Filosofía al borde de la Pelopincho; ¡für chikas only!

30 Ene

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Vida de Kant; por Kuno Fisher

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viejas portadas escolares

 

 

IV. 2  Profesorado

Hemos indicado las condiciones exteriores de su posición oficial.  Debemos ahora tratar de cómo Kant llenó sus funciones, de la extensión y naturaleza de sus lecciones académicas.  En el invierno de 1755 al 56 dió Kant su primera clase. Borowski asistió a la apertura del curso.  “Vivía entonces -nos dice éste- con el profesor Kipke,  en la ciudad nueva.  Un número increíble de estudiantes ocupaba por completo la vasta sala que allí había y el vestíbulo, y se extendía hasta las escaleras.  Esto parecía embarazarle.  No teniendo el hábito de estas cosas,  casi perdió el dominio de sí mismo,  hablaba más bajo que de costumbre y se corregía frecuentemente.  Pero esto hacía crecer nuestra admiración por aquel hombre que creíamos todos de un vastísimo saber,  y que sin temor verdadero se  presentaba ante nosotros con tan grande modestia.  En las lecciones siguientes ya no sucedió lo mismo,  y no sólo fueron profundas sus explicaciones, sino también fáciles y amenas”.  Todos los que le oyeron coinciden en decir que sus lecciones eran interesantísimas,  de grandísima doctriina,  y que,  cuando el objeto que trataba lo requería,  les imprimía grandísimo vuelo y elevación.  El fin que Kant seguía en sus explicaciones era el del profesor,  y sobre todo del profesor de filosofía.  Antes que propagar ideas propias,  excitaba en sus discípulos el estímulo y los inclinaba al propio pensamiento.  Mil veces dijo él desde lo alto de su cátedra que no se viniera allí a aprender filosofía sino a filosofar.  No era su objeto transmitir resultados adquiridos, sino que delante de sus mismos oyentes procedía a la investigación,  les hacía seguir la operación científica y brotar a sus ojos las concepciones justas,  despertando de esta suerte en ellos la actividad del pensamiento y a la vez encadenando la atención y el espíritu de los que le escuchaban.  Es lógico que no sirvieran para todas las cabezas semejantes lecciones,  que sólo se atrajeran las inteligencias algo elevadas,  y que se alejaran los espíritus mediocres, probablemente los más numerosos.  Tampoco le gustaban los que escribían,  y no quería oyentes que por completo se entregaran a su palabra.  A causa del constante cuidado de provocar la meditación en sus oyentes y de preferir que la verdad brotara del espíritu de los otros a publicarla él mismo, puede decirse que nunca fue Kant dogmático en su clase,  ni aun como profesor de filosofía.  Hacía sus cursos,  según costumbre,  por manuales impresos,  que así a sus discípulos como a él fueron muy útiles por el gran número de cursos que dió.  No se sujetaba,  sin embargo, al manual,  ni se rebajó a convertir sus cursos en meras explicaciones de los párrafos impresos.  Empleaba en él también espontaneidad,  que quería surgiese en el ánimo de sus oyentes.  Sin traba alguna,  se entregaba por completo al libre curso de sus pensamientos,  y cuando éstos le arrastraban demasiado lejos del tema dado,  cortaba de repente el hilo con un “así sucesivamente“, o “etcétera“, y tomaba de nuevo el asunto con un “in summa, señores”.  Pero lo que sobre todo cautivaba a sus oyentes,  aún a los más incapaces de pensar por sí mismos,  era,  además de aquella libertad en sus explicaciones y de sus maneras llenas de animación,  las aplicaciones interesantes, graciosas y a veces poéticas que hacía cuando,  para hacer más claras sus lecciones, buscaba ejemplos y comparaciones en los poetas,  viajeros o historiadores.  Dada esta manera de tratar las cuestiones, cualquier interrupción del cuidado que tenía que observar le era en extremo desagradable.  La cosa más insignificante,  si no estaba habituado a ella,  por ejemplo una singularidad en el traje de un estudiante,  bastaba para turbarle.  Cuenta Jachmann un rasgo de este género,  muy característico y a la vez muy cómico.  Dice que tenía Kant la costumbre de fijar sus ojos, para recogerse en sí mismo cuando hablaba,  en uno de sus oyentes más cercanos,  como si a él fueran dirigidas sus demostraciones.  Estaba un día cerca de él un estudiante a quien faltaba en la levita un botón:  Kant advirtió ese hueco.  Sin cesar caía involuntariamente su mirada en el sitio del botón,  como si contemplara algún defecto de la naturaleza;  todo el curso de la lección se le notó excesivamente turbado.

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                                                    ke056 El círculo obligado de su enseñanza comprendía las asignaturas que había profesado:  matemáticas, física,  lógica y metafísica, y además, derecho natural,  moral y teología natural, geografía física y antropología.  Los manuales de que se servía eran:  en matemáticas y física,  los de Wolf y Eberhard;  en lógica,  el de Baumeister, después el de Meier, y en metafísica,  el de Baumeister al principio,  después el de Baumgarten.  Desde 1760 empezó a extender el campo de sus lecciones a fin de hacer más atractivos los estudios académicos y de propagar los adelantos de las ciencias.  Para los teólogos daba el curso de filosofía de la religión o teología natural,  para otros antropología y geografía física. Desde que publicó en 1763 y 1764 su disertación  sobre La única base posible para la demostración de la existencia de Dios y sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y de lo sublime, entraron estas materias en sus explicaciones bajo el nombre de Crítica de las pruebas de la existencia de Dios y Tratado de lo bello y lo sublime.  Con el más riguroso celo llenó Kant durante cuarenta años sus deberes académicos.  Después vinieron los obstáculos:  primero,  el conflicto que tuvo con el gobierno;  segundo,  su avanzada edad.  En 1794 interrumpió su curso de teología racional, causa del conflicto con el gobierno.  En el verano de 1795 suspendió todas sus lecciones particulares,  y sólo continuó con las públicas de lógica y metafísica.  Por último, en el otoño de 1797 terminó para siempre sus cursos académicos.  Hacía sus cursos en dos horas diarias, rigurosamente determinadas,  como en general acostumbraba en la distribución de su tiempo.  Cuatro veces por semana daba sus lecciones de siete a nueve de la mañana,  dos veces de ocho a diez,  y, además,  el sábado de siete a ocho las repeticiones.  Tuvo siempre esas horas con la mayor puntualidad.  Asegura Jachmann que en los nueve años que estuvo oyendo a Kant no se acuerda de una sola vez que faltara a sus clases,  ni que se haya hecho esperar un cuarto de hora.  Bien se comprende que en el curso de cuarenta años poco a poco se fueran apagando sus fuerzas oratorias,  mucho más si se recuerda que no le acompañaban las físicas y sobre todo la debilidad de voz que siempre tuvo.  Mientras influían en el ánimo de los oyentes la vivacidad de las lecciones,  el nombre del maestro y la novedad del asunto,  parce como si la misma debilidad de aquel órgano fuera una causa más para atraerse la atención de aquellos oyentes.  Con el tiempo era lógico que perdieran sus lecciones la vivacidad que antes tenían.  En los primeros años podía Kant influir poderosamente, y hasta arrastrar a los más impresionables,  sobre todo cuando,  valiéndose de Pope y Haller,  sus poetas favoritos,  se entregaba a los transportes de su fantasía.  Una de estas lecciones debió ser la que enamoró en tal grado a un oyente que éste reprodujo todos los pensamientos en una composición poética,  que al otro día por la mañana enviaron a Kant.  Gustó tanto la poesía al filósofo que no pudo dejar de leerla en la clase.  El oyente poeta era Herder,  que a la sazón (1762-1764) estudiaba en Koenigsberg y seguía los cursos de Kant.  Recordando más tarde Herder en sus Cartas sobre el progreso de la humanidad los tiempos de su juventud académica,  trazó el retrato de su antiguo maestro con los más vivos y entusiastas colores:  “Yo tuve la dicha -dice él- de conocer a un filósofo,  que fue mi maestro.  En los años  más florecientes de su vida tenía la jovialidad de un mancebo,  y creo que siempre la tuvo, hasta en su edad madura.  Su ancha frente,  que indicaba la fuerza del pensamiento,  era morada de permanente jovialidad;  salía de sus labios la palabra más abundante en pensamientos;  disponía a su antojo del chiste,  del humor y de la broma,  de suerte que sus lecciones,  a la par que científicas,  eran el entretenimiento más agradable.  Con el mismo interés examinaba a Leibnitz,  Wolf,  Baumgarten,  Crusius,  Hume; estudiaba las leyes de Newton,  de Kepler y otros físicos;  daba entrada a los escritos de Rousseau, Emilio y la Eloísa,  que entonces acababan de publicarse,  así como también a cuantos descubrimientos científicos ocurrían, viniendo a parar siempre en el conocimiento imparcial de la naturaleza y en el valor moral del hombre.  La historia de la humanidad, de los pueblos, de la naturaleza,  de las ciencias naturales,  y la experiencia eran siempre las fuentes de que se valía para dar animación a sus explicaciones;  nada digno de ser sabido le era indiferente:  buscando siempre la verdad y su propagación,  no conocía cábalas,  ni sectas,  ni prejuicios,  ni personal vanidad.  Animaba y hasta obligaba a sus oyentes a pensar por propia cuenta.  Ignoraba lo que era el despotismo.  Este hombre,  que con el mayor respeto,  que con el más vivo agradecimiento nombro,  es Kant:  tengo ante mis ojos su agradable imagen”.   

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Retrato de Kant

by Princess!, filosofando en chancletas, incluso en enero

                                                                                                          

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