On Liberty: “La humanidad llegará pronto a ser incapaz de comprender la diversidad…”

6 Jun

 

On Liberty

 -Sobre la libertad; 1859-

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 John Stuart Mill

Traducción de Josefa Sainz Pulido

Ed. Orbis, S.A.  HYSPAMERICA; 1985

ISBN 84-599-0349-4

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"Hemos decidido ordenar que todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino, y de nunca más volver. Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 31 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes"

  “Hemos decidido ordenar que todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino,     y de nunca más volver. Con la excepción de  aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 31 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena            de muerte y confiscación de sus bienes”                                  (Edicto de Granada)

 

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Capítulo III

De la individualidad como uno de los elementos del bienestar

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Tal vez se conceda que,  para los hombres,  resulta deseable que cultiven su inteligencia,  y que vale más seguir a la costumbre de modo inteligente, e incluso alejarse de ella con talento,  si hay ocasión, que seguirla ciega y maquinalmente.  Se suele admitir, hasta cierto punto, que nuestra inteligencia nos debe pertenecer; pero no se admite tan fácilmente que deba ocurrir lo mismo con nuestros deseos y con nuestros impulsos;  el tener decisiones vehementes está considerado como un peligro y una trampa que se nos tiende.  Sin embargo,  los impulsos y los deseos ocupan tan alto puesto en el ser humano como las creencias y las abstenciones.  Los fuertes impulsos no resultan peligrosos más que cuando no están equilibrados;  es decir,  cuando una serie de propósitos e inclinaciones se desarrollan fuertemente,  mientras que otros,  que deberían coexistir con ellos,  quedan débiles e inactivos.  Los hombres no obran mal porque sus deseos sean ardientes,  sino por debilidad de conciencia.  No existe ninguna relación natural entre los impulsos fuertes y una conciencia débil.  La relación natural es de otra clase.  Decir que los sentimientos y los deseos de una persona son más fuertes y más diversos que los de otra,  no supone afirmar que aquélla posee mayor dosis de materia prima de naturaleza humana,  y que, en consecuencia,  será capaz quizá de mayor cantidad de mal y también mayor cantidad de bien.  Los impulsos fuertes no son otra cosa que energía humana con otro nombre, esto es todo.  La energía,  naturalmente,  puede ser empleada en el mal,  pero una naturaleza enérgica será siempre más capaz para el bien que otra que sea indolente y apática.  Aquellos que cuentan con un mayor número de sentimientos naturales son también los que pueden desarrollar en mayor grado sentimientos cultivados. Las mismas fuertes susceptibilidades, que hacen vivos y poderosos los impulsos personales son también la fuente del más apasionado amor de la virtud,  del más estricto dominio de uno mismo.  Cultivándolas,  la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses; no lo cumple cuando desecha la madera con la que se hacen los héroes.  Se suele decir que una persona tiene carácter cuando sus deseos e impulsos le pertenecen en propiedad,  cuando son expresión de su propia naturaleza,  tal como la ha desarrollado y modificado su propia cultura.

                                                                                                                                                                                                                                               ♣

Un ser humano que no tenga deseos ni impulsos no posee más carácter que una máquina de vapor.  Si, por el contrario,  un hombre con impulsos fuertes,  los mantiene bajo control de una voluntad poderosa,  ese hombre posee un carácter enérgico.  Quien quiera que piense que no debe fomentarse la individualidad de deseos e impulsos,  deberá sostener,  del mismo modo,  que la sociedad no tiene contener en su seno un gran número de personas con carácter, y que no es deseable el que hombres de tipo medio posean gran cantidad de energía.  En las sociedades primitivas,  esas fuerzas no guardan quizá proporción con el poder que posee la sociedad para disciplinarlas y controlarlas.  Hubo un tiempo en que el elemento de espontaneidad y de individualidad dominaba de un modo excesivo,  teniendo que librar rudos combates el principio social.  La dificultad consistía,  entonces,  en hacer que hombres poderosos por su cuerpo o por su espíritu obedeciesen a las normas que pretendían regular sus impulsos.  Para vencer esta dificultad,  la ley y la disciplina (los papas, por ejemplo,  en lucha contra los emperadores) proclamaron su poder sobre el hombre, reivindicando el derecho de regular su vida entera,  a fin de poder dominar su carácter,  para cuya sujeción la sociedad no hallaba ningún otro medio suficiente.  Pero la sociedad se ha apropiado ahora de lo mejor de la individualidad,  y el peligro que amenaza a la naturaleza humana no es ya el exceso,  sino la falta de impulsos y de preferencias personales.  Han cambiado mucho las cosas, desde aquel tiempo en que las pasiones de los hombres poderosos,  por su posición o por sus cualidades personales,  se mantenían en estado de rebelión habitual contra las leyes y las ordenanzas,  y tenían que ser rigurosamente encadenados,  a fin de que todo lo que les rodeaba pudiera gozar de una partícula de seguridad.  En nuestros días,  todos los hombres,  desde el primero hasta el último de la sociedad,  viven bajo la mirada de una censura hostil y temible.  No sólo en lo que concierne a otros,  sino también en lo que concierne a sí mismos,  el individuo o la familia no se preguntan:  ¿Qué prefiero yo?,  ¿Qué convendría a mi carácter y a mis disposiciones?,  ¿Qué es lo que serviría mejor y daría más oportunidades a que se desarrollasen mis facultades más elevadas?;  pero sí se preguntan:  ¿Qué es lo que conviene a mi situación?, o ¿Qué hacen generalmente las personas de mi posición y fortuna?, y lo que es peor,  ¿Qué suelen hacer personas de una posición y fortuna superiores a las mías?.  No pretendo decir con esto que prefieran la costumbre a lo que va de acuerdo con su inclinación personal:  lo que ocurre, en realidad,  es que no conciben gusto por otra cosa que no sea lo acostumbrado.

                                                                                                                                                                                                                                                   ♣

De esta forma el espíritu humano se curva bajo el peso del yugo;  incluso en las cosas que los hombres hacen por puro placer,  la conformidad con la costumbre es su primer pensamiento;  su elección recae siempre sobre las cosas que se hacen siguiendo lo acostumbrado; se evita,  como si fuera un crimen,  toda singularidad de gusto,  cualquier originalidad de conducta,  si bien,  a fuerza de no seguir el dictamen de su natural modo de ser,  no posean ya ningún modo de ser que seguir;  sus humanas capacidades se resecan y agotan así: quedan los hombres incapacitados para sentir ningún vivo deseo,  ningún placer natural; no poseen ya generalmente  ni opiniones ni deseos que les sean propios.  Entonces,  ¿puede esto pasar por una sana condición de las cosas humanas?.  Sí, siguiendo la teoría calvinista.  Siguiendo esta teoría, el pecado capital del hombre estriba en tener una voluntad independiente.  Todo el bien de que la humanidad es capaz se halla comprendido en la obediencia.  No cabe elección;  se debe obrar de una cierta manera y no de otra: “Todo lo que no es deber, es pecado”, dice Sterling en Essays.  Por ser la naturaleza radicalmente corrompida,  no existe redención para nadie,  hasta que no se haya matado en sí mismo la naturaleza humana.  Para cualquiera que sostenga semejante teoría de la vida, no supone ningún mal el reducir a nada todas sus facultades,  todas las capacidades,  las predisposiciones humanas;  el hombre no tiene necesidad de ninguna otra capacidad que de la de abandonarse a la voluntad de Dios,  y si se sirviera de estas facultades para otro fin que el de cumplir esta supuesta voluntad,  más le valiera no haberlas poseído jamás.  Ésta es la teoría del calvinismo,  y muchas personas que no se consideran como calvinistas,  la profesan también,  aunque de forma más moderada.  Su moderación consiste en dar una interpretación menos ascética a la supuesta voluntad divina.  Se afirma también que Él quiere que los hombres satisfagan algunas de sus inclinaciones; pero no, naturalmente, de la manera preferida por ellos,  sino de un modo obediente,  el cual,  por condición necesaria del caso,  es el mismo para todos.  Existe actualmente una fuerte,  aunque solapada, tendencia hacia esta estrecha teoría de la vida y hacia ese tipo de carácter humano inflexible y mezquino que la misma patrocina. Muchas personas creen sinceramente,  sin duda,  que los seres humanos,  así torturados y reducidos a la talla de enanos, son tal como su Hacedor se propuso que fueran; del mismo modo que otros muchos han creído que los árboles son más bellos podados en forma de bola o animal que en el estado que la Naturaleza les dio…

 

 

 

by Princess!!, haciéndose la filósofa, ¡de atrevida nomás que soy!

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