un destino de mujer: Helene Demuth, Hausmädchen

3 Abr

Nací en 1820, en algún lugar de Alemania.  Viví, a pesar de su dureza, una larga vida. Mi familia, campesina, era pobre, de modo que como tantas niñas de entonces, fui exiliada de mi hogar para ser “colocada” como criada en casas de familias respetables: apenas tenía diez años cuando llegó el fin de la infancia.  Fui de casa en casa, de familia en familia, soportando humillaciones, pesadas tareas y cuartitos oscuros y fríos, mientras veía la felicidad y la prosperidad de los otros, también sus profundas miserias, sus pérdidas y desgracias.  Cuando apenas era una jovencita asomando al deseo, una familia, sólo una, me recibió con cariño y respeto. Serví con fidelidad en esta casa y me aferré a mi buena suerte, a esa brizna de buena suerte en el rigor de la vida sin familia ni libertad. Cuando una de sus hijas se casó, fui enviada a servirla, como precioso regalo de bodas hecho a una inútil y empobrecida mujer aristocrática, de trato amable y corazón bondadoso, aunque inepta para enfrentar la organización del hogar, la crianza de una larga serie de niños, las tareas del sostén de la vida, las situaciones cambiantes, la pobreza y  hasta la miseria, el exilio, la enfermedad y la muerte. Y  serví hasta el fin de mis días, o casi, porque vieja ya y  habiendo muerto mis patrones, trabajé como ama de llaves en casa de su grande y amado protector, acompañándolo en su vejez altiva.  Cociné, lavé, planché, limpié, fregué platos,  fui cada día al mercado, cuidé enfermos, preparé medicinas y ungüentos, crié niños, les leí cuentos, jugué con ellos, peiné cabelleras y las coroné de moños, cosí, remendé y bordé ropa, viví en casas más que modestas de habitaciones escasas y superpobladas, lloré con sus tristezas, reí con sus alegrías y compartí hasta lo inconcebible su suerte, necesidades y miserias. Me llamaban Lenchen, era una señal de amor. Mi vida fue su vida, su vida fue la mía, siempre fiel. Me amaron, es verdad: las niñas me amaban, mis patrones también, pero siempre fui la Mädchen, manejando el hogar con puño de hierro, contando y haciendo rendir, cuando había algo, lo poco que ese algo era, nunca para mí. Fui bella cuando joven, y a pesar de que algunos buenos hombres me pretendieron, jamás se me hubiera ocurrido abandonar el servicio, por nada ni nadie en el mundo.  Porque ése era mi mundo y ése mi lugar en él.  Tuve un hijo varón, se me impuso darlo en adopción a los pocos días de su nacimiento, en la misma casa donde servía, en el mismo cuarto donde dormía con todos los demás. Lo amé, a la distancia, y con el tiempo, supo que era su madre: me visitaba a veces, aunque, como yo, entrando por la puerta trasera y sin saber quién era su padre, secreto que mantuve hasta la muerte. Se crió en una buena familia de trabajadores; también él llegó a serlo y vivió una larga, sencilla y fructífera vida.  Formó su propia familia, yo no: la mía fue la de los otros, mis hijos los de otros, mi destino su destino, mi único amor, también fue el amor de otra. Aparté a mi amado hijo y seguí adelante, confiando en que creciera feliz y sin atravesar la miseria. Morí en mi puesto, y mi último destino fue la casa del amado amigo y protector de mis antiguos amos.  Pronunció un sentido discurso frente a mi tumba, exactamente dispuesta junto a la de mis patrones de toda la vida, hasta el fin de los tiempos.

 

• 

Helene "Lenchen" Dormuth (1820-1890)

Helene “Lenchen” Demuth (1820-1890)

Anuncios

Gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: