Filosofía al borde de la Pelopincho (II): Kant y la religión…-¡sólo para chikas librepensadoras!-

28 Feb

 

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Vida de Kant; por Kuno Fisher

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VI. 1  Los decretos religiosos

 

Necesitamos remontarnos un poco para referir este desagradable y célebre conflicto.  Existían las circunstancias exteriores de peor género que podían transformar en persecución política una discusión teológica.  Bajo el gobierno del gran rey y de su ilustre ministro, jamás hubiera sucedido al filósofo de Koenigsberg lo que en estos momentos era natural consecuencia de la nueva forma de gobierno. Federico el Único murió en el año 1786.  Su sucesor,  Federico Guillermo II,  muy diferente del gran rey,  de fútil y voluble espíritu,  y sin elevación alguna de pensamiento,  no hubiera sido por sí mismo un peligro para nuestro filósofo.  Por el contrario,  al ocupar el trono, le dio muestras de benevolencia y de respeto.  Hizo que fuere Kiesewetter a Koenigsberg para que estudiara en sus propias fuentes la filosofía kantiana.  Se entregó en brazos del misticismo y de lo misterioso,  más por su forma extraordinaria y extravagante que por pietismo.  En una palabra,  no le convencía el pietismo,  pero le seducía.  En verdad, no podía costar mucho trabajo  atraer a esa dirección a un hombre que sentía interés y hasta admiración por St. Germain y Cagliostro.  Ya nadie ignora con qué medios y con qué facilidad supieron alucinar y conquistar al crédulo monarca.   La política prusiana  tomó en este reinado el camino de la reacción, que se iba acentuando a medida que en Francia se desencadenaba la revolución y crecían  sus impetuosos ataques a la Iglesia y al Estado.  La revolución estaba aliada en Francia con el pensamiento libre.  La monarquía en Prusia contraía alianzas con los enemigos más apasionados de las luces, y cayó en el error de buscar en el crecimiento del poder clerical una protección contra el deseo de las novedades políticas.  Dos años más tarde del cambio de trono,  cayó el ministro Zedlitz,  y en su lugar fue colocado,  el 3 de julio de 1788,  un teólogo fanático y ambicioso,  el antiguo predicador Juan Cristián Woellner.  El general ayudante del rey,  Bischofswerder,  tenía sus mismas ideas.  Desde estas regiones, y con la fuerza de la autoridad superior,  se organizó una verdadera campaña contra el racionalismo,  con objeto de expulsarlo de todas sus posiciones ventajosas en la cátedra y en la literatura.  Pocos días después del nombramiento del ministro,  el 9 de julio de 1788,  se publicó un decreto que obligaba severamente a los profesores de religión a sujetarse a lo dispuesto como norma única y exclusiva, amenazándoles, caso contrario con la pérdida del empleo.  Este es el memorable decreto de Woellner.  Otro posterior del 19 de diciembre del mismo año suprimía la libertad de prensa,  sometiendo a la censura las obras nacionales y sujetando a inspección las extranjeras.  Para que se llevaran a cabo estas medidas se estableció,  en abril de 1791,  una autoridad especial encargada de la inspección y vigilancia en todas las cuestiones religiosas y de enseñanza.  Constaba esta autoridad,  especie de consejo supremo,  de tres hombres,  que se llamaban consejeros consistoriales,  siendo en realidad los más serviles instrumentos de Woellner; sus nombres eran:  Hermes,  Woltersdorff e Hilmer.  Tenían omnimodo poder sobre todos los empleos académicos y eclesiásticos; tenían en sus  manos la promoción y el ascenso,  la supresión y la facultad de disponer de todos ellos.  Examinaban a todos los candidatos para los empleos académicos y religiosos,  y recaía este examen en su fe y sus opiniones.  Los predicadores y profesores existentes estaban rigurosamente vigilados y sometidos a la censura, que sólo atendía a sus ideas ideas religiosas. Viajaban por todas las provincias, inspeccionaban los establecimientos públicos,  decretaban sobre la enseñanza y los libros de texto,  recomendando los que ellos mismos escribían o encomendándolos a los que pensaban bien.  Aquel que no se acomodaba explícitamente a estas disposiciones provocaba las sospechas de la autoridad inquisitorial,  y se le señalaba como mal pensado.  A los sospechosos se les llamaba racionalistas,  enemigos de toda religión y ateos.  No se tardó muchos en llamarles también jacobinos y demócratas.  En 1792 y 1794 los decretos sobre religión y censura fueron más severos todavía,  Se consideraba a todo racionalista como sedicioso,  y todo profesor al tomar posesión de su cargo debía jurar sobre los libros simbólicos.

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VI. 2  La doctrina religiosa nueva de Kant

 

En estos momentos precisamente sobrevinieron las investigaciones de Kant sobre política y religión.  La Crítica de la Razón práctica, que ya contiene el elemento fundamental de la doctrina religiosa de Kant,  se publicó en el mismo año en que Woellner subió al poder. La filosofía crítica,  y con ella un nuevo racionalismo mejor fundado,  se habían extendido a las más lejanas regiones del mundo científico, y se encontraban en el momento más propicio para conquistar las cátedras de las universidades alemanas.  Su íntima naturaleza era totalmente opuesta al espíritu con que gobernaba en la enseñanza el ministro de Federico Guillermo,  y que amenazaba a la libertad de pensamiento y de conciencia,  no en sus extravíos y exageraciones,  sino en sus mismas raíces.  Una figura de tanta influencia como la de Kant y una filosofía tan poderosa como la suya debían provocar muy pronto en el campo enemigo rudos ataques y disposiciones hostiles.  Una carta de Kiesewetter que fue encontrada entre los manuscritos de Kant demuestra que, desde el primer día en que Wolterdorff ejerció sus funciones,  había ya propuesto al rey que se prohibiera al filósofo Kant explicar cosa alguna. Pero el ataque que se dirigió contra Kant no se hizo de esa manera que tanto agradaba a Wolterdorff.                              Kant mismo ofreció esta ocasión al fanatismo de Berlín.  Había enviado para su publicación en 1792 a la Revista Mensual de Berlín, inspirada por el racionalismo de aquella época,  un trabajo sobre “El mal absoluto”.  Se hacía la impresión de la Revista en Jena; pero,  con objeto de evitar todo lo que pudiera sugerir el pensamiento de que se había querido evitar la censura y hacer una especie de fraude literario,  encargó Kant explícitamente que se sometiera su artículo a la censura de Berlín. Dio Hilmer la autorización para que se imprimiera, añadiendo, sin embargo, para su completa tranquilidad que lo hacía “en vista de que los artículos de Kant sólo son leídos por los científicos muy profundos”.  Se publicó el artículo en abril de 1792.  Poco después envió Kant al mismo periódico y con la misma recomendación su segundo trabajo sobre La lucha del bien y del mal”.  Como asunto concerniente a la teología bíblica,  pasó este escrito a la censura común de Hilmer y Hermes.  Negó este último el imprimatur.  Apoyó Hilmer a su colega y comunicó por escrito esta resolución al director de la Revista.  A las observaciones de éste se replicó sencillamente “que los censores no tenían otro criterio que el decreto sobre religión y que no podían dar explicaciones de ningún género”.  Esto imposibilitó desde luego la publicación del artículo en la Revista berlinesa.  Pero Kant, que había publicado ya la primera disertación, deseaba vivamente hacer lo mismo con las tres siguientes,  que se hallaban enlazadas con la primera de un modo íntimo y directo.  No había otro camino posible que dar este escrito a una facultad teológica para que lo examinara y diera el necesario permiso.  No se dirigió a Goettingen,  por ser universidad extranjera; tampoco podía dirigirse a Halle,  que había prohibido se publicara el escrito de Fichte “Crítica de toda revelación”.  Adoptó el camino más corto y sometió sus disertaciones a la censura de la facultad teolgica de Koenigsberg.  Esta votó por unanimidad la autorización, y poco tiempo después fueron publicados los cuatro estudios como obra completa y formando un solo volumen con este título: La Religión en los límites de la Razón”,  obra que fue impresa en 1793 en la casa de Nicolovius en Koenigsberg.  Causó tanta sensación esta obra de Kant que al año siguiente era ya de todo punto necesaria una segunda edición.  Pero el tribunal clerical de Berlín no podía ver esto con calma,  y aprovechó la ocasión por tanto tiempo deseada de tomar alguna medida contra nuestro filósofo. El 13 de octubre de 1794 recibió Kant esta extraordinaria orden: “Federico Guillermo, rey de Prusia por la gracia de Dios, etc. a nuestro fiel e ilustre súbdito, salud.  Nuestra elevadísima persona ha visto desde algún tiempo con sumo disgusto cómo habéis abusado de vuestra filosofía para relajar y desnaturalizar muchas de las doctrinas fundamentales de la Santa Escritura y del cristianismo,  particularmente en vuestro libro sobre La Religión en los límites de la Razón y en otros escritos menores.  Nos esperábamos algo mejor de vos;  debéis también comprender hasta qué punto faltáis a vuestros deberes como maestro de la juventud y a mis paternales prescripciones en bien del país.  Esperamos de vuestra parte en el menor plazo posible una justificación completa,  y os advertimos que,  si no queréis caer en desgracia con nos,  no incurráis de nuevo en las faltas cometidas aplicando, por el contrario,  todo vuestro celo y autoridad como es deber vuestro,  a que se lleven a cabo con mejor éxito nuestras paternales intenciones.  En caso contrario,  os atendréis necesariamente a las dolorosas consecuencias que os sobrevinieren.  Haceos acreedor a nuestra alta gracia.  Berlín,  1° de octubre de 1794.  Por orden especial de S.M,  Woellner”.  Al propio tiempo,  todos los profesores de filosofía y de teología de Koenigsberg tuvieron que comprometerse por escrito a no dedicar cursos a la filosofía religiosa de Kant. En esta época se hallaba nuestro filósofo en la cima de sus años y de la gloria: tenía setenta años de edad,  y el mundo entero glorificaba su nombre.  Con ocasión de la medida de que acababa de ser víctima,  obró con la mayor prudencia.  La guardó para sí mismo y con tanto secreto que,  excepción hecha de un solo amigo,  nadie tuvo conocimiento del hecho hasta que él lo propagó después de la muerte del rey.  El cambio de ideas que se le pedía era absolutamente imposible;  la resistencia abierta era inútil y contraria a sus sentimientos.  El único partido que le quedaba era el silencio.  Sobre un pedacito de papel que se encontró entre otros después de su muerte,  escribió las siguientes palabras que expresan su situación y sus pensamientos como en un monólogo: “Abdicar y desmentir una convicción interior es una bajeza;  pero callar en un caso como el presente es el deber de un súbdito;  y si todo lo que se dice debe ser verdadero,  no por eso es un deber decir públicamente toda la verdad”.  En este sentido respondió Kant a la carta real justificándose de los cargos que se le hacían y demostrando que eran infundados.  En cuanto a la recomendación que se le hizo de emplear mejor su talento,  la cumplió condenándose al silencio.  Se resignó a no dar curso alguno sobre asuntos de religión. Para evitar la última sospecha -dice al final de la carta aseguro solemnemente y declaro,  como muy fiel vasallo de Vuestra Real Majestad, que en lo futuro,  así en mis escritos como en mis clases,  me abstendré por completo de todo lo que se refiera a la religión,  así a la natural -que era como entonces se llamaba a la filosofía de la religión; nota by Princess- como a la revelada”.  Estas palabras,  “como muy fiel vasallo de Vuestra Majestad”,  contienen una reserva mental muy prudente y que tal vez podrá parecer a algunos demasiado prudente. Se comprometia a callar mientras el rey viviera,  y adoptó este giro con el pensamiento de que en caso de que el rey muriera antes que él,  como sería entonces súbdito del sucesor,  recobraría de nuevo su libertad de pensamiento.  Explícitamente lo dice él mismo en otra parte.  Los hechos, en efecto, justificaron la previsión.  Kant tuvo la satisfacción de recobrar su libertad de pensar al ocupar el trono Federico Guillermo III,  con el cual reapareció en Prusia el verdadero espíritu de tolerancia.  La lucha entre la razón y la fe,  entre lo racional y lo positivo,  crítica y precepto,  o como quiera llamarse,  dio lugar,  de parte de los teólogos,  a ataques muy sensibles e injustificados contra nuestro filósofo.  A él le importaba que esta cuestión se siguiera lealmente y en conformidad con lo que se debía buscar,  que no era la derrota del adversario,  sino el progreso de la ciencia.  No era aquello un mero proceso entre la teología y la filosofía,  pues bien considerada en su generalidad,  la discusión alcanzaba a las relaciones de las ciencias filosóficas con las positivas,  que se diferenciaban entre sí en la Universidad según los diferentes miembros que la componían.  Fue tal esta lucha entre los individuos de las facultades que casi tomaron aspecto de derecha e izquierda de Parlamento.  En esta discusión intervino Kant con su escrito “La disputa de las facultades” poniendo término a aquellas divisiones de la ciencia y señalando a cada parte los límites en que podía desenvolverse.  En el prefacio daba cuenta de lo que le había acontecido durante el ministerio Woellner.  Tal fue el último escrito digno de su talento…

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by Princess!!, filosofando en chancletas, incluso, durante el carnaval...

       by Princess!!, filosofando en                 chancletas, incluso, durante el                                carnaval…

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