La inofensividad

24 Ene

EL BUDISMO

Su esencia y su desarrollo

Edward Conze

Fondo de Cultura Económica; México, 1978

Traducción de Flora Botton-Burlá

ISBN 968-16-0010-0

 

Calendario tibetano del siglo VII - Biblioteca Nacional de París

Calendario tibetano del siglo VII – Biblioteca Nacional de París

 

La inofensividad

Alrededor del año 500 a.C  cobraron importancia en la India dos religiones que tenían el “no hacer daño” en el centro mismo de su doctrina: un era el Jainismo y la otra el Budismo.  Este hincapié especial en la prohibición de hacer daño a un ser vivo supuestamente era una reacción contra el recrudecimiento de la violencia que marcó las relaciones humanas como consecuencia de la invención del bronce y el acero.  En la India estuvo dirigida no sólo contra las matanzas que marcaron las guerras entre tribus,  sino también contra la enorme matanza de animales que acompañaba al sacrificio védico,  y hasta cierto punto contra la crueldad que caracteriza la actitud de los campesinos hacia los animales.  La doctrina de jainos y budistas está basado en dos principios: 1)  La creencia en que todos los seres vivos están emparentados entre sí,  que se encuentra fortalecido más aún por la doctrina de la reencarnación, según la cual el mismo ser es hoy un hombre,  mañana un conejo, después una polilla,  y luego un caballo.  Al maltratar a un animal,  uno podría encontrarse en la odiosa posición de maltratar a su madre muerta o a su mejor amigo.  2)  El segundo principio se expresa en el Udana, donde el Buda dice:  “Mi pensamiento ha vagado en todas las direcciones por el mundo.  Todavía no he encontrado nada que fuera más querido para cualquiera que su propio ser.  Puesto que para los demás, a cada uno para sí mismo,  su ser es amado,  entonces aquel que desea su propio bien no debe hacer daño al otro”.  En otras palabras,  deberemos cultivar nuestras emociones de tal manera que podamos sentir con los demás como si fueran nosotros mismos.  Si permitimos que la virtud de la compasión crezca en nosotros,  no se nos ocurrirá dañar a otra persona, así como no nos hacemos daño a propósito a nosotros mismos.  Se verá que en esta forma disminuimos nuestro sentimiento y nuestro amor a nosotros mismos al ampliar los límites de lo que consideramos como nuestro.  Cuando invitamos al ser de todo el mundo a entrar en nuestra propia personalidad,  es como si rompiéramos las barreras que nos separan de los demás. Por medio de esta actitud,  se puede decir que el budismo ha tenido un inmenso efecto humanizante en toda la historia del Asia.  Es la bondad de toda la gente la que impresiona a los observadores en los países saturados por el budismo,  tales como Birmania.

El rey Ashoka fue convertido a la fe budista al arrepentirse de la matanza que le había dado su imperio. Él fue quien hizo del budismo una religión mundial.  El libro de Sir Charles Bell sobre The Religion of Tibet, muestra una y otra vez en qué forma el budismo suavizó a las duras razas guerreras del Tibet y Mongolia,  y casi borró todas las huellas de su brutalidad original.  En este contexto debemos considerar dos problemas afines:  la actitud del budismo frente al comer vegetariano y su actitud frente a la persecución religiosa.  Puesto que es imposible comer animales sin hacerles daño,  el budista debe ser vegetariano.  Pero si es un monje que mendiga su comida yendo de caa en casa en las aldeas,  y si esa aldea está habitada por no vegetarianos,  se enfrenta a una seria dificultad.  Para que no sienta ningún amor a la comida,  se le manda comer todo y cualquier cosa que se arroje a su escudilla;  y el Venerable Pindola ha sido consagrado a la reverencia de la posteridad por comerse tranquilamente el pulgar de un leproso que había caído en su escudilla.  La disciplina monástica se vería minada si los monjes empezaran a escoger su comida.  Por consiguiente,  se ha llegado a un compromiso,  y en la práctica real los budistas que toman en serio su religión  evitan comer carne a menos que se vean obligados a hacerlo.  A menudo se alega en contra del vegetarianismo budista que es bastante fútil porque aunque se podía conservar la vida de unas cuantas gallinas y vacas que de otra manera hubieran muerto,  sin embargo la lucha normal de nuestra vida diaria implica una considerable cantidad de destrucción de vidas que no puede evitarse mientras nosotros vivamos.  Simplemente al lavarnos las manos, matamos tantos seres vivos como seres humanos hay en toda España.  Así que nos vemos frente a la alternativa de matarnos a nosotros para salvar a otros  o de matar a otros para salvarnos a nosotros mismos. El tomar la vida parece ser inseparable de la vida misma.  Los budistas siempre han sido plenamente conscientes de la gravedad de esta objeción.  Nos aconsejan que por lo menos disminuyamos la matanza involuntaria,  por ejemplo, cuidando de lo que pisamos al caminar por los bosques.  Además,  los budistas consideran muy saludable el que nos demos cuenta de cuánta calamidad está implicada en el simple hecho de estar vivos,  y la contemplación de la extensión de una calamidad debería inducirnos a ser más enérgicos en nuestros esfuerzos por escapar de una condición en la cual nuestro propio sufrimiento sólo puede ser perpetuado infligiendo también una gran cantidad de sufrimiento a otras criaturas.

Cuando Calderón dijo una vez que el delito mayor del hombre es haber nacido, expresó un pensamiento tipicamente budista.  Algunas personas sólo ven lo que llaman “pesimismo” en esa idea,  pero también implica un recuerdo del lado más noble de nuestra naturaleza,  que deplora la manera irreflexiva en que aplastamos todo el tiempo a otros seres con tal de perpetuar  nuestra propia existencia miserable.  No hace falta decir que había muy poco lugar en el budismo para la persecución religiosa,  para cruzadas o inquisiciones.  Si se insultara al Buda,  un budista vería muy poca razón para torturar o matar a la persona que lo “insultara”.  “¿Para qué indignarse cuando se insulta a los Budas?.  A los Budas no los alcanzan las blasfemias”.  A un budista le parecería inconsecuente convencer a alguien de la cualidad superior de su gran benevolencia quemándolo vivo.  Claro que sería una exageración afirmar que los escritos budistas estén enteramente libres de invectivas y vituperios.  Incluso en alguno de los escritos más sagrados como el Prajnaparamita y El Loto de la Buena Ley,  encontramos una inclinación un tanto deplorable de parte de los escritores a consignar en el infierno,  por largos períodos de tiempo,   a hermanos budistas que piensan en forma diferente a la suya.  Sin embargo,  lo que ha impedido que esta exuberancia natural del rencor teológico se endurezca para convertirse en franca intolerancia,  ha sido el fuerte sentimiento de las diferencias individuales y temperamentales  que normalmente tienen los budistas.  El Dharma no es en realidad un dogma,  sino que es en esencia un camino.  Si el dogma se coloca en el centro de la religión,  y si uno cree que una afirmación es verdadera o falsa,  y que la salvación de un hombre depende de su aceptación de una afirmación verdadera como verdadera,  entonces la benevolencia de uno fácilmente puede llegar a destruir los cuerpos de otros con tal de salvar sus almas.  Sin embargo,  según los budistas,  en muy difícil,  si no imposible,  hacer cualquier afirmación tajante que no sea falsa e inadecuada por el simple hecho de que se exprese.  Todas las afirmaciones hechas con palabras son,  cuando mucho,  verdades a medias,  y su único valor está en inducirlo a uno a adoptar cierta forma de acción.  Del mismo modo que nos dicen en la Biblia  que en la casa de nuestro padre hay muchas mansiones,  de la misma manera no es improbable que más de un camino lleve a la ciudad celestial. Según su disposición,  diferentes personas tienen diferentes necesidades:  lo que es comida para uno es veneno para otro;  y sería acercarse a una presunción casi insensata estar totalmente seguros de las necesidades de los demás.  Como resultado de este convencimiento,  la historia del pensamiento budista está marcada por una experimentación audaz y casi ilimitada de los métodos espirituales,  que se probaban en forma simplemente pragmática,  simplemente por los resultados alcanzados.  En el Tibet hay un proverbio según el cual todo Lama tiene su propia religión y hay tantos budismos como Lamas.  Se ha dicho que esa tolerancia ilimitada ha sido responsable de la decadencia del budismo.  De hecho,  el budismo ha durado más que la mayoría de las instituciones históricas.  En todo caso,  poco se ganaría al perpetuar las formas de su culto a expensas de su espíritu.

Habremos de ver que el patrocinio de los reyes ha sido una de las causas principales de la extensión del budismo.  El poder real obviamente está basado en la brutalidad y la violencia,  y en forma igualmente obvia la conversión de los gobernantes a veces ha sido incompleta. Por tanto, sería una exageración decir que los gobernantes budistas nunca han usado la violencia para promover la causa de la religión.  Tan pronto como los monjes,  por medio de la amistad de emperadores y reyes,  se vieron investidos del poder social y político,  quedaron expuestos a la contaminación del poder.  Por último, se esperaría que en un país en el cual el budismo proporciona toda la terminología de la cultura,  las rebeliones populares utilizarían sus ideas para expresar sus aspiraciones sociales,  en la misma forma en que lo hicieron los lolardos y los campesinos alemanes con el cristianismo. En su deseo de expresar desaprobación del cristianismo,  muchos autores han blanqueado demasiado la historia del budismo,  y  será necesario reconocer que en ciertas ocasiones los budistas fueron capaces de una conducta que normalmente consideramos como cristiana.  En el Tibet, por ejemplo, había un mal rey,  Lang Dar-ma,  quien alrededor del año 900 de nuestra era persiguió a los monjes.  Un monje budista lo asesinó.  La historia tibetana oficial lo alabó por su compasión por el rey que estaba acumulando pecados al perseguir al budismo,  y las generaciones posteriores,  lejos de desaprobar,  han canonizado al monje.  Casi todas las historias europeas alaban a la Iglesia Amarilla,  que ha dominado el Tibet durante los últimos trescientos años.  Sugieren que la ascendencia de esta secta sobre las sectas Rojas más antiguas se debía al gran conocimiento de Tsong-kha-pa,  a la moralidad más pura de sus adeptos,  y a su relativa libertad frente a la magia y superstición.  Esto puede  ser verdad hasta cierto punto,  pero parte del éxito de Gelug-pa se debió al apoyo militar de los mongoles, quienes,  durante el siglo XVII,  frecuentemente devastaron los monasterios de las sectas Rojas rivales,  y apoyaron todo el tiempo al Dalai Lama,  el jefe de la Iglesia Amarilla. En Birmania, el rey Anuruddha,  en el siglo XI,   hizo la guerra al vecino reino de Tatón par apoderarse de una copia de las Sagradas Escrituras,  que el rey de Tatón se negaba a dejar copiar.  En un país guerrero como el Japón, durante la edad media los monasterios eran una fuente de continua agitación,  y los monjes tenían la costumbre de invadir Kyoto en enormes hordas armadas que bajaban de sus refugios en la montaña.  Los boxers fueron ejemplo de un movimiento popular que recurrió a la violencia y empleó la terminología budista.  Esta fusión de descontento popular con creencias budistas es bastante antigua en China,  y los predecesores de los boxers, tales como la secta del Loto Blanco,  han tenido una poderosa influencia en la historia de China.

Estos ejemplos pueden multiplicarse indefinidamente.  En conjunto,  los budistas deploraban tales incidentes como caídas de la Gracia,  debidas a la corrupción inherente a la naturaleza humana.  En la propia India,  los monjes no ofrecieron resistencia cuando los hunos heftalitas,  y más tarde los mahomentanos,  saquearon los monasterios, mataron a sus habitantes,  quemaron las bibliotecas y destruyeron las imágenes sagradas.  Como consecuencia de esta persecución,  el budismo organizado se extinguió primero en Gandhara,  y luego en todo el norte de la India. Pero la esencia de la doctrina,  como está expresado en el Prajnaparamita y Nagarjuna,  ha vivido en la India hasta nuestros días, y, con el nombre de Vedanta,  todavía es la doctrina oficial del hinduísmo en su nivel más alto

Anuncios

Gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: