Cartas de noviembre: a la Dra. Estela Artuá, sobre el cierre de mi curso de Filosofía…

26 Oct

ex Reina del Plata ahora venida a menos; noviembre de ¿qué año?

¡…y el comienzo de mis nuevas investigaciones, querida Estelita!.  Y la verdad es que el Curso de Filosofía für Chikas only -un éxito total y sorpresivo, debo reconocerlo- agotó completamente la más mínima disposición que sostengo hacia “el otro”,  por este año al menos. No me caracterizo especialmente por mi disposición hacia… los otros, lo sé.  Siempre busco, en medio de las exigencias del vínculo y la vida social, un rincón mío y sólo mío:  tal mi insoportable rasgo pequebur en grado sumo, ¡irritante!, incluso.  Es más, ¡perfectamente opuesto a la “dictadura” de la bondad cristiana y muy especialmente a la que percibo como la peor de todas,  la más amenazante!: el ideal de la perfección encarnado en el Estado, así, con mayúsculas, fuere bajo la horripilante “moda” nazi y su impostada perfección blonda, higiénica, amoral y gimnástica, a la Leni Riefenstahl, -forma de la que ¡obviamente y gracia’ a Dio’! quedo arafue-,  como en la variante a la Orwell.  O sea: tampoco podría ser la obrera perfekta dedicada en cuerpo (en alma no, porque tendría que profesar el materialismo dialéctico), pero sí en cuerpo y mente, digamos, a la supervivencia, defensa y expansión de la Revolución Proletaria Internacional.  Vos te preguntarás a qué viene todo esto: cuando era niña y el mundo se me ofrecía como un gran libro en blanco más un montón casi infinito de libros ya escritos y  por suerte, listos para ser leídos,  sufrí de una cierta debilidad por las historietas.  Las leía todas, mejores o peores, notables o banales, pero todas, absolutamente todas las que llegaran a mis manos.  En rigor y como bien lo sabés, leía o pretendía leer cualquier cosa escrita que a mis manos viniera, incluyendo las páginas de los diarios que solían, antes como ahora, envolver los huevos -¡ah, las viejas y nobles costumbres petibonesas!-.  Y eso comprendía desde las sensacionalistas revistas de crímenes e historias policiales irresueltas hasta los prospectos de los medicamentos.  Suerte que, en general, de niños tenemos buena vista.  Pero mis favoritas, decididamente, eran,  en primer lugar, las VIDAS CÉLEBRES,  muy especialmente las vidas de los santos y las santas.  En segundo lugar, leía el LO SE TODO, enunciado pretensioso, si los hay.  En los tomos y  tomos de mil colores de tan magna enciclopedia navegaba entonces indagando casi exclusivamente en los grandes episodios de la historia y en la vida de las grandes civilizaciones, cuanto más antiguas y exóticas, mejor.  Ejemplo:  “Los Hititas”.  Pero más aún dediqué horas en casa de mis primas, que tenían la dicha y la gloria, según mi punto de vista, de poseer la colección completa, a “estudiar” las vidas humanas.  Los inventores no me emocionaban demasiado; mucho más lo hacía la vida de los grandes artistas; mucho más y muy especialmente, la de los “grandes” escritores, filósofos y los fundadores y renovadores de religiones.  Pero las vidas de los santos se llevaban todos los laureles, ¡toda la emoción!.

¿Qué es la santidad, Estelita?.  ¿Existe “algo” que podamos reconocer como tal en todo tiempo y lugar?.  Quiero decir, TODA sociedad, TODA civilización TUVO y aplicó tal concepto, tal institución?.  ¿Hay santos bosquimanos?.  ¿Hay santos entre los mongoles?.  ¿Hay santos japoneses del siglo XII,  por caso?.  ¿Hay santos… hoy en día, sea en New York,  en Sumatra,  Villa Insuperable o Köln?.  ¿Qué es la santidad?.  Vos me dirás que elegí un OBJETO HISTÓRICO; sí, así es. Y que, por lo tanto, comience por el principio: una buena investigación, un buen relevamiento. Y sí, así es. Me pregunto, por ejemplo, si la santidad es una especie de concesión monopólica adecuada ¡y nada más! a las “grandes” religiones (bué,  a las religiones) de nuestro ciclo civilizatorio.  En las Escrituras, santo es el justo.  Santo, Justo, que parece no ser el que se apega a la letra de los preceptos aunque los conoce, practica y está atravesado por la ley. Sin embargo, hay “algo más”,  es… bueno, es la condición humana misma.  Ananda era taaaaaan santo que encarna la devoción, la misericordia,  la bondad en grado superlativo,  inhumano casi;  si hasta en algunas tradiciones budistas se ha “convertido” en mujer,  en una especie de virgen madre universal, la madre dolorosa.  El mismísimo Señor Buda comió cerdo a sabiendas de que moriría envenenado, tan desapegado y educadísimo hasta el final,  como para no ofender semejante hospitalidad brindada.  Hay santos pobres por elección habiendo sido ricos por nacimiento y santos que nunca dejaron de ser ricos, aunque “algo” supremamente desapegado hicieron con sus riquezas.  Hay santos históricos y otros inventados que encarnan virtudes o heroísmos sin límite.  Hay santos varones y santos mujeres, hay santos niños y santas niñas,  santos solitarios que se subieron a columnas o se enterraron en cuevas en pleno desierto durante treinta años sin siquiera cortarse las uñas ni el pelo, comiendo raíces y porquerías mientras “meditaban”.   Otros fueron guerreros,  gobernantes y ¡hasta filósofos y grandes sabios!.  Cuentan de uno que luchó con un dragón,  y de otra, algo extremista, para mi gusto,  que se puso al frente a un ejército,  en la antigua Francia.  Otra todavía, ¡hizo llover rosas sobre Lima! y la de más acá,  fundó conventos por todas partes.  Algunos fueron viajeros incansables, afrontando peligros inconcebibles y todo para llevar un rollo a las incipientes bibliotecas o para convencer de las buenas nuevas a tribus hostiles y feroces,  que hasta se los comían en ocasiones, aunque no crudos, supongo.  Yo me aficioné, de pequeña,  a un judío de Palestina,  aunque él no es definido como un santo exactamente, sino como el inspirador de otros muchos.  Se llamaba Jesús, y bué, no sólo nació y vivió como judío en esa época turbulenta (¿hay alguna que no lo sea?), sino que, lamentablemente, murió como tal. O sea, murió como cientos de miles, millones quizás de otros tantos pobres infelices, tal vez esclavos,  tal vez nacidos entre los pueblos “bárbaros”,  tal vez rebeldes sin pausa pero que no eran ciudadanos romanos, obviamente.  No conocemos los nombres de todos ellos, pero el de éste sí: me gustó porque decía que los niños no sólo no lo molestaban (y yo era niña) sino que incluso, le gustaban y quería que “fueran a él”.  Además salvaba a mujeres consideradas malas (yo no lo era entonces,  pero lo fui después) de ser apedreadas por la multitud y hasta comía con otras que eran despreciadas por pertenecer a tribus “inferiores”.  Parecía tener una especie de compasión infinita, aún enojándose, y decía cosas raras como que no había que tirar la primera piedra juzgando con superioridad dizque moral a los demás.  Y hasta enseñaba a dar lo que  le “pidiera” amablemente un ladrón y más todavía, ¡la otra mejilla!.  Amaba a los pobres que, en ese tiempo, parecían ser…¡casi todos! y en grado máximo. Para coronar tanta rareza santa, se bancó el resultado desfavorable de un juicio populachero y crucificador que benefició a un par de maleantes, sin embargo.  Con el tiempo me aficioné a otro que vivió entre los siglos XII  y XIII y que no se la pasaba estudiando como su contemporáneo santo-filósofo Tomás:  se llamaba Francisco, tenía una amiga que también era santa -y ese detalle me encantaba de niña ya que nunca había conocido a un santo con amigas- y había dejado su hogar, comodidades y riquezas para “repetir” la vida de aquel otro,  hasta con sus estigmas y llagas, aunque, ¡por suerte! sin crucificción.

Como verás, me espera un largo camino,  bien que no de santidad porque yo vengo a ser algo mala, dicho esto en general, además de vieja para entrar en carrera.  Soy básica y genéticamente desconfiada de cualquier ideal moral de los que en el siglo XX adquirieron un viso de “santidad” estatal algo repelente.  Y para muestra, te mando un botón…así que, ¡mirá esto!:  lo extracté de una especie de Biblia para Guerrilleros que se llama “El socialismo y el hombre en Cuba” y “Consejos al Combatiente” y lo escribió un médico argenti… digo, petibonés, el Dr. Guevara Lynch…

      “Igual que en la Sierra Maestra, no debe beber el Rebelde,  no por el castigo que pueda aplicarle el organismo encargado de hacerlo, sino simplemente porque la causa que defendemos,  que es la causa de los humildes y del pueblo nos exige no beber,  para mantener despierta la mente, rápido el músculo y en alto la moral de cada soldado,  y debe recordarse que hoy, como ayer,  el Rebelde es el centro de las miradas de la población y constituye un ejemplo para ella…”

       “Mucho más difícil que pelear, mucho más difícil aún que trabajar en las áreas pacíficas de construcción del país, es mantener la línea necesaria sin desviarse un centímetro de ella durante todas las horas de cada uno de los días…”

       “Déjeme decirle,  a riesgo de parecer ridículo,  que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.  Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad.  Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente:  éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo.  Nuestro revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos,  a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible.  No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.  Los dirigentes de la revolución tienen hijos que,  en sus primeros balbuceos,  no aprenden a nombrar al padre;  mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida para llevar la revolución a su destino;  el marco de los amigos responde estrictamente al marco de los compañeros de revolución.  No hay vida fuera de ella”

 

Te despide,  perdida en la maraña histórica, tu amiga, ¡la borracha perdida!, total, no tengo que hacer ninguna revolución… de paso, te mando una estampita.

santa rosa

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