Layo, Yocasta y Jr. Edipo: ¡Una familia con más problemas que los Pérez García!

14 Nov

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

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*Traducción y prefacio de Pedro Pericay*

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

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Layo, hijo de Lábdaco, rey de Tebas, contrajo matrimonio con Yocasta. Como un oráculo le advirtiera que moriría a manos de su hijo, Layo expuso en el Monte Citerón al niño que acababa de dar a luz su esposa Yocasta; pero antes le taladró y ató ambos pies, pensando que así se desembarazaba de él.  La criatura fue recogida por un pastor y confiada a Pólibo, rey de Corinto,  quien la adoptó dándole el nombre de Edipo, a causa de sus pies maltrechos.  Cuando Edipo fue mayor y tuvo conocimiento de su destino por un oráculo, el cual le reveló que mataría a su padre y se casaría con su madre, creyó poder escapar a los hados marchándose para siempre de Corinto y renunciando,  por todo el tiempo que le quedara de vida,  a ver a los que consideraba como sus verdaderos padres.  Este escrúpulo le perdió.  A su llegada a Beocia, y en un cruce de caminos,  tuvo una disputa con un desconocido al que mató golpeándole con su bastón; la víctima resultó ser Layo,  padre de Edipo.  Prosiguió el héroe su camino sin sospechar que se había cumplido ya la primera predicción del oráculo,  y cuando llegó a Tebas se enteró de que la región era asolada por un monstruo fabuloso,  con cara y busto de mujer, cuerpo de león y amplias alas de ave,  el cual,  apostado en el camino que conducía a la ciudad, proponía enigmas a los viajeros y devoraba a quienes no podían resolverlos.  Creonte,  que desde la muerte de Layo gobernaba en Tebas,  prometió dar el trono y la mano de Yocasta al que consiguiera libertar el país de la Esfinge,  que tal era el nombre del monstruo. Dispúsose Edipo a afrontar la aventura, y al preguntarle la Esfinge:  ¿Cuál es el animal que por la mañana tiene cuatro pies,  dos al mediodía y tres por la noche?”,  logró el héroe superar la prueba respondiendo:  “El hombre; pues anda a gatas en su infancia,  camina sobre dos pies en la edad adulta y se apoya en un bastón en la vejez”.  La Esfinge declaróse vencida y se arrojó a las aguas.  De este modo, Edipo, siempre sin sospecharlo,  convirtiéndose en marido de su madre.  De esta unión nacieron dos hijos,  Eteocles y Polinices,  y dos hijas, Antígona e Ismene.  Venerado como un soberano,  cuyas únicas miras son el bien de su pueblo,  todo parecía sonreír a Edipo, que,  no obstante,  era reo de un doble y monstruoso crimen.  Pero la Erinis no dejaba de estar alerta.  Una terrible epidemia asoló el país y diezmó su población,  al propio tiempo que una extraordinaria sequía extendía el hambre por el territorio.  Consultado el oráculo,  éste respondió que la calamidad  no cesaría hasta que los tebanos no expulsaran del país al matador de Layo.  Prorrumpió Edipo en solemnes maldiciones contra el asesino,  y,  resolviendo ir en su busca,  de investigación en investigación,  vino a dar con el culpable,  es decir,  consigo mismo.

Avergonzada y presa de la desesperación, Yocasta se ahorcó, y Edipo se arrancó los ojos y se desterró luego,  acompañado de la fiel Antígona y buscando refugio en el demo de de Colono,  en el Ática.  Ya purificado de sus abominables crímenes,  desapareció misteriosamente de la tierra.  Sus hijos, víctimas de la maldición paterna,  cumplieron el aciago vaticinio de perecer el uno en manos del otro.  Habiendo convenido en que reinarían por años alternos,  Eteocles,  al expirar su plazo, se negó a abandonar el mando. Polinices reunió entonces un ejército de argivos y asedió la ciudad de Tebas,  asedio durante el cual los dos hermanos trabaron un combate s al singular en el que encontraron la muerte.  Por haber rendido las honras fúnebres al cuerpo de Polinices,  que el senado tebano prescribió quedase sin sepultura,  Antígona fue condenada a ser enterrada viva,  suplicio que compartió su hermana Ismene. Tal fue el fin de esta desdichada familia…

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Edipo y la Esfinge; óleo de Francois Xavier Fabre (1766-1837)

                Edipo y la Esfinge; óleo de Francois Xavier Fabre (1766-1837)                                                                                            

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