Filosofía en chancletas y für chikas only (III): “La Lógica es el vestíbulo de las ciencias”, dice Kant…

1 May

 

 

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Prefacio a la segunda edición de la “Crítica de la Razón Pura”

 

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             Si en el trabajo de los conocimientos que pertenecen a la obra de la razón se sigue o no la senda segura de la ciencia,  cosa es que por los resultados bien pronto se juzga.  Si después de mil disposiciones y preparativos se encuentra el lector detenido en el momento de alcanzar el fin,  o si para llegar hasta él se exige de continuo el retroceder y de nuevo emprender otro camino,  o si no es posible poner acordes a los diferentes colaboradores sobre la manera de proseguir el fin común,  es preciso convencerse de que tal estudio está muy lejos de haber entrado en la segura senda de la ciencia y que cuanto se ha estado haciendo es un simple ensayo.  Y constituye un servicio para la Razón descubrir en dónde sería posible hallar este camino,  aún a costa de abandonar,  como cosa vana, mucho de lo que se ha adquirido sin reflexión en el fin propuesto.  Que la Lógica ha entrado en esa segura vía desde los tiempos más antiguos lo prueba el que desde Aristóteles no ha tenido que retroceder un sólo paso, a no ser que se considere que no ha habido perfección al despojarla de algunas sutilezas inútiles,  o al darle una claridad más acabada en la exposición,  cosas que más pertenecen a la elegancia que a la seguridad de la ciencia.  Es también digno de atención que tampoco haya podido dar hasta ahora ningún paso hacia adelante, y que, según toda apariencia,  parece ya cerrada y acabada.  Cuando algunos modernos han tratado de extenderla introduciendo capítulos,  ya de psicología, sobre las diversas facultades de conocer (imaginación,  ingenio); ya de metafísica,  sobre el origen del conocimiento,  o sobre las diferentes especies de certidumbre,  según la diversidad de los objetos (idealismo, escepticismo,  etc.);  ya de antropología,  sobre los prejuicios (sus causas y remedios),  sólo han hecho palpable la ignorancia que tienen de la propia naturaleza de esta ciencia.   Cuando se traspasan los límites de una ciencia y se entra en otra,  no es un aumento lo que se produce; antes bien, una desnaturalización.  Los límites de la Lógica están claramente determinados,  al ser una ciencia que sólo expone y demuestra rigurosamente las reglas formales de todo pensar  (ya sea éste a priori o empírico,  ya tenga tal origen u objeto, ya encuentre en nuestro espíritu obstáculos naturales o accidentales).  Si tan ventajosa es la situación de la Lógica,  débelo únicamente a los puntos a que se limita,  que la autorizan y hasta la obligan a hacer abstracción de todos los objetos de conocimiento y de sus diferencias,  de suerte que el entendimiento sólo tiene que ocuparse en sí propio y en su forma.  Pero para la Razón,  que no sólo se ocupa en sí,  sino también en los objetos,  ha debido ser empresa más difícil entrar en las verdaderas vías de la ciencia.  La Lógica sirve por este motivo de propedéutica,  y es una especie de vestíbulo para las ciencias;  y así,  al hablar de conocimientos,  se tiene ya supuesta una Lógica que los juzga,  aunque,  por otra parte sea necesario acudir a las ciencias objetivas y propiamente dichas para adquirir un verdadero conocimiento.

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                  Ahora, al existir lo que decimos Razón en estas ciencias,  es preciso que algo sea conocido a priori.  El conocimiento este puede relacionarse con sus objetos de dos maneras:  o simplemente para determinar éste y su concepto (que en otra parte debe haberse dado),  o para realizarlo.  El primero es un conocimiento teórico de la Razón;  el segundo,  un conocimiento práctico.  En ambos casos,  la parte pura del conocimiento,  más grande o más pequeña,  y que es aquella en donde la Razón determina bsolutamente a prior su objeto,  merece que se la estudie entes y por separado,  a fin de no mezclarla con lo que otras fuentes aporten,  pues es una hacienda mal entendida la de gastar ciegamente lo que se percibe;  que después no se sabe distinguir, cuando las circunstancias apuran, la parte de gastos que hay que disminuir de la otra que las entradas pueden sostener.  Las matemáticas y la física son los dos conocimientos teóricos de la Razón que determinan a priori sus objetos:  la primera,  de un modo completamente puro;  la segunda, por lo menos en parte,  y después a medida que lo permiten otras fuentes de conocimiento que no son la Razón.  Las matemáticas,  desde los tiempos más remotos a que alcanza la historia de la Razón humana en la maravillosa Grecia, han seguido siempre el seguro camino de la ciencia.  No se crea,  empero,  que haya sido para esa ciencia tan fácil como para la Lógica, donde la Razón sólo en sí misma se ocupa,  descubrir su real camino, o, mejor dicho,  construírselo,  pues me inclino a creer que por largo tiempo (particularmente entre los egipcios) fue un mero tanteo,  y que el gran cambio que experimentó debe atribuírse a una revolución producida por el feliz éxito de un ensayo que algún hombre hacía,  acertando con él a entrar en el camino que debía tomarse para no errar por más tiempo,  y que desde ese momento quedaron abiertas y trazadas las vías seguras de la ciencia.  La historia de esta revolución en el pensamiento y la del hombre dichoso que la efectuó,  con ser aún más notables que el descubrimiento del camino por el célebre cabo, no han llegado a nosotros.  Según las noticias que Diógenes de Laercia nos transmite,   no debió pasar desapercibida para los matemáticos la grandísima importancia del cambio que sufrió esa ciencia al entrar en nuevo camino; antes al contrario,  vemos que se guardó eterna memoria del que se supone fue inventor de los elementos más simples de la demostración geométrica,  y que, según el juicio común,  no han menester prueba alguna.  El primero que demostró el triángulo isósceles (llámese Thales o como se quiera) dio un gran paso.  Por el hecho observó que,  para conocer las propiedades de una figura, no convenía guiarse por lo que en la figura contemplaba,  y menos en su simple concepto;  que lo que le correspondía es señalar lo que él mismo había introducido con su pensamiento, y compuesto después (por construcción).  Vio también que,  si algo con certeza quería saber a priori,  no admitiera cosa que no fuera consecuencia necesaria de lo que él mismo,  por  medio de su concepto, había puesto en el objeto.  No sucedió lo mismo con la Física, que hubo de tardar mucho más tiempo en encontrar las grandes vías de la ciencia;  pues apenas hace siglo y medio que la proposición del profundo Bacon de Verulam causó este descubrimiento o por lo menos dio pie,  por estar ya muy preparado el camino;  pero de todas suertes fue una completa revolución del pensamiento.  Sólo hablo aquí de la física que se funda en principios empíricos.  Cuando Galileo hizo rodar sobre un plano inclinado las bolas cuyo peso había señalado, o cuando Torricelli hizo que le aire soportara un peso que él sabía ser igual a una columna de agua que le era conocida,  o cuando más tarde Stahl transformó metales en cales y éstas a su vez en metal,  quitándoles o volviéndoles a poner algo,  puede decirse que para los físicos apareció un nuevo día.  Se comprendió que la Razón sólo descubre lo que ella ha producido según sus propios planes;  que debe marchar por delante con los principios de sus juicios determinados según leyes constantes,  y obligar a la Naturaleza a que responda a lo que le propone,  en vez de ser esta última quien la dirija y maneje.  De otro modo no sería posible coordinar en una ley necesaria observaciones accidentales que al azar se han hecho sin plan ni dirección,  cuando precisamente es lo que la razón busca y necesita.  La Razón se presenta ante la Naturaleza,  por decirlo así,  llevando en una mano sus principios (que son los únicos que pueden convertir en leyes a fenómenos entre sí acordes),  y en la otra,  las experiencias que por esos principios ha establecido;  haciendo esto,  podrá saber algo de ella,  y ciertamente que no a la manera de un escolar que deja al maestro decir cuanto le place;  antes bien,  como verdadero juez que obliga a los testigos a responder a las preguntas que le dirige.  De suerte que,  si bien se advierte,  debe la Física toda la provechosa revolución de sus pensamientos a la ocurrencia de que sólo debe buscar en la Naturaleza (no inventar) aquello que la Razón misma puso en conformidad con lo que desea saber,  y que por sí sola no sería factible alcanzar.  A esta revolución debe principalmente la Física haber entrado en el segundo camino de la ciencia,  después de haber sido por largos siglos un simple ensayo y tanteo.  La Metafísica,  aislado conocimiento especulativo de la Razón,  que nada toma de las enseñanzas de la Experiencia y que sólo se sirve de simples conceptos (no como las Matemáticas,  mediante aplicación de los conceptos a la intuición),  donde,  como es natural,  campea por sí sola la Razón,  no tiene la dicha de haber podido entrar en el seguro camino de una ciencia: ¡ésta,  que es de las ciencias la más antigua y de tal naturaleza que,  aun sumiéndose las restantes en las tinieblas de una destructora barbarie, jamás dejaría de existir!.  Pero en esa ciencia la Razón tropieza con las mayores dificultades para comprender a priori las leyes que la más vulgar experiencia confirma (como ella pretende).  Así que el camino que se traza no es firme ni seguro,  y mil veces es menester de nuevo rehacerlo,  pues no conduce a donde se deseaba llegar…

 

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by Princess!!; filósofa del barrio melancólico en otoño...

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