Surgimiento y expansión de una nueva potencia: Dar-Al-Islam (I)

19 Ene

Historia Universal Siglo XXI

México; 1989

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Las transformaciones del mundo mediterráneo: Siglos III-VIII

Volumen 9

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Franz Georg Maier

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Año 711: un ejército bereber cruzA el estrecho de Gibraltar y libra la decisiva Batalla de Guadalete contra el rey visigodo. Don Rodrigo es vencido y el Islam penetra la Península Ibérica.

       Año 711: un ejército bereber cruza el estrecho de  Gibraltar y libra la decisiva Batalla de Guadalete contra  el rey visigodo. Don Rodrigo es vencido y el  Islam penetra la Península Ibérica.

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4. El despertar de Oriente: el siglo de la conquista árabe-islámica

II. Surgimiento y expansión de una nueva potencia: Dar-Al-Islam

El éxito de la ofensiva de Heraclio fue clamoroso:  Bizancio estaba asegurado en su frontera más peligrosa.  La lucha secular con los sasánidas por la hegemonía del próximo oriente parecía decidida definitivamente a favor de Constantinopla. La soberanía del mundo griego y del cristianismo estaba de nuevo asegurada en Asia Menor, Egipto, Siria y Mesopotamia. Pero también en Occidente existían zonas de indiscutida soberanía bizantina,  a pesar de la confrontación con los lombardos y de la pérdida de los territorios bizantinos en España.  La construcción de fortificaciones y la organización militar en África y en Italia se encaminaban a la consolidación de las posiciones adquiridas. También el poder marítimo se encontraba en manos bizantinas y la diplomacia de Constantinopla mantenía relaciones, cuidadosamente ambiguas,  con francos y visigodos.  El prestigio de Bizancio era,  tanto en el Oriente como en Occidente,  más alto que nunca:  soberanos indios enviaron embajadas de felicitación después de la guerra persa;  el rey Dagoberto de los merovingios pactó una “eterna” paz con Bizancio.  Sin embargo,  se trataba de un triunfo vacío.  El reinado de Heraclio tocó a su fin rápidamente,  y los veinte años que van del 610 al 630 se desarrollaron en un escenario engañoso. La concentración unilateral y el mortal agotamiento de la guerra,  que duró decenios,  en la que culminaba la lucha política por el poder entre la Roma oriental y Persia,  hizo a ambos contrarios incapaces de notar las transformaciones del mundo que de producían a sus espaldas e impidió igualmente que ofreciesen resistencia a la nueva avalancha.  Con los comienzos del feudalismo en Italia y Francia; con la consolidación de la posición papal; con la creciente cristianización de Inglaterra,  comenzaba a configurarse la Europa medieval. Sin embargo,  el verdadero peligro no se encontraba en Occidente -al que no perdía de vista Constantinopla- y cuya transformación, tras la fuerte barrera de los Balcanes y del reino lombardo, carecía por el momento de consecuencias en el plano de la potencia política. La gran tragedia, tanto política como personal de Heraclio,  provenía del surgimiento de una nueva potencia oriental en Arabia,  muy superior a la sasánida,  durante los años de la guerra contra los persas, sin que nadie se apercibiera de ello.

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a) Arabia antes de Mahoma

Tanto Bizancio como Persia subestimaron la plena significación del resurgimiento de Arabia.  No solamente porque se tuviera al Islam por una nueva dirección cismática de la cristiandad oriental (como pensaba todavía en el siglo VIII Juan Damasceno). Arabia era desde hacía siglos una región cobre cuyo destino venían decidiendo los estados limítrofes.  Bizancio, al igual que Roma, se había contentado en el control del comercio de las caravanas y con mantener continuas escaramuzas entre la tierra fértil y el desierto, con ayuda de estados clientes y la construcción de un limes. Arabia no parecía una región controlable con loe medios militares usuales. Los beduinos,  que vivían en federaciones de tribus,  compuestas por algunos centenares de personas cada una, eran los señores indiscutidos de la ancha estepa y del desierto de la península.  La norma y modo de vivir de los beduinos estaban condicionadas por la aspereza e inseguridad de la vida nómada y por las comunes tradiciones tribales.  El beduino sólo es leal con los miembros de su tribu y con el sayyid,  que domina la tribu,  gracias a su autoridad personal.  Desprecia tanto al habitante de la ciudad como al campesino árabe y por eso consideraba tener derecho al saqueo de las ciudades y de las tierras fértiles.  Su ilimitada arrogancia,  existente incluso entre las mismas tribus; una desconfianza siempre despierta y la lucha continua por los abrevaderos y mieses,  les llevaban a continuos conflictos y guerras entre sí.  La autonomía de la tribu,  guardada celosamente,  no permitía que surgieran planteamientos de una organización política más amplia en la Arabia septentrional y media. Sólo en las fértiles regiones ribereñas de la península no dominaba la ley del desarraigo nómada,  y existían ciudades dedicadas a la agricultura,  que comerciaban con países lejanos. En Yemen (la Arabia Felix de los romanos)  se llegó a partir del siglo III,  en el reino sabeo de los himiaritas (himyar),  a la formación de un estado que abarcaba varios estados-ciudades aislados.  La Arabia meridional poseía una avanzada cultura urbana,  gracias a la construcción de grandes diques y sistemas de irrigación perfeccionados. Por su posición a la salida del mar Rojo era,  al mismo tiempo, punto de confluencia de las grandes rutas mercantiles Oriente-Occidente y pieza de unión entre el comercio marítimo del Océano Índico y las rutas terrestres hacia Siria y Egipto. La Arabia meridional cayó también por esta razón bajo la esfera de influencia de las dos grandes potencias.  Bizancio,  interesada en la ruta marítima del Mar Rojo como compensación al cierre del Golfo Pérsico por parte de los sasánidas,  había apoyado ya bajo Justiniano al reino cristiano de Aksum.  A la muerte del rey yemenita Dhu Nuwas (525),  el país cayó bajo la hegemonía etíope y fue gobernado por sátrapas semiautónomos.  La diplomacia persa apoyó una rebelión de los yemenitas,  a la que siguió en el año 597 la transformación del Yemen en una provincia sasánida (al mismo tiempo,  se operaba la conversión de los cristianos de la Arabia meridional al nestorianismo).  Ya fuera por la inseguridad política o por el cambio rápido de soberanía,  el dique de Ma’rib (diversamente a lo acontecido en los años 450 y 542) no volvió a ser reconstruído,  después de su destrucción hacia el año 570.  Se perdieron grandes superficies de terreno cultivado y gran parte del país cayó nuevamente en manos de los beduinos.  La barrera que suponía la zona desértica de Rub al-Khali la separaba al sur,  hasta cierto punto,  del resto del mundo, no obstante las rutas de caravanas que la atravesaban.  Muy distinta era la situación de la parte noroccidental,  que estaba desde siglos en la zona de tensión del conflicto romano-parto primero y del bizantino-sasánida después,  sometida constantemente a cambiantes influencias políticas y culturales.  La esfera de influencia sasánida llegaba hasta la frontera oriental de Palmira y hasta la parte oriental del Nafud.  Bizancio intentó mantener bajo control la margen occidental del desierto de Akaba hasta Siria,  mediante estados clientes. En las fronteras defensivas,  escalonadas en profundidad, de los estados bizantino y sasánida del siglo VI, existían pequeños estados intermedios; estados clientes semibeduinos,  bajo el mando de príncipes árabes.  En el reino de los gasánidas,  que se encontraba en la frontera meridional siria,  con Bosra por capital,  y que alcanzó bajo Justiniano la más alta significación como Estado vasallo, se había impuesto el monofisismo.  La dinastía de los lajmidas, dueños del centro comercial de Hira, en el bajo Éufrates,  abrazó,  por el contrario,  el cristianismo nestoriano,  que poseía en la capital una floreciente comunidad.  El enfrentamiento religioso reflejaba la situación política: el constante conflicto entre “árabes de los romanos” y “árabes de los persas”, al que siguió finalmente el enfrentamiento directo de las potencias protectoras cuando los gasánidas quedaron bajo administración bizantina (582), y los lajmidas bajo la persa (602).  En razón de su situación marginal,  estos estados árabes ejercieron tan poco influjo sobre el mundo beduino de la península como el Yemen.  Los beduinos habían pasado a fomas de vida sedentarias en centros como Taif,  en la Arabia central,  o Yathrib, en la región nororiental,  gracias a condiciones ambientales mejores.  En el gran oasis de Yathrib (que después fue Medina) más de cincuenta kilómetros cuadrados de tierra fértil ofrecieron la posibilidad de crear una floreciente industria datilera y de acoger a varias tribus (en parte, judías).  Yathrib,  como otras ciudades de Arabia,  sacó provecho también de ser lugar de paso obligado para las rutas comerciales.  La más importante de todas estas aristocráticas repúblicas de ricos comerciantes era la Meca,  situada aproximadamente a 450 km. más al sur,  que constituía,  a la vez,  un centro comercial y religioso…

by Princess, desde el harén andalusí

by Princess!!, desde el harén   andalusí…

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