Surgimiento y expansión de una nueva potencia: Dar-Al-Islam (II)

23 Ene

Historia Universal Siglo XXI

México; 1989

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Las transformaciones del mundo mediterráneo: Siglos III-VIII

Volumen 9

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Franz Georg Maier

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 "Vista de La Meca - Kaaba" - Grabado de Picart; 1737 - Galería Napoleón

“Vista de La Meca – Kaaba” – Grabado de Picart; 1737 – Galería Napoleón

      

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4. El despertar de Oriente: el siglo de la conquista árabe-islámica

II.Surgimiento y expansión de una nueva potencia: Dar-Al-Islam

Gracias a su posición en la encrucijada de dos grandes rutas de caravanas -entre Arabia meridional y Siria y entre el Mar Rojo y el Irak-,  por la que pasaban el incienso y las maderas del Yemen,  las especias y artículos de lujo de la India y del lejano oriente,  la Meca,  desde hacía mucho tiempo,  constituía una importante plaza comercial,  con una aristocracia formada por familias de grandes comerciantes.  Junto al comercio,  se sacaban sustanciosos beneficios de las peregrinaciones: las fechas en que pasaban por allí las caravanas más importantes coincidían,  en parte,  con la peregrinación anual a la Ka’ba;  durante estos días se restablecía la “tregua de Dios” entre las tribus,  tan útil para los negocios.  La Ka’ba con la “piedra negra”,  piedra de naturaleza meteórica caída del cielo,  venerada por los creyentes,  constituía el centro cultural más importante de la Arabia noroccidental.  La oligarquía familiar de la tribu de los Quraysies,  que dominaba desde el siglo V,  tenía mayor experiencia política y estaba más informada de los asuntos internacionales que los demás príncipes tribales de la Arabia central,  gracias a las amplias relaciones comerciales que mantenía la Meca.  Más que en ninguna otra parte se hicieron también visibles en la Meca las corrientes religiosas del mundo circundante.  Sin embargo,  la ciudad permanecía neutral,  al margen de la política de las grandes potencias.  Tampoco la “tregua de Dios” y las “confederaciones” que en ella se anudaban fueron capaces de modificar la semianárquica situación política del mundo beduino.  A comienzos del siglo VII,  Arabia era de hecho un espacio muerto en el plano político.  Las unidades políticamente más fuertes estaban aprisionadas en la esfera de soberanía de las grandes potencias;  por lo demás, lo que dominaba era una situación constante de guerra de guerrillas entre las tribus.  Hacia finales de siglo,  era perceptible aún cierto desasosiego en la península: graves enfrentamientos entre tribus judías y árabes en oasis de Yathrib, que correspondieron a una expansión de la zona dominada por los beduinos.  Esto último constituía un hecho bastante típico,  relacionado con el aumento de las normales migraciones interiores beduinas,  que solía hacer su aparición siempre que se producían cambios de soberanía,  sobre todo en el sur de la península.  Nuevas fuerzas espirituales se agitaban; más aún que la influencia del judaísmo en las ciudades y en el sur, se hacía notar la penetración del cristianismo,  a partir de las regiones marginales.  El nestorianismo,  tolerado oficialmente por los sasánidas,  gracias a su oposición irreconciliable a la ortodoxia,  fue ganando terreno en el sur y en la zona de soberanía lajmida.  En Hira existía ya alrededor del año 510 un obispado nestoriano;  de este modo surgió en el siglo VI la comunidad arábigo-nestoriana de los ‘ibad (siervos de Dios),  una especie de preludio de la comunidad originaria islámica, en su combinación de grupo religioso y organización tribal.  Desde el Oeste,  partiendo de los territorios de los príncipes cristianos gasánidas, la misión monofisita, organizada por el gran Jacobo Baradeo de Edesa (542-578),  se anotó éxitos entre las tribus beduinas.  Algunos de los grandes campamentos nómadas poseían sus propios obispos.  Sin embargo, seguía predominando en la Arabia  septentrional y central un paganismo,  en el que se destacaban como rasgos comunes el temor a los demonios,  el fetichismo de las piedras y la creencia en la naturaleza divina de los astros.  Algunas de sus formas de culto, como la Hagy,  la peregrinación anual,  o el caminar alrededor del lugar santo pasando después al Islam.  Los elementos que a finales del siglo VI impulsaban un cambio espiritual en el mundo árabe fueron el cristianismo y el judaísmo.  En la figura del hanif,  el predicador asceta,  se encarnaba -ya en matices cristianos o judíos o en un vago monoteísmo- la insatisfacción de la religión tradicional y la búsqueda de una forma religiosa más elevada. Los hanif no pasaron de ser santones solitarios (completamente tolerados),  en torno a los cuales sólo raramente llegaba a reunirse una pequeña grey.  

b)  El profeta y la unificación de Arabia.

Tanto desde el punto de vista bizantino,  como desde el sasánida,  Arabia podía parecer,  con razón,  un espacio políticamente vacío. Pero desde este vacío irrumpió con fuerza inesperada en el año 632 el gran movimiento de conquista árabe-islámico. La identificación del Islam con el arabismo -que conserva todavía hoy una posición privilegiada en el mundo islámico- fue válida tan sólo en los comienzos,  cuando los árabes constituyeron la punta de lanza de un imperio y de una religión mundiales. El comienzo de este movimiento,  destinado a modificar el curso de la historia mundial, fue un acontecimiento aparentemente privado: la vocación religiosa que se manifestó en el comerciante Muhammab ibn ‘Abdallah (Mahoma) en el monte Hira,  en las proximidades de la Meca,  en torno al 610.  Mahoma pertenecía a la familia de los Hashin,  rama de los Quraysíes venida a menos.  Tal vez su posición marginada de la clase dominante contribuyó a crear en él un espíritu crítico frente al orden y las formas religiosas imperantes.  Sin embargo,  la vocación religiosa de Mahoma se manifestó después de matrimonio con la rica viuda de un comerciante,  mucho mayor que él,  llamada Jadiya.  La independencia económica dio a Mahoma la posibilidad de viajar por Arabia y tomar contacto con los grupos cristianos sirios,  que contribuyeron a crear en él el estado de ánimo necesario para la especulación religiosa.  Mahoma predicó su fe en primer lugar entre su familia,  que le era absolutamente fiel. Cuando, en la Meca,  se dirigió a círculos más amplios,  se le trató con indulgencia, considerándole un hanif más. Sin embargo, sus predicaciones encontraron pronto fuerte oposición,  no tanto por la doctrina monoteísta que defendía, como por sus apasionadas profecías sobre el juicio final de justos y pecadores y la condena del politeísmo y, muy especialmente, de las divinidades locales de la Meca.  En torno a él se reunió el pequeño grupo de los “totalmente devotos de Dios”.  “Miraddecía-,  mi oración,  mi veneración,  mi vida y mi muerte pertenecen a Allah, señor de los mundos.  El no tiene seguidores y yo he sido llamado a serlo  y yo soy el primero entre los musulmanes”.  La animosidad contra Mahoma estaba reforzada por el resentimiento social y por el temor al daño que pudiera acarrear a la lucrativa industria del peregrinaje. Pero esta oposición fue para él un acicate,  que le llevó a separar su doctrina de las viejas tradiciones y a anunciarla en el estilo de una revelación;  del predicador de la penitencia que actuaba en círculos restringidos,  surgió un profeta.  Su predicación daba respuestas claras a los problemas que existían en estado latente,  tanto en las ciudades como entre los beduinos de la Arabia central y occidental.  Pero este eco escondía a su vez un peligro:  la interpretación del papel profético que Mahoma se reservaba podía ser visto como aspiración al poder, al  mando político.  En el año 622,  la situación se hizo tan difícil que el profeta y sus seguidores (sólo unas setenta personas,  según la lista tradicional de los “emigrados”) se dirigieron a Yathrib.  Con la hégira (hiyra: emigración) se inicia la segunda fase de la vida de Mahoma. El año siguiente iba a marcar el comienzo de la cronología musulmana y, efectivamente, significó un cambio de signo para la comunidad primitiva.  La sólida estructura social de la Meca no hubiese permitido su expansión más allá de una agrupación reducida.  Yathrib, por el contrario, ofrecía a Mahoma el campo de acción que necesitaba.  Las tribus del oasis, enfrentadas entre sí en continuas escaramuzas, esperaban al profeta,  en cuyo mensaje reconocieron la misión religiosa, pero también una nueva ordenación política para Yathrib. En efecto, Mahoma no obtenía sólo notorios éxitos en las conversaciones. Económicamente, y con independencia e los asaltos a las caravanas de la Meca, se vio apoyado por el grupo político de los muhayrun (“los emigrados”)  y por los ansar (“auxiliadores”) de Medina, obteniendo, hacia el año 627, la soberanía indiscutida sobre todo el oasis… ahora fue cuando el islam (“rendición incondicional”) quedó plena y claramente configurado.  Signo exterior fue la introducción de la costumbre de volverse al orar en la dirección a la Meca y no hacia Jerusalem.

 

 

 

by Princess!!, meta leer el Corán...

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