,  Justiniano sugiere la comparación con Carlos V.  Es curioso el hecho de que pueda constatarse un comportamiento similar de desconfianza y envidia hacia sus principales colaboradores:  Justiniano acaba por comportarse con Belisario como Carlos V  haría siglos después con Pescara. Justiniano y Carlos V fueron algo más que autócratas cultivados.  Lo que contribuye a dar relieve a su persona,  y finalidad y posibilidades de acción a sus colaboradores,  es el apasionamiento de su visión política.  La idea que,  como auténtica fuerza motriz,  dirige la acción de Justiniano y el carácter de la época es la renovatio o recuperatio imperii:  la restauración del inmenso imperio cristiano en el mundo mediterráneo.  Esta concepción política fundamental llevó a la conquista de, al menos, una parte del occidente.  El Imperio Romano de Oriente,  apenas superada la crisis provocada por la invasión de los bárbaros y asegurada nuevamente su existencia política,  se lanza a la restauración de la totalidad del imperio:  se muestra aquí claramente la vitalidad de la idea del Imperio romano universal,  como concepción jurídica e ideal político.  Bizancio y su emperador siguen considerándose a sí mismos como herederos de la totalidad del imperio romano,  con todas las aspiraciones políticas que esto entrañaba,  lo que se expresa incluso en la terminología política:  los bizantinos se designan a sí  mismos como rhomaioi, romanos,  y no como griegos.  La permanencia de la idea imperial contribuyó a garantizar la cohesión en un imperio como el bizantino,  en las regiones del viejo Imperio de Occidente,  la idea imperial seguía siendo un hecho político.  En ella se anudaban aún la lealtad e incluso determinadas esperanzas políticas de las antiguas provincias,  sobre todo si,  como católicas,  se encontraban enfrentadas en el plano religioso con sus nuevos señores arrianos.  La idea de la universalidad del poder imperial atraía también a los soberanos germanos de la época.  Por el momento,  se mantenía incólumne la convicción de que el emperador era la fuente suprema del poder legítimo.  Por esto y no sólo por consideraciones de orden político interno hacia los súbditos de la “Romania”,  aceptaron los soberanos germanos títulos imperiales,  como legitimación de su poder político de manos del emperador de Constantinopla.  Jordanes nos transmite en su historia de los godos esta frase significativa de un príncipe visigodo:  “El emperador,  sin duda alguna,  es Dios sobre la tierra.  Quien eleve su mano contra él se hace indigno de vivir”.  Naturalmente,  existía una diferencia decisiva:  el reconocimiento de la legitimidad ideal,  de derecho público,  del poder superior imperial no implicaba en modo alguno para los príncipes germanos una soberanía directa de parte del imperio bizantino.  Al conflicto se llegaría en el momento en que la aspiración nunca negada a ostentar el título sobre las provincias occidentales se transformase en la conciencia de Justiniano en una aspiración política real,  en la misión del emperador de recuperar para el imperio de las provincias occidentales.  Pero precisamente esta misión la sintió con extraordinaria fuerza Justiniano,  pues su pensamiento político concibió el imperio romano como el imperio cristiano,  como el espacio vital de la cristiandad ortodoxa.  De ahí nacía para el emperador la obligación de proporcionar a sus súbditos de occidente la liberación del poder de los cismáticos arrianos,  poniendo fin a la soberanía de los reyes germánicos. Así en el ideal político universal de la época,  se encuentran estrechamente unidas fe y política.  La concepción justinianea se identifica con el intento de restaurar el Imperium Romanum Christianum,  en su sentido estricto…

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