las páginas amarillas de Princesa García: G.K. Chesterton

16 May

Pequeña Historia de Inglaterra

G.K. Chesterton

 

Espasa-Calpe Argentina, S.A. Colección Austral; Buenos Aires, 1946

Versión castellana de Alfonso Reyes

 

XI

La Rebelión de los Ricos

Sir Thomas Moro,  aparte de aquellos enredos místicos en que se metió y donde cayó,  al fin, preso y después muerto,  debe considerarse como el héroe de la Nueva Cultura:  aquella fulgurante aurora del día de la razón,  que durante tanto tiempo ha hecho considerar a la Edad Media como una sombra absoluta.  Por discutible que sea su actitud ante la Reforma,  su actitud ante el Renacimiento es indiscutible.  Era,  sobre todo, un humanista,  y de lo muy humano, por cierto.  En muchos sentidos era un moderno, lo cual no es lo mismo que ser humano,  como algunos equivocadamente suponen.  Y también era humanitario.  Bosquejó un ideal,  o mejor dicho, un sistema social imaginario,  con algo de la ingeniería de Mr. H. G. Wells,  pero con una ironía mucho mayor que la pretendida ironía de míster Bernard Shaw.  No hay que censurar las nociones morales de su Utopía,  pero si diremos que en las cuestiones y soluciones allí propuestas radica lo que,  a falta de mejor nombre,  llamaremos su modernidad.  Así, su examen sobre la inmoralidad de los animales es una tesis trascendentalista,  que sabe ya a teoría de la evolución,  y sus burlas,  algo groseras,  sobre las preliminares del matrimonio,  podrían ser tomadas en serio por los modernos “eugenésicos”.  También propone una manera de pacifismo,  aunque,  por cierto,  de buena manera la realizan los utopianos.  En suma:  a la vez que era,  como su amigo Erasmo,  un satírico de los abusos medievales,  no puede negarse que el protestantismo debe de haberle resultado muy estrecho.  Pero si no era un protestante,  pocos protestantes pudieran negarle el nombre de reformista.  Sólo que era un innovador en cosas que interesaban más a la mente moderna que la mera teología;  era,  en suma,  lo que hoy solemos llamar un neopagano.  Su amigo Colet representaba esa liberación del medievalismo,  que pudiéramos llamar el paso del mal latín al buen griego.  En nuestras discusiones modernas solemos considerarlos como una misma cosa,  pero la enseñanza del griego era la novedad de la época,  mientras que el latín siempre se había hablado popularmente,  aunque fuera un latín de todos los diablos.  Más justo es decir que los  medievales eran bilingües y no que su latín era lengua muerta.  El griego de la nueva época nunca llegó a tener tanta difusión,  pero los pocos que lograron aprenderlo, sintieron que respiraban por primera vez aire libre.  Este espíritu del helenismo se refleja claramente en Moro,  en su universalidad y urbanidad,  su equilibrio de razón y su curiosidad serena.  Posible es que compartiera algunas de las extravagancias y errores de gusto,  que inevitablemente tenía que traer envuelto aquel espléndido intelectualismo de reacción antimedieval.  Fácil es que considerara las gárgolas góticas como adornos bárbaros,  o que no lo conmoviera el sonido de la trompa de la balada medieval de Chevy Chase,  como lo conmovía a Siydeny.  La riqueza del paganismo antiguo, en genio,  en encantos y en heroísmo civil,  acababa de revelarse a los ojos de aquellos hombres con toda su deslumbrante perfección,  y es realmente disculpable que hayan cometido algunas injusticias para con las reliquias de las edades bárbaras.  Ver el mundo por los ojos de Moro,  es valerse de las ventanas más amplias de que entonces se disponía,  es contemplar por primera vez el paisaje de Inglaterra en toda su extensión, a los reflejos de un sol naciente.  A él,  en efecto,  le tocó ver la Inglaterra del Renacimiento,  el tránsito de la Edad Media a la Era Moderna.  De modo que vió muchas cosas y dijo muchas cosas,  todas muy inteligentes y atractivas;  pero, de paso, advirtió también algo,  que es,  al mismo tiempo,  una espantosa quimera y un hecho real y cotidiano.  Él,  que tan amplia y profundamente consideraba el espectáculo de su tiempo,  fue quien dijo: “Los corderos se están comiendo a los hombres”.  Esta singular alegoría de aquella época de emancipación y de luces da testimonio de un hecho que suele pasar inadvertido en los relatos de conjunto que a tal época se refieren.  Un hecho que nada tiene de común con la traducción de la Biblia o el carácter de Enrique VIII o de sus mujeres,  ni con los debates triangulares de Enrique, Lutero y el Papa.  No eran los corderos del Papa los que se estaban comiendo a los hombres protestantes, o viceversa, no;  ni tampoco Enrique,  durante su breve y azaroso papado,  hizo que los ganados se comieran a los mártires,  como en tiempo del paganismo los leones.  Lo que Moro quiere decir con aquel símbolo pintoresco,  es que la agricultura extensiva estaba dejando el sitio a la ganadería extensiva.  Grandes espacios de tierra,  que antes estaban fraccionados y eran poseídos en común por grupos de hacendados,  quedaban ahora bajo la soberanía de un pastor solitario.  Esto lo ha explicado,  de un modo epigramático,  y precisamente a la manera de Moro,  míster J.  Stephen en un notable ensayo,  que sólo puede encontrarse en las columnas de The New Witness.  Allí, míster Stephen declara paradójicamente que el que en vez de hacer crecer dos espigas,  no merece la admiración que de ordinario se le tributa,  sino el tratamiento de asesino.  Y traza los orígenes morales de ese movimiento,  que condujo a la multiplicación de las espigas, y, por aquí,  al asesinato,  o al menos,  a la destrucción de tantos hombres.  Según él -y así hay que aceptarlo, si se quiere explicar el fenómeno con toda veracidad-, dicho fenómeno procede de un refinamiento creciente,  y en cierto sentido muy racional,  de la clase directora.  En comparación al nuevo estado,  el antiguo señor resulta grosero,  y no es más que un gran hacendado en vida y costumbres.  Bebía vino cuando era posible,  pero entre tanto no tenía inconveniente en beber cerveza barata,  como el pueblo.  Y la ciencia no le había suavizado aún las carreteras con asfalto.  Todavía, en tiempos posteriores a éstos,  cierta gran dama le escribía a su marido que no podía ir a reunírsele porque los caballos del coche estaban tirando del arado.  En plena Edad Media,  los más grandes eran casi los que hacían la vida más ruda,  pero en tiempos de Enrique VIII comienza la transformación.  Ya en la generación siguiente se ha popularizado una frase que es sintomática del fenómeno y de los planes ambiciosos de adquisición territorial.  De tales o cuales señores se dice que están “italianizados”.  Y con esto se alude a una belleza más cuidada en las cosas de uso diario,  a los cristales delicados y claros,  al oro y la plata,  no tratados ya a la manera de piedras bárbaras,  sino modelados en forma de tallos y guirnaldas metálicas; a los espejos, los naipes,  los brinquiños y alhajas de arte;  en suma,  a la perfección en las bagatelas.  Ya no se trataba aquí, como entre los artífices populares del gótico,  de aquel toquecillo artístico,  casi inconsciente,  que se daba a los objetos de uso necesario,  sino que era un desbordamiento del alma en un arte conmovedor y consciente,  aplicado,  sobre todo,  a objetos innecesarios.  El lujo nació a la vida en cuanto se le dotó de alma.  Y conviene tener presente esta verdadera sed de belleza que se apoderó de los hombres,  porque es una explicación,  y también una disculpa,  de muchas cosas.  La clase de los viejos barones había salido muy mermada de las guerras civiles,  que acabaron con la batalla de Bosworth,  y quedó muy debilitada con la artera política de Enrique VII,  aquel rey que fue tan poco regio. El mismo era ya un hombre a la moderna;  pronto vemos que sus barones dejan el sitio a una nobleza de hombres modernos.  Y aun las viejas familias se pliegan a las nuevas orientaciones.  Algunos,  los Howards, por ejemplo, a la vez figuran como familia vieja y familia nueva.  El espíritu de las clases superiores se va renovando visiblemente.  La aristocracia inglesa,  que es la principal creación de la Reforma,  merece,  sin duda,  cierto aprecio,  y casi todos están ya conformes en que merece mucho aprecio;  fue siempre una clase progresista.  Se acusa a los aristócratas de enorgullecerse de sus antecesores;  pero de los aristócratas ingleses de entonces sería más justo decir que se han enorgullecido de sus descendientes.  Para sus descendientes alzaron robustos edificios y hacinaron riquezas;  para ellos procuraron ganar un puesto cada vez más alto en el gobierno;  para ellos,  sobre todo,  acogieron toda nueva ciencia o todo nuevo plan de filosofía social.  Se apoderaron de los beneficios de la ganadería y pasturajes;  pero, de paso, desecaron todos los pantanos. Rechazaron a los sacerdotes, pero escucharon a los filósofos.  Durante el reinado de la nueva casa de los Tudores se va formando una civilización nueva y más racional que la otra.  Los humanistas discuten la autenticidad de los textos,  los escépticos desacreditan,  no sólo a los santos cristianos,  sino también a los filósofos paganos;  los especialistas examinan e interpretan las tradiciones…, y los carneros devoran a los hombres.

 

Gilbert Keith Chesterton (1877-1936)

Gilbert Keith Chesterton (1877-1936)

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