On Liberty: “Que la verdad triunfa siempre de la persecución es una de esas mentiras…”

17 Abr

 On Liberty

 -Sobre la libertad; 1859-

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 John Stuart Mill

Traducción de Josefa Sainz Pulido

Ed. Orbis, S.A.  HYSPAMERICA; 1985

ISBN 84-599-0349-4

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¡Voto a las mujeres!

¡Voto a las mujeres!

     

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Capítulo II

De la libertad de pensamiento y de discusión

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Una objeción aplicable a la conducta humana en general puede no ser una objeción valiosa a cualquier conducta particular.  El deber de los gobiernos y de los individuos es el de conformar las opiniones que más se ajusten a la verdad,  elaborarlas cuidadosamente, y no imponerlas jamás al resto de la comunidad sin estar completamente seguros de tener razón para ello.  Pero cuando se está seguro de ello (así hablan nuestros adversarios) ya no sería conciencia, sino haraganería,  el no obrar de acuerdo con la propia opinión,  dejando que se propaguen libremente doctrinas que se juzgan peligrosas para la humanidad,  en este mundo o en el otro;  y todo esto porque otros pueblos,  en tiempos menos civilizados,  han perseguido modos de pensar que hoy se tienen por verdaderos.  Se nos advertirá para que no incurramos en el mismo error.  Pero los gobiernos y las naciones han cometido errores en asuntos que se consideran propios de la esfera de acción de la autoridad pública:  han creado impuestos injustos,  han hecho guerras sangrientas.  ¿Deberíamos, quizá,  no crear ningún impuesto,  ni hacer guerras en el futuro, pese a ser provocados a ellas?.  Los hombres y los gobiernos deben obrar lo mejor que puedan.  No existe una certeza absoluta sobre cuál es el mejor modo de obrar,  pero contamos con la seguridad suficiente para los fines de la vida humana.  Podemos y debemos suponer que nuestras opiniones son verdaderas por lo que se refiere a la dirección que vayamos a imprimir a nuestra conducta;  a eso nos limitamos cuando prohibimos a las personas perversas que dañen la sociedad con la propagación de ideas que nos parecen falsas y perniciosas.  Yo respondo que lo anterior supone mucho más. Existe una gran diferencia entre presumir que una opinión es verdadera,  porque a pesar de todas las tentativas hechas para refutarla no se consiguió,  y afirmar la verdad de ella a fin de no permitir que se la refute.  La libertad completa de contradecir y desaprobar nuestra opinión es la única condición que nos permite suponer su verdad en relación a fines prácticos;  y un ser humano no conseguirá de ningún otro modo la seguridad racional de estar en lo cierto.  Cuando consideramos la historia de las ideas,  o bien la conducta ordinaria de la vida humana, ¿a qué atribuiremos que una y otra no eran peores de lo que son?.  No será ciertamente a la fuerza inherente a la inteligencia humana,  pues sólo una persona entre ciento podrá juzgar de un asunto que no sea evidente por sí mismo; y aun la capacidad de juicio de esta persona no será más que relativa,  ya que la mayoría de los hombres eminentes de cada generación pasada han  sostenido multitud de opiniones que hoy se consideran falsas, o han hecho o aprobado otras muchas que nadie justificaría hoy.  ¿Cómo entonces,  existe en la especie humana una preponderancia de opiniones racionales y de conducta racional?. Si esta preponderancia existe realmente (lo que parece ser cierto, a menos que las cosas humanas no se hallen ahora o se hayan hallado siempre en un estado casi desesperado),  ello es debido a una cualidad del espíritu humano -fuente de todo lo que hay de respetable en el hombre, bien como ser intelectual,  bien como ser moral- que le hace conocer que sus errores son enmendables.  El hombre es capaz de rectificar sus errores por la discusión y por la experiencia.  No solamente por la experiencia,  ya que es necesaria la discusión para mostrar cómo debe ser interpretada la experiencia.  Las opiniones y las costumbres falsas ceden gradualmente ante los hechos y los razonamientos;  pero para que los hechos y las razones produzcan alguna impresión sobre el espíritu es necesario que se les presente. Muy pocos hechos pueden hablar por sí mismos,  sin necesidad de comentarios que expliquen su significación.  Toda la fuerza y el valor del juicio humano reposa en la propiedad que posee de rectificación cuando se aparta del camino recto,  no mereciendo nuestra confianza más que en virtud de ciertos medios que le ayudan a mantenerse en terreno firme.  ¿Cómo ha actuado un hombre cuyo juicio merece realmente confianza?. Ha tenido en cuenta todas las críticas que se hayan podido dirigir contra sus opiniones y su conducta; ha tenido por costumbre escuchar todo aquello que se pudiera decir contra él,  con el fin de aprovecharse con ello en tanto fuera justo,  y comprender -y hacer comprender a los demás-  el error en que se había incurrido;  ha comprobado que la única forma de que un ser humano pueda conocer a fondo un asunto cualquiera es la de escuchar lo que puedan decir personas de todas las opiniones,  y estudiar todas las formas en que puede ser interpretado por hombres de carácter diferente.  Ningún hombre sabio pudo adquirir su sabiduría de otra forma, y no está en la naturaleza del espíritu del hombre el adquirirla de otra manera. El hábito constante de corregir y completar ideas,  comparándolas con otras,  lejos de producir dudas y vacilación,  es el único fundamento estable de una justa confianza en todo aquello que se desee conocer a fondo.  En efecto,  el hombre sabio,  conocedor de todo aquello que se le pueda objetar y de que tiene asegurada su posición contra cualquier adversario,  sabiendo que lejos de evitar las objeciones y las dificultades las ha buscado,  y no ha desechado ninguna a la luz de este propósito,  ese hombre tiene derecho a pensar que su juicio vale más que el de otra persona o de cualquier multitud que no haya contado con tales medios.  No será exigir mucho el imponer al público -esa colección variopinta de unas cuantas personas sensatas y de numerosas personas estúpidas- las mismas condiciones que los hombres más sabios, los que tienen derecho a fiarse de su propio juicio, consideran como garantías necesarias de la confianza en sí mismos.  La más intolerante de las iglesias, la Iglesia católica romana, incluso durante la canonización de un santo, admite y escucha pacientemente al “abogado del diablo”.  Parece que los hombres más santos sólo pueden aspirar a los honores póstumos cuando todo lo que el diablo puede decir contra ellos está pesado y medido.

Si no se hubiera permitido poner en duda la filosofía de Newton,  la especie humana no estaría tan segura de su certeza como lo está. Las creencias de la humanidad que cuentan con mayores garantías no poseen más protección que una invitación constante al mundo entero a demostrar su falta de fundamento.  Si el resto no es aceptado, o si lo es y se fracasa en la pugna,  estaremos todavía bastante lejos de la certeza absoluta,  pero,  al menos, no habremos desatendido nada de lo que nos pudiera dar alguna luz en el esclarecimiento de la verdad.  Abierta la lid podemos esperar que,  si existe una verdad mejor,  llegaremos a poseerla cuando el espíritu humano sea capaz de recibirla;  y mientras esperamos esto,  podemos estar seguros de habernos aproximado a la verdad tanto como es posible en nuestro tiempo. Ésta es toda la certeza con que puede contar un ser falible, y ésta es la única manera de llegar a ella.  Es extraño que, reconociendo los hombres el valor de los argumentos en favor de la libre discusión,  les repugne llevar estos argumentos “hasta su último extremo”,  sin advertir que,  si las razones dadas no son buenas para un caso extremo,  no tienen valor en absoluto.  Otra singularidad:  creen no pecar de infalibilidad al reconocer que la discusión debe ser libre en cualquier asunto que pueda parecer dudoso y,  al mismo tiempo,  piensan que hay doctrinas y principios que deben quedar libres de discusión,  porque son ciertos,  es decir,  porque ellos poseen la certeza de que tales principios y doctrinas son ciertos.  Tener por cierta una proposición,  mientras existe alguien dispuesto a negar su certeza si se le permite hacerlo -lo que no es el caso-,  es como afirmar que nosotros, y los que comparten nuestra opinión,  somos los jueces de la certeza,  aunque jueces que no escuchan la otra parte.  En nuestro siglo -al que se considera como “privado de fe,  aunque asustado por el escepticismo”-, los hombres se sienten seguros, si no de la certeza de sus opiniones,  sí de la necesidad que tienen de ellas;  y  hoy la exigencia de una opinión a estar protegida del ataque público,  se apoya, más que en su verdad, en su importancia para la sociedad. Según se alega, existen ciertas creencias tan útiles, por no decir indispensables para el bienestar,  que los gobiernos tienen el deber de sostenerlas,  lo mismo que están obligados a proteger cualquier otro interés de la sociedad.  En un caso de tal necesidad,  tan directamente vinculado al deber del gobierno,  se sostiene que no es necesaria la pretensión de infalibilidad para justificar e incluso determinar la acción gubernamental en base a su propia opinión,  confirmada con la de la humanidad en general.  Se dice frecuentemente, y se piensa con más frecuencia todavía desearía debilitar estas creencias saludables;  y que no puede haber nada malo en contener a los hombres malvados,  como no lo hay en prohibirles aquello que sólo ellos desean hacer.  Esta manera de pensar considera la justificación de las limitaciones impuestas a la discusión,  no desde el punto de vista de la verdad de las doctrinas,  sino desde el de su utilidad,  evitando por este medio la responsabilidad de erigirse en presunto juez infalible de las opiniones.

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by Princess!!, feminista aficionada y de a ratos, nomás...

  by Princess!!, revisitando        páginas amarillas, apenas…

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