Lacaniana y sometida: ¿Por qué siempre sueño con hombres?

19 Jul

 

Un (1) sueño

 

Era algún lugar, centro comercial, arrabales de una ciudad o ruta que no eran los míos: y era un vernissage, la inauguración de una exposición, ¡una “exposición” de algo que yo hacía!.  No sabía muy  bien de qué se trataba, pero sí que era “algo” que podía verse, como si fueran cuadros colgados en una pared iluminada.  También podían ser otras cosas, aunque bidimensionales: textos, fotos, dibujos, telas, texturas, hilos, botones, retazos, pequeños objetos cotidianos o todo eso junto.  Yo esperaba a D. su compañía y por supuesto, su juicio. ¡Había tanta gente, un ambiente de cocktail!, mientras yo circulaba muy tranquila y el mundo parecía estar en orden. En el “de pronto” de los sueños, veo a E. ¿Qué hace aquí, cómo supo, cómo llegó?, me pregunto mientras razono que si está E. seguramente estará J. ya que son amigos desde siempre.  ¡Pero J. está muerto! y la realidad se cruza en mi sueño: será por eso que no lo “veo”, pero yo se que está.  E. parece joven, como entonces, y al mismo tiempo, distinto: lleva puestos sus eternos anteojos y observa muy atento uno de mis “¿qué?”;  ¡ni yo sabía qué era lo “expuesto”!.  Sin embargo, eso no me inquieta para nada; me pregunto si yo no estaré en USA, esto por lo notable de que estuviera presente E. quien vive allá.  Como fuere, estamos en el mall de una carretera desconocida, quién sabe cómo llegué hasta ahí para mostrar quién sabe qué…

 

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    by Princess!, su pseudofeminista culposa de                                 confianza…

 

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Un invierno argentino (¿queda alguien en la cocina?)

2 Jul

 

Pregunta capciosa, maliciosa y ociosa: no de modo universal, pero, en particular, ¿quizás alguien o “alguiena” cocine todavía? Invierno, mates, invitados, niños aburridos en días feriados y lluviosos, amores, amigos, parientes y entenados en casa, sumadas tales circunstancias a mis sesudos estudios de postdoctorado, coaching ontológico y macramé, me inclinan a pensar que nadie, pero nadie, se resiste, en una gris, dominguera y fría tarde de invierno, a unos buñuelos bien preparados. Por favor: fundamentalistas, negadores a ultranza de las ocasionales y muy nobles frituras, gente eternamente a dieta y “sanísimos profesionales”, ¡abstenerse!. Es más, para todos ellOs, ¡estas páginas amarillas se autodestruirán en tres segundos!. Frente a este ataque sanitarista, ascético-crudívoro, raw-no se qué y hasta una ya rancia new age, me refugio en lo tradicional: nada mejor que este fantástico libro de recetas, prologado y compilado por nuestra muy avant-garde escritora criolla, Juana Manuela Gorriti (Salta;1818 – Buenos Aires;1892).  Interesante amigAs su Prólogo, ¡presten atención, chicas activistas de la Internacional de la Mujer Moderna!: me refiero a la “causa” por la que Juana Manuela se decide a tomar la pluma y las ollas; se trata de la confesión, muy a lo siglo XIX, de su estrepitoso fracaso matrimonial, estado para el cual, resulta evidente, Juana Manuela carecía de vocación.  Es más, entre los abundantes motivos de reproche de su esposo, el General  boliviano Manuel Isidoro Belzu, no podía faltar el principal, el más doloroso y amargo: servirle, día tras día, “bazofias” en la mesa, al parecer, una indolente costumbre de nuestra decimonónica literata. Pero en los libros, a diferencia de la vida, ¡todo tiene solución!. Nota aclaratoria propia de los modernos tiempos: ¡Concedido!, pueden no ponerle “mantequilla” a la masa de buñuelos “a la porteña”, reemplazar la leche por agua bien fría o soda y por supuesto, freír en ¡aceite vegetal!. De lo demás no me hago cargo, así que ¡Glup!

 

 

 

COCINA ECLÉCTICA

Juana Manuela Gorriti

Prefacio de Miguel Brascó; © 1977 by Librería Sarmiento S.R.L.

Buenos Aires, Argentina

 

 

 

Prólogo

 

      El hogar es el santuario doméstico; su ara es el fogón; su sacerdotisa y guardián natural, la mujer. Ella, sólo ella, sabe inventar esas cosas exquisitas, que hacen de la mesa un encanto, y que dictaron a Brantome el consejo dado a la princesa, que le preguntaba cómo haría para sujetar a su esposo al lado suyo: “Asidlo por la boca”.  Yo, ¡ay!, nunca pensé en tamaña verdad. Ávida de otras regiones, arrojeme a los libros, y viví en Homero, en Plutarco, en Virgilio, y en toda esa pléyade de la antigüedad, y después en Corneille, Racine; y más tarde, aún, en Chateaubriand, Hugo, Lamartine; sin pensar que esos ínclitos genios fueron tales, porque -excepción hecha del primero- tuvieron todos, a su lado, mujeres hacendosas y abnegadas que los mimaron, y fortificaron su mente con suculentos bocados, fruto de la ciencia más conveniente a la mujer.  Mis amigas, a quienes, arrepentida, me confesaba, no admitieron mi mea culpa, sino a condición de hacerlo público en un libro.  Y, tan buenas y misericordiosas, como bellas, hanme dado para ello preciosos materiales, enriqueciéndolos más, todavía, con la gracia encantadora de su palabra.

Buñuelos a la porteña

      Escójanse buenos albaricoques, pártanse a la mitad y quíteseles el hueso. Disuélvase en un rico aguardiente de uva, azúcar pulverizada, y póngase en remojo es esta disolución las mitades de albaricoque, añadiéndoles la corteza de un limón en trozos.  Al cabo de dos horas, sáquese del aguardiente los pedazos de albaricoque, enjúgueseles, y envolviéndolos en mada de buñuelos, fríaseles en mantequilla.  La masa de buñuelos con que han de ser envueltos los albaricoques, difiere de la que comunmente se usa, y se confecciona de este modo: Se deslíen dos puñados de harina en un vaso de leche, añadiéndole un trozo de mantequilla, se revuelve y bate muy bien, y hecho esto, se le echa, poquito a poco, una copita del aguardiente.  Al poner a freír, se añade a la pasta una clara y media de huevo batido y tornado espuma, échasele una dedadita de sal, y envolviendo el albaricoque en la pasta, tómesele en una cucharada y échesele a freir en la mantequilla, que debe estar hirviendo.  Si hubiere comodidad para hacerlo, en vez de servir estos buñuelos al salir de la sartén con azúcar espolvoreada por encima, se les entra un momento al horno, para que esta azúcar se haya hecho caramelo. 

Nicolasa S. de Vaca Guzmán (Buenos Aires)

 

Buñuelos a la Celestina

     Se pone a cocer una libra de flor de harina con un poquillo de sal y cinco onzas de mantequilla.  Se mece constantemente, durante la cocción; y cuando comienza a sonar al mecer, se quita del fuego y se deja enfriar.  Ya tibio se mezcla a este cocido, veinte yemas y ocho clara de huevo batidas; y, cucharada a cucharada, esta masa se va echando, en mantequilla hirviendo.  Cada cucharada representa un buñuelo, que conforme cuece y dora, se va sacando de la mantequilla, y agrupándolos en una fuente bajo un lienzo doblado en cuatro, para mantenerlos calientes.  Se sirven rociados con almíbar de vino tinto y espolvoreo de canela.

Celestina Funes de Frutos (Rosario)

 

 

 

 

by Princess!, blandiendo tanto la espada como el cucharón, depende

 by Princess!blandiendo tanto la espada como el cucharón,                                 depende….

 

 

 

 

Un sueño en dos partes

10 Jun

 

 

Frigg: esposa de Odin y madre de Balder; diosa del cielo que sabía "leer" los sueños

  Frigg: esposa de Odin y madre de Balder; diosa del cielo que sabía “leer”  los sueños

 

 

1.

Estaba en T. cuando, en un precioso y arbolado parque ví una especie de circo.  Me acerqué: era un loco, raro circo, ¡un circo de sueños!. Los artistas se vestían y preparaban a la vista del público ocasional. Sentí curiosidad, a pesar de tener cierto apuro, como siempre se tiene en los sueños mientras no llegamos adonde originalmente debemos llegar porque mil interferencias nos distraen. Como es de rigor, el circo tenía un Director que también oficiaba de Maestro de Ceremonias, al estilo antiguo; era un hombre de unos cuarenta, cincuenta años, algo gastado y de mirada triste; no obstante, todavía hermoso.  El circo no lucía muy floreciente, la función quizás no demasiado buena, pero, por las insondables “razones” del mundo de los sueños, yo me quedaba, hasta el melancólico final. Cuando la función terminó, los mismos artistas, ayudados por algún que otro trabajador, comenzaron a desmontarlo.  Sin poder comprender cómo, cuándo ni por qué, una gigantesca grúa se acercó al lugar; su objetivo era cargar una estatua que parecía formar parte de la escenografía del circo, aunque yo no había reparado en ella. ¡Era tan grande y tan alta, que apenas llegaba a alcanzarla levantando la vista al cielo!: “Quizás sea un dios griego”, pensé, tomándolo por Zeus o alguien tan importante como él. Pero al subirla con gran trabajo la estatua se desarmó y partes inmensas, pesadas, tal vez de piedra o de mármol, cayeron ruidosamente al suelo. Extraño, pero no me moví ni sentí miedo, ni siquiera cuando lo que parecía un brazo rodó tan cerca que pude tomarlo con las manos; sin embargo y para mi sorpresa, era un trozo de madera o quizás una rama. Entonces sucedió lo fatal: el dios perdió la cabeza, que cayó entre nubes de polvo. Pero a nadie parecía preocuparle mucho …  sin más, estoy en un salón, como si fuera el de un viejo club de barrio, acomodada en la barra de una cantina despintada, un manchado espejo al fondo y estantes repletos de botellas con borrosas etiquetas, llenas de tierra: detrás y atendiendo, el Maestro de Ceremonias del circo. Me preguntó con mucha familiaridad qué iba a tomar y pensé:  “¿Entonces me conoce?”, porque yo no, si apenas lo había visto por primera vez un rato antes, cuando me detuve frente al circo. Pero, de algún modo insondable, como sucede en los sueños, me “conocía”, algo muy inquietante, casi un misterio.  Sin más entendí todo, sin más y sin saber muy bien qué entendía: entonces y para mi propio desconcierto, me acomodé a los hechos, más allá de cualquier razón, sin dudar. “Si registro a esta persona, si de algún modo, como parece ser, hace parte de mi vida, tendré que abandonar todo lo demás”.  Aunque no sabía bien qué era “todo lo demás”, tal vez, otro sueño…

 

 

 2.

Me voy de esa especie de circo algo delirante y decadente (¿dónde quedó el viejo bar?, ¿y el Maestro de Ceremonias? ) y sigo caminando hacia F., pensando en todo lo que antes había sucedido. Tenía sólo una hija, C.  Era pequeña, todavía en el jardín de infantes.  Yo tenía que buscar un raro juego que había llevado antes a la escuela; los otros niños habían jugado con todo esto, algo así como complejas piezas para armar, de formas irregulares y exóticos colores. Pero, al intentar retirarlo, sobrevendría mi dilema: si iba, como al fin lo estaba haciendo, encontraría inevitablemente a la maestra, a quien pretendía evitar. Aún así, fui y comencé la tediosa tarea de desarmar y juntar las piezas desparramadas por el aula, delante de ella y de los demás niños. Es que C. no quería volver a la escuela y de hecho, no estaba yendo. Yo tampoco quería que volviera. Pero la maestra, como era de esperar, me vio y dijo: “No se vaya, señora; necesito hablar con usted”. Hubiera querido ser la ausente, la que no existía, la invisible… ¡no quería hablar!, pero me rendí ante lo obvio y mentí: “Sí, no hay ningún problema, hablamos cuando termine” (¡qué remedio!); entre la indiferencia de los niños, ordené y guardé todo el juego.  DERIVA:  Mientras caminaba hacia el jardín de infantes, un hombre, canoso pero joven aún, me cruzó en la calle; llevaba en sus manos tres pedacitos de queso fresco envasados en el clásico papel film. “Qué caro está el queso”, me dijo, “Esto es lo que conseguí comprar”. “Tengo quince hijos: trece propios y dos que son del personal de servicio, pero viven con nosotros, como hijos”. “¡Asombroso!”, pensé, yo, que no podía concebir las complejidades de semejante situación. Él siguió con su relato: “Compré quince camas a $1000 cada una y todos los hijos, para que aprendan el valor de las cosas, tienen que contribuir con una moneda de $1 por día para solventar el costo de sus propias camas”. “¡Qué organización!”, pensé: “Una extraña familia”, y seguí mi camino rumbo a la escuela…

 

 

 

 

by Princess!, siempre o casi, entre los brazos de Morfeo

La novelesca biografía del talentoso seductor Juan Bautista Alberdi (III)

24 May

VIDA DE UN AUSENTE

La novelesca biografía del talentoso seductor Juan Bautista Alberdi

José Ignacio García Hamilton

©1993, Editorial Sudamericana S.A. Buenos Aires

ISBN 950-07-0891-4

 

 

Emperador Napoleón III, su esposa, Eugenia de Montijo y el pequeño hijo.

Emperador Napoleón III; Emperatriz Eugenia y el pequeño hijo

 

 Alberdi, Ministro en París

 

 

        Alberdi había llegado a la Francia de Napoleón III,  un gobernante contradictorio que combinaba un acendrado autoritarismo político con prácticas liberales y progresistas en el ámbito económico.  El primer Bonaparte,  en los años de su apogeo, había hecho casar a su hermano Luis con su hijastra, Hortensia de Beauharnais, hija del primer matrimonio de la emperatriz Josefina.  Designado rey de Holanda,  Luis Bonaparte se había dedicado a enriquecerse mediante procedimientos nada ortodoxos, mientras su esposa Hortensia ocupaba sus regias horas en dulces inclinaciones sentimentales con amigos muy íntimos.  Por aquellas épocas, en la corte napoleónica se comentaba con malicia:  “Le Roi de Hollande, fait de la contrebande, Et sa femme fait de faux Louis”.  El “falso” Louis al que aludía el irónico juego de palabras no era una moneda falsificada, sino precisamente Luis Napoleón,  al parecer hijo de un almirante que había sido amante de la reina Hortensia, pero nominalmente sobrino de Napoleón Bonaparte,  de quien había heredado los derechos dinásticos.  Elegido presidente de Francia en 1848 por el voto popular, Luis Napoleón había promovido en 1852 un autogolpe de Estado,  había disuelto el Parlamento y se había proclamado emperador,  con el nombre de Napoleón III.  Infatuado,  había abandonado el Palacio del Elíseo y se había instalado con una corte en el Palacio de las Tullerías.  Maduro solterón,  el emperador se había casado con Eugenia de Montijo,  una hermosa española superficial y mundana, de alegre pasado, que le había sido presentada por un argentino,  el general Lucio Mansilla.  

     La restauración imperial y el desarrollo económico habían creado en Francia una amable sensación de progreso. Mientras se multiplicaban los ferrocarriles, los barcos a vapor, los telégrafos y las primeras fábricas mecanizadas, el hombre europeo exploraba las fuentes del Nilo y pretendía llevar la civilización y las mercaderías del capitalismo a los otros continentes.  En la capital francesa, frente a los Campos Elíseos, la Exposición Universal mostraba los nuevos inventos mecánicos que maravillaban a burgueses y turistas.  Eran los tiempos en que los compases de Jacques Offenbach expresaban las alegrías parisinas, mientras se imponía la pomposa pintura de Winterhalter y los públicos teatrales todavía suspiraban con las obras románticas de Alejandro Dumas.  Alberdi dedicó sus primeros días a recorrer París, acompañado por el barón de Graty y el mayor Bowens de Bawens, quienes eran los comisarios del Gobierno de la Confederación en la Exposición Universal.  También se encontró con su antiguo amigo Francisco Llombard, quien le contaba con malicia que otrora había conocido en Biarritz a la emperatriz Eugenia de Montijo, a quien había defendido de los asedios de un ebrio en la estación de baños de los Pirineos. Invitado por Mariano Balcarce y su esposa Mercedes San Martín, visitó su casa de campo en Brunnoy, veinte kilómetros al sur de París, sobre el camino a Dijon.

    “Tuve el gran honor se verme alojado en el cuarto monumental de la casa -la habitación del general San Martín- en cuya cama y muebles dormí y pasé la noche.  La habitación contiene todos los muebles que él usaba, todos, todos; y nada más que sus muebles. Bella idea la de Balcarce, que algún día será adoptada por la Argentina, llevando a un museo todos los muebles de nuestro espartano y modesto general.  Su cuarto es un catecismo de moral política. La quinta de Balcarce contenía diez aposentos hermosos y desocupados, pero se me destinó ese gran honor especial. Balcarce me ha tratado con gentileza inimitable, teniendo presente la posición de nuestros papeles opuestos”

     Con los primeros fríos del otoño, Alberdi caminaba por los bulevares, observaba los escaparates y los bistrós y sufría los primeros usos formales de la Corte. La bella ciudad  no tenía ya para él la novedad de los primeros encuentros, pero la madurez le hacía apreciar mejor muchos de sus encantos y sus refinamientos culturales. Al comienzo de octubre, le avisaron que el ministro de Asuntos Exteriores, Alejandro Colonna, conde de Waleski, lo recibiría en su despacho del nuevo edificio del Quai d’Orsay. Hijo de Napoleón Bonaparte y la condesa polaca María Waleska, se decía que Colonna no era gran diplomático ni demasiado inteligente, sino que  había llegado al ministerio por el parecido físico con su padre y la oportuna coronación de su primo. 

      El conde Waleski está repasando unos papeles en su lujoso despacho, con paredes vestidas con gobelinos, cuando entra el representante de la Confederación Argentina. Monsieur Alberdi lleva levita, como lo marca el protocolo, y saluda con cordialidad al ministro francés. Waleski devuelve el saludo con tono afable y lo hace sentir. Mientras Alberdi explica  la situación del Plata y argumenta que Francia se beneficiaría con el reingreso de Buenos Aires a la Confederación, el pensamiento de Waleski vuela por momentos entre la situación de Sebastopol y una fiesta a la que asistirá esa noche en la embajada de Austria. Al finalizar el encuentro, Waleski le confía a encargado de Negocios argentino que el interés de Francia es lograr que la nación sudamericana se vuelva a unir.  Cuando Alberdi se retira, sin embargo, el conde piensa: “Hay algo en la naturalidad de este indiano que no me termina de gustar”.

      El 16 de diciembre de 1855, el enviado argentino era recibido en audiencia por Napoleón III para presentar sus cartas credenciales. Alberdi se puso ese día el uniforme azul de diplomático y salió de su hotel sintiéndose incómodo. Al cruzar el espejo del vestíbulo echó una mirada rápida sobre sí mismo y pensó que los galones y la corbata blanca tenían alguna relación con lacayos y sirvientes. “Más que enaltecido -reflexionó- me siento humillado con esta vestimenta”.  Al llegar al Palacio de las Tullerías, el jefe de Protocolo lo llevó hasta el antedespacho del emperador. Luego de una breve espera, lo hicieron pasar.  Napoleón III estaba acompañado de varios cortesanos, a los cuales dejó para avanzar hacia Juan Bautista y saludarlo. Trabado por el uniforme y el espadín al que no se acostumbraba, y por la falta de fluidez en su francés.  Alberdi se esmeró en pronunciar unas frases corteses. Aunque le habían dicho que el emperador tenía una mirada esquiva, le pareció que sus ojos eran expresivos y tenía aspecto de hombre bueno y juicioso.  Napoleón III le preguntó por el estado de la Confederación Argentina y el tucumano le respondió que el país se estaba acercando al término de sus padecimientos y que Su Majestad y la Francia podían acelerar ese proceso. -Me alegra- contestó el emperador- que yo pudiera tener esa influencia, porque deseo a vuestro país la mayor felicidad.  Tras algunas palabras amables de circunstancia, la audiencia terminó.  Alberdi, que hasta ese momento no tenía una opinión demasiado favorable del emperador, se retiró con una impresión más positiva.  De todos modos, siguió pensando que las ropas sencillas de la república eran más respetables que los ridículos uniformes protocolares.  A fines del mes siguiente Alberdi entregó al ministro francés un memorándum sobre la situación argentina.  También visitó a los embajadores de los Estados Unidos y Gran Bretaña, solicitándoles sus buenos oficios sobre el canciller francés.  El 3 de enero de 1856 volvió a reunirse con Waleski y advirtió que las influencias norteamericana e inglesa sobre el ministro estaban surtiendo efecto.  El 30 de enero, en reunión de ministros, Napoleón III ratificaba su política en el Plata, retiraba su representante en Buenos Aires y designara un nuevo ministro plenipotenciario ante el gobierno de Paraná.  Alberdi quedó muy satisfecho de su gestión.  Esa noche, solo en el cuarto de su hotel, escribió al pastor protestante que alquilaba su quinta de Valparaíso: le envió semillas, le encargó que trasplantara los olivos del patio interior y le pidió que se preocupara por la suerte del naranjo grande, que declinaba.  También le escribió a Francisco Villanueva.  Le contó sobre sus actividades, y le pidió visitara a Matilde en su nombre, haciéndole saber que su edad madura era más propicia al celibato que al casamiento…

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"Valkyrie", diseño de vestuario de Carl Emil Doepler, El Viejo, para el estreno del "Anillo de los Nibelungos" en 1876.

“Valkyrie”, diseño de vestuario de Carl Emil Doepler, El Viejo, para “El anillo de los Nibelungos”; 1876. Y bué, ¡lado Princess “culta”!

El presidio del fin del mundo (II)

23 Abr

El Presidio de Ushuaia

-Una colección fotográfica-

©1997  Carlos Pedro Vaira

ISBN 1-879568-39-x

Edición bilingüe; Zagier y Urruty Publications

Library of Congress Catalog Card Number: 95-61043

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      Cayetano Santos Godino, asesino serial de niños: Buenos Aires, 1896-                                                    Presidio de Ushuaia, 1944

 

             

 Cómo viajaban

 

 

            Martín Chávez escribió en el diario “Crítica” sobre cómo eran los traslados a “la tierra maldita”.  Designado celador del penal realizó un viaje junto a un grupo de penados   “…luego,  en un carro celular rumbo al puerto.  Allí la vigilancia es más estrecha y dos guardianes se responsabilizan del penado entregado a su custodia.  Todos recuerdan el caso de José Domínguez,  que había jurado mil veces no ir a Ushuaia.  Tenía una condena de 25 años por homicidio y el 13 de febrero de 1926,  fue sacado de su celda 554 y cuando subía la planchada del transporte “Buenos Aires”, se tiró al río.  El peso de los grillos lo llevó al fondo del lecho, lográndose extraer su cuerpo recién al día siguiente,  mediante rastreos.  Domínguez cumplió su propósito jurado: no fue a la tierra maldita.  También es narración que se transmite de guardián a guardián la evasión de 114 penados en el año 1925 amotinándose en la bodega del “Buenos Aires”.  Nunca se pudo establecer con exactitud cuál fue el penado que logró romper los grillos y luego liberar de ellos a sus demás compañeros.  Se le atribuía tal hazaña a Brasch, el alemán que continúa pagando su delito de asalto y crimen en el territorio del sur.  Lo cierto es que 114 penados se amotinaron en la bodega y a golpes de puño se abrieron paso y fugaron.  Entonces les era más fácil,  no vestían el uniforme a rayas, podían confundirse fácilmente en las calles.  Casi todos volvieron a ser detenidos.  Desde esa época, se toman toda clase de precauciones, guardianes en abundancia y hasta potentes reflectores que iluminan las siluetas de los fantasmas que bajan a la bodega del transporte que antes del alba, pone proa a Tierra del Fuego”.  El viaje duró 29 días, ” un día bajé al entrepuente para ver a mis compañeros penados.  Jamás olvidaré la impresión que recibí.  Aquello era un infierno.  Humedad, calor.  En Bahía Blanca se había detenido la embarcación para cargar carbón que iba depositado en la bodega ubicada debajo del entrepuente donde viajaban los presos.  El polvillo del carbón se filtraba imperceptible, sobre los hombres engrillados.  Se les pegaba en la cara,  lo respiraban,  lo escupían;  ponía máscaras en los rostros, acentuando las ojeras.  Fantasmas, espectros, no se lo que vi.  Salí de esa cámara de tortura con el alma dolorida,  preguntándome si los directores del penal, si los jueces,  si los ministros no tendrían noticias de ese bárbaro suplicio.  En el puerto nos esperaban en director del penal, algunos empleados y muchos guardianes,  los que tomaron posiciones estratégicas para el desembarco de los penados…”   Para ellos la vista de la cárcel de Ushuaia era un verdadero alivio.  Allí recibían un baño y ropa nueva.  Las pertenencias fueron variando con la época…

 

 

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by Princess!, siempre librando batallas históricas

by Princess!, siempre librando                 batallas históricas

 

El presidio del fin del mundo

21 Abr

 El Presidio de Ushuaia

-Una colección fotográfica-

©1997  Carlos Pedro Vaira

ISBN 1-879568-39-x

Edición bilingüe; Zagier y Urruty Publications

Library of Congress Catalog Card Number: 95-61043

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  Simón Radowitzky: uno de los condenados célebres del Presidio de Ushuaia

 

 

Los traslados

 

                     Pero ¿quiénes iban a Ushuaia?.  Además de los penados que debían cumplir las penas más graves y los que recibían la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado,  se enviaba a aquel lejano sitio -que los penados llamaban “La Tierra”- a todos aquellos que,  alojados en la Penitenciaría Nacional,  reunían ciertas características.  Así es que periódicamente se realizaban las listas de los elegidos.  Para ello se estudiaba su historia criminológica, conducta,  aprendizaje en los talleres, si recibían o no visitas, tipo de delito cometido y la conmoción que habían producido en la sociedad.  Se enviaba a los penados a una revisión médica. Cuando llegaba el día de la partida los celadores se encargaban de comunicárselo después de la cena.  Un silencio cargado de temor, de angustia y suspenso se vivía en toda la Penitenciaría. Sucedía que, en definitiva, el traslado dependía de la cantidad de “elegidos” que se podían ubicar en el Presidio de Ushuaia.  El siguiente paso era hacerles preparar el “paquete”,  compuesto por la vestimenta y utensilios,  para conducirlos hacia un patio enrejado donde eran revisados por su ocultaban elementos prohibidos,  como armas o herramientas.  Una vez pasado el examen se les remachaban en los tobillos grilletes unidos entre sí por una cadena o una barra de hierro que limitaba su caminar a pasos de  no más de 15 ó 20 centímetros.  Esos tres golpes de martillo sobre los clavos de hierro deben haber sido tres duros golpes en el corazón de cada penado que esperaba en la formación y en aquellos que esperaban en su celdas un cambio de destino. Cuentan que los más duros e insensibles miraban con soberbia al herrero  mientras hacía su trabajo,  pero a los pocos metros su espíritu se quebraba a medida que sentían cómo el hierro comenzaba a lastimar la piel de sus tobillos,  lo limitado de sus movimientos y el destino que les tocaba.  Por medio de camiones policiales se los llevaba al barco, transportes de la armada como el “Chaco”, “Ushuaia”, “Pampa”, “Patagonia”, “1° de Mayo” y se los alojaba en la bodega con un zambullo de por medio para sus necesidades.  Allí permanecían por el lapso de casi un mes, tiempo que duraba el viaje.  El polvillo de carbón se filtraba por todas partes, es así que llegaban a destino cubiertos de él y tosiendo negro.  Según cuentan algunas crónicas,  muchas veces el comandante del grupo se apenaba de tan funesto destino permitiéndoles salir a tomar aire y hubo casos en que hasta hizo retirar los grilletes.  Vale la pena recordar que dicho viaje era el que unía Buenos Aires con el sur del país.  Es así que además de los presos viajaba mercadería para Bahía Blanca, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia, Santa Cruz, Río Gallegos y por supuesto, todo lo necesario para la vida de Ushuaia.  Desde víveres y medicinas hasta los periódicos.  Es cierto que en un primer momento la selección fue un poco arbitraria.  Ya desde 1884 cuando el Alférez Augusto Lasserre trae los primeros condenados éstos fueron elegidos por sus habilidades manuales para que sean de utilidad en a construcción del faro de la Isla de los Estados y en las subprefecturas.  Con el transcurso del tiempo fueron enviados condenados varones y mujeres con la idea de la Colonia Penal. En el caso de los presidios militares se les permitió a unos pocos condenados traer a sus esposas.  Hacia fines del siglo XIX fueron enviados menores de edad que incluso no tenían ninguna condena grave sino que hoy los llamaríamos “niños de la calle”.  Este último caso fue corregido durante la primera década del 1900 y se presume que fue en esa épica cuando Carlos Gardel o Charles Gardés pudo haber estado en Ushuaia.  El último gran cambio fue cuando en 1936 la Dirección General de Institutos Penales de la Nación tomó a su cargo la superintendencia efectiva de la Cárcel de Ushuaia.  A partir de entonces el trato con los penados y su vida diaria cambió totalmente.  Se formó un Instituto de Clasificación que basó el envío de penados al sur sobre la peligrosidad y la inadaptabilidad al régimen penitenciario. En una nota de la Revista Penal y Penitenciaria titulada “Envío de Penados a Ushuaia”, de 1939, podemos leer:  “Se tuvo igualmente en cuenta la edad y la salud, tanto corporal como mental,  de los reclusos a fin de no movilizar a aquellos que no obstante estar en condiciones legales,  no podían ser trasladados por las circunstancias apuntadas.  Para determinar los componentes de este grupo,  se designó una junta de médicos que,  reunida en la sección del Instituto de la Penitenciaría, estudió detenidamente a cada uno de los incluídos en las listas. Los comprendidos en el artículo 51 del Código Penal (Nota by Princess!: Reincidencia) a quienes, por faltarles escaso tiempo para el cumplimiento de su pena, resultaba inocuo trasladarlos, fueron también excluídos.  La mayoría de componentes de la remesa están comprendidos en las disposiciones del artículo 52 del Código Penal” (N.by P!: Imposición de la reclusión por tiempo indeterminado como accesoria de la última condena, cuando la reincidencia es múltiple).

 

 

 

 

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by Princess, su Valquiria filósofa poniendo un fin a la revisión de Rousseau

     by Princess!, su Valquiria            historiadora, distraída de las                    penas de amor…

 

La novelesca biografía del talentoso seductor Juan Bautista Alberdi (II)

13 Abr

VIDA DE UN AUSENTE

La novelesca biografía del talentoso seductor Juan Bautista Alberdi

José Ignacio García Hamilton

©1993, Editorial Sudamericana S.A. Buenos Aires

ISBN 950-07-0891-4

 

 

                 Casa natal de Juan Bautista Alberdi; San Miguel de Tucumán

 

   Introducción

 

 

          La proa del Cotopaxi,  con la inercia de sus cuatro mil toneladas, dividía en dos las aguas del océano y abría un rumbo hacia la América del Sur.  En los atardeceres de esos días de agosto de 1879,  Juan Bautista Alberdi salía a la cubierta y meditaba precisamente en el final de ese camino,  en el objetivo de esa travesía que, para él, terminaba en el Río de la Plata.  A pesar de ser un hombre mundano,  Alberdi no había iniciado ese viaje con comodidad.  Ya al partir de París hacia Burdeos, en tren,  se sentía débil y se había arropado con mantas de cuero.  Usó una teterita para tomar mate y,  contrariamente a su costumbre,  no conversó con sus ocasionales compañeros de comportamiento.  Al tomar el barco en Burdeos el 9 de agosto,  se sentía enfermo y no disfrutó de la travesía.  “He tenido mil molestias a bordo:  un camarote del lado del sol tórrido que lo convertía en un horno, y además,  situado sobre la hélice,  cuyo ruido no me dejaba dormir;  un juego de tejo encima de él,  en la cubierta, durante el día;  comida pesada y en extremo picante.” 

           En realidad no estaba tranquilo. Sentía inquietud y desasosiego.  Volvía al país luego de cuarenta y un años de ausencia,  pero no sabía muy bien por qué lo hacía.  ¿Buscaba a los sesenta y nueve años de edad ese poder político que hasta entonces le había sido esquivo?.  La provincia de Tucumán acababa de elegirlo diputado nacional y los diarios rumoreaban una vez más  que podía ser candidato de transacción para la casi inminente elección presidencial.  Pero la serenidad de la madurez y las ingratitudes del destierro parecían haberlo alejado de esos afanes.  

           “No es que me disguste servir a nuestro país, sino que todo se encierra hoy en la cuestión electoral,  en que nada, nada tengo que hacer,  y en el que el curso de las cosas,  será el verdadero y decisivo elector.  Pero si por un acto de demencia pública me infligiesen un puesto supremo,  como ha sucedido con la diputación de Tucumán,  yo no lo recibiría sino momentáneamente para transmitirlo al que en mi conciencia mereciera ese depósito,  según las corrientes de la opinión, que yo cuidaría de estudiar.  Mi sueño dorado hoy en día es el retiro,  el aislamiento,  el silencio pacífico que conviene a un hombre de nuestra edad y modo de ser… Yo que no he pertenecido a partido ninguno,  que deseo estar bien con todos, y que hallo buenas todas las candidaturas que se mencionan hasta aquí,  sería el más desgraciado e imperdonable de los hombres si me encontrase envuelto y arrastrado en esa vorágine.”

           ¿Qué podía esperar entonces?.  ¿Qué lo llevaba de nuevo hacia la puerta de la patria luego de más de cuatro décadas de alejamiento?.  La incertidumbre sobre la verdadera motivación de su conducta lo atenazaba.  ¿Procuraba reconocimiento, paz, ambiente más familiar?. ¿Buscaba un lugar para meditar y morir?.  El diario La Libertad así lo sugería:  “Viene anciano, con la salud quebrantada,  buscando unas varas de tierra argentina en donde dejar sus huesos.  Ajeno y alejado de las luchas actuales, el doctor Alberdi es una ilustración americana,  que honra a su patria con la inmensa inteligencia con que la naturaleza lo dotó”.  No le molestaban las dudas ajenas,  sino las propias.  Había tenido siempre tanta claridad para exponer ideas,  que esta vaguedad lo angustiaba.  Le constaba aceptar las contradicciones, aunque su propia vida podría ser un ejemplo de contrastes.  Huérfano temprano y carente de una sólida base hogareña,  no había podido constituir una familia propia,  pero diseñó las Bases de la organización institucional del país.  Nunca reconoció completamente la paternidad de su hijo natural Manuel Alberdi,  pero fue el padre del sistema constitucional de su patria.  Hijo de un vasco separatista,  había luchado durante décadas para impedir la secesión de Buenos Aires del resto de la Confederación Argentina.  Rechazaba los valores coloniales y la literatura española,  pero se esforzó como embajador hasta lograr que España reconociera la existencia e independencia de la Nación Argentina.  Rechazó la violencia,  pero instigó al general Lavalle a luchar con las armas contra Rosas.  Predicó la paz y amaba la concordia civilizada,  pero se había confrontado ideológicamente sin cesar con los que representaban un pensamiento diferente.  Algunos grandes amores de su vida fueron platónicos,  pero decía amar la libertad en forma material y positiva, para poseerla.  Le hubiera gustado que lo llamaran simplemente Juan, pero sus amigos y parientes le decían Bautista,  quizás porque su pensamiento habría de dar nombre e identidad institucional a su país.  Caviloso en la cubierta del Cotopaxi, Alberdi recordaba los días de la infancia en Tucumán,  los años de estudio en Buenos Aires y el voluntario exilio en Montevideo luchando ideológicamente contra la tiranía rosista.  Repasaba el primer viaje a Europa y la tristeza de aquel regreso en 1843,  sin saber adónde dirigirse, ni cómo sustentarse. Evocaba la elección de Chile como lugar de residencia y sus triunfos como abogado en Valparaíso,  que le permitieron comprarse la quinta de Las Delicias,  acaso el único solar que sintió propio y donde escribiera las Bases.  Y luego,  producida la caída de Rosas,  el viaje a Estados Unidos y después a París,  donde permaneciera veinticuatro años,  primero como embajador de la Confederación y luego como profesional liberal,  representando intereses privados pero escribiendo siempre sobre los problemas públicos de su país.  Evocaba sus amores de estudiante en Buenos Aires,  los bailes y saraos,  sus parrandas y calaveradas y el nacimiento de Manuel.  En su imaginación veía la figura espigada de Lastenia Videla mirándolo con ojos enternecidos mientras paseaban del brazo por la rambla de Montevideo;  y evocaba también la belleza y la fresca juventud de Matilde Lamarca en Valparaíso,  apoyada en el brazo de su padre mientras lo miraba con sonrisa radiante y enamorada.  Se veía a sí mismo,  en París,  saliendo muy triste de un prostíbulo,  en el que había encontrado desahogo para sus exigencias varoniles pero no compañía ni calor amoroso.  Se recordaba alegrándose de golpe una noche al salir de un concierto en la Sala Vivianne,  al encontrar frente al Café de París al mismo Alejandro Dumas en persona, con chaleco de verano y sombrero pequeño, colocado casi sobre los ojos.  Recordaba la forma en que el respeto y la consideración por Angelina Daugé,  su ama de llaves,  se había ido convirtiendo en un cálido amor y una pasión otoñal.  Evocaba aquella tarde de lluvia en su residencia del hotel de la Rue Luxembourg en que, luego de conversar sobre las noticias de Buenos Aires,  se acercó lentamente hacia ella, desde atrás,  y apoyó su cuerpo contra el suyo.  Recordaba cómo la seria normanda se dio vuelta, temblando ansiosamente,  como una chicuela,  y la forma casi etérea en que se besaron y se deslizaron hasta la cama para hacer el amor por primera vez.  Evocaba las largas conversaciones en el Boulevard Montmartre con Ignacia Gómez de Cáneva y sus paseos por los Campos Elíseos;  recordaba la sorda rivalidad de Ignacia con Angelina y la vez que, caminando por el Boulevard,  la viuda argentina le había manifestado con claridad que quería casarse con él.  Memoraba las largas temporadas pasadas en el pueblito normando de Saint André de Fontenay,  en la casa de los Daugé,  que había llegado a constituir para él una especie de casa de verano o maison secondaire, como decían los franceses.  Imaginaba a Angelina Daugé realizando allí sus tareas campestres,  interrogándose sobre las razones de este viaje a Buenos Aires que ella no alcanzaba a comprender.  A través de las imágenes de su vida, Alberdi volvía a preguntarse sobre los motivos de un regreso a la Argentina,  que él tampoco lograba entender totalmente.  ¿Por qué retornaba a Buenos Aires?.  Algo le decía que su país había representado una especie de familia distante a la que nunca había terminado de integrarse y que,  para develar este interrogante,  debía volver la mirada a los días de la infancia y juventud…

 

 

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    by Princess!, siempre firme junto al pueblo                                          historiador

La novelesca biografía del talentoso seductor Juan Bautista Alberdi

5 Abr

 

VIDA DE UN AUSENTE

La novelesca biografía del talentoso seductor Juan Bautista Alberdi

José Ignacio García Hamilton

©1993, Editorial Sudamericana S.A. Buenos Aires

ISBN 950-07-0891-4

 

 

                        Juan Bautista Alberdi                                              Tucumán, 1810; Neully-sur-Seine, 1884

 

 

Final

 

                         En su casa de Saint André, Angelina estaba muy inquieta. Ordeñaba las vacas, alimentaba los cerdos, preparaba mermeladas, aseaba la cocina y los dormitorios, pero no encontraba tranquilidad de espíritu.  Atendía las solicitudes de su sobrinito y de Papá Daugé, pero su pensamiento estaba en París, en el hombre al que había servido y acompañado durante tantos años y al que tanto amaba.  Sabía que Alberdi había declinado mucho y su probable evolución la angustiaba: era tan frágil, necesitaba tantos cuidados.  Recordaba la lejana entrevista en que lo había conocido, aquella remota tarde hacía ya veinticinco años, en el Hotel de la Rue Luxembourg.  Le habían impresionado las buenas maneras de este hombre sencillo y a la vez distinguido.  Su rostro de facciones finas, su frente despejada y también ancha, que daba aspecto triangular a su rostro elegante y anguloso,  le infundieron una suerte de calidez y confianza.  Mientras trataban las condiciones recíprocas de su tarea como ama de llaves,  tuvo ella la intuición de que se enamoraría de aquel hombre; que le entregaría no solamente su trabajo y sus cuidados, sino también su afecto.  Las palabras se referían a obligaciones domésticas, tareas caseras o el nivel de retribución en francos. Pero su rigidez de campesina normanda se vio atravesada por la sutil certeza de que lo amaría,  le daría su protección, su propio cuerpo y su pasión de mujer.  Esa mañana de junio de 1884,  cuando la primavera daba paso al verano con su fiesta renovada de verdor y luminosidad,  el empleado de correos le entregó un telegrama.  Al abrirlo, Angelina supo que sus temores habían sido fundados.  Siempre quejosa,  pero ahora también resentida por haberse sentido desplazada, algunos días después ella lo contaría así:  “El señor Pablo Gil me había contestado que suspendiera el viaje a París.  Entretanto Monsieur Alberdi permanecía siempre solo en el hotel, sin poder ya salir;  ahí le robaron los sirvientes,  quedándole apenas algunas ropas que ponerse; sus relojes habían desaparecido. Yo ignoraba todo esto,  pues no se contestaba a mis numerosas cartas.  Al cabo de tanto escribir y repetir mis pedidos,  se me respondió que  nuestro pobre amigo se hallaba instalado en una casa de sanidad de primer orden, dirigida por el doctor Karl Defaut.  Esta noticia me causó el más profundo dolor.  En seguida me dispuse a ir a París a ver al enfermo,  pero estando en preparativos, llegó un telegrama anunciándome que todo había acabado y que ya no tendría la satisfacción de verle en vida.  Abandoné los cuidados del huérfano Gastón y del anciano y me marché inmediatamente a París.  Llegué a la casa de sanidad establecida en Neully,  a las cinco de la mañana.  Pregunté por la pieza mortuoria del llorado doctor Alberdi.  La portera me contestó con vacilación.  Me hizo esperar largo rato al lado de su aposento,  cerca de una puerta baja.  Cuando volvió abrió esa misma puertita.  ¡Oh!,  jamás me hubiera imaginado encontrar al que en vida era tan grande y tan delicado en tal situación.  Penetré en una piecita,  en donde apenas cabía la pobrísima cama en que estaban tendidos los restos de nuestro querido amigo;  sobre una silla había una lamparilla medio apagada.  ¡Los restos del más eminente argentino se encontraban abandonados,  encerrados bajo llave,  en una piecita de dicho establecimiento,  envueltos en sábanas sucias!.  El color del rostro era terroso;  sus hermosos cabellos únicamente se veían abundantes aún; todo era miseria y suciedad en la pieza.  El dolor y la sofocación que experimenté fueron tales que me desmayé,  sin que nadie estuviera presente para que me proporcionara un vaso de agua.  Pasada la impresión,  pregunté al sirviente quién había cuidado al doctor.  Me contestó que hacía días que no comía y que durante las noches se arrojaba de la cama dando gritos, pues sus noches eran terribles,  y que había perdido casi completamente el habla.  En fin, nuestro pobre amigo ha sufrido mucho y se le ha atendido malísimamente.  ¡He ahí la casa de primer orden donde le habían instalado y los extremos a que fue reducido el hombre que en vida fue tan grande y tan bueno para todos!.  Regresé a París a casa del señor Gil.  Éste me confesó que había hecho mal en no mandarlo al campo,  a mi casa,  donde el doctor deseaba ir,  y donde habría sido atendido con esmero.  Los últimos deberes,  a lo menos los que el público pudo ver, se han cumplido convenientemente”

 

 

by Princess!, siempre librando batallas históricas

     by Princess!, siempre librando                 batallas históricas

 

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