Las páginas amarillas de Princesa García: “Todo lo que es real se esfuma…” -Karl Marx; Una carta al padre-

14 Ago

CRÍTICA de la FILOSOFÍA del ESTADO de HEGEL

KARL MARX

Editorial Claridad; Buenos Aires. Biblioteca de Cultura Socialista; 1946

Versión castellana de Carlos Liacho

Un joven Marx

Un joven Marx

Berlín, 10 de Noviembre

Queridísimo padre:

                                               Hay en la vida momentos que limitan con mojones fronterizos en tiempo pasado pero que indican claramente, asimismo, un nuevo rumbo. Llegados a semejante punto de transición, nos sentimos impulsados a considerar con el ojo de águila del pensamiento el pasado y el presente,  para adquirir conciencia de nuestra posición real.  Aún más,  la misma historia universal se complace en estas miradas retrospectivas y se contempla a sí misma,  lo que entonces le da en muchos casos la apariencia de retrogradar o de detenerse, en tanto que ella se tiende simplemente en un sillón para comprender y espiritualizar su propio acto,  el acto del espíritu.  Mas en tales momentos el individuo se hace lírico,  pues toda metamorfosis es en parte el canto del cisne y,  en parte, la obertura de un gran poema nuevo que se esfuerza en adquirir forma bajo brillantes y aún  confusos colores; y sin embargo quisiéramos elevar un monumento a lo que hemos vivido,  aquello que debe ganar en el sentimiento el lugar que ha perdido desde el punto de vista de la acción.  ¿Y donde encontraría un asilo más sagrado que en el corazón de un padre,  el juez más bondadoso,  el que nos testimonia el interés más profundo,  el sol de amor cuyo fuego anima lo más íntimo de nuestros esfuerzos?.  ¿Cómo podría ser arreglada y perdonada mejor cualquier cosa desagradable sino llegando a ser manifestación de un estado esencialmente necesario?.  ¿Cómo el a menudo juego desagradable del azar,  del descarriamiento de espíritu podría al menos ser sustraído al reproche de provenir de un corazón insensible?.  Si después de un año pasado aquí miro,  pues, hacia atrás,  sobre los acontecimientos de este año transcurrido y si respondían a tu querida,  a tu tan querida carta de Ems,  séame permitido examinar mi situación de la manera con que considero la vida en general,  como la expresión de una actividad intelectual que se manifiesta en todas las direcciones:  en el saber,  en el arte y en las aptitudes personales.  En momentos en que te abandonaba,  un mundo nuevo se había elevado para mí,  el mundo del amor,  y de un amor en sus comienzos lleno de deseos,  pero vacío de esperanzas. E incluso el viaje a Berlín,  que en otras disposiciones de ánimo me hubiera encantado enormemente,  incitándome a la contemplación de la naturaleza,  llenándome de la alegría de vivir,  me dejó frío y más aún,  me produjo un asombroso mal humor,  pues las rocas que yo veía no eran más rudas,  más orgullosas que los sentimientos de mi alma, las grandes ciudades más vivas que mi sangre,  las mesas de los hoteles más recargadas,  más indigestas que los paquetes de ilusiones que yo llevaba y,  en fin,, el arte no era tan bello como Jenny.  Al llegar a Berlín fui abandonando todas las relaciones que hasta entonces mantuve en la ciudad; a regañadientes hice algunas  visitas y traté de sumirme íntegramente en la ciencia y  en el arte.  Como lo quería entonces mi alma,  la poesía lírica debía atraerme en primer término,  como el tema más inmediato y agradable.  Pero a causa de mi estado,  y de toda mi formación anterior,  esta poesía era completamente idealista. Un más allá tan lejano como mi amor se transformó en mi cielo,  en mi arte.  Todo lo que es real se esfuma y nada de lo que se esfuma halla límites:  ataques contra el presente,  un sentimentalismo desleído e informe,  nada de natural,  ideas caídas de la luna,  todo lo contrario de lo que es y de lo que debe ser,  reflexiones retóricas en lugar de ideas poéticas,  pero quizás también un cierto calor de sentimiento y una búsqueda de expresión caracterizan las poesías de los tres primeros volúmenes que hice llegar a manos de Jenny.  Todo un mundo de aspiraciones que no ven límites se desaten en formas y hacen de mi poesía un desleimiento.  Pero la poesía no podía ni debía ser más que el acompañamiento;  debía estudiar jurisprudencia y sobre todo me sentía atraído por la filosofía.  Mezclé las dos tendencias:  por un lado sólo estudié a la manera de un escolar y sin el menor sentido crítico a Heinecio,  Thibaut y las Fuentes,  traduciendo por ejemplo al alemán los dos primeros libros de las Pandectas;  por otro lado traté de realizar una filosofía del derecho en el dominio del derecho. A manera de introducción escribí algunas frases metafísicas y llegué en esta malhadada obra hasta el derecho público,  lo que resultó un trabajo de casi trescientas páginas.  Ante todo la oposición típica del idealismo entre la realidad y lo que debe ser se manifestó muy molesta y fue causa de la distribución siguiente,  enormemente inexacta. Primero venía lo que quise bautizar como metafísica del derecho;  lo mismo que en Fichte,  pero de manera más moderna y superficial.  Al mismo tiempo la forma científica del dogmatismo matemático en la cual el sujeto gira en torno de la cosa, razona a tontas y a locas,  sin que la cosa misma se expanda abundantemente y llegue a ser algo vivo, constituía además un obstáculo para la comprensión de lo verdadero.  El triángulo permite al matemático hacer sus construcciones y demostraciones;  no por esto deja de ser una representación en el espacio, no se transforma en otra cosa;  hay que ponerlo junto a otras figuras y entonces ocupa distintas posiciones y los elementos  próximos a él, de maneras diferentes,  le confieren diversas relaciones y verdades.  En la expresión concreta del mundo ideal viviente,  como lo son el derecho,  el Estado,  la naturaleza y toda la filosofía,  hay que sorprender,  por el contrario, al objeto de su desenvolvimiento;  no conviene introducir divisiones arbitrarias; la razón del objeto,  en cuanto es contradictoria en sí,  debe continuar su movimiento y encontrar su unidad en ella misma. Venía luego, como segunda parte,  la filosofía del derecho,  es decir,  siguiendo mi concepción de entonces,  el examen del desarrollo de las ideas en el derecho positivo romano,  como si su proceso ideal (no digo en sus determinaciones puramente finales) el derecho positivo pudiera diferir en suma de la forma del concepto del derecho que debía comprender,  en todo caso,  la primera parte.  Esta primera parte la dividí además en jurisprudencia formal y jurisprudencia material: la primera debía tratar la forma pura del sistema en su sucesión y continuidad, su división y su extensión;  la segunda,  por el contrario,  estudiaría a fondo la condensación de la forma en su fondo.  Era éste un error que comparto con el señor Savigny, así como lo comprobé más tarde en su erudita obra sobre la propiedad,  con la simple deferencia de que él llama definición formal a la operación “de encontrar el lugar que tal o cual doctrina ocupa en el sistema romano (ficticio)” y definición material,  a la “doctrina de lo que los romanos atribuyeron de positivo a un concepto así fijado” en tanto que yo entendía por forma la arquitectónica de los procesos del concepto y por materia la cualidad necesaria de estos procesos.  Mi equivocación consistió en creer que se podía y debía desarrollar separadamente la una de la otra y de este modo obtuve no una forma real,  sino un escritorio con cajones en los cuales eché enseguida arena.  En efecto,  el concepto es el mediador entre la forma y el fondo.  En una explicación filosófica del derecho,  una debe aparecer en el otro;  mejor aún,  la forma no debe ser más que el desenvolvimiento del fondo.  Llegué de esta manera a una división de tal índole, que el tema puede esbozarse a los sumo para una clasificación fácil o superficial,  pero el espíritu del derecho y su verdad desaparecieron.  Todo el derecho se descompuso en derecho contractual y no-contractual.  Me tomo la libertad de agregar aquí el esquema, -para hacer más claro el asunto-  hasta llegar al derecho público,  que igualmente es tratado en la parte final.

                                                        I                                                    II                         

                                     Derecho Privado                    Derecho Público

I. Derecho Privado

a) Derecho privado contractual condicional

b) Derecho no contractual no condicional

A. Derecho privado contractual condicional

a) Derecho personal; b) Derecho real; c) Derecho personal real

a) DERECHO PERSONAL

I. Por contrato a título oneroso; II.  Por contrato de garantía; III. Por contrato de beneficencia

I. Por contrato a título oneroso

2.  Contrato de sociedad (societas); 3. Contrato de locación (locatio conductio)

3. Locatio conductio

1. En tanto que trata de servicios (operae)

a) Locatio conductio propiamente dicho (no se trata de la locación ni el arrendamiento romano)

b) Mandatum

2. En tanto que se refiere al usus rei

a) El suelo: usus fructus (tampoco en sentido estrictamente romano)

b) Las habitaciones: habitatio

II. Por contrato de beneficencia

2. Contrato de aprobación

1. Fin de iussio; 2. Negotiorum gestio;

3. Contrato de donación

1.Donatio; 2. Gratiae promissium

b) DERECHO REAL

I. Por contrato a título oneroso

2. Permutatio stricte sic dicta

1.Permuta propiamente dicha; 2. Muttum (Usurae); emptio; venditio

II. Por contrato de garantía

Pignus

III. Por contrato de beneficencia

2. Comodatum; 3. Depósito

¿Pero a qué continuar llenado páginas con cosas que yo mismo he rechazado?.  En todo el trabajo se encuentran divisiones tricotómicas;  está escrito con una fatigante prolijidad y lleno de representaciones romanas de la manera más bárbara,  para hacerlas entrar por la fuerza en mi sistema.  Además,  terminé por dedicarme a la materia y por dominarla,  al menos en cierto modo.  Al final del derecho privado material reconocí la falsedad del conjunto que en el esquema fundamental, se aproxima a la teoria kantiana pero que en su desarrollo se separa totalmente de ella; una vez más comprendí que sin la filosofía era imposible llegar.  Entonces pude refugiarme,  con la conciencia tranquila, en brazos de la filosofía y escribí un nuevo sistema metafísico original,  viéndome obligado al terminar,  a reconocerlo como absurdo,  como también a reconocer la arbitrariedad de todos  mis esfuerzos anteriores.  Al mismo tiempo adquirí la costumbre de hacer extractos de todos los libros que leía,  por ejemplo, Lessing: Laoconte; Solger: Erwin; Winckelmann: Kungsteschichte; Luden: Deutsche Geschichte y de garabatear de paso reflexiones.  Asimismo traduje la Germania de Tácito y los Libri tristium de Ovidio y a título especial,  es decir con ayuda de gramáticas,  me puse a estudiar inglés e italiano,  lo que hasta ahora no me ha dado resultados positivos. Leí de Klein: Kriminalrecht, así como sus Annales y las últimas producciones literarias,  pero éstas en forma completamente accesoria. Al finalizar el semestre volví a cultivar el tr ato con las musas y a hacer poesía satírica.  Ya en el último fascículo que te envié,  el idealismo se manifiesta por una alegría satírica por encargo (Skorpion und Felix),  por un drama fantástico desafortunado (Oulamen),  hasta que termina cambiando por completo y se transforma en arte puramente formal,  casi siempre carente de temas capaces de suscitar rigor poético y ritmo ditirámbico en las ideas.  Y estas últimas poesías son sin embargo las únicas en las que bruscamente,  como por un golpe mágico, -¡ay! ese golpe me aplastó primero-,  el verdadero reino de la poesía se me apareció brillando como un lejano palacio de hadas y haciendo caer hechas polvo todas mis creaciones.  Que con estas múltiples tareas haya tenido que pasar en el primer semestre una buena cantidad de noches blancas,  que afrontar muchas luchas, que sufrir bastantes impulsos interiores y exteriores y que,  finalmente,  no haya salido de todo este proceso más rico que antes y que,  además,  haya descuidado la naturaleza,  el arte,  el mundo  y los amigos,  he aquí las reflexiones que  mi cuerpo parecía hacerse.  Un médico me aconsejó una estadía en el campo y así fue como,  por primera vez,  después de haber atravesado la ciudad en toda su longitud,  fui a Stralow,  situado en extramuros.  No dudaba que el joven débil y anémico que yo era,  encontraría allí la salud y la fuerza física necesarias.

Había caído una cortina: mi santo de los santos era saqueado y precisaba introducir en él nuevos dioses. Partendo del idealismo que,  sea dicho de paso,  habia confrontado con los datos de Kant y de Fichte y que había alimentado, llegué a buscar la idea en la realidad misma.  Si en otras épocas los dioses habiraron en los cielos,  ahora se habían convertido en centro de la tierra.  Leí fragmentos de la filosofía de Hegel,  cuya grotesca melodía pétrea no me gustaba. Una vez más quise sumergirme en el mar pero con el firme propósito de encontrar a la naturaleza espiritual tan necesaria, concreta y bien establecida como la naturaleza física y de no  ejercitarme en floreos,  sino en sacar a la luz la perla fina.  Escribí un diálogo de unas veinticuatro hojas:  “Kleantes, oder vom Ausgangspunky und not Wendigen Fortgang der Philosophie”.  El arte y la ciencia, que se habían separado eternamente,  se unían en cierto modo en el diálogo. Robusto viajero,  me puse a trabajar en una explicación filosófico-dialéctica de la divinidad,  tal como se manifiesta como concepto en sí,  religión,  naturaleza e historia.  Mi última proposición era el comienzo del sistema hegeliano;  y este trabajo por el cual me inicié algo en las ciencias naturales, en Schelling,  en la historia,  este trabajo que me produjo infinitos dolores de cabeza,  está escrito en forma tan vulgar (en tanto que debía ser en realidad una lógica nueva) que ahora me es difícil volver a él con el pensamiento.  Este trabajo,  mi hijo predilecto,  cuidado al claro de luna,  me arroja como a una falsa sirena en brazos del enemigo.  En mi despecho me sentí durante algunos días incapaz de pensar;  me paseaba como un loco por el parque de la orilla del Spee,  cuyas aguas sucias, “lavan las almas y diluyen el te”.  Hice un apartida de caza con mi hotelero;  recorrí Berlín y llegué a sentir deseos de abrazar a todos los transeúntes.  Poco después me dediqué a estudios positivos:  estudio de Savigny: Der Besitz; de Feuerbach y Grolmann:  Kriminalrecht;  de Kramer: De verborum significatione;  de Wenning-Ingelheim: Pandekten System;  de Mühlenbruch: Doctrina Pandectarum que continué trabajando y, finalmente, algunos puntos esenciales según Lanterbach:  el proceso civil y en especial el derecho eclesiástico,  del cual he leído casi integramente la primera parte del Corpus Iuris Civilis; Concordia discordantium canonnum, de Graciano y del que hice extractos,  así como el apéndice las Instituciones de Lancelot.  Luego traduje parcialmente la Retórica de Aristóteles, leí al famoso Bacon de Verulam:  De augmentis scientarum,  me ocupé mucho de Reimarus,  cuya obra Von die Hunst-trieben der Thiere profundicé con delicia y asimismo me dediqué al derecho alemán,  pero sobre todo estudiando los capitulares de los reyes francos y las cartas dirigidas a ellos por los papas.

El pesar que me causaron la enfermedad de Jenny y el fracaso de todos mis trabajos emprendidos en vano; el despecho que me roía al verme obligado a hacer mi ídolo de una concepción que me era odiosa,  me enfermaron, queridísimo padre,  como ya te lo hice saber.  Restablecido,  quemé todas mis poesías,  todos los planes de relatos, etcétera, con la ilusión de que podría renunciar completamente a ellos,  lo que,  hasta hoy, es cierto, no he podido probar.  Durante mi indisposición leí a Hegel de cabo a rabo y me familiaricé con la mayoría de sus discípulos. Después de varias reuniones realizadas en Stralow con algunos amigos, ingresé al club de los doctores,  entre quienes estaban algunos privatdozents y el más íntimo de mis amigos berlineses,  el doctor Rutenberg. En la discusión se manifestaron bastantes opiniones contradictorias y yo me adherí de más en más sólidamente a esa filosofía,  a la cual quise sustraerme,  si bien todo lo sonoro se había esfumado y fui presa de una verdadera furia irónica, cosa que por lo demás,  podía producirse fácilmente después que renegué de tantas cosas.  A esto se agregó el silencio de Jenny y no logré tranquilizarme antes de adquirir -por algunas malas producciones como Der Besuch-  la modernidad y el punto de vista de la concepción científica actual.  Si no te hice,  quizás,  la descripción clara de este último semestre,  ni te he dado todos sus detalles al suprimir tantos matices,  te ruego que me perdones,  queridísimo padre,  teniendo en cuena mi enorme deseo de hablar ahora.  El señor de Chamisso me envió una carta muy insignificante en la que me hace saber “que lamenta que el Almanaque no pueda utilizar mis artículos,  porque ya está impreso desde hace tiempo”.  Me lo tragué de rabia.  El editor Wigand hizo llegar mi plan al doctor Schmidt, editor de la firma Wunder: buen queso y mala literatura.  Te adjunto su carta;  el segundo aún no ha contestado.  Pero de ningún modo renuncio a mi proyecto y tanto menos cuanto todas las celebridades estéticas de la escuela hegeliana han prometido su colaboración a pedido del profesor Bruno Bauer que desempeña un gran papel entre ellos y del coadjutor,  el doctor Rutenberg.  En cuanto a hacer carrera en la administración de finanzas,  mi muy querido padre,  conocí ultimamente a un asesor llamado Schmidthänner,  quien me aconsejó que, después de mi tercer examen de derecho,  me dirija a la carrera judicial,  lo que me gustaría,  ya que prefiero en verdad la jurisprudencia a todo el derecho administrativo.  Este señor me dijo que desde el tribunal regional superior de Burster, en Westafalia,  él mismo y muchos otros habían llegado en tres años a las funciones de asesor,  cosa fácil -con mucho trabajo, claro está-, no estando allí fijados los plazos con e mismo rigor que en Berlín y otros lugares.  Cuando luego se aprueba el doctorado,  siendo asesor,  se tiene fácilmente la perspectiva de poder iniciarse de inmediato como profesor extraordinario; éste es el caso del Sr. Gärtner,  en Bonn,  quien ha escrito una obra mediocre sobre los códigos provinciales y que sólo es conocido además,  porque forma parte de la escuela jurídica hegeliana.  Pero, queridísimo padre,  ¿no sería posible discutir todo esto de viva voz contigo?.  El estado de Eduardo,  la enfermedad de mamá,  tu indisposición -aunque espero que en todo ello no haya nada grave-,  me han inspirado el deseo, incluso me imponen casi la obligación de acudir a casa.  Estaría ya en ella si no hubiese puesto en duda,  de modo absoluto,  tu permiso,  tu consentimiento.  Créeme, queridísimo padre,  que no me guía el pensamiento egoísta (aunque me sentiría muy feliz volviendo a ver a Jenny),  sino que me impulsa otro pensamiento y éste no puedo expresarlo.  En varios aspectos,  incluso habría en ello para mí un paso penoso,  pero como escribe mi única y dulce Jenny,  estas consideraciones ante el cumplimiento de deberes que son sagrados.  Te ruego,  mi muy querido padre,  que no muestres esta carta a mi angélica madre o a menos, esta página. Me imprevista llegada podría quizás restablecer a esta noble y espléndida mujer.  La carta que escribí a mamá fue redactada mucho antes de que llegara la querida carta de Jenny y es posible que,  involuntariamente haya hablado demasiado de cosas que no están completamente o casi en su lugar.  Con la esperanza de que se disipen poco a poco las nubes que se han cernido sobre nuestra familia, de que podré sufrir y llorar con vosotros y manifestarles quizás de cerca la parte profunda y cordial y el inmenso amor que a menudo sólo puedo expresar tan mal,  con la esperanza de que tu también,  queridísimo padre,  a quien amaré siempre,  me perdones teniendo presente la formación tan agitada de mi mentalidad y el que muchas veces mi corazón parece equivocarse en tanto que sólo estaba enardecido por el espíritu militante,  con la esperanza de que no tardarás en estar bien para que pueda abrazarte y confiarme a ti.  Tu hijo que te amará eternamente; KARL

Perdona, mi  muy querido padre,  mi letra ilegible y mi mal estilo;  son casi las cuatro de la mañana:  la candela está quemada hasta el cabo y mis ojos se enturbian;  una verdadera inquietud se ha adueñado de  mí y no podré calmar a los espectros que he conjurado sino cuando esté cerca de tí,  a quien amo.  Ten la amabilidad de saludar de mi parte a mi dulce y espléndida Jenny.  Releí doce veces su carta y siempre descubro en ella  nuevos encantos.  En todos sus aspectos,  incluso desde el punto de vista del estilo,  es la carta más bella que,  en mi opinión,  haya podido escribir una mujer.

by Princess!!, intentado la consolación por la filosofía...

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