El siglo de Justiniano (III): conservación y reforma del Estado y la Sociedad

24 Jul

 Las transformaciones del mundo mediterráneo

                          Siglos III-VIII                                

 

Franz Georg Maier

Historia Universal Siglo XXI – Vol. 9 –  Siglo XXI Editores – México, 1989

 

 

 

Hipódromo de Constantinopla, lindero al Palacio Real

Hipódromo de Constantinopla, lindero al Palacio Real

 

Status Imperii

 

 

Época y obra de Justiniano no se agotan en el arte,  pero tampoco en su política exterior.  También en política interior,  con sus planteamientos de una reforma del imperio (que terminó naturalmente por fracasar),  la idea rectora es también la de una restauración del Imperium Romanum,  entendido en el sentido del imperio romano tardío,  cristiano y absolutista.  “Viendo que la fe de su tiempo se perdía en múltiples errores y direcciones,  destruyó todos los caminos que conducían a tales errores y consiguió que el imperio volviese a los firmes fundamentos de una fe única.  Viendo por otra parte que el derecho se había hecho impenetrable,  a causa de las demasiadas leyes,  que además,  en su mayor parte,  se contradecían entre sí,  expurgó el derecho de todas sus excesivas sutilezas y examinó las modificaciones con gran rigor.  Ayudó a los necesitados a conseguir el bienestar,  los libertó de la presión de los poderosos y llevó así a todo el estado a la recuperación económica”.  Así resume Procopio las metas principales de la política interior justinianea:  fortalecimiento del poder central imperial,  reforma de la administración y,  finalmente,  recuperación de la unidad eclesiástica en la ortodoxia.  Tras la brillante fachada del arte y de la vida de la capital y de los grandes centros provinciales,  existían en realidad bastantes problemas.  Una política ofensiva respecto a Occidente exigía el fortalecimiento militar de las fronteras en el noroeste y en el este;  para ello no alcanzaban las tropas.  De ahí que Justiniano proyectase,  en primer término para la región fronteriza balcánica,  un sistema de defensa profundamente escalonado,  con centenares de fortines y fortalezas de nueva construcción.  Complementariamente,  intentó asegurar la situación en los frentes del nordeste y del este por los tradicionales medios de la diplomacia bizantina:  tratados, subsidios y tributos;  un sistema que despertaba más aspiraciones que las satisfechas con él.  Esto exigía sumas considerables.  Inicialmente pudo recurrir Justiniano a las reservas en oro de Anastasio.  Pero pronto se hizo perceptible un agotamiento de las reservas,  debido a los cuantiosos gastos de la política de construcciones del emperador;  al mismo tiempo,  siguieron disminuyendo las recaudaciones de impuestos.  Era necesario encontrar nuevos recursos financieros.  La disposición de que todo ciudadano debía “pagar de buen grado los impuestos del Estado en toda su cuantía”  no era suficiente.  Un aumento de las recaudaciones resultaba impensable sin reformas administrativas y sociales.  Corrupción y opresión de parte de la administración ponían en peligro la capacidad impositiva y la prosperidad, convirtiéndose también en motivo de insatisfacción y revueltas internas;  aspectos ambos que no eran compatibles con los planes del emperador en política exterior  (más importantes para él que todo lo demás).  La sociedad bizantina ofrecía una fachada deslumbradora en la nobleza,  con sus palacios en las ciudades y sus villas en el campo y con su refinada cultura;  en la alta clase media,  compuesta por profesores universitarios y los burócratas de la administración;  en los ricos comerciantes y los banqueros,  que vivían con lujo,  aunque sin ostentación.  Pero,  detrás de todo esto,  dominaba la insatisfacción social y la agitación entre los innumerables servidores,  trabajadores,  esclavos,  mendigos y soldados.  Justiniano no se limitó a afrontar esta insatisfacción de sus súbditos en memoriales e informes a la administración.  En los comienzos de su reinado,  en el año 532,  se produjo en Constantinopla una rebelión abierta (llamada Nika por la consigna de los conjurados; nika=¡vence!),  primera consecuencia de la rigidez autocrática del gobierno,  iniciada por Justino como reacción contra la anarquía.  Los partidos del circo fueron el principal foco de agitación.  El circo,  con sus luchas de fieras,  juegos y carreras de carros,  continuaba siendo la fuente principal de pasatiempos y -junto con cuestiones religiosas-  el centro de interés de la población urbana.  Mucho tiempo atrás se habían constituído en las grandes ciudades dos grupos o partidos circenses:  el de los verdes (prasinoi) y el de los azules (venetoi),  que,  en medio del estado absolutista,  representaban una extraña reliquia de la libertad y de la anarquía de la vieja Grecia.  “Azules” y “verdes” no estaban enfrentados únicamente,  como los seguidores de los grandes equipos futbolísticos,  por su apasionada ambición deportiva.  Eran también organizaciones de una cierta influencia política y politico-eclesiástica:  los azules eran tradicionalmente ortodoxos;  los verdes, monofisitas.  Los partidos circenses constituían una válvula de escape,  pero,  al mismo tiempo,  un peligro.  La administración estatal había intentado moderar los partidos,  mediante su incorporación institucional a la milicia ciudadana.  A pesar de todo,  siguieron siendo un foco de agitación.  En los años de anarquía,  bajo Anastasio,  habían escapado totalmente al control de la policía.  Justiniano,  cuyas simpatías iban forzosamente hacia los azules,  intentó reducir a los peligrosos grupos mediante medidas administrativas,  que,  aunque prudentes,  eran verdaderamente enérgicas.  En enero del año 532,  la acción del prefecto de la ciudad de Constantinopla dirigida contra siete partidarios de los verdes y de los azules,  convictos de asesinato,  llevó a la unión de ambos grupos y a la rebelión abierta en el  hipódromo.  Durante varios días,  el populacho se enseñoreó de la ciudad.  Santa Sofía y los grandes palacios fueron saqueados y,  en parte,  presa de las llamas;  el emperador fue aislado en su palacio.  Justiniano se vio obligado,  en principio,  a ceder a la presión de las masas y a destituir al ministro del interior Juan de Capadocia.  A pesar de todo,  fue aclamado como antiemperador Hipatios,  un sobrino de Anastasio.  Sólo después de cinco días de anarquía,  pudo dominarse la revuelta.  Justiniano había dado ya el juego por perdido,  tras negociaciones infructuosas con los agitadores,  y quería abandonar la ciudad.  La firmeza de Teodora le decidió a quedarse:  “La fuga es imposible,  aunque nos pusiera a salvo.  El que ha nacido en este mundo,  debe morir;  pero un soberano no puede ir al exilio”.  Tres regimientos de veteranos,  traídos por Belisario,  ahogaron en sangre la rebelión.  Esta prueba de fuerza entre el emperador y la población constituyó el único conflicto abierto en política interior durante el reinado de Justiniano.

 

 

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