“De la utopía liberadora al desencanto”: (II) -¡Filosofía al borde de la Pelopincho, aún en carnaval!-

12 Feb

LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN DEBATE

De la utopía liberadora al desencanto en las democracias contemporáneas

Φ

Francois Furet

-Traducción de Darío Roldán-

Φ

2016; Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

ISBN 978-987-629-691-5

                                                   Guillotina; estampa francesa de 1793

 

 

 

5. 1789-1917: ida y vuelta

 

 

                  Si, de hecho,  el porvenir de la Revolución de 1917 se encuentra en los principios de organización social de 1789, ¿cómo podemos salvar algo -lo que fuese- de la iniciativa leninista?.  Esta última desemboca, finalmente, en aquello que denunció; fue un desvío increíblemente costoso e incluso tan nefasto que los caminos de la libertad están casi borrados.  En simultáneo  con la legitimidad comunista,  muere una idea que durante muchos tiempo le sirvió de salvavidas: la idea revisionista,  según la cual siempre era posible reseñar todo lo malo que había en los regímenes comunistas, subrayando la excelencia teórica del modelo y el carácter execrable del capitalismo.  De fracaso en fracaso, la Unión Soviética iba por la buena senda,  mientras que de éxito en éxito los Estados Unidos y Europa Occidental estaban condenados a la derrota.  Hoy en día,  el desastre es demasiado visible en todos los planos,  incluido el de la igualdad, y es demasiado confesado por todos,  aun por los herederos directos de Lenin,  lo que no deja margen de maniobra a los bricoleurs del comunismo que pueblan la intelligentsia de izquierda.  Sobre todo, el actual reconocimiento de la derrota -en Polonia o en Hungría, por ejemplo- se hace en términos que preconizan la salida del sistema, no su reestructuración.  Es cierto que esta no es la posición de Gorbachov, y que su esfuerzo tiende más a salvar la dictadura del partido,  modificándola,  más que a destruirla.  Pero incluso en su caso,  como se ha visto más arriba, el mantenimiento de una alta dosis de jerga burocrática es contradictorio con lo que deja ver del fracaso de los principios de 1917.  Desde Jruschev -quien tuvo el formidable mérito de abrir la caja de Pandora- hasta hoy,  hay mucho camino transitado.  Basta para dejar en ridículo al interminable séquito revisionista que, desde hace más de treinta años,  es furgón de cola del cortejo fúnebre del comunismo mientras que cree festejar la ceremonia de purificación después del parto.  La idea, que tanto tardó en ingresar a las mentes durante este medio siglo y que la historia está en proceso de develar, es muy simple, sin embargo:  la verdadera ruptura, la única,  aquella que fundó el mundo moderno en el cual seguimos viviendo,  es 1789 y no 19171789, con la debida aclaración: no digo que la fecha de la Revolución francesa sea la única a partir de la cual puede marcarse el punto de inicio de esta sociedad inédita que,  por ese motivo,  llamamos “moderna”.  Si se acepta definirla por la soberanía de los individuos sobre sí mismos y sobre su modo de estar juntos,  es claro que la historia de Europa occidental y su apéndice americano da sus primeras señales al respecto varios siglos antes de 1789; y que la historia inglesa -a su manera inimitable- y la revolución estadounidense -un poco más comparable con el ejemplo francés- ofrecen a la Revolución francesa modalidades anteriores.  Aún así,  los hombres de 1789 dan a los nuevos principios un brillo excepcional,  al hacer de una de las más famosas naciones de la época el teatro de la universalidad de los derechos.  

            Por eso, no es inexacto ni excesivo considerar fundacional y universal el acontecimiento francés,  incluso si, como es evidente,  muy pronto se mezcló con determinaciones específicas,  inseparables de cuanto lo precedió.  Lo que posee de universal es lo que él mismo afirma como tal,  independiente de las circunstancias que lo produjeron y exponente de una auténtica ambición filosófica de emancipar al hombre en general.  Ambición que,  es cierto,  entra en contradicción con la posibilidad de ser encarnada en instituciones particulares, lo que da noción del carácter caótico y estrictamente interminable del decurso de la Revolución. Pero también,  por ese mismo motivo,  ambición disociable del desarrollo de los acontecimientos y de su modalidad francesa de aparición en la escena de la historia.  Ahora bien, lo que ella hace aparecer en toda su pureza no es otra cosa que el dilema central que desde entonces ha agitado a las sociedades: ¿qué es la comunidad si nosotros somos individuos autónomos?.  La Revolución de 1917 creyó entonces resolver ese dilema,  que redescubre intacto en las ruinas que ella acumuló so pretexto de superarlo.  Exactamente allí el fracaso soviético repercute en la idea de revolución,  para disolverla en tanto esta designa un modo privilegiado de la acción política.  En efecto,  los bolcheviques se habían inspirado en el decurso de la Revolución para destruir sus principios.  Habían querido ser los jacobinos del proletariado para liquidar el mensaje burgués de los “derechos del hombre”.  Habían abrazado 1793 como el esbozo de una superación de 1789.  Pero hoy en día Rusia -y más claramente aún, Polonia, Hungría- se ve ante la senda inversa:  se están redescubriendo los derechos del hombre,  la libertad de los individuos, los comicios,  la ley,  para reparar el desastre nacido del culto de la violencia revolucionaria,  convertido en el todopoderoso estado-partido.  Así, por una suerte de broma de la historia,  en este fin del siglo XX todo conspiró para instalar el bicentenario de la Revolución francesa bajo el doble signo de la celebración del mensaje de 1789,  y del abandono de la cultura política revolucionaria.  En Francia, en Europa Occidental -para ni siquiera hacer mención del mundo anglosajón,  ajeno a la tradición de 1789-,  el crepúsculo de la idea revolucionaria está vinculado al triunfo de la idea democrática.  Dado que las ideas de 1789 invadieron todo el espacio político y descalificaron cualquier idea contraria,  el recurso a la revolución parecía -si no peligroso, inútil.  La democracia –Tocqueville fue uno de los primeros en observarlo- favorece de mil y una maneras cierto conservadurismo, y el sufragio universal no es revolucionario. Prácticamente en todas partes de Europa Occidental las ideas de la Revolución francesa terminaron por escapar a la maldición que parecía anunciar el decurso de la Revolución francesa.  Es cierto que,  en esas ideas,  el universalismo democrático y el culto del estado-nación habían alimentado respectivamente utopías sin salida y catástrofes inauditas.  Pero sobre las ruinas de esas tragedias, en los cimientos de las sociedades de Europa Occidental,  sobreviven más que nunca los principios de 1789,  finalmente domesticados en instituciones libres.  El ejemplo más espectacular de esta evolución puede verse en la manera en que la España posfranquista entró en la democracia.  Si uno echa un vistazo a su alrededor, a la Europa no comunista de hoy,  se constata que la manera en que las naciones que la integran resolvieron el famoso problema del siglo XVIII -cómo organizar la soberanía de los hombres sobre ellos mismos- conlleva más elementos en común que en ningún otro momento.  Un inventario un poco sistemático mostraría la existencia de un origen común,  constituido a partir de la separación de la idea democrática y la idea revolucionaria.  Sin embargo,  ese es el objetivo que tienen que alcanzar las sociedades comunistas, en cuanto provienen de una historia completamente distinta.  En cualquiera de los casoss,  es el itinerario que,  con más o menos claridad, trazan.  En esas sociedades,  el objetivo es tanto más difícil de definir.  No tanto porque la mayoría de ellas no posean una tradición democrática poderosa y antigua.  A fin de cuentas,  no la tenían España ni Portugal (ni qué hablar de Alemania).  La dificultad estriba más bien en la relación particular, casi obsesiva, que el comunismo sostuvo con la idea de revolución.  En efecto,  los regímenes nacidos bajo la égida de Lenin no tuvieron ninguna otra legitimidad que esa idea.  A partir del ejemplo de la Revolución de 1789 en Francia,  nunca se imaginaron como nacidos de una violencia necesaria pero provisoria,  y destinada a instaurar la universalidad de la ley.  Fundados sobre una pretensión de conocer la historia y, por lo tanto, el futuro,  no tuvieron que preocuparse por las leyes, tampoco por las complejas modalidades de su elaboración democrática.  Con ellos, la ciencia parece estar en el poder,  y se confunde con él.  Se llamó “revolución” y, por definición,  no tiene punto final: ¿quién puede decir cuándo terminó la Revolución de 1917, e incluso si esta interrogación tiene sentido?.  De allí, una doble impasse,  los poderes comunistas no pueden renunciar a encontrar su legitimidad en sus orígenes,  aunque  no posean otro comienzo que no sea el de la dictadura del partido.  Y los candidatos a la sucesión,  cuando los hay,  como en Polonia,  no pueden apoyarse en la idea de revolución,  que forma parte del arsenal del poder.  La salida del comunismo se encuentra entrampada en la mentira del comunismo…

 

 

 

 

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     by Princess, ¡con la cabeza bien          puesta!. (Estampilla de 1799, la           Igualdad y la Fraternidad están                       garantizadas, ¡por las                dudas!, con sendas guillotinas)

    

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De la utopía liberadora al desencanto…Princesa se pone seria, digo, ¡a veces!

27 Ene

 

LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN DEBATE

De la utopía liberadora al desencanto en las democracias contemporáneas

Φ

Francois Furet

-Traducción de Darío Roldán-

Φ

2016; Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

ISBN 978-987-629-691-5

 

                                     Templo para el culto de la Razón y el Ser Supremo                                                                                              Proyecto  del arquitecto Étienne  Boullée

 

 

 

5. 1789-1917: ida y vuelta

 

                 Lo más interesante del Bicentenario (de la Revolución Francesa) es lo que ha sido menos comentado: las circunstancias del acontecimiento. Con eso no me refiero a las modalidades de la celebración sino, por el contrario,  a lo que se desprendió de ellas: la situación política,  la de Francia y la del mundo,  en la cual este aniversario, casi demasiado anunciado,  en cualquiera de los casos, tan esperado, ha tenido lugar.  Dentro de Francia,  la izquierda se instaló de forma duradera en el poder porque terminó con la idea de la ruptura revolucionaria.  De nada valdría repetir esta evidencia si no fuera para subrayar que es inseparable de una evolución más profunda,  que Francois Miterrand ha sabido manejar hábilmente, y cuyas dos características más espectaculares fueron la integración de los católicos y de los comunistas a la política democrática.  El primero de esos dos fenómenos tiene sus raíces en la posguerra y su símbolo fue la resolución del conflicto escolar por parte de la Cuarta y Quinta República: resolución que los socialistas buscaron volver a poner en entredicho después de su victoria en 1981,  pero que sabiamente tomaron como causa propia en 1984 ante la hostilidad provocada por su propia iniciativa. Eso siempre significa que en Francia el voto católico está cada vez menos ligado al voto de derecha, como lo estuvo durante tanto tiempo:  es el cierre del conflicto más profundo abierto por la Revolución en la opinión pública nacional y,  a la vez,  una de las condiciones de la alternancia democrática en nuestro país.  La veloz decadencia de la influencia comunista es otra de esas condialcciones.  Existen antecedentes muy recientes:  el fracaso del modelo soviético,  y también motivos internos,  tales como la gradual desaparición de la clientela sociológica del Partido Comunista, o la transformación de las costumbres. Pero ese decaer traduce la desaparición de algo tanto más antiguo en nuestra historia,  tan viejo como la Revolución misma; la idea mesiánica de un fin de la historia,  y del advenimiento de la felicidad colectiva sobre la reconstrucción racional de lo social por la voluntad. Simultáneamente,  en el caso católico,  la espectacular reducción del electorado comunista señala una integración democrática. Marca el fin del exilio al cual la República,  en Francia,  condenó al mundo obrero,  quien le contestó encerrándose en el bastión marxista-leninista.  Así, el pueblo católico y el pueblo comunista, esos dos cuerpos separados de la democracia francesa se ven cada vez más integrados a la escena pública de la Quinta República,  cuyas instituciones ya casi no conocen adversarios.  En ese sentido,  la opinión pública se alejó de la idea revolucionaria,  de modo inverso pero complementario:  unos fatigados de detestarla,  los otros renunciando a seguir alzando su estima por ella.  Así,  la idea se vació de su carácter subversivo.  Ella simplemente traduce un acuerdo acerca de lo más elemental de nuestra civilización política,  es decir,  la referencia a los principios de 1789.  Se ha convertido en un fundamento,  más que en una promesa…

                Mediante la  enumeración de las conquistas por venir, la izquierda ha querido conjurar esa constatación algo melancólica.¡Se ha prestado demasiado oído a la letanía de las Bastillas que todavía hay tomar!.  Pero esa fórmula es equívoca.  Si bien indica que los principios de la democracia son portadores de progreso indefinido,  por una parte jamás indica los costos (materiales,  políticos o morales);  por el otro,  evoca la idea de una ruptura revolucionaria que nadie (o casi nadie) tiene en mente y que ninguna de las reformas propuestas implica.  Por lo demás,  ya que la izquierda está en el poder,  ¡que  no ataque a estas famosas Bastillas!.  En realidad,  la idea revolucionaria extrae un mínimo de sustancia tan sólo de un estado de desigualdad o de exclusión espectacular. Por eso,  se alimenta antes que nada de la situación del tercer mundo,  y de aquello que nuestras sociedades conllevan de tercer mundo:  los inmigrantes. Aún así,  hace falta señalar que la principal referencia de la acción es aquella universalidad de los hombres, no aquella Gran Noche (el momento en que se lleva a cabo la Revolución); los principios de 1789,  no una técnica de toma del poder. Este acento moral permite medir todo cuanto nos separa del revolucionarismo de los años sesenta y setenta,  como si ayer hubiera sido bruscamente borrado,  cuando todavía lo palpamos con recuerdos tan cercanos.  Que la Revolución esté cada vez más viva por su mensaje democrático y muerta,  por el contrario,  como modalidad privilegiada del cambio,  puede verse aún mejor fuera de Francia y,  especialmente,  en los países comunistas;  sobre todo,  en la Unión Soviética.  De allí,  además, que la idea de los “derechos del hombre” estuviera de regreso entre nosotros hace diez o quince años,  con fuerza dominante,  como un gesto de burla de la historia a la intoxicación antihumanista de los intelectuales franceses de la época.  En efecto,  los famosos “principios de 1789” nunca habían caído tan bajo en la opinión de la intelligentsia francesa como después de la guerra, cuando estaba obsesionada a la vez por el partido comunista y por la crítica marxista de la ilusión universalista burguesa.  Este radicalismo revolucionario probablemente no cambió en nada esencial el arraigo de la política francesa en 1789, pero confirió al redescubrimiento de los derechos del hombre el carácter de un retorno intelectual brutal,  a través del canal de los disidentes soviéticos.

                       La Unión Soviética había tomado su inspiración principal de la idea de superar la revolución burguesa francesa.  Mediante la revolución de Octubre,  había querido instaurar el poder de la clase que sólo tenía para perder sus cadenas: heredera de la vocación mesiánica de la Revolución francesa,  representaba la verdad después de la ilusión,  abriendo la senda hacia la emancipación de la humanidad.  Así,  había conservado una identidad en forma y en ambición con el acontecimiento anterior,  en tanto deseaba ser su negación radical.  Había sido tan universalista como los hombres de 1789,  tan voluntarista como los jacobinos pero bajo la bandera de la destrucción del mundo que,  según se suponía, había nacido en 1789.  Ahora bien,  medio siglo después de Octubre, lo que resurgió del jacobinismo bolchevique es exactamente lo inverso:  la reinvindicación de las ideas de 1789 acompañada por el rechazo contra aquello que la Revolución soviética había creído aportar al patrimonio de la tradición revolucionaria: la dictadura política del partido,  la ciencia de la historia,  la nacionalización de la industria y la colectivización de los campos.  En efecto, todo eso ya no nos llega del mundo perseguido de la disidencia soviética, sino del sancta sanctorum del universo comunista, forzado, después de setenta años de mentiras, a la implacable sanción de la realidad.  Lo más interesante de la política de la así llamada “perestroika” no es lo que intenta salvar,  sino lo que está obligada a decir:  el reconocimiento de los derechos del hombre,  la virtud de las elecciones libres y el carácter irremplazable de una economía de mercado.  Esta política puede fracasar, incluso ser derrotada y sucedida por una reacción conservadora del aparato del partido; sin embargo, rubrica de modo perdurable el fracaso material,  moral e intelectual del comunismo,  abriendo el período de su liquidación (que, desde luego, puede ser largo, bastante largo).  Si, de hecho,  el porvenir de la Revolución de 1917 se encuentra en los principios de organización social de 1789, ¿cómo podemos salvar algo -lo que fuese- de la iniciativa leninista?.  Esta última desemboca,  finalmente,  en aquello que denunció; fue un desvío increíblemente costoso e incluso tan nefasto que los caminos de la libertad están casi borrados…

 

 

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by Princess!, algo fanática de la historia pero con la cabeza              puesta, ¡menos mal!

Un fantasma recorre la Capital del Azúcar: ¡Yo!

4 Ene

 

-HOY-

¡Caminando por la ciudad sin ser vista!

 

by Princess; ¡Exclusivo!, para mí misma y ¡nadie más!

 

Duerme la mona y la siesta la ciudad que no me vio nacer: y es que llego en un lluvioso 1º de enero, día en el cual todo el mundo, es de esperar, duerme la mona y, como marca la tradición de la noble  Viena Calchaquí, ¡también la siesta!. Aquí tuve lo que se llama “una vida”, pero fue en otro tiempo, inconmensurable de distante, algo así como cien eones o trescientos kalpas más una semana y tres días.  Entonces yo no podía caminar ni una cuadra, en esta ciudad provinciana, sin cruzarme con algún conocido.  Hoy puedo hacerlo, y, aunque me cruce con algún “conocido”, si no le hablo, no me registrará y esto por el simple hecho de que nadie espera verme… como un fantasma:  en general, nadie “espera” ver un fantasma.  Recorro los lugares que puedo, los que la emoción me permite, no las casas donde viví, eso no puedo.  Yo tenía un sueño; ahora no, lo cual es un alivio; quedó todo tan distante, tan ajeno visto desde el hoy, que, si bien puedo entender que era “yo” entonces, no lo entiendo tanto. Me fui a las corridas, nadie lo supo, o casi. En medio de la desolación, pero eso tampoco lo supo nadie.  Habían pasado treinta años, o treinta días, o treinta eones desde mi llegada primera, pero ya no lo recuerdo…

 

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Su corresponsal filósofa en ojotas, disfrutando  de  las vacaciones con amigas.

 

 

 

 

 

 

 

Llegó Diciembre… ¡Exclusivo, para el Petibonian Times!

4 Dic

-HOY-

Teoría General del Árbol de Navidad

 

by Princess!!, armadora compulsiva de árboles navideños

       by Princess!!, armadora compulsiva de árboles navideños

 

Amigas, lektoras de Petibonia y del orbe todo: ¡Ausente estuve, lo se!, son las exigencias de la moderna vida, qué remedio.  Justo es decirlo, tanto mis notas, producto de exhaustivas tareas de investigación, como mis sesudos comentarios, lecturas y críticas literarias, cinéfilas y hasta gastronómicas, así como mis arduos, complejos chismosos y algo superficiales cursos de Filosofía ¡sólo para chiKas!, no han sido muy abundantes ni destacados en este año… por no decir que ¡tengo en completo abandono, mis humildes escritos y hasta mis audaces incursiones por los cien barrios porteños!.  Es que la cruda realidad se ha impuesto: tengo que ganarme el mango -o los porotos, como prefieran- en esta ciudad cruel y la verdad es que me queda tan poco tiempo que apenas puedo bañarme. Pero no quiero quejarme ni perder esta preciosa oportunidad para llegar a TODAS; y dije “a todAs”, ya que, a pesar de estar en Diciembre y a las puertas de la Navidad, los representantes del “sexo débil” siguen y seguirán siempre excluídos de esta columna. Como ya saben, si un ejemplar algo machirulo se atreve a leerla, ¡se autodestruirá en cinco segundos!, quedan notificados, pibes.  Con todo, ni la peor carga horaria, ni el trabajo más intenso, ni el lavado de la ropa, los trámites bancarios, el pago de facturas, la peluquería, el zurcido de las medias y la limpieza de mi rancho, podrán evitar que encuentre el tiempo necesario para el armado -casi infinito, nunca concluso- del árbol de navidad. 

Si bien hoy, -principios de Diciembre- y habiendo “trabajado” desde mediados de Noviembre en mi querido y pequeño árbol (bueno, no tan “pequeño”; digamos que es mediano y luce bastante imponente apoyado sobre una mesita, tal como lo dispuse) pretendo dar por terminado su montaje, se trata, sépanlo amigas, de un proceso infinito… o casi.  Con todo, ¡esta columna es un servicio a la comunidad de las modernas chicas! y creo que puede aportar a la belleza, felicidad, practicidad y economía del hogar, amigas, la exposición y desarrollo de mi Teoría General sobre el armado y el montaje del árbol navideño doméstico.  ¡No arruguen bajo la presión de un agnosticismo fingido, a la moda, algo snob y tilingo, incluso!, ¡No se asusten del trabajo o del costo que implica armar un arbolito como se debe!, ¡No retrocedan frente a las críticas de intelectuales políticamente correctos ni de vecinas chusmas y envidiosas!.  Si bien el capitalismo cruel nos quiere convencer de que armar un arbolito implica, necesariamente, tirar a la basura todos los arreglos y adornos de años anteriores, incluso al mismo arbolito y/o contar con ingentes cantidades de dinero, la verdad es que un árbol o cualquier otro arreglo que alegre y de luz, color y belleza a nuestro entorno hacia el fin de año, puede resolverse con ingenio, tijeras, papeles metalizados, cintas, moños, cajitas recicladas y algún que otro modesto pe$ito.  Las posibilidades son infinitas: llegué a montar árboles utilizando ramas naturales y una multitud de angelitos y campanas apenas recortados en papel metalizado o sólo cintas de colores y moños. Nuestro árbol de la vida puede ser pequeño, mediano o más grande, natural o artificial, “inventado” y  construído por nosotras, “pegado” a la pared en ambientes muy pequeños y hasta lujoso e imponente, ¡lo que importa es que tenga onda, esté bien dispuesto, emane luz!: ¿conocen a alguien que entrando en nuestra casa o en otro lugar adonde haya un bello árbol no se sorprenda y alegre?.  Es obvio que si en la casa hay niños, la alegría se multiplica y podremos dejar allí los regalos, sus lindos dibujos, las tarjetas, y todo lo que se nos ocurra poner en esa noche mágica.  Porque se trata del tiempo mágico, el tiempo de espera del nacimiento de un niño y en él, de todos los niños del mundo.

Yo, que no soy ejemplo de nada, ¡lo aclaro por las dudas!, comienzo con mi tarea a mediados de Noviembre -que es el mes del Adviento, el mes de la espera de todo lo que vendrá-.  Y les cuento, de paso, que conservo mi árbol desde hace veinte años, la verdad es ¡muy gauchito! y no tengo por qué reemplazarlo: simplemente lo amo. Con el correr del tiempo se fueron acumulando adornos preciosos y rompiendo o deteriorándose otros, de modo que compro, arreglo y/o hago lo estrictamente nece$ario para reemplazar y renovar algunos de ellos, ¡nada más!.  De un año a otro conservo, incluso, las guías de luces, aunque también suelen deteriorarse con cierta facilidad “china”; entonces reemplazaremos una de ellas o todas si es necesario, pero nunca comprando tooooodo nuevo si desarmamos con cuidado nuestro árbol y lo guardamos adecuadamente y en un lugar seguro, así como también las luces y los adornos. Este año repuse moños, campanitas, y algún que otro adorno, pero recuerden siempre que un árbol puede armarse prácticamente con cualquier “cosa” que dispongamos con buen gusto y pasión: sólo cintas, sólo moños, sólo “bolitas” de un color o de varios, adornos de prácticamente cualquier material y lo que se les ocurra, ¡pero con onda!, que no hay nada más triste en este mundo que un arbolito lleno de tierra y armado a los apurones.  Sí, ahora que lo pienso hay algo más triste: el arbolito, los adornos y los carteles navideños que permanecen juntando tierra más allá de la primera semana de Enero, ¡eso sí que es un bajón!. Pero volvamos al punto inicial cual es “mi” TEORÍA GENERAL -aplicada al armado y montaje del árbol de la vida-. Como primero es lo primero, comencemos por el ÁRBOL -“en sí”, ¿recuerdan nuestros cursos sobre Hegel, amigas?-: si lo tienen guardado o compraron uno y hay que sacarlo de su caja y desplegarlo, tengan en cuenta que no se trata de una tarea menor sino ¡fundante! ya que si no lo abren y despliegan correctamente, el resultado será pobre. Elijan con cuidado tanto el lugar donde armarlo como aquel donde finalmente lo dejarán instalado, que no siempre es el mismo por razones de practicidad y procedan a separar cuidadosamente las ramas, equilibralas, pasarles un plumero si es necesario, forrar el tronquito, colocar las guías de luces y ¡comenzar a decorarlo!. (Entre paréntesi’, tampoco se olviden, una vez armado, de disponerlo en un soporte adecuado y adornado, a su vez, lo cual pueden conseguir con lindas telas de colores, “pastito”, papeles decorativos, cintas gruesas y materiales similares).  Entonces, ya tenemos el árbol desplegado, bien dispuesto, equilibrado, con sus ramas bien ubicadas y sobre todo, bien separadas. Podríamos decir, algo poéticamente, que esa cosa de plástico -en general, chicas, porque dudo que alguien en la ciudad monte un árbol “de verdad”- decía, que esa cosa de plástico, tiene un “tronco” al que no solemos darle ninguna importancia; pues ¡la tiene!, así que tómense el trabajito de cubrir o forrar ese tronco: se puede utilizar papel metalizado, preferentemente dorado, plateado, rojo o verde; también guías de luces o de pequeñas cuentas plateadas o doradas.  En fin, se trata sólo de prepararlo mejor y de paso, de producir más luz, ayudando a reflejar y multiplicar el brillo de luces y arreglos.  Por otra parte, queda mucho más prolijo y mejora el resultado final.  Hecho ésto y controlando, nuevamente, que las ramas estén separadas, equilibradas y en el ángulo indicado -casi casi paralelas entre sí, un poco levantaditas- colocamos las guías de luces: ¡tarea crucial! que deberán completar ANTES de colocar, siquiera, un pinche y modesto adorno en las ramas ya que DESPUÉS es literalmente imposible. Entonces ya tenemos el árbol ARMADO, FORRADO -su tronquito-, BIEN DISPUESTO e ILUMINADO.  O sea: ¡ya casi casi está listo, aunque ni siquiera le hayamos puesto una bolita!.  Detalles a tener en cuenta: 1) Los adornos deben ser adecuados no sólo al tamaño general del árbol sino al de las ramas; por ejemplo, las ramitas superiores son las más pequeñas, así que no le pongamos una bola gigante o un adorno demasiado grande, pesado; 2) Dos o tres guías de luces variadas, diferentes, suelen ser suficientes para un árbol mediano y 3) Una vez armado, coloquemos el árbol en un lugar seguro, más bien elevado y cercano a las tomas de luz, que deben ser adecuadas y confiables, ¡nada de un mar de cables y enchufes a la vista, por favor!.  Algo más, a pesar de que estos “consejos” by Princess! suenan y hasta son más bien elementales, por no decir bolu…dísimos: saquen de sus cajitas, desenreden, emprolijen y prueben las luces ANTES de colocarlas, ¿no les parece?.  Y como resulta que, con todo este ajetreo llegamos, apenas, algo así como al 20 de Noviembre, ¡tenemos casi UN MES para dar rienda suelta a nuestra pasión navideña, qué suerte!. Porque, como les decía al principio de esta nota y lo comprobarán por ustedes mismas si son tan fanáticas como yo, una vez que desplegamos, plumereamos, emprolijamos, reparamos los arreglos de años anteriores y, a su vez, nos decidimos a comprar/hacer/comprar OTROS nuevos y comenzamos, paciente y tranquilamente, a VESTIR nuestro árbol, ramita por ramita, ¡se sorprenderán!, si consideran no enchufar al tuntún unas tristes bolas perdidas por aquí y por allá, de cuántas ramas tiene, incluso, un árbol pequeño o mediano.  Mi árbol, sin ir más lejos que a mi propio rancho, es mediano y cada rama, a excepción de las pequeñas superiores, admite hasta tres adornos, algo que puede dar una mezcla de bolitas, campanitas, cositas varias y moños, dependiendo del tamaño.  Lo que nunca debe suceder es que alguna rama quede triste, vacía, oscura o pobretona. Y lo que siempre debe suceder es que nos esforcemos un poquito con el arreglo de la “punta” del árbol ya que no se trata de poner cualquier cosa y chau: amigas, ¡Navidad es una vez por año!, así que a laburar; en esta oportunidad, mi árbol  lleva una flor plateada, otra dorada, un pájaro y una media luna, bien arriba, en todo sentido. ¡Las estrellas también me encantan para rematar el conjunto!, pero me decidí por las flores y los pájaros.  Como verán, necesitamos CIENTOS de adornos, en todas sus variantes; en lo que a mí respecta y por eso, es que me tomo unas dos semanas para “terminarlo” desde que el árbol está desplegado, con las luces puestas y listo para ser decorado. No obstante y para asombro de propios y extraños, esto es relativo ya que después sigo acomodando, me doy cuenta de que está desequilibrado, descubro otra ramita tristona, cambio de lugar aquello otro, en fin, ¡es en los primeros días de Diciembre que puedo decir “Está listo”!.  Listo como cuando el mundo era nuevo, apenas nacido.  Y listo para celebrar a los niños o, si prefieren, en un niño a todos ellos.

 

 

 

Desde nuestra humilde republiqueta sureña, ¡Feliz Navidad para tooooodo el mundo!

           Desde nuestra humilde republiqueta, ¡la mejor Navidad! 

 

 

 

 

 

El típico libro recontracitado y poco leído: “El Contrato Social” o la filosofía en batón y ruleros (III)

2 Oct

EL CONTRATO SOCIAL

o Principios del Derecho Político

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Jean-Jacques Rousseau

-1762-

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Traducción, estudio preliminar y adaptación al castellano: María José Villaverde
©Editorial Tecnos S.A; 1988.   ©Por la traducción: Editorial Tecnos S.A.   ©Por el estudio preliminar: María José Villaverde, 1988
 ©Por esta edición:  Ediciones Altaya S.A; 1996
ISBN Obra completa: 84-487-0119-4///ISBN: 84-487-0121-6

 

 

ejecucion del rey

                           Ejecución de Luis XVI, en la fría mañana del 21 de enero de 1793

 

 

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LIBRO PRIMERO

Capítulo II

Del derecho del más fuerte

 

 

               El más fuerte no es, sin embargo, lo bastante para ser siempre el amo,  si no convierte su fuerza en derecho y la obediencia en deber.  De ahí el derecho del más fuerte,  que irónicamente se toma como un derecho en apariencia,  pero que realmente se constituye en un  principio.  Pero ¿no se nos explicará nunca esta palabra?.  La fuerza es una capacidad física,  de cuyos efectos no veo qué clase de moralidad puede derivarse.  Ceder ante la fuerza es un acto de necesidad,  no de voluntad; o, en todo caso,  es un acto de prudencia.  ¿En qué sentido podría ser un deber?.  Supongamos por un momento que se trata de un derecho,  como se pretende.  De ello sólo resulta un galimatías inexplicable,  porque desde el momento en que es la fuerza la que constituye el derecho,  el efecto cambia con la causa;  toda fuerza capaz de sobrepasar a la anterior se convierte en derecho.  Desde el momento en que es posible desobedecer impunemente,  es legítimo hacerlo,  y, puesto que el más fuerte es quien siempre tiene la razón,  lo único que hay que hacer es conseguir ser el más fuerte.  Ahora bien, ¿qué clase de derecho es el que desaparece cuando la fuerza cesa?.  Si hay que obedecer por fuerza,  no es necesario obedecer por deber,  y, si no se está forzado a obedecer,  no se tiene la obligación de hacerlo.  Se constata así que la palabra “derecho” no añade nada a la fuerza y que aquí no significa nada en absoluto.  Obedeced al poder.  Si esto significa que es necesario ceder a la fuerza,  el precepto es bueno,  aunque superfluo,  y puedo asegurar que  no será violado jamás.  Todo poder procede de Dios,  lo confieso,  pero todas las enfermedades proceden igualmente del Él.  ¿Significa esto que esté prohibido acudir al médico?.  Si un ladrón me sorprende en un rincón del bosque,  no tendré más remedio que entregarle la bolsa;  pero, si pudiese evitar entregársela, ¿estoy en conciencia obligado a dársela?,  porque,  al fin y al cabo,  la pistola que esgrime es también un poder.

 

                Convengamos, pues,  en que la fuerza no constituye derecho,  y  que únicamente se está obligado a obedecer a los poderes legítimos.  De este modo, mi pregunta primera surge de nuevo.

 

 

by Princess, su Valquiria filósofa poniendo un fin a la revisión de Rousseau

     by Princess!!, su Valquiria           filósofa poniendo un fin a la               revisión de Rousseau

 

 

Rousseau y su “religión civil” (II): Princess reflexiona en chancletas…

20 Sep

EL CONTRATO SOCIAL

o Principios del Derecho Político

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Jean-Jacques Rousseau

-1762-

Φ

 
Traducción, estudio preliminar y adaptación al castellano: María José Villaverde
©Editorial Tecnos S.A; 1988.   ©Por la traducción: Editorial Tecnos S.A.   ©Por el estudio preliminar: María José Villaverde, 1988
 ©Por esta edición:  Ediciones Altaya S.A; 1996
ISBN Obra completa: 84-487-0119-4///ISBN: 84-487-0121-6

 

 

 

“La familia de cerdos es llevada de nuevo al establo”; caricatura francesa realizada poco después del intento de huida de la familia real a Austria. (1791)

“La familia de cerdos es llevada de nuevo al establo”; caricatura publicada después del intento de huida de la familia real en 1791

 

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LIBRO CUARTO

Capítulo VIII

De la religión civil

 

 

         …considerando políticamente estas tres clases de religión,  las tres tienen defectos.  La tercera (la religión de los lamas, el cristianismo romano, la de los japoneses) , es evidentemente tan mala que es perder el tiempo distraerse en demostrarlo:  Todo lo que rompe la unidad social no tiene valor alguno.  Todas las instituciones que ponen al hombre en contradicción consigo mismo no sirven para nada.  La segunda (las religiones de los primeros pueblos; nota de Princess), es buena por cuanto reúne el culto divino y el amor de las leyes,  y haciendo a la patria objeto de la adoración de los ciudadanos les enseña que servir al Estado es servir al dios tutelar.  Es una especie de teocracia, en la cual no se debe tener otro pontífice más que el príncipe, ni otros sacerdotes más que los magistrados.  Entonces,  morir por la patria es ir al martirio;  violar las leyes es ser impío, y someter a un culpable a la execración pública es destinatario a la cólera de los dioses;  Sacer estod.  Pero es mala porque,  estando fundada sobre el error y la mentira, engaña a los hombres,  los hace crédulos,  supersticiosos y ahoga el verdadero culta de la divinidad en un vano ceremonial.  Es mala, además, porque,  al ser exclusiva y tiránica,  hace a un pueblo sanguinario e intolerante,  de modo que no respira sino asesinatos y matanzas, y cree hacer una acción santa matando a cualquiera que no acepte a sus dioses.  De ahí que un pueblo así esté en un estado natural de guerra con todos los demás muy perjudicial para su propia seguridad.  Queda pues la religión del hombre, o el cristianismo,  no el de hoy, sino el del Evangelio, que es completamente diferente.  Por esta religión santa, sublime, verdadera, los hombres,  hijos del mismo Dios, se reconocen todos los hermanos,  y la sociedad que los une no se disuelve ni siquiera con la muerte.  Pero,  al no tener esta religión ninguna relación con el cuerpo político,  deja que las leyes saquen su fuerza de si mismas,  sin añadirle fuerza alguna;  de ahí que uno de los grandes lazos de la sociedad particular quede sin efecto.  Es más,  lejos de conseguir que los corazones de los ciudadanos se fundan con el Estado,  los separa de él como de todas las cosas en la tierra.  No conozco nada más contrario al espíritu social.  Se nos dice que un pueblo de verdaderos cristianos formaría la más perfecta sociedad que se pueda imaginar.  No veo en esta suposición más que una dificultad: que una sociedad de verdaderos cristianos no sería una sociedad de hombres.  Más aún,  esta supuesta sociedad no sería,  con toda su perfección,  ni la más fuerte ni la más duradera; a fuer de ser perfecta carecería de unión,  y su vicio destructor radicaría en su perfección misma.  Cada cual cumpliría con su deber,  el pueblo estaría sometido a las leyes;  los jefes serían justos y moderados; los magistrados,  íntegros,  incorruptibles; los soldados despreciarían la muerte;  no habría ni vanidad ni lujo.  Todo esto está muy bien,  pero miremos más lejos.  El cristianismo es una religión completamente espiritual, que se ocupa únicamente de las cosas del cielo;  la patria del cristianismo no es de este mundo.  Cumple con su deber, es cierto;  pero lo cumple sintiendo una profunda indiferencia.  Con tal que no tenga nada que reprocharse,  poco le importa que las cosas vayan bien o mal aquí abajo.  Si el Estado es próspero,  apenas si se atreve a gozar de la felicidad pública;  teme enorgullecerse de la gloria de su país;  si el Estado perece, bendice la mano de Dios que se deja sentir sobre su pueblo.  Para que la sociedad fuese pacífica y la armonía se mantuviese,  sería preciso que todos los ciudadanos,  sin excepción,  fuesen igualmente buenos cristianos;  pero sí,  por desgracia,  surge un solo ambicioso,  un sólo hipócrita, un Catilina por ejemplo,  un Cromwell,  este individuo daría con seguridad buena cuenta de sus piadosos compatriotas.  La caridad cristiana no permite fácilmente pensar mal del prójimo.  Así pues, desde el momento en que encuentre, mediante alguna astucia, el modo de imponerse y apoderarse de una parte del poder público,  nos hallaremos ante un hombre revestido de dignidad.  Dios quiere que se le respete,  por tanto se convertirá enseguida en una autoridad;  Dios quiere que se le obedezca.  Si el depositario de este poder comete abusos es porque es el instrumento que Dios utiliza para castigar a sus hijos.  Si se tomase conciencia de que hay que echar al usurpador,  sería preciso turbar el reposo público,  usar la violencia,  verter sangre,  y todo ello concuerda mal con la dulzura del cristianismo,  y después de todo,  ¿qué importa que se sea libre o esclavo en este valle de lágrimas?.  Lo esencial es ir al Paraíso, y la resignación no es sino un medio más para conseguirlo.  Si estalla alguna guerra extranjera, los ciudadanos marchan sin dificultad al combate: ninguno de ellos  piensa en huir;  cumplen con su deber pero sin pasión por la victoria;  saben morir mejor que vencer.  Que sean vencedores o vencidos, ¿qué importa?.  ¿No sabe la Providencia mejor que ellos lo que les conviene?.  ¡Imaginaos qué partido puede sacar de este estoicismo un enemigo soberbio,  impetuoso,  apasionado!.  Poned frente a ellos a esos pueblos generosos,  a quienes devora el ardiente amor a la gloria y a la patria;  imaginaos a vuestra república cristiana frente a Esparta o Roma:  los piadosos cristianos serían derrotados,  aplastados,  destruídos antes de haber tenido tenido tiempo de reconocerse, o no deberían su salvación más que al desprecio que su enemigo concibiese por ellos.  Era un buen juramento, a mi juicio,  el de los soldados de Fabio:  no juraron morir o vencer,  juraron volver vencedores,  y mantuvieron su juramento.  Nunca hubiesen hecho los cristianos nada semejante;  hubiesen pensado que era tentar a Dios.

 

 

     Pero me equivoco al hablar de una república cristiana; cada una de estas palabras excluye a la otra.  El cristianismo no predica sino sumisión y dependencia.  Su espíritu es demasiado favorable a la tiranía para que ésta no se aproveche de ellos siempre. Los verdaderos cristianos están hechos para ser esclavos;  lo saben y no se cona mueven demasiado por ello:  esta corta vida tiene poco valor a sus ojos.  Se nos dice que las tropas cristianas son excelentes,  pero yo lo niego:  que se muestre alguna que lo sea.  Por lo que a mí respecta,  no conozco tropas cristianas.  Se me citarán las cruzadas.  Sin discutir sobre el valor de los cruzados,  haré observar que, lejos de ser cristianos,  eran soldados del sacerdote,  eran ciudadanos de la Iglesia, que combatían por su país espiritual,  que ésta había convertido en temporal no se sabe cómo.  Interpretándolo como es debido,  esto cae dentro del paganismo; puesto que el Evangelio no establece ninguna religión nacional,  toda guerra sagrada se hace imposible entre los cristianos.  En tiempos de los emperadores paganos,  los soldados cristianos eran valientes;  todos los autores cristianos lo afirman y yo lo creo;  pero se trata de una emulación de honor contra las tropas paganas.  Pero cuando los emperadores fueron cristianos,  esta emulación desapareció, y cuando la cruz destronó al águila, todo el valor romano dejó se existir.  Pero,  dejando de lado las consideraciones políticas, volvamos al derecho, y establezcamos los principios sobre este punto importante.  El derecho que el pacto social da al soberano sobre los súbditos no excede,  como he dicho,  de los límites de la utilidad pública.  Los súbditos no tienen,  pues,  que rendir cuentas al soberano de sus opiniones,  sino en la medida en que estas opiniones interesan a la comunidad.  Ahora bien,  al Estado le importa que cada ciudadano tenga una religión que le haga amar sus deberes;  pero los dogmas de esta religión no le interesan al Estado ni a sus miembros,  sino en tanto que estos dogmas se refieren a la moral y a los deberes que aquel que la profesa está obligado a cumplir respecto de los otros. Cada cual puede tener, por lo demás,  las opiniones que le plazca, sin que el soberano tenga que estar enterado; porque como él no tiene ninguna competencia en el otro mundo, cualquiera que fuere la suerte de sus súbditos en una vida futura no es asunto que le competa,  con tal que sean buenos ciudadanos en ésta.  Hay pues, una profesión de fe puramente civil,  cuyos artículos corresponde fijar al soberano,  no precisamente como dogmas de religión,  sino como normas de sociabilidad, sin las cuales es imposible ser buen ciudadano y súbdito fiel.  No se puede obligar a nadie a creerlas,  pero puede desterrar del Estado a cualquiera que no las crea;  puede desterrarlo,  no por impío,  sino por insociable,  por no ser capaz de amar sinceramente las leyes,  la justicia,  e inmolar la vida,  en caso de necesidad,  ante el deber.  Si alguien, después de haber aceptado públicamente estos mismos dogmas,  se conduce como si no los creyese,  que sea condenado a muerte,  pues ha cometido el mayor de los crímenes:  ha mentido ante las leyes.  Los dogmas de la religión civil deben ser pocos,  sencillos, enunciados con precisión,  sin explicaciones ni comentarios…

 

 

 

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by Princess, su Valquiria filósofa de barrio...

       by Princess, su Valquiria                        filósofa de barrio…

¡Volvió la filosofía -política- en chancletas!: Jean Jacques Rousseau y un libro que cambiaría el mundo…

16 Sep

 

EL CONTRATO SOCIAL

o Principios del Derecho Político

Φ

Jean-Jacques Rousseau

-1762-

 

Φ

Traducción, estudio preliminar y adaptación al castellano: María José Villaverde
©Editorial Tecnos S.A; 1988.   ©Por la traducción: Editorial Tecnos S.A.   ©Por el estudio preliminar: María José Villaverde, 1988
 ©Por esta edición:  Ediciones Altaya S.A; 1996
ISBN Obra completa: 84-487-0119-4///ISBN: 84-487-0121-6

 

 

 

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LIBRO CUARTO

Capítulo VIII

De la religión civil

 

 

       Los hombres no tuvieron al principio más reyes que los dioses,  ni más gobierno que el teocrático.  Hicieron el razonamiento de Calígula,  y entonces razonaron correctamente.  Es necesario un profundo cambio de sentimientos e ideas para decidirse a tomar a un semejante por señor y jactarse de que de este modo se encontrará uno bien.  Al colocar a Dios al frente de cada sociedad política,  resultó que hubo tantos dioses como pueblos.  Dos pueblos extranjeros,  y casi siempre enemigos, no pudieron reconocer durante muchos tiempo a un mismo señor;  los ejércitos que se combaten no pueden obedecer al mismo jefe.  Así,  de las divisiones nacionales resultó el politeísmo,  y de éste la intolerancia teológica y civil,  que naturalmente es la misma,  como se demostrará a continuación.  La manía de los griegos por reconocer a sus dioses entre los pueblos bárbaros provino de que se consideraban también soberanos naturales de estos pueblos.  Pero hoy en día es una erudición muy ridícula el tratar de descubrir la identidad de los dioses de las diversas  naciones.  ¡Como si Moloch,  Saturno y Cronos pudiesen ser el mismo Dios!.  ¡Como si el Baal de los fenicios,  el Zeus de los griegos y el Júpiter de los latinos pudiesen ser el mismo!.  ¡Como si pudiesen tener algo en común seres quiméricos que llevan diferentes nombres!. Si se me preguntase por qué no había guerras de religión en el paganismo,  en el que cada Estado tenía su culto y sus dioses,  contestaría que por la misma razón que cada Estado,  al tener un culto y un gobierno propios,  no distinguía sus dioses de sus leyes.  La guerra política era también teológica:  las competencias de los dioses estaban,  por decirlo así,  determinadas por los límites de las naciones.  El dios de un pueblo no tenía derecho alguno sobre los demás pueblos.  Los dioses de los paganos no eran codiciosos:  se repartían entre ellos el imperios del mundo;  el mismo Moisés y el pueblo hebreo compartían a veces esta idea al hablar del dios de Israel.  Consideraban ciertamente como inexistentes a los dioses de los cananeos,  pueblos proscriptos dedicados a la destrucción,  y cuyo lugar debían ellos ocupar, pero observad cómo hablaban de las divinidades de los pueblos vecinos,  a los que les estaba prohibido atacar:  “La posesión de lo que pertenece a Chamos,  vuestro dios -decía Jefté a los amonitas-, ¿no os es legítimamente reconocida?.  Nosotros poseemos, con el mismo título,  las tierras que  nuestro dios vencedor ha conquistado”.   Esto implicaba,  creo yo,  una reconocida paridad entre los derechos de Chamos y los del dios de Israel.  Pero cuando los judíos,  sometidos a los reyes de Babilonia,  y más tarde a los reyes de Siria,  se obstinaron en no reconocer más dios que el suyo,  esta negativa,  considerada como una rebelión contra el vencedor,  les atrajo las persecuciones que se leen en su historia, y de las cuales no existe otro ejemplo antes del cristianismo.  Estando, pues, cada religión unida únicamente a las leyes del Estado que la prescribe,  no había otra manera de convertir a un pueblo que la de someterlo,  ni existían más misioneros que los propios conquistadores;  y siendo ley de los vencidos a la obligación de cambiar de culto,  era necesario comenzar por vencer antes de hablar de ello.  Lejos de combatir los hombres por los dioses, eran los dioses, como en Homero,  los que combatían por los hombres;  cada cual pedía al suyo la victoria y la pagaba con nuevos altares.  Los romanos,  antes de tomar una plaza, conminaban a los dioses de ésta a abandonarla,  y cuando permitían a los tarentinos conservar a sus dioses irritados es porque consideran que estos dioses estaban sometidos a los suyos y obligados a rendirles homenaje.  Dejaban a los vencidos sus dioses como les dejaban sus leyes.  Una corona al Júpiter del Capitolio era con frecuencia el único tributo que les imponían.  Finalmente,  al propagar los romanos su culto y sus dioses junto con su imperio,  y habiendo adoptado con frecuencia ellos mismos los de los vencidos,  y concedido a unos y a otros el derecho de ciudadanía,  los pueblos de este vasto imperio halláronse insensiblemente con multitud de dioses y de cultos,  que eran los mismos aproximadamente en todas partes;  y he aquí cómo el paganismo no fue finalmente en el mundo conocido sino una sola y misma religión.  Fue en esas circunstancias cuando Jesús vino a establecer sobre la tierra su reino espiritual;  lo que, separando el sistema teológico del político, hizo que el Estado dejase de ser uno, y originó divisiones intestinas que jamás han dejado de agitar a los pueblos cristianos.  

 

Ahora bien, al no haber al no haber podido entender nunca los paganos esta idea nueva de un reino del otro mundo, miraron siempre a los cristianos como verdaderos rebeldes, que, bajo una hipócrita sumisión,  no buscaban más que el momento de hacerse independientes para usurpar hábilmente la autoridad que fingían respetar en su debilidad.  Tal fue la causa de las persecuciones.  Lo que los paganos habían temido ocurrió.  Entonces todo cambió de aspecto;  los humildes cristianos cambiaron de lenguaje,  y pronto ese pretendido reino del otro mundo se convirtió,  en éste,  bajo un jefe visible, en el más violento despotismo.  Sin embargo,  como siempre ha habido un príncipe y leyes civiles,  de este doble poder ha surgido un perpetuo conflicto de jurisdicción, que ha hecho imposible la existencia de una buena organización de los estados cristianos,  y jamás se ha llegado a saber a cuál de los dos había que obedecer,  si al señor o al sacerdote.  Algunos pueblos,  sin embargo, incluso en Europa o en su vecindad,  han querido conservar o restablecer el antiguo sistema,  pero sin éxito;  el espíritu del cristianismo lo conquistó todo.  El culto sagrado ha permanecido siempre,  o se ha convertido de nuevo en independiente del soberano,  y sin unión necesaria con el cuerpo del Estado. Mahoma tuvo miras muy sanas:  trabó bien su sistema político y mientras subsistió la forma de su gobierno bajo los califas, sus sucesores,  este gobierno permaneció unido,  pero cuando los árabes se convirtieron en prósperos,  cultos,  corteses,  blandos y cobardes,  fueron sojuzgados por los bárbaros,  y entonces la división entre los dos poderes volvió a comenzar.  Aunque esta dualidad sea menos aparente entre los mahometanos que entre los cristianos,  se encuentra en todas partes,  sobre todo en la secta de Alí,  y hay estados,  como Persia,  donde no deja de hacerse sentir.  Entre nosotros,  los reyes de Inglaterra se han constituído en jefes de la Iglesia;  otro tanto han hecho los zares,  pero con este título se han convertido no tanto en sus señores como en sus ministros:  no han adquirido tanto el derecho de cambiarla como el poder de sostenerla.  No son legisladores,  sino sólo príncipes.  Donde quiera que el clero constituye un cuerpo,  es señor y legislador.  Hay, pues,  dos poderes, dos soberanos en Inglaterra y en Rusia lo mismo que en otras partes.

 

De todos los autores cristianos,  el filósofo Hobbes es el único que ha visto bien el mal y el remedio;  y que se ha atrevido a proponer reunir las dos cabezas del águila, y reducir todo a unidad política,  sin lo cual jamás habrá Estado ni gobierno bien constituído.  Pero ha debido darse cuenta de que el espíritu dominador del cristianismo era incompatible con su sistema,  y que el interés del sacerdote sería siempre más fuerte que el del Estado.  Lo que ha hecho odiosa su política no es tanto lo que hay de horrible y falso en ella como lo que encierra de justo y cierto.  Yo creo que desarrollando,  desde este punto de vista,  los hechos históricos,  se refutarían fácilmente las opiniones opuestas de Bayle y de Warburton.  Uno de ellos pretende que ninguna religión es útil para el cuerpo político,  mientras que el otro sostiene,  por el contrario,  que el cristianismo es su más firme apoyo.  Se podría demostrar al primero que jamás fue fundado un Estado sin que la religión le sirviese de base,  y al segundo que la ley cristiana, es, en el fondo,  más perjudicial que útil para la constitución del Estado.  Para terminar de aclarar mi posición,  sólo hace falta precisar un poco más las ideas demasiado vagas relativas al asunto.  La religión,  considerada en relación con la sociedad, que es general o particular, puede también dividirse en dos clases, a saber:  la religión del hombre y la del ciudadano.  La primera,  sin templos, sin altares,  sin ritos,  limitada al culto puramente interior del Dios Supremo y a los deberes eternos de la moral,  es la pura y simple religión del Evangelio,  el verdadero teísmo y lo que se puede llamar el derecho divino natural.  La otra, inscrita en un sólo país,  le proporciona sus dioses,  sus patronos propios y tutelares;  tiene sus dogmas,  sus ritos y su culto exterior,  prescripto por leyes.  Exceptuando la nación que le rinde culto,  todo es para ella infiel,  extraño,  bárbaro;  sólo extiende los deberes y los derechos del hombre hasta donde llegan sus altares.  Así fueron todas las religiones de los primeros pueblos a las que se puede dar el nombre de derecho divino, civil o positivo. Existe una tercera clase de religión, más rara,  que al dar a los hombres dos legislaciones, dos jefes, dos patrias,  los somete a deberes contradictorios y les impide ser a la vez devotos y ciudadanos: se trata de la religión de los lamas (Nota by Princess; alude al budismo), la de los japoneses,  y el cristianismo romano.  A esta última se la puede llamar la religión del sacerdotes;  de ella resulta un tipo de derecho mixto e insociable que no tiene nombre.  Considerando políticamente estas tres clases de religiones,  las tres tienen defectos.  La tercera es tan evidentemente mala que es perder el tiempo distraerse en demostrarlo:  Todo lo que rompe la unidad social no tiene valor alguno.  Todas las instituciones que ponen al hombre en contradicción consigo mismo no sirven para nada…

 

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by Princess, su Valquiria filósofa de barrio...

      by Princess, su Valquiria                    filósofa de barrio

al cine con Princesa García: “Tiro de gracia”, peli de culto ¡total, che!

15 Jul

¿Vamos al cine?

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¡Sensacional estreno del cine argie!: "Tiro de Gracia"

¡Sensacional estreno del cine argie!: “Tiro de Gracia”

-♣-

Queridas amigAs, lektorAs ¿fieles?…

 

 

¿Por dónde comenzar, por dónde “aprehender” esta rara, imperfecta y notable joyita del cine argentino a la “nouvelle vague-versión criolla”?.  Porque estamos a fines de los sixties, como toooodo el mundo sabe y asistimos al estreno de TIRO DE GRACIA, dirigida por Ricardo Becher  que, por supuesto y en su momento, casi casi sólo vieron sus protagonistas y algún que otro fan: duró lo que un suspiro en la cartelera porteña.  Pero, como también suele suceder, con el devenir del tiempo se convirtió en “la” película de culto de toda la vagancia argenta, especialmente la porteña, además de ser la primera en incluír rock y blues original de estas tristes pampas compuesto especialmente  por Javier Martínez Suárez, baterista y primera voz del mítico trío Manal.  Justamente, es el trío Manal el que, a su vez, interpreta la banda de sonido original; por otra parte, el muy jovencito Javier Martínez  no se priva, por si fuera poco, de encarnar  uno de los roles protagónicos, el de Paco, empleado público fanático del jazz, músico y baterista aunque no “haciendo de sí mismo”, estrictamente hablando.  La figura, tanto mítica como increíblemente misteriosa es, sin duda, Sergio Mulet (Marsella, 1947; Rumania, 2007): especie de Kerouac  porteño, modelo publicitario, latin lover de barrio, canchero, poeta, escritor… de hecho, es Sergio Mulet el autor de la novela en la que se basa esta peli, de su guión en coautoría con Ricardo Becher y de llevar sobre sus muy pintones hombros, el peso del protagónico.  Sin embargo TIRO DE GRACIA es, también, una película coral, un verdadero cacho de vida porteña y argenta, tal como se desarrollaba en la “bohemia” del Bar Moderno y en los alrededores de la facultad de Filosofía y Letras. Así, y “haciendo-de-sí mismos” o asumiendo roles actorales siendo o no actores de profesión, vemos desfilar por esta peli ¡increíble! al Negro Edgardo Suárez, al psicoanalista y filósofo Oscar Masotta, a Juan Carlos Gené, Federico Peralta Ramos, Gregorio Kohon, Alfredo Plank, Roberto Plate, Cristina Plate, ¡Perla Caron! y a la estrellita, entonces en ascenso, Susana “Su” Giménez. Y siguen las firmas y las presencias notables: el actor Abel Sáenz Buhr, el artista plástico Pérez Celis, en fin, una larga lista que pueden dedicarse a descifrar por sí mismas, ustedes, queridas lektorAs, ¡especialmente si son algo maduras y argentinas de pura cepa, like me!. Muchos partieron ya: Ricardo Becher, el director, falleció a los 81 años, en 2011, mientras que Mulet, apodado “el Yeti” murió, aparentemente asesinado por su esposa en un extraño episodio en Rumania, esas cosas raras de la vida.  Amigas, no me quiero hacer la Maestro Siruela y por lo tanto, sólo me resta decirles…¡Disfruten!. Todo lo demás que quieran saber, en fin, hay gente que escribe tan bien y con conocimiento profundo,  ¡es cuestión de buscar!. En lo que a mí respecta, apenas voy al cine.  Hablando de eso: ¿Pochoclo o maní con chocolate?

 

 

 

 

 

 

 

http://www.cinemargentino.com/films/914988459-ricardo-becher-recta-final

 

 

 

 

 

 by Princess!!, su  walquiria cinéfila y hasta demodee

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