de nuestro corresponsal en Bi Ei: ¡exclusivísimo!, para el Petibonian Times

23 Dic

-HOY-

” En mi barrio también pasan cosas raras”

by Princess!, su corresponsal en la República de San Telmo

by Princess!, su corresponsal en la República de San Telmo

 

 

¡Estaba taaaan cansada esa noche!, queridas amigas y lektoras del orbe todo -creo que es casi innecesario repetirlo, pero, por las dudas, lo hago-: esta columna se autodestruye si pretende ser leída por un representante del sexo débil, o sea, un varón y eso, sencillamente, porque no es macho-friendly decía, volviendo al meollo del asunto, lo molida que me encontró esa noche calurosa y, delicias de la vida en la Gran Ciudá, (pero atrasada, s. XIX style),  padecí subiendo a oscuras los dos pisos de mi humilde ranchito ya que no tenía luz ni ¡agua!.  ¿Qué hace una Princesa ante tamaña desgracia so argie?: pues tomar mi linterna ad hoc, unos mangos y partir por las calles de tan histórico barrio en busca de un lugar donde comer, aunque más no fuere, un simple sanguchito  y  muy especialmente, tomar algo fresco y delicioso… una buena cerveza, sin ir más lejos. La verdad es que no pensaba ir muy lejos, apenas las pocas cuadras que me separan de mi pizzería favorita y relativamente cercana.  Pero la vida me deparaba una rara aventura, tanto que, pasados los días, me pregunto si habrá sido cierto o tan sólo el producto de mi cabeza hirviendo a 35°.

El caso es que mientras caminaba por la calle ya solitaria, “ocservo” a un humilde laburante -gente, muuuuy pero muuuuy humilde-; venía despacito,  pedaleando cansino y supongo que cansado. Porque la vida es dura, amigas, sobre todo si la pedaleamos en una bici medio desastrosa: con sus paquetitos, quizás con herramientas, como los albañiles, y sus ropas que bué, digamos que eran otro desastre.  Parecía un señor mayor; íbamos en la misma dirección, yo, caminando por la veredita, él, por la calle, desganado mientras canturreaba. Y así, como quien no quiere la cosa, quedamos emparejados en el camino.  Pasaban algunos autos y mucha menos gente por esas calles tranquilas, agobiadas por el calor del día y la pegajosa humedad de la noche.  No sé, quizás ambos coincidimos en la misma coordenada sideral y sin saber muy bien cómo ni porqué, quedamos a la par: “Qué es eso tirado”,  lo escucho decir mientras se acerca al cordón de la vereda y por supuesto, también a mí.  No le dí mucha importancia, tampoco pensaba detenerme, pero él, evidentemente, sí.  De hecho, se acercó a recoger, algo desconfiado, ese “algo” perdido o tirado quizás, cerquita de la alcantarilla. Y quedamos frente a frente, extrañamente, ¡conversando!; porque me detuve ante su pregunta como si fuera lo más normal del mundo, ¡ni me lo cuestioné!; no tuve dudas, fue raro.  Parece que a él le pasó lo mismo porque en segundos estábamos charlando sin más.  Entonces, y sin bajarse de su bici amada, se agacha y levanta eso que yo ni siquiera había visto.  Me lo muestra exclamando ¡”Mire señora”!: un pequeño estuche rojo, muy bonito, un estuche de joyería. “¿Lo abro?, ¿A quién se le habrá caído?”, se y me pregunta,  constituyéndome algo locamente en su testigo. ¡Por supuesto!, le contesto, después de todo, supongo que no es una bomba. Nos reímos: pero me lo da, temeroso, esperando que yo lo abra.  Y lo abro; abro ese precioso estuche como si se tratara de un descubrimiento arqueológico: dos alianzas con detalles de pequeñísimos brillantitos y un anillo de sello. Sorpresa, algo de desconcierto y un papelito prolijamente doblado que también encontramos en el estuche y desplegamos.  “¿Qué dice?”,  me interroga ansioso y agrega un tímido “Quizás nos pueda indicar al dueño, ¡al pobre flaco que los perdió!”.  A mí también se me ocurre que fue un hombre el descuidado, vaya a saber por qué.  Pero era la factura, y leemos juntos: “¡Uy mire, doña!, ahí dice que esto vale $1500”.  No era esa la suma pagada por los tres anillos y se lo aclaro: “Señor, no dice $1500 sino $15.000”.  Y como estimo y me consta que esta columna se lee en distantes y estrambóticos países, incluso galaxias en las que, naturalmente, no tienen la menor idea de lo que esa cantidad significa, les cuento que se trata de, aproximadamente y a ojo de buen cubero (?) de unos U$S 1150, cifra nada despreciable, como estimo considerarán. “¡No puede ser!”, contesta desconfiado pero yo le advierto y se lo confirmo leyendo detenidamente la factura en todos sus detalles.  “¿Y no dice de quién es?”, pregunta una vez más; pero no, no lo dice, aunque sí el nombre y la dirección de la joyería… que queda en un no muy lejano lugar del horriblemente así llamado “conurbano”.  O yo estaba en alfa, o fue el calor, o los dioses tramaron esto, pero la verdad es que ¡moría! por llegar a mi pizzería y tomar una cerveza.  Allí estábamos, él y yo: con el estuche, sus tres preciosos anillos, la factura en mis manos y nadie, o casi nadie alrededor.

“Yo soy lavacopas”, me dice, quién sabe por qué.  “Soy de Santa Fe”,  agrega mientras me cuenta que está volviendo para la pensión adonde vive y que no quiero imaginarme o, más bien, que imagino como un lugar triste y feo. Y reflexiona: “¿Qué haría yo con esto?”. ¡Venderlo o empeñarlo! le contesto con una seguridad que me sorprende; después de todo son varios meses de pensión, supongo.  “Pero el tema es que me pongo a tomar y sigo y sigo, capaz que me tomo toda esa guita”,  confiesa y se ríe en un ataque de sinceridad que sorprende.  A la distancia, como si otro hablara por mí, me escucho decir: “Mire, señor, antes de ponerse a tomar o más bien, haciendo un esfuercito por no tomar tanto, hágalo dinero; eso sí, hágalo bastante dinero -y se lo repito para que  no le queden dudas- porque esto costó $15.ooo, así que trate de que no le den dos mangos”.  “¿No quiere llevarse uno?”, me pregunta mientras le entrego el estuche y hasta la boleta.  “No, no quiero; usted lo encontró, debe ser su día de suerte”.  Porque era su día de suerte, no el mío.  O quizás, también fue mi día de suerte: por razones ignotas, el señor me caía bien, como si todo, el encuentro, la conversación y la situación misma fueran lo más normal del mundo y nos conociéramos desde siempre. “Yo soy medio borrachín, soy un desastre”.  “Y bué, -comento, al mejor estilo vecina de barrio chancletudo-, ése ya es otro tema, pero no el mío”.  ¡Suerte!, alcanzo a decirle mientras se aleja canturreando, con el estuche en el bolsillo, todavía desconcertado.  Parece que era su día de suerte, nomás.   De alguna manera extraña, también el mío. 

 

 

copyright by Princesa García, en busca de una cerveza helada...

copyright by Princesa García, en busca de una cerveza helada…

Anuncios

Gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: