El despertar de la razón (III) -¡Volvió la filosofía en chancletas y para chicas, only!-

22 Mar

 

INTRODUCCIÓN AL DERECHO

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Enrique R. Aftalión – José Vilanova

Nueva versión con la colaboración de Julio Raffo

Abeledo Perrot; Buenos Aires, 1994- Segunda Edición

ISBN 950-20-0664-X

 

         

Parménides de Elea nacido -aprox.- entre 530/ 515 a. C. Detalle de "La Escuela de Atenas", de Rafael: Parménides aparece junto a Hipatia de Alejandría

   Parménides de Elea nacido -aprox.- entre 530/ 515 a. C. Detalle de “La       Escuela de Atenas”, de Rafael: Parménides aparece de pie, junto a Hipatia

 

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Capítulo 4

Comienzo de la tradición científico-filosófica de nuestra cultura

4.2.  Razón crítica y razón fundante

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4.2.2.  Razón fundante

Los pitagóricos cultivaban las matemáticas,  campo en el cual en cierta medida,  puede admitirse que la observación poco puede agregar al uso de la razón,  la cual también nos puede brindar los axiomas o postulados que funcionan como premisas en los razonamientos (esta concepción dominó durante más de dos milenios en los que se consideró a la geometría axiomatizada por Euclides hacia el año 300 a.C. como modelo de la ciencia racional).  Pero, qué decir de las ciencias que se ocupan de realidades?. El hallazgo de una correspondencia casi mágica entre el tono de un sonido y la longitud de la cuerda que lo produce parece haber sido el detonante para el desborde racionalista de los pitagóricos;  el solo uso de la razón podía dar cuenta de la estructura del Cosmos ya que los números (y, en particular,  los números enteros) constituían el secreto mismo del Universo.  Entre los (filósofos) presocráticos que constituyen un hito en la concepción racionalista acrítica,  corresponde mencionar a Parménides.  Él consideraba que la única vía de acceso al ser real era el pensamiento: “una y la misma cosa es el ser y el pensar”.  De donde extrajo audazmente una fuerte conclusión autoevidente: “el ser es y el no ser no es”.  Por lo tanto el ser era único, indivisible, sin fisuras.  Nada ocurre en el Universo colmado por este ser.  Pero entonces la diversidad de fenómenos y acontecimientos de toda clase que encontramos en el mundo no podría ser -para Parménides– otra cosa que una ilusión,  una pura apariencia.  Aquí nace la doctrina de los dos mundos:  el mundo sensible (de las puras apariencias) y el mundo inteligible (el del auténtico ser).  La mayéutica socrática,  o “parto de las ideas”, constituyó el método con el que Sócrates (469-399 a.C.) comienza a aplicar la razón a nociones de tipo moral.  El método de indagación de estas nociones -que podríamos llamar conceptos– consistía en preguntar a alguien supuestamente experto en la materia,  por la definición de una palabra y formular críticas a la respuesta dada de tal modo que el interlocutor se viese forzado a rectificar,  mejorándola,  su primera definición. Por pasos sucesivos que reiteraban este procedimiento el interlocutor iba mejorando gradualmente su concepto.  Sócrates -que se consideraba un mero “partero de ideas”  porque ayudaba a su “nacimiento”-  se abstenía de completar esta indagación de modo que la opinión del interlocutor,  aunque mejorada por el mecanismo de la mayéutica,  no pasaba de ser una mera opinión (doxa).  Platón,  discípulo de Sócrates y probablemente el filósofo más influyente de toda nuestra tradición cultural,  introdujo una modificación en el método socrático por la cual el interrogatorio algo improvisado y más o menos ingenioso que diseñó Sócrates se convierte en un método riguroso:  la dialéctica.  Esta nos obliga a optar entre uno de los dos términos de una alternativa por cuanto se parte de la idea que, entre dos definiciones o caracterizaciones de un concepto necesariamente, una ha de ser mejor que la otra.  Hecha la opción se vuelve a plantear una alternativa para la respuesta elegida y así sucesivamente hasta encontrar la definición adecuada al concepto indagado.  Esta definición así alcanzada no constituye una mera opinión (doxa) sino un auténtico conocimiento (episteme).  Se trata así de un conocimiento fundado por la razón.  En un conocido pasaje del Timeo, Platón acepta en lo esencial el punto de vista de Parménides:  “Pienso que,  en primer lugar,  se pueden hacer las divisiones siguientes: ¿Cuál es el ser eterno y que no nace,  y cuál aquel que nace siempre y no existe jamás?.  El primero es aprehendido por la intelección y el razonamiento,  pues es constantemente idéntico.  En cuanto al segundo,  es objeto de la opinión unida a la sensación no razonada,  pues nace y muere,  pero no existe nunca realmente”. El método de opciones sucesivas de la dialéctica puede ilustrarse con la definición que da Platón de la pesca en El Sofista:  “De acuerdo con la experiencia, –comienza diciendo-,  la pesca con caña es un arte”.  Distingue,  entonces, dos variedades de arte:  la primera es una producción de objetos nuevos y la segunda es una adquisición de objetos ya constituídos.  Es un hecho de experiencia que la pesca con caña es del segundo tipo.  Luego distingue dos variedades de adquisiciones.  Se puede adquirir por cambio o por captura.  Es un hecho de la experiencia que la pesca es una captura.  

Debemos, pues, a Parménides y a Platón,  la hipóstasis de la sencilla razón como lumen naturalis del animal humano a Razón como fundamento último del verdadero ser.  Este racionalismo alcanza su expresión máxima cuando se pretende asignar carácter ontológico al “principio” de razón suficiente,  proyectando así sobre la realidad -en forma algo ingenua- el arte de la deducción, corazón mismo de la lógica,  que consiste en inferir conclusiones particulares de premisas más generales.  Pero si, de acuerdo con ese principio,  todo ha de ser fundado,  caemos en el que Hans Albert  en su “Tratado de la razón crítica” ha denominado el trilema de Munchhausen, pues:  1)  O caemos en un regreso infinito (fundamento del fundamento del fundamento, etc.);  2)  O caemos en un círculo lógico vicioso,  dando como fundamento,  enunciados que en otra parte del discurso se han mostrado como enunciados menesterosos de fundamentación;  3)  O bien, finalmente, interrumpimos –en forma más o menos arbitraria- el procedimiento yendo a parar a un axioma, una verdad inconcusa o un dogma (con lo cual abandonamos subrepticiamente el requisito de la fundamentación).

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¡by Princess!, filosofando al compás del twist...

¡by Princess!, filosofando al compás del twist

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