Las páginas amarillas de Princesa García: “La gran aventura de la humanidad” (II)

14 Nov

Mankind and Mother Earth

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Arnold J. Toynbee

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Traducción de Alberto Luis Bixio

Emecé Editores; Buenos Aires, Argentina; 1985

I.S.B.N. 950-04-0434-6

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Arnold J. Toynbee (1889-1975)

                         Arnold J. Toynbee (1889-1975)

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1. El enigma de los fenómenos

             Una vez que un ser humano ha sido concebido y que ha nacido,  puede morir antes de cobrar conciencia.  Hasta el siglo XX un porcentaje cruelmente alto de niños moría en la fase preconsciente de la vida.  La mortandad infantil era un fenómeno terriblemente común hasta en comunidades humanas ricas y seguras que contaban asimismo con información y equipos médicos relativamente buenos.  En la época premoderna,  la tasa de mortalidad infantil era aproximadamente la misma que la de los conejos. Por lo demás,  si un niño sobrevivía lo suficiente como para experimentar los albores de la conciencia,  su vida podía verse tronchada por algún accidente,  alguna enfermedad, o algún daño que no podían curar los conocimientos y equipos médicos accesibles en un determinado lugar. Con todo,  las posibilidades de alcanzar una larga vida han aumentado ahora de manera sensacional en comunidades socialmente adelantadas que cuentan con grandes recursos médicos, y también han comenzado a aumentar tales posibilidades en la mayor parte de las comunidades relativamente atrasadas.  Hoy en día la vida consciente de un ser humano puede mantenerse despierta de manera continuada durante setenta y ochenta años antes de extinguirse por la muerte o de oscurecerse por senilidad mental antes de la muerte física.  Durante esos setenta y ochenta años de vida consciente el ser humano percibe fenómenos.  Estos fenómenos le presentan una serie de enigmas y el progreso de los conocimientos científicos no ha logrado dilucidar los enigmas últimos, por más rápido y vasto que haya sido ese progreso en la edad moderna.  Recientemente los hombres de ciencia descubrieron la composición química y las configuraciones estructurales de la materia que constituyen las condiciones físicas necesarias para hacer que la materia cobre vida y que un organismo vivo cobre conciencia.  El avance de la ciencia aportó asimismo una conclusión negativa que parece incontestable,  aunque entre los adeptos de las religiones teístas encuentra vigorosa resistencia porque va contra creencias tradicionales profundamente arraigadas,  si bien éstas no están verificadas ni son verificables.  Lo cierto es que a hora ya no puede creerse que los fenómenos que percibe el ser humano hayan nacido por obra del fiat de un dios creador a semejanza humana.  Esta manera tradicional de explicar los fenómenos se basaba en una injustificable analogía con las actividades humanas.  Los hombres trabajan “materias primas” inanimadas ya existentes y las transforman en herramientas, máquinas, vestidos, casas y otros artefactos y asignan a tales artefactos funciones y usos que  no son inherentes a las “materias primas”.  Las funciones y los usos no son materiales,  sino que el hombre los crea ex nihilo.  La explicación de la existencia de los fenómenos en virtud de una actividad creadora semejante a la humana ha dejado de ser convincente porque la existencia de un creador semejante al hombre es una hipótesis que no sido confirmada por ninguna prueba. Pero mientras tanto, esta hipótesis tradicional,  que ya es insostenible,  no ha sido reemplazada por ninguna otra cosa que resulte convincente.

               El aumento de nuestros conocimientos sobre las condiciones físicas que permiten la existencia de la vida,  de la conciencia y de las determinaciones humanas no introdujo una comprensión de la naturaleza o del sentido (si es que hay) de la vida y de la conciencia mismas.  La vida y la consciencia son modos diferentes de ser que se distinguen uno del otro y también de la materia orgánicamente estructurada con la que,  según nuestra experiencia,  están asociadas.  Todo ser humano vivo que el hombre conoce o del que tiene noticia, incluso él mismo,  es un espíritu dotado de conciencia y voluntad que vive físicamente en un cuerpo material. Ninguno de estos elementos que componen al ser humano vivo se ha encontrado nunca separado del otro.  Siempre se los encuentra unidos,  pero la relación en que se hallan el uno con respecto al otro es incomprensible.  ¿Por qué algunos de los  fenómenos materiales están asociados transitoriamente con la vida (como ocurre en los seres humanos), mientras otros (por lo visto,  con muco la mayor parte de la suma total de la materia existente en el cosmos) se hallan permanentemente inanimados e inconscientes?.  ¿Cómo,  en la corriente del espacio y del tiempo,  en un determinado lugar y en un determinado momento -es decir en la tenue “biosfera” que recubre transitoriamente nuestro efímero planeta-  la vida y la conciencia llegaron a asociarse con la materia?.  ¿Por qué la vida encarnada en la materia orgánicamente estructurada tiende a perpetuarse en organismos que son sexuales y mortales y que se reproducen fieles a su tipo?.  El mantenimiento de cualquier especie viva cuesta evidentemente un intenso esfuerzo.  ¿Es ese esfuerzo inherente a la naturaleza de la especie y a la naturaleza de sus ejemplares?.  Si ello es así, ¿por qué no es inherente esa tendencia a la naturaleza de los elementos constitutivos de la materia orgánica en los estados preorgánicos y postorgánicos de esos elementos,  cuya configuración orgánica representa un período tan breve en su historia?.  Y si esa tendencia no es inherente a la materia sino que ha sido introducida en ella,  ¿cuál es el agente que la introduce,  si excluímos la hipótesis de la acción de un dios creador?.  Por otra parte, admitamos la realidad de las mutaciones de estructura y de fisiología en los organismos vivos;  admitamos además la validez de la tesis darwiniana de que las mutaciones,  determinadas por la selección natural en un lapso suficientemente largo, explican apropiadamente la diferenciación de la vida en las diversas especies y explican asimismo que algunas especies hayan logrado sobrevivir,  en tanto que otras no lo lograron.  Aun admitiendo todo eso,  las mutaciones mismas quedan sin explicar.  ¿Son las mutaciones fortuitas?.  ¿O bien obedecen a un designio?.  ¿O son transgresiones a un designio?.  ¿Resultan inapropiadas estas tres preguntas cuando se las formula en relación a fenómenos que no poseen conciencia ni la capacidad de hacer planes?.  Si nos permitimos considerar las especies no humanas en estos términos antropomórficos,  nos encontramos frente a otras cuestiones.  La proclividad de una especie a sufrir mutaciones una tendencia contraria al esfuerzo de la especie por mantenerse y reproducirse fiel a su tipo.  ¿Es el objetivo de una especie mantenerse fiel a su tipo?. ¿O está la especie destinada a cambiar,  de suerte que mantenerse fiel a su tipo sería una obstrucción por inercia a sufrir cambio?

             La diferenciación de la vida de las diferentes especies trajo consigo la competencia entre algunas especies y la cooperación entre otras.  ¿Cuál de esas dos relaciones antitéticas es la ley suprema de la  naturaleza, en el caso de que exista una ley suprema?.  En las relaciones de las especies no conscientes entre sí,  ni la cooperación ni la competencia son actos deliberadamente elegidos.  La elección deliberada es propia de los seres humanos y en nosotros está ligada al sentido de la diferencia y antítesis entre lo justo y lo injusto y entre el bien y el mal.  ¿Cuál es la fuente de estos juicios éticos,  que aparentemente son inherentes a la naturaleza humana, pero extraños a la naturaleza de las especies no humanas?. Por último,  ¿cuál es el puesto y el significado,  dentro del universo,  de un ser humano dotado de conciencia y voluntad, imbuído de ese sentido de la diferencia que hay entre lo justo y lo injusto y empujado (aún cuando a veces se resista a este impulso ético) a hacer lo que le parece justo?.  Un ser humano se siente como si fuera el centro del universo porque su propia conciencia es,  para él ,  el punto desde el cual enfoca el panorama cósmico espiritual y material.  El hombre es también egocéntrico en el sentido de que tiene el impulso natural de tratar de que el resto del universo sirva a sus propios fines. Al propio tiempo el hombre se da cuenta de que,  lejos de ser el centro del universo,  él mismo es efímero y perecedero;  y esa conciencia le dice también que, en la medida en que dé rienda suelta a su egocentrismo,  se colocará en una posición falsa tanto moral como intelectualmente.  Éstos son algunos de los enigmas que presentan al ser humano los fenómenos que percibe. La ciencia podrá o no continuar avanzando. Que la ciencia continúe progresando o se estanque no es una cuestión de capacidad intelectual.  La capacidad intelectual del hombre parece  no tener límite  en cuanto a agregar conocimientos científicos y aplicarlos a nuevos inventos técnicos.  El futuro de la ciencia depende en parte de que la sociedad continúe valorando esas actividades tanto como lo ha hecho en tiempos recientes y de que continúe retribuyéndolas tan generosamente.  Pero también depende en parte de que los individuos de capacidad intelectual continúen concentrándola en la ciencia y en la técnica.  Y esto no puede darse por sentado.  En todos los campos de la actividad humana las preferencias y las modas cambian.  Es concebible que la religión o el arte puedan llegar a representar otra vez el interés supremo de los espíritus más capaces,  como ya lo hicieron en el pasado en diversos momentos y lugares.  Sin embargo,  aún cuando la ciencia continuara avanzando a su ritmo actual,  no parece probable que sus futuras realizaciones puedan llevarla más allá de sus pasados y presentes confines.  Podría acrecentarse nuestro conocimiento de las manera en que obran los fenómenos del universo,  pero no parece probable que en el futuro la ciencia llegue a explicarnos la razón por la que el universo funciona como lo hace o la razón misma de que exista el universo.  Sin embargo,  un ser humano tiene que vivir y obrar durante su vida psicosomática en la biosfera, y las exigencias de la vida y de la acción lo obligan a proveerse de algunas respuestas provisionales sobre los enigmas que le presentan los fenómenos,  aún cuando no pueda obtener esas respuestas de la ciencia y aún cuando crea que el conocimiento científico es el único conocimiento verdadero.  Esta creencia no es invulnerable.  Ello no obstante,  es cierto, que las respuestas que se encuentran fuera del ámbito de la ciencia son inverificables actos de fe. En efecto,  no son demostraciones intelectuales;  son intuiciones religiosas.  Por eso parece probable que en el futuro,  lo mismo que en el pasado,  la vida obligue a los seres humanos a responder las cuestiones últimas en los términos intuitivos e inverificables de la religión. Superficialmente kas expresiones precientíficas de la religión pueden parecer irreconciliables entre sí.  Toda expresión pasada de la religión estuvo en armonía con la cosmovisión intelectual de la época y del lugar en que se la formuló.  Pero la esencia fundamental de la religión es,  a no dudarlo,  tan constante como la esencia de la naturaleza humana misma.  En verdad, la religión es un rasgo distintivo e intrínseco de la naturaleza humana.  Ella es la respuesta necesaria que el ser humano da a la incitación de los misterios de los fenómenos en virtud de su facultad exclusiva: la conciencia. 

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