On Liberty: “Hoy los individuos se hallan perdidos entre la muchedumbre…”

27 May

On Liberty

 -Sobre la libertad; 1859-

Φ

 John Stuart Mill

Traducción de Josefa Sainz Pulido

Ed. Orbis, S.A.  HYSPAMERICA; 1985

ISBN 84-599-0349-4

Φ

 

Quemando "brujas" y "herejes", tradición occidental nada liberal

 Quemando “brujas” y “herejes”, tradición occidental nada liberal

 

Φ

Capítulo III

De la individualidad como uno de los elementos del bienestar

Φ

 

Siendo tantas las razones que hacen imperativo que los seres humanos sean libres para formar opiniones y para expresarlas sin reserva, siendo tantas y tantas las funestas consecuencias que la naturaleza intelectual,  y por ende la naturaleza moral del hombre, sufre cuando tal libertad no es concedida o afirmada a despecho de toda prohibición,  permítasenos que examinemos ahora si estas mismas razones exigen que los hombres sean libres de conducirse en la vida según sus opiniones,  sin que los demás se lo impidan física o moralmente,  y siempre que sea a costa de su exclusivo riesgo y peligro.  Esta última condición es, naturalmente, indispensable. Nadie pretende que las acciones deban ser libres como las opiniones.  Al contrario,  las mismas opiniones pierden su inmunidad cuando se las expresa en circunstancias tales que,  de su expresión,  resulta una positiva instigación a cualquier acto inconveniente. La opinión que los comerciantes de grano hacen morir de hambre a los pobres o que la propiedad es un robo,  no debe inquietar a nadie cuando solamente circula en la prensa;  pero puede incurrir en justo castigo si se la expresa oralmente en una reunión de personas furiosas, agrupadas a la puerta de uno de esos comerciantes, o si se la difunde por medio de pasquines. Aquellas acciones, de cualquier clase que fueren, que, sin causa justificada perjudiquen a alguien,  pueden y deben ser controladas -y, los casos importantes lo exigen por completo-  por sentimientos de desaprobación, y, si hubiere necesidad,  por una activa intervención de los hombres.  De este modo, la libertad del individuo queda así bastante limitada por la condición siguiente:  no perjudicar a un semejante.

Pero si se abstiene de molestar a los demás en sus asuntos y el individuo se contenta con obrar siguiendo su propia inclinación y juicio en aquellas cosas que sólo a él conciernen,  las mismas razones que establecen que la opinión debe ser libre prueban también que debe permitírsele que ponga en práctica sus opiniones, sin ser molestado, a su cuenta y riesgo.  Que la especie humana no es infalible,  que sus verdades no son generalmente más que medias verdades, en la mayor parte de los casos;  que la unidad de opinión no es deseable a menos que resulte de la más libre y más completa comparación de opiniones contrarias, y que la diversidad de opiniones no es un mal sino un bien,  por lo menos mientras la humanidad no sea capaz de reconocer los diversos aspectos de la verdad,  tales son los principios que se pueden aplicar a los modos de acción de los hombrees en no menor medida que a sus opiniones.  Puesto que es útil, mientras dure la imperfección del género humano,  que existas opiniones diferentes,  del mismo modo será conveniente que haya diferentes maneras de vivir;  que se abra campo al desarrollo de la diversidad de carácter,  siempre que no suponga daño a los demás; y que cada uno pueda,  cuando lo juzgue conveniente, hacer la prueba de los diferentes géneros de vida.  En resumen,  es deseable que,  en los asuntos que no conciernan primariamente a los demás,  sea afirmada la individualidad.  Donde la regla de conducta no sea el carácter personal sino las tradiciones o las costumbres de otros,  allí faltará completamente uno de los principales ingredientes del bienestar humano y el ingrediente más importante,  sin duda,  del progreso individual y social.  La mayor dificultad para mantener este principio no está en la apreciación de los medios que conducen a un fin reconocido,  sino en la indiferencia general de las personas en relación con el fin mismo.  Si considerásemos que el libre desarrollo de la individualidad es uno de los principios esenciales del bienestar,  si le tuviésemos no como un elemento coordinado con todo lo que se designa con las palabras civilización, instrucción, educación, cultura,  sino más bien como parte necesaria y condición de todas estas cosas,  no existiría entonces ningún peligro de que la libertad no sea apreciada en su justo valor y no habría que vencer grandes dificultades en trazar la línea de demarcación entre ella y el control social. Pero, desgraciadamente,  a la espontaneidad individual no se le suele conceder,  por parte de los modos comunes de pensar,  ningún valor intrínseco ni se la considera digna de atención por sí  misma.  Encontrándose la mayoría satisfecha de los hábitos actuales de la humanidad (pues ellos son quienes la hacer ser como es),  no puede comprender por qué no han de ser lo bastante buenos para todo el mundo.  Y aún más:  la espontaneidad no entra en el ideal de la mayoría de los reformadores morales y sociales;  por el contrario, la consideran más bien con recelo,  como un obstáculo molesto y quizá rebelde frente a la aceptación general de lo que,  a juicio de estos reformadores,  sería mejor para la humanidad.  Pocas personas,  fuera de Alemania,  legan a comprender siquiera el sentido de esta doctrina,  sobre la que Wilhem von Humboldt, tan eminente savant y político,  ha escrito un tratado,  donde sostiene que “el fin del hombre,  no como lo sugieren deseos vagos y fugaces, sino tal como lo prescriben los decretos eternos e inmutables de la razón,  consiste en el desarrollo amplio y armonioso de todas sus facultades en un conjunto completo y coherente”;  que, por consiguiente, el fin “hacia el cual todo ser humano debe tender incesantemente y, en particular,  aquellos que quieran influir sobre sus semejantes,  es la individualidad del poder y del desarrollo”.  Para esto se precisan dos requisitos: “libertad y variedad de situaciones”;  su unión produce “el vigor individual y la diversidad múltiple” que “se funden en la originalidad”.  Sin embargo, por novedosa y sorprendente que pueda parecer esta doctrina de von Humboldt,  que concede tan alto valor a la individualidad,  la cuestión no es, después de todo,  si bien lo pensamos,  más que una cuestión de grado.  Nadie supone que la perfección de la conducta humana consista en copiarse exactamente los unos a los otros.  Como nadie tampoco afirmaría que el juicio o el carácter particular de cada hombre no deba entrar para nada en su manera de vivir y de cuidar sus intereses.  Por otro lado, sería absurdo pretender que los hombres vivan como si nada hubiera existido en el mundo antes de su llegada a él;  como si la experiencia no hubiera demostrado nunca que cierta manera de vivir o de conducirse resulta preferible a otra cualquiera.  Y,  del mismo modo, nadie discute que se deba educar e instruir a la juventud con vistas a hacerla aprovechar los resultados obtenidos por la experiencia humana. Pero el servirse de la experiencia e interpretarla es privilegio y condición propios del ser humano cuando ha llegado a la madurez de sus facultades.  Él es quien descubre lo que hay de aplicable,  en la experiencia adquirida,  a sus circunstancias y a su carácter.  Las tradiciones y las costumbres de otros individuos constituyen,  hasta cierto punto,  una evidencia de lo que les ha enseñado la experiencia y esta supuesta evidencia debe ser acogida deferentemente por ellos.

Pero,  en primer lugar,  su experiencia puede ser demasiado limitada o puede no haber sido interpretada rectamente.  En segundo lugar,  su interpretación de la experiencia puede ser correcta,  pero no convenir a un individuo en particular;  las costumbres están hechas para caracteres y circunstancias habituales,  y puede ocurrir que ni el carácter ni las circunstancias sean los habituales. En tercer lugar,  aunque las costumbres sean buenas en sí mismas y convengan bien a un determinado individuo,  un hombre que se adaptara a la costumbre porque es costumbre,  no conserva ni desarrolla en sí ninguna de las cualidades que son atributo decisivo del ser humano.  Las facultades humanas de percepción, de juicio,  de discernimiento,  de actividad mental,  e incluso de preferencia moral,  no se ejercen más que en virtud de una elección.  Quien hace algo porque es la costumbre,  no hace elección alguna.  No adquiere ninguna práctica en discernir o desear lo mejor.  La energía mental y la moral,  lo mismo que la fuerza muscular,  no progresan si no se ejercitan.  Y no se ejercen estas facultades haciendo una cosa simplemente porque otros la hacen,  como tampoco creyendo algo simplemente porque otros lo creen.  Si alguien adopta una opinión sin que sus fundamentos le parezcan concluyentes, su razón no quedará con ello fortificada, sino probablemente debilitada;  y si ejecuta una acción cuyos motivos no son conformes a sus sentimientos y a su carácter (donde no se trata de la afección o de los derechos de los demás),  éstos perderán mucho de su actividad y energía.  El hombre que permite al mundo,  o al menos a su mundo,  elegir por él su plan de vida,  no tiene más necesidad que de la facultad de imitación de los simios.  Pero aquel que lo escoge por sí mismo pone en juego todas sus facultades.  Debe emplear la observación para ver,  el raciocinio y el juicio para prever,  la actividad para reunir los elementos de la decisión,  el discernimiento para decidir, y,  una vez que haya decidido,  la firmeza y el dominio de sí mismo para mantenerse en su ya deliberada decisión.  Y cuanto mayor sea la porción de su conducta que determina según sus sentimientos y su juicio propios,  tanto más necesarias le serán esas diversas cualidades.  Es posible que pueda caminar por el buen sendero y preservarse de toda influencia perjudicial sin hacer uso de esas cosas.  Pero, ¿cuál será su valor relativo como ser humano?.  Lo verdaderamente importante no es sólo lo que hacen los hombres, sino también la clase de hombres que lo hacen.  De las obras humanas,  en cuya perfección y embellecimiento emplea rectamente el hombre su vida,  la más importante es,  seguramente,  el hombre mismo.  Suponiendo que fuera posible que se construyan casas,  que se libren batallas,  que se coseche trigo,  que se juzguen causas,  e incluso que se erijan iglesias y se digan plegarias por medio de maquinarias, por autómatas de forma humana,  sería una sensible pérdida poner estos autómatas en el lugar de los hombres y mujeres que habitan las partes más civilizadas del globo,  aunque estos últimos no sean, a buen seguro, más que tristes ejemplares de lo que la Naturaleza puede producir y producirá un día.  La naturaleza humana no es una máquina que se pueda construir según un modelo para hacer de modo exacto una obra ya diseñada; es un árbol que requiere crecimiento y desarrollo en todos sus aspectos, siguiendo la tendencia de fuerzas interiores que hacen de él una cosa viva…

 

by Princess!!, su corresponsal gritona afirmando la libertad personal

by Princess!!, su corresponsal         gritona, afirmando la libertad personal

 

 

Anuncios

Gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: