Las páginas amarillas de Princesa García: “La gran aventura de la humanidad” (III)

28 Nov

Mankind and Mother Earth

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Arnold J. Toynbee

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Traducción de Alberto Luis Bixio

Emecé Editores; Buenos Aires, Argentina; 1985

I.S.B.N. 950-04-0434-6

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Lo humano en nosotros

                                 Lo humano en nosotros

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3. La ascendencia del hombre

            

Existen por lo menos tres sentidos diferentes en que puede usarse la palabra “descender” en relación con la palabra “hombre”.  Nuestros antepasados descendieron,  en un sentido literalmente físico,  de las alturas de los árboles para vivir en el suelo.  Genéticamente descendían de formas de vida prehumanas,  Y también se ha sostenido (aunque ésta es una tesis discutible) que  nuestros antepasados descendieron moralmente cuando despertaron a la conciencia.  La tercera de estas tres aplicaciones de la palabra “descender” es seguramente injustificable,  Verdad es que un ser consciente puede ser malvado,  en tanto que un ser no consciente no puede serlo.  Pero la incapacidad de ser malo no equivale a la virtud.  Un ser consciente puede ser virtuoso,  además de tener la capacidad de ser malo;  un ser no consciente no puede ser ni malvado ni virtuoso.  En efecto,  para un ser no consciente no existe ni puede existir la distinción ética entre perversidad y virtud.  La ética apareció en la biosfera sólo y simultáneamente con la conciencia.  La conciencia y la ética constituyen juntas un modo de existencia -el modo espiritual-  que anteriormente no se había dado en la biosfera.  De manera que no existe base alguna para comparar en términos éticos al hombre con sus antepasados preconscientes. Puede comparárselos en el plano biológico, y en este plano es posible reconocer y rastrear la filiación del hombre con sus antepasados,  pero en el plano ético no hay  ningún terreno común puesto que la esfera ética existe para los seres conscientes.  En el plano ético,  el rasgo más notable y enigmático de la naturaleza humana es la extensión de la escala ética del hombre. El alcance de las potencialidades éticas entre los dos polos de demonismo y santidad es un rasgo de la vida humana tan notable como la dimensión ética misma.  Estos dos rasgos son peculiares al hombre y lo distinguen de todos los otros pobladores de la biosfera.  Ahora que el hombre ha adquirido el poder de destruir la biosfera,  no podemos estar seguros de que no haya de que no haya de cometer este crimen suicida;  pero tampoco podemos tener la seguridad de que no haya de redimir la biosfera del estado de naturaleza en el cual, hasta ahora,  el amor y la competencia estuvieron en pugna sin llegar a un resultado decisivo.  Es concebible que,  en lugar de destruir la biosfera,  el hombre llegue a usar su poder para reemplazar el estado de naturaleza por un estado de gracia en que prevalezca el amor.  Esto transfiguraría la vida y la convertiría de un pandemónium en una comunión de santos.  

Cuando tomamos la palabra descender en su significación genética,  nos encontramos ante la cuestión de la edad del genus homo.  Manifiestamente en un sentido el hombre puede considerarse contemporáneo de todas las otras especies de seres vivos y hasta contemporáneo de la vida misma, pues, aunque la evolución procedió por diferenciación, las distintas especies que produjo la evolución están todas relacionadas entre sí como las ramas de un árbol. Todas ellas derivan de una raíz común. Si tratamos de establecer con mayor precisión la génesis del hombre,  señalaremos la época en la que la familia de los homínidos se separó de otras familias del orden de los primates mamíferos. Esta desviación genética marca un paso irreversible. Los homínidos quedaron privados de la posibilidad de convertirse en hylobatidae (por ejemplo, gibones) o pongidae (por ejemplo, orangutanes, chimpancés, gorilas).  Una vez que el progenitor de los homínidos hubo pasado por esta bifurcación y echó a andar por el camino de los homínidos, a éstos les quedaron sólo dos posiblidades.  O se convertían en humanos o bien, no sobrevivían. En realidad el único género de la familia de los homínidos que sobrevivió es el homo y dentro del genus homo, la única especie que aún sobrevive es el homo sapiens (una denominación inmerecidamente halagüeña,  que esta única especie sobreviviente de los homínidos se aplicó a sí misma con ingenuo engreimiento).  Si aceptamos que el hombre es tan antuguo como la época en la que,  para sobrevivir,  a nuestros antecesores no les qudó más remedio que convertirse en humanos,  luego puede estimarse que el hombre tuvo su origen,  como una forma distintiva de vida,  en el período mioceno o hasta posiblemente en la fase última del período oligoceno;  de acuerdo con este cálculo,  el hombre existiría,  pues,  desde hace alrededor de veinte a veinticinco millones de años. ¿Podemos determinar la edad del género humano con mayor precisión atendiendo a algún rasgo anatómico distintivo del hombre o a sus distintivas costumbres y realizaciones?, ¿podemos decir que nuestros antepasados se convirtieron en hombres cuando bajaron de los árboles para vivir en el suelo?,  ¿o cuando adquirieron la capacidad de andar y correr usando tan sólo un par de miembros en la locomoción,  lo que les permitía usar el otro par para manipular herramientas?,  ¿o cuando desarrollaron cerebros que eran no s´lo mucho mayores que los de cualquier otro homínido sino también mucho más organizados en cuanto a las posibles estructuras de intercomunicación entre las células cerebrales?,  ¿o humana atendiendo a realizaciones tales como la socialidad o el lenguaje (es decir, un código de sonidos que expresan significaciones inteligibles para todos los miembros de la comunidad,  a diferencia de una serie de interjecciones que expresan emociones)?. ¿O fue Prometeo quien volvió humanos a nuestros antepasados al enseñarles la manera de encender y mantener fuego prendido sin quemarse los dedos, para calentarse y cocinar, con lo que perdieron el temor a esa fuerza potencialmente útil,  pero también potencialmente peligrosa y destructora?. La respuesta que podemos dar aquí es que el acontecimiento que marca la primera aparición del hombre en la biosfera no es ni el desarrollo de un determinado rasgo anatómico ni una determinada realización materia:  el hecho histórico decisivo es el despertar del hombre a la conciencia.  La fecha de este acontecimiento sólo puede inferirse por las huellas materiales que dejaron nuestros antepasados (es decir,  huesos y herramientas). No puede ni pudo haber conocimiento contemporáneo de esa experiencia y por lo tanto no puede haber registros que lo consignen. Un ser humano es consciente de estar despierto cuando está despierto,  pero no puede verse conscientemente experimentando el proceso de despertar o de dormirse.  Por eso sólo podemos conjeturar la fecha en que pudo haberse despertado la conciencia del hombre teniendo en cuenta su desarrollo anatómico y las conquistas que llevó a cabo en el terreno de lo social y de la técnica.

Podemos conjeturar, como inferencia del hecho de que nuestros antepasados sobrevivieron después de haber abandonado el refugio de los árboles para vivir una existencia conparativamente peligrosa en el suelo,  que en aquel momento ellos ya eran animales sociales o que por lo menos se habían convertido en tales al cambiar de morada.  En el suelo,  los solitarios homínidos habrían sido fácil presa de depredadores no homínidos para quienes,  en aquel estadio,  nuestros antepasados no habrían sido protagonistas de cuidado si no hubieran estado unidos.  Seguramente el hombre debe haber sido un animal social antes de haber inventado el lenguaje;  pero el invento de la lengua puede haber sido un acontecimiento mucho más reciente que su socialidad,  pues hay otras clases de animales sociales (por ejemplo, los insectos sociales) que se comunican entre sí para mantener la necesaria cooperación social sin poseer un lenguaje vocal.  Las abejas, por ejemplo,  se comunican información e instrucciones mediante movimientos físicos que,  en el caso de tratarse de seres humanos,  diríamos que son “danzas”.  En cuanto a la liberación de las manos y a la evolución del cerebro,  podemos conjeturar que el desarrollo de manos y cerebro fue contemporáneo,  y que,  en cada fase del desarrollo,  hubo una interacción que fomentó la ulterior evolución de las manos y el cerebro. Podemos también conjeturar que el pleno desarrollo de estos dos órganos que obraban de consuno fue la condición anatómica que permitió al hombre cobrar conciencia. El hombre debe de haber sido consciente ya en la época en que superó su temor al fuego, temor que aún sienten muchas especies de animales no domesticados.  Y el hombre pudo no haber sentido miedo del fuego encendido espontáneamente cuando descubrió la manera de mantenerlo vivo y usarlo, y posteriormente la manera de encenderlo artificialmente.  ¿Podemos determinar la fecha del despertar de la conciencia en términos de edades geológicas o,  con mayor audacia aún,  en términos de años antes de Cristo?.  Tratar de determinar la fecha resulta tanto más difícil si suponemos -y ésta parece una suposición razonable- que hubo un proceso gradual,  el cual, si bien parece rápido desde el punto de vista de la escala temporal geológica, puede haber durado infinidad de millares de años desde el punto de vista de la escala temporal de la historia humana registrada (la historia, de la que han quedado registros desde no hace más de cinco mil años).  Podemos estar seguros de que la única especie sobreviviente del genus homo,  la que se denomina a sí misma homo sapiens,  no es la única variedad de homínidos que tuvo conciencia,  Se cree que el hombre de Neanderthal enterraba sus muertos con ciertas ceremonias,  en lugar de tratar sus restos como simples desperdicios,  y si ello es así quiere decir que el hombre de Neanderthal compartía con el homo sapiens la noción de que la naturaleza humana tiene una dignidad que no se extiende a las otras formas de vida. 

Parece que el hombre de Neanderthal sobrevivió hasta una época tan reciente como el momento del paso de la edad paleolítica inferior a la edad paleolítica superior,  hace quizás uno setenta mil o cuarenta mil años. Hasta hay indicios de que existieron comunidades mixtas de hombres Neanderthal y homines sapientes, y si existieron tales comunidades, parece probable que estas dos clases de seres humanos fueron físicamente bastante afines para procrear entre sí, como lo hacen todas las variedades del homo sapiens.  Si ello fuera así,  el homo sapiens y homo neanderthalensis podrían calificarse como dos subespecies de una sola especie.  Sin embargo,  el hombre de Pekín,  que se supone diferente,  y si es cierto que el hombre de Pekín ya dominaba el fuego,  su conciencia debía estar bien desarrollada.  También debe de haberse necesitado una chispa de conciencia para que a un ser se le ocurriera tallar piedras a fin de hacerlas más eficaces como utensilios,  en lugar de usar objetos naturales sin modificar;  y la fabricación de herramientas mediante piedras talladas se atribuye al australopithecus,  un homínido que se supone que vivió hace dos o tres millones de años. Se clasifica al australopithecus como homínido,  pero no como homo, y no es seguro que sea el antepasado de homo.  En el otoño de 1972 se desenterró de debajo de una capa de cenizas volcánicas cuya antigüedad se estima en dos millones seiscientos mil años,  un cráneo muy parecido al del homo sapiens.  Aun las fechas estimadas de la existencia del australopithecus y de este cráneo anterior parecido al del homo sapiens son recientes,  si se las compara con la época en que se estima que nuestros comunes antepasados comenzaron a diferenciarse irrevocablemente  de los antepasados de nuestros primos los hylobatidae y los pongidae.  Por otro lado,  si la edad paleolítica inferior corresponde a la primera aparición del hace ya tiempo extinguido australopithecus,  esa edad paleolítica inferior comprendería algo así como el noventa y ocho por ciento de la duración total que tuvieron los homínidos hasta la fecha y abarcaría,  quizás,  un noventa y tres por ciento de la duración de la existencia del homo, incluso del hombre de Pekín y del hombre de Neanderthal,  así como del homo sapiens.  Los registros realizados sin intención de ser tales,  como las herramientas con ciertas formas,  son tan antiguos como el australopithecus;  pero los primeros registros llevados a cabo sin la intención de ser tales se remontan sólo a unos veinte o treinta mil años,  si las pinturas del período paleolítico superior que cubren los muros de algunas grutas de Francia y España son los registros intencionales más antiguos.

Que sepamos, registros en pictogramas, que fueron los antecesores de las escrituras no representativas,  no se llevaron a cabo hasta el quinto milenio antes de Cristo y, por lo visto,  únicamente en Sumeria.  Con todo,  los restos materiales de sociedades humanas extinguidas que no comprenden documentos escritos,  descifrados y traducidos,  nos proporcionan sólo una información fragmentaria sobre la vida de los pueblos que dejaron estas huellas materiales no documentales de su existencia.  Los materiales nos informan sobre la técnica,  pero la técnica constituye sólo una condición y una parte de los elementos no materiales del estilo de vida del hombre; esos materiales nada nos dicen sobre sus pensamientos y sentimientos,  sus instituciones, ideas y sus ideales.  Ésas son, sin embargo, manifestaciones más importantes de la naturaleza humana que la técnica arrojan cierta luz sobre algunas de las facetas no materiales de la vida humana, esa luz es muy tenue. Inferir de lo que es material lo que es espiritual equivale,  en el mejor de los casos,  a disparar tiros al azar y, cuando sólo disponemos de hechos materiales,  ellos dejan en completa oscuridad algunos aspectos de la vida espiritual.  De manera que nuestra información es mucho más copiosa y mucho más esclarecedora en lo referente a los últimos cinco mil años de historia -los cinco mil años documentados- que la información que tenemos sobre el primer millón de años o el medio millón de años que transcurrieron probablemente desde el alborear de la conciencia.  De estos dos períodos ¿es la importancia del último y más breve proporcionada al grado de nuestro conocimiento?. Debemos guardarnos de darlo por descontado. Inevitablemente lo que está más cerca de nosotros y lo que vemos con mayor claridad nos parece más importante;  sin embargo,  tales apariencias pueden no corresponder a la realidad.  El curso de la llamada “edad prehistórica” -con lo que se entiende la edad anterior a los registros escritos que llegaron hasta nosotros y que hemos descifrado y traducido- fue (en la medida en que podemos discernirlo) monótono,  además de ser enormemente largo en comparación con el curso de la ulterior edad documentada.  Enfocada en la perspectiva de la “prehistoria”, toda la historia documentada es virtualmente historia contemporánea en un sentido literal así como en el sentido subjetivo que Benedetto Croce sostuvo que toda historia es historia contemporánea. Inevitablemente un observador ve subjetivamente el pasado tal como éste se le presenta en una visión retrospectiva cobrada dese el punto de vista del lugar y de la época del propio observador.  ¿Hemos de llegar a la conclusión de que estos últimos cinco milenios, virtualmente contemporáneos nuestros, representan la única parte de la historia que realmente cuenta?.  Esta conclusión sería paradójica y queda seguramente excluida por el hecho de que la edad “prehistórica” fue inaugurada por el acontecimiento más importante que se haya registrado hasta la fecha en la historia humana: el despertar de la conciencia en la biosfera. Ese acontecimiento fue de una importancia tal y el esfuerzo para lograrlo tiene que  haber sido tan arduo que no resulta sorprendente que al despertar de la conciencia siguiera un millón o medio millón de años de sopor,  antes de que el hombre comenzara a ejercer activamente el poder material y espiritual que le había conferido la conciencia.  Ahora bien,  si desde el momento actual nos ponemos a examinar aquel alborear de la conciencia y si consideramos toda la historia humana a partir de aquel alborear como una sola época,  tal vez podamos pensar que era normal el ritmo de aquel relativo sopor del período paleolítico inferior.  Entonces,  la creciente velocidad y vehemencia de los ulteriores setenta mil o cincuenta mil años, que van desde el estallido de la revolución industrial del período paleolítico superior hasta el aprovechamiento de la energía atómica, se nos manifestará,  no tanto como lo que realmente cuenta,  sino más bien como un gran finale que se está aproximando a su punto culminante. Ese punto culminante podría ser la aniquilación de la vida por la destrucción de la biosfera provocada por la iniquidad y locura humanas, ahora que el demonio encarnado en el hombre se armó del poder técnico suficiente.  Por otro lado,  el punto culminante podría ser el paso de la primera época de la historia humana, a una segunda época o, más probablemente, a una larga serie de sucesivas épocas, pues los dos millones de años transcurridos desde que el australopithecus talló la primera piedra para darle una forma útil representan tan sólo un abrir y cerrar de ojos comparados con los dos mil millones de años más que, según se ha estimado, la biosfera continuará siendo habitable si el hombre lo permite.  No podemos prever el futuro,  pero podemos augurar que nos estamos aproximando a una suprema decisión ética que será tan irrevocable como la bifurcación biológica,  producida hace veinte o veinticinco millones de años, bifurcación que llevó por un camino al hombre y por otro camino a los monos hominoides.  Una vez más las alternativas pueden ser extremos opuestos.  El resto de este libro expone el desarrollo del proceso hasta el punto en que es posible cierta clarificación de este enigma aún oscuro…

 

 

 

by Princess!!, familia hominidae; genus homo; especie sapiens

by Princess!!, familia hominidae; genus homo; especie sapiens

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