Una carta final: Es 2021 Estela; hicimos un largo camino para llegar a ningún lugar…

7 Feb

        ¡URGENTE!

 

 

 

Buenos Aires, la ex Reina del Plata, Buenos Aires mi tierra ¿querida?

Febrero distópico, casi insufrible

 

 

 

 

 

Querida amiga, inteligente y disruptiva Dra. Estelita Artuá: las terribles circunstancias que atraviesa el mundo nos han separado, excepción hecha de alguna que otra carta manuscrita, como corresponde y noticias de ambas que cruzamos ocasionalmente. Este diario, “mi” diario y que ahora llaman “blog” (me refiero a la moderna modernidad) comenzó hace más de diez años. Me llevó a él caer en los caños y los arrabales de la existencia, el dolor más profundo, ¡cuándo no!, el de las penas de amor. Ya se, las penas de amor son un embole y hasta una estupidez, miradas a la distancia, pero, son las estupideces que más nos hacen sufrir.  El tiempo pasó, nos llevó y nos trajo en muchos y esperados encuentros, ¿te acordás?, como en la pensión de Doña Chola, en la redacción de “La Mujer Moderna”, bajo la mirada amorosa de nuestra directora, la Licenciada Virginia Luque y, sobre todo, en nuestros cursos de Filosofía en Chancletas, cuando ocupé, orgullosa, la Secretaría de la Internacional de las Modernas Chicas. ¡Las críticas y los “estrenos” de cine, la colección de recetas de cocina, los textos variopintos de los grandes escritores, nuestras cartas, las crónicas y paseos por la ciudad que me vió nacer pero nunca se enteró, mis modestos y algo ridículos devaneos literarios!: qué lejos quedó todo, Estelita, ya nada de eso me interesa. No te niego que escribo, lo cual es una adicción, un vicio contumaz antes que algún tipo de mérito y que, incluso, hago modernos videos en las modernas redes. Estudio, eso sí, alemán, inglés, tejido a dos agujas, crochet, bordado y principalmente estudio el Derecho, pero nada de todo esto me impide ver que mi “Diario”, que este “blog”, se encuentra agotado. Ya veremos cómo sigue la película, vieja, eso sí, y bastante borroneada.  La vida pasó, el amor y sus penas quedaron lejos, (¡por suerte en lo que a este último punto se refiere!) y ya me encuentro retirada DEFINITIVAMENTE de esas insufribles lides. Conocés perfectamente mi postura: El amor (dizque romántico) es una mezcla de infantilismo, sujeción y qué se yo, de simple gansada. También sabés que, afortunadamente, fui certificada por la ANMAT, la AFIP, la DEA y hasta la FDA como “SIN T.A.C.C”, o sea, como mujer “Sin Trastornos Amorosos Con Caballeros“.  Estamos lejos hoy y quién sabe cuándo podrás lograr la expatriación desde Kamchatka. Con todo, eso llegará y aquí estaré, esperándote. No me canso de recordarte que, cuando los consigas, recuerdes traerme alfajores. Me refiero a los alfajores de “allá”, obvio. Te buscaré en el puerto de Santa María del Buen Ayre, también como siempre, y partiremos hacia el viejo patio de la pensión, sombreado y silencioso. Matearemos entre chismes y todo volverá a ser… algún día, quién sabe.

 

 

Tu amiga del alma en la que no cree, en retiro efectivo.

 

 

 

 

 

   Balcones porteños y un adiós relativo, porque todavía no pienso morirme

Las páginas amarillas by Princess: “Los nombres de las estrellas” (3)

29 Dic

LOS NOMBRES DE LAS ESTRELLAS

Edmund J. Webb

Introducción de Ivor Blumer-Thomas

Nota biográfica de Clement C.J. Webb

Versión española de Francisco González Aramburo

© by Fondo de Cultura Económica – Impreso y hecho en México; 1957

                                                                       El Dragón y la Osa Menor

I

La función del contemplador de las estrellas

Como se ve por estas citas, Jehoshaphat Aspin no encontró ninguna diferencia esencial entre forjadores de constelaciones como Júpiter y Neptuno de una parte, y Hevelio y Bode, de la otra.  Indudablemente, uno de los méritos principales de este notable libro (*se refiere a “A Familiar Treatise on Astronomy, explaining the General Phenomena of the Celestial Bodies”, escrito especialmente para acompañar Urania’s Mirror, or a View of the Heavens) es que la gran cantidad de información, tan generosamente suministrada, no podría sino despertar en el lector adolescente el deseo de adquirir una cantidad mayor.  Los motivos que movieron a Neptuno y a Júpiter eran por lo menos tan inteligibles como los que inspiraron a los descubridores del “Psalterium Georgii” o del “Toro de Poniatowski”.  Además, uno hubiera querido saber, si no cómo llegó a ser conocida la causa de la promoción del Delfín, sí por lo menos quién pudo ser el que recogió este ejemplo de favoritismo antiguo.  Y, para mí, esta pregunta quedó sin respuesta durante  muchos años.  Enseñanzas como la de que “la jirafa es un animal de Abisinia, más alto que el elefante, pero no tan corpulento” o esta otra de que “los pintores y los escultores representan al Delfín como un pez jorobado, cuando es realidad es de figura muy derecha”, podían encontrarse, aunque en forma menos atractiva, en los libros comunes y corrientes de historia natural.  Pero la afirmación de que “en verdad, el Navío Argos no es otro que el Arca de Noé”, parecía, inclusive a un crítico poco experimentado, una conclusión escasamente garantizada por la yuxtaposición de dos narraciones náuticas.  Otras afirmaciones contenidas en el texto eran “discutibles”, tanto en la acepción corriente del término como en el sentido que Hamlet dio al vocablo, y provocaban una réplica inmediata aunque nadie estuviera preparado para darla. Podría uno pensar -aunque pensaría equivocadamente- que el ordenamiento de las estrellas en constelaciones “fue progresivo”, pero se necesitaría poseer una cierta fe para aceptar la proposición de que ” primero se formaron los doce signos del zodíaco, y las otras constelaciones se le fueron añadiendo a medida que aumentaba el conocimiento de las estrellas”.  ¿Cuál pudo ser el extraordinario pueblo cuyo conocimiento se extendió hasta el misterioso zodíaco y no fue más allá?.  Igual de fácil es, y aún mucho más fácil, imaginar un tiempo en que la única literatura existente fuera el alfabeto. ¿Cómo pudo descubrirse el paso del Sol entre las estrellas antes de que éstas fueran distinguidas unas de otras?.  Sin embargo, historiadores serios de la astronomía como Delambre y Schaubach sostienen de hecho esta pasmosa proposición de Jehoshaphat Aspin, que es inclusive, como mostraré más adelante, implícitamente aceptada en nuestros días por escritores que pasan por científicos.  Reproduciré otro pasaje un tanto más largo, por cuanto plantea, aunque no lo resuelve, el problema del origen de los nombres que damos a las estrellas, en el que me quiero extender:  “Las constelaciones… son conjuntos o grupos de estrellas fijas, contenidas en los contornos imaginarios de los animales, u otras figuras, dibujados en una esfera celeste. Y no es que esas figuras existan realmente en el cielo, ni tampoco que los grupos de estrellas que contienen, sugieran, por su situación, el menor trazo de semejantes contornos: el nombre, y no la figura, es lo que parece haberle pertenecido primero al conjunto, y, por la representación jeroglífica del nombre, la figura se convirtió en el emblema o signo de la constelación”.  Estas citas, que aunque hayan sido tomadas de un libro olvidado contienen juicios a menudo expresados en nuestros días en una literatura supuestamente histórica, o por lo menos crítica, pueden ser consideradas como el texto sobre el que se fundamenta la mayor parte de este libro. Contienen, en mi opinión, una gran verdad, generalmente pasada por alto: que los nombres de las constelaciones son más viejos que las figuras; y una enorme falsedad, generalmente aceptada como verdad: la de que los grupos de estrellas no se parecen en lo más mínimo a los contornos de las figuras. La falsedad de esta última afirmación no tardó en ponérseme de manifiesto, porque podía fácilmente descubrir formas y ver dibujos en el cielo, y parecía razonable suponer que otras personas también pudieron hacerlo. Sin embargo, cuando miré a la gran Cruz del Cisne en el cielo de Occidente, preguntándome sino sería ése el gran signo del Hijo del Hombre en el cielo que se me había enseñado a esperar, no pude menos que darme cuenta de que ninguno de mis mayores se había inquietado, ni tampoco había dado señal de que había descubierto el signo. Desde entonces, he sabido que hay gente que no puede, incluso cuando se les señala, distinguir esta Cruz.  ¿No es natural que personas semejantes digan que la propia constelación no se parece “en lo más mínimo” a un cisne, siendo que en verdad se le asemeja, con curiosa fidelidad, cuando se la ve elevarse sobre el horizonte del Levante?.  Así también, cuando un viajero que vuelve del sur asegura que la Cruz del Sur es un timo indigno de su reputación y hasta de su nombre, no tarda uno en descubrir, por lo general, que jamás aprendió a reconocer el Triángulo o la Corona Boreal o a distinguir las estrellas de Aquiles del cinturón de Orión, y, por lo tanto, es una persona tan idónea para hablar de esa semejanza como un hombre de tierra adentro, que visite por primera vez el litoral, lo es para distinguir los vados entre los arenales.  A medida que pasó el tiempo y comenzó a debilitarse la creencia natural de la juventud de que los adultos, cuando lo desean, pueden explicar los enigmas de este universo, dejé poco a poco de esperar que hubiera alguien que pudiera saber más que yo del cielo bajo el que vivimos.  Recuerdo ahora, con un asombro que entonces no sentí, de mis primeros años de colegio, que al grupo de niños donde yo ocupaba un humilde lugar le fue confiada la tarea de encontrarle sentido a la parte astronómica de los Fasti de Ovidio. Fue para mí una revelación el que hubiera una prueba real de que los nombres de las estrellas conocidos por nosotros estuvieron en uso en los remotos tiempos del poeta Ovidio.  Pero si los nombres de las estrellas no habían cambiado, sus hábitos, en cambio, parecían haber sufrido una notable modificación.  En tal día aparece una determinada estrella, en tal otro una constelación se pone.  ¿Por qué ocurría así?; ¿Si Escorpión salió esta noche, no saldrá también a la siguiente, o no habría salido en la noche anterior?.  Aunque me acuerdo de la confusión en que me dejaron esas afirmaciones, no recuerdo en cambio que se me haya pasado por la cabeza siquiera la idea de pedir una explicación.  Ciertamente, el maestro encargado del grupo jamás nos ofreció una.  Tal vez, si le hubiéramos preguntado, nos habría dicho que la astronomía antigua era polvo y telarañas que Copérnico había limpiado.  De un juvenil deseo de resolver por lo menos algunos de los problemas planteados por la lectura del venerable libro de Jehoshaphat Aspin provino el que yo siguiera, sin método, pero al menos para mí satisfactoriamente, estudiando lo que se sabía de las estrellas y de la historia de la astronomía, lo que me condujo a creer que era posible encontrarles solución a gran parte de ellos.  Aunque estoy completamente seguro de que jamás se encontrará la respuesta a la pregunta de dónde y cuándo se les pusieron a las estrellas los nombres que les damos, pienso también que eso es así porque no existe la respuesta; porque jamás existieron ni ese lugar ni ese tiempo que serían la contestación. Pero creo que es posible, en general, mostrar las razones por las que se les dieron nombres a las estrellas, y el modo con que éstos se crearon, y resolver el problema de si los nombres particulares que todavía se usan en la astronomía moderna tuvieron cualquier otro origen distinto.  En especial, analizaré el caso de los curiosos nombres zodiacales, que gracias a la influencia de la astrología son conocidos por centenares de personas, que aunque parezca mentira no saben lo que es el zodíaco.  Y trataré de demostrar que la fecha en que se les dio nombre, que ha sido remontada hasta el decimotercer milenio a.c., y que aun en nuestros días hay quien la sitúa en el tercero, cuarto o quinto, o aun antes, puede ser aproximadamente fijada, y es, relativamente, reciente.  Si se piensa que es presuntuoso, y aun fantástico, suponer que se puede dar una respuesta definitiva a una pregunta que se ha contestado desde hace tanto tiempo y de tan variadas maneras, sólo puedo decir que, al hacerlo, parto del punto de vista del contemplador de las estrellas, que hasta ahora se ha desdeñado casi por completo…

  by Princes!, en plan  “misterios del cielo”

Las páginas amarillas de Princess: “Los nombres de las estrellas” (2)

16 Dic

LOS NOMBRES DE LAS ESTRELLAS

Edmund J. Webb

Introducción de Ivor Blumer-Thomas

Nota biográfica de Clement C.J. Webb

Versión española de Francisco González Aramburo

© by Fondo de Cultura Económica – Impreso y hecho en México; 1957

     Atlas Celeste: Ilustración de las constelaciones tomada de Urania’s Mirror, libro de 1825 escrito por                                                                Jehoshaphat Aspin e ilustrado por señorita “inconnu”                                                                                                             

I

La función del contemplador de las estrellas

Asimismo, no hace mucho salí de un hotel de Sicilia y me encaminé a su jardín, sobre el que refulgían las estrellas, pero apenas había comenzado a mirarlas cuando un escandalizado camarero salió precipitadamente y desvaneció la formidable visión al encender un juego de luces coruscantes que había sido hábilmente disimulados entre los arbustos.  Tiempo después, me alojé en un cuarto de Chamonix que abría sus ventanas a la majestuosidad del Mont Blanc.  Me acordaba de las palabras que Coleridge nos dejó del espectáculo que había visto desde el mismo lugar hacía más de un siglo.  No hubiera podido verlo ahora.  Hoy día, qué duda cabe, a la montaña le es permitido todavía desplegar sus nieves ante el Sol, pero ¿puede, como en los años del poeta, ser “visitada noche a noche por un conjunto de estrellas”?.  Desdichadamente, ¡no!: las luces eléctricas que nos acompañan desde la puesta del Sol hasta la alborada evitan cuidadosamente la intrusión de semejantes visitantes.  Años antes, en la primera década de este siglo, me dirigía después del ocaso del Sol, en un coche de caballos, desde la costa de Itea a Delfi.  Jamás, así viviera mil años, podría olvidar la magnificencia de esa lenta ascención a más de 2.000 pies, a través del silencio y la fragancia extrañamente dulce de las oscuras montañas, como si me hundiera en el profundo silencio de los propios cielos; cielos en los que brillan incontables estrellas, como las que alegraron el corazón del pastor homérico y llevan todavía los nombres que él les puso, que fueron el gozo de los primeros poetas y el estudio de los primeros filósofos.  Y hace unos días leí cuán cómoda y rápidamente se puede recorrer hoy día la misma jornada ¡en un autobús!: ¡Las luces, el ruido y la peste en ese paisaje!.  Lo que es más, años después, conocí gente que salía en su automóvil, una noche de San Juan, para ver la Luna, oír el canto del ruiseñor y aspirar el aroma de la madreselva con la ayuda de linternas, bocinas y tufo de petróleo.  En semejante mundo, es de suyo evidente que el conocimiento íntimo de las estrellas, como aparecen en el cielo en una noche sin Luna, alumbrada sólo por sus propios fuegos, está destinado a convertirse en un patrimonio cada vez más raro de la humanidad; y nada hay que pueda ser más triste, porque los que lo han poseído saben que de todas las cosas que le han sido concedidas al hombre, es una de las más valiosas y duraderas.  Porque puede perdurar más que la propia vista, como el ciego Milton supo, y yo comienzo a saber.  Claro es que en una época en que la contemplación del firmamento estrellado se ha convertido en un raro privilegio, los que menos podrán disfrutar de ella serán los más jóvenes; y he conocido algunos, no muy jóvenes, que me han confesado que nunca han paseado “al oscurecer” por calles que  no estuvieran iluminadas.  Y son, empero, los jóvenes quienes se sienten naturalmente inclinados a imaginar figuras y a encontrar semejanzas entre las estrellas y los objetos familiares, así como entre las colinas, las rocas y los árboles de la tierra.  Y si hay quien, al mirar a las estrellas en su edad adulta, se siente incapaz de creer que haya existido alguien que viera realmente en ellas las formas que los nombres que todavía les damos sugieren, le pido solamente que recuerde cuán fácilmente, en su niñez, acostumbraba a encontrarles forma y a hallarles parecido a los objetos que para sus mayores pasaban desapercibidos, y que no le sugerirían nada ahora que su infancia se ha ido para siempre.  Cómo me acuerdo yo mismo de las paredes de una escalera de piedra, recién construida entonces, en que la humedad, al desaparecer, había dejado manchas que a nuestros ojos infantiles tomaban la forma de diversos animales.  Muchos años después, el “elefante” se me aparecía todavía como un bloque cuadrado del que colgaba un angosto apéndice que se parecía mucho a una trompa.  En este caso, el parecido era tal que el hombre podía comprender lo que el niño había imaginado, pero, en el caso del “carnero”, por más que se esforzaba el adulto no podía encontrar el parecido.  En esos días de  mi infancia nació el impulso que me llevó a escribir un libro como éste.  Al mirar, noche tras noche, desde las ventanas de mi cuarto, al brillante firmamento, en un lugar en el campo alejado por aquel entonces del humo de las ciudades, sentí un interés por las estrellas que creció cuando supe que tenían nombres de verdad y que existían personas, inclusive, que podían decirme algunos de ellos. A una de mis hermanas mayores le habían enseñado a Orión, un hombre, le dijeron, que estaba en el cielo y llevaba un cinturón y una espada. Ansié verlo, y cuando llegué a saber que había en el cielo estrellas que se llamaban Cástor y Pólux, nombres que conocía por haber leído The Heroes, el libro en otro tiempo famoso de Kingsley, deseé más que nunca verlas.  ¿Cómo eran? ¿Un cierto número de estrellas que dibujaban en el cielo la figura de dos muchachos?.  Las respuestas que recibí a esta y otras preguntas semejantes fueron, y creo que ya entonces lo percibí, en su mayor parte evasivas; pero con esa confianza que la juventud tiene en la omnisciencia de los mayores, no descubrí cuál pudiera ser la razón de esa actitud.  No pregunté en vano.  Me dieron un libro llamado Urania’s Mirror, que tengo abierto delante de mí, y que fue durante muchos años una fuente inagotable de interés.  Fue escrito por Jehoshaphat Aspin, nombre encantador y autor delicioso; había pertenecido a una tía mía que murió en su niñez, y por el prólogo supe que su primera edición había aparecido en 1825.  No he visto, ni he oído hablar jamás, que se haya hecho una copia de libro tan excelente, y me he considerado a menudo afortunado por haber conocido a la austera Urania de un ánimo mucho más cordial y alegre del que suele tener en los manuales con que me he tropezado desde entonces. Iba acompañado de una serie de mapas, perforados de manera que cuando se los ponía contra la luz se veían las constelaciones tal y como aparecen en el firmamento, porque los agujeros mayores correspondían a las estrellas brillantes y los más pequeños a las débiles. Contenía una lista de no menos de setenta y ocho constelaciones, de la parte del firmamento visible a los habitantes de las zonas nórdicas, en su mayor parte olvidadas hoy, tal como si con la revelación telescópica de innumerables luminarias menores, el viejo esquema de las pequeñas constelaciones simbólicas hubiese pasado de moda.  Y las razones que asistieron para la creación de esos grupos maravillosos estaban escrupulosamente registradas, desde las de los tiempos en que “el Delfín se dice que fue colocado entre las constelaciones por la ayuda que le prestó a Neptuno para tomar por esposa a Anfitrite”, o cuando Pegaso “siguió volando hacia arriba y fue puesto por Júpiter” en la misma augusta compañía, hasta aquellas en que el Telescopio de Herschel fue “incluido en honor del astrónomo cuyo nombre lleva” o cuando “la máquina eléctrica” fue elevada a ocupar un lugar en las constelaciones por Bode…

by Princess,zambulléndome   en profundidades celestes

     

Las páginas amarillas de PG: “Los nombres de las estrellas”

10 Dic

 

 

LOS NOMBRES DE LAS ESTRELLAS

 

Edmund J. Webb

 

Introducción de Ivor Blumer-Thomas

Nota biográfica de Clement C.J. Webb

Versión española de Francisco González Aramburo

© by Fondo de Cultura Económica – Impreso y hecho en México; 1957

 

 

 

                                                                        Atlas Celeste

 

 

I

La función del contemplador de las estrellas

 

Han transcurrido ya más de cincuenta años, desde que un bondadoso amigo me consolaba por haber alcanzado lo que a los dos nos parecía la aterradora edad de treinta años, asegurándome que mi aspecto no revelaba la amarga verdad, y que nadie lo adivinaría mientras no me traicionara a mí mismo diciendo que recordaba el gran cometa de 1858.  Pero yo estaba, ya entonces, orgulloso, bien irracionalmente por cierto, de que se me hubiera permitido contemplar tan esplendorosa visión.  Y ahora, en mi avanzada edad, me resulta penoso percatarme de que son muy pocos lo que todavía viven de los muchos que, aparte de mí, disfrutaron de ese privilegio, y de que tal vez yo sea, inclusive, el hombre más viejo que pueda recordar claramente la primera vez en que fue posible gozar de tal fenómeno. Esto, me place recordar, se lo debo a mi padre, que me sacó de la cama cierta noche y me llevó a la ventana de una escalera que miraba al Occidente, para que contemplara, y tal vez para que pudiera recordar que había contemplado, un espectáculo tan espléndido e infrecuente.  Pude ver entonces que era espléndido, pero no sabía que fuese poco común.  Durante algún tiempo, creí que los cometas, aunque no fueran tan grandes como el que había visto esa noche, eran objetos comunes en los cielos.  Lo que tal vez se debiera a que, como el otoño había llegado y oscurecía antes de que me fuera a acostar, pude volver a ver al cometa, con su brillo disminuido, antes de que se alejara, tal vez para siempre, de la vista del hombre.  Sea como fuere, a partir de ese momento, tal vez para la mayoría de los hombres que me parecen ahora estar tan distantes en el tiempo como el cometa Donati está en el espacio, he sido, mientras me duró la vista, un devoto contemplador de las estrellas. Por eso, tengo la esperanza de haber dejado, en los capítulos de este libro, algo que pueda interesar, y hasta ser útil quizás, a los contempladores de las estrellas, si queda todavía alguno, que me sobrevivan.  Y digo “si queda todavía alguno” porque si hubiera muchos, uno no tendría que combatir tan a  menudo la creencia común de que cualquiera que demuestre ser un contemplador de las estrellas debe, a la vez, ser astrónomo.  Esta equivocación es inocente, diciéndolo vulgarmente, divierte a los contempladores de las estrellas y no le hace daño a nadie.  Pero no podemos decir lo mismo del error opuesto y común, a saber, que el astrónomo debe ser también un contemplador de las estrellas. Desgraciadamente, en nuestros días, nada hay que diste más de la verdad, muy a menudo se cree que todo hombre que sepa lo que ocurre en el interior de las estrellas debe tener un conocimiento igual del aspecto del firmamento, y se da por sabido, de la misma manera, que si un hombre puede hablar con autoridad de lo que actualmente se piensa de las estrellas, debe tener un conocimiento igualmente preciso de lo que se solía pensar de ellas en la Antigüedad -en otras palabras, se cree que el conocimiento de la astronomía actual supone estar igualmente familiarizado con su historia-. En las páginas siguientes espero convencer a mis lectores, si llego a tener alguno, de que esa suposición no tiene visos de verdad.  El mero contemplador de estrellas, aunque no tenga necesariamente que ser indiferente a lo que ocurre en su interior, a los átomos y a los componentes de los átomos con que se deleitan los astrónomos modernos, conserva ese amor, ese gusto por el aspecto del cielo estrellado que ha poseído al hombre desde que se elevó a la dignidad de humano, y que tal vez haya sido la causa de que la haya alcanzado.  Mientras las contempla, puede sentir todavía la alegría del pastor homérico, la veneración de egipcios y caldeos, la curiosidad de los primeros matemáticos.  La cintilante Sirio, amada, nombrada y estudiada por hombres que vivieron hace cinco mil años, es todavía más atractiva para él, inclusive, que su compañera recientemente descubierta, una enana blanca, que, a simple vista, ningún ojo humano ha visto ni verá jamás.  Y cuando trata de averiguar el desarrollo de la antigua astronomía, el contemplador de estrellas tiene una clara ventaja sobre el astrónomo que no lo sea.  Porque los primeros astrónomos fueron contempladores, sin que importe en lo que se hayan convertido sus sucesores.  Hay, a mi entender, una razón por la que un libro que trate del aspecto del firmamento contemplado sin instrumentos, y de la impresión que haya dejado en el espíritu de sus observadores, puede ser útil en nuestros días.  La de que existe el peligro, que se hace mayor con el transcurso del tiempo, de que el verdadero aspecto del cielo estrellado, indudablemente la más hermosa y, para la religión, la poesía y la ciencia, la más decisiva de todas las visiones que le han sido concedidas al hombre, se esté convirtiendo, para la generación actual, y para todas las generaciones venideras, sin lugar a dudas, en una experiencia poco común; tan desusada, por cierto, que muchos, sobre todo en los impresionables años de la juventud, no la han disfrutado jamás.  Y no me refiero simplemente a que el velo de humo de carbón, con el que nuestras ciudades y suburbios ocultan o desfiguran cada vez más la bóveda que los cubre, se hace cada día más denso, hasta un punto del que nadie, que no haya vivido largos años, puede formarse una idea.  Quizás en un futuro próximo pueda subsanarse este daño en particular, pero muchísimo peor que esto es el creciente aumento de la iluminación artificial, que todo lo invade, y ante cuya presencia las lámparas todas de la naturaleza, salvo la del Sol, se extinguen. La equivocación tan común del hombre de la ciudad, que piensa que la noche normal -en la que se deben mover todas las bestias del bosque , y a cuya sombra acogedora la humanidad ha pasado la mitad de su vida- es un lapso de negra oscuridad y horror, parece difundirse más ampliamente, con cada aumento de la iluminación artificial, de lo que la avaricia o la estupidez de nuestro tiempo exige.  Me acuerdo todavía de la época en que un viaje a los climas donde prevalece un cielo más claro, con una luz de Luna y una claridad de estrellas más brillantes de lo que es usual en nuestras brumosas islas, era no sólo atractivo para el contemplador viajero de las estrellas, sino que se lo recomendaban realmente por esa razón a todos los viajeros que se preocupaban por su educación y divertimento. La “Orient Line Guide” de hace cuarenta años dice:  “A los viajeros les atraen con fuerza irresistible las innumerables bellezas del firmamento en la noche”.  Tal vez ocurrió así entonces, Pero en la tercera década de este siglo (XX) perdí mucho tiempo, en los puentes de un buque las línea de Oriente, en mis vanos intentos de encontrar un hueco libre del reflejo de las luches del barco, por el que pudiera ver “las bellezas del cielo”, o cualquier luminaria menos intensa que la Luna.  Así también, en un vapor que remontaba el Nilo hacia el sur, mientras noche a noche se hacía más clara la revelación del Navío, de la Cruz, del Centauro, la oscuridad nocturna  fue invariablemente precedida por el resplandor de la luz eléctrica, que al tiempo que les permitía a los pasajeros dedicarse cómoda y expeditamente a jugar a las cartas o a bailar, les impedía eficazmente ver las estrellas, salvo tal vez unas pocas de primera magnitud…

 

 

 

by Princess!

 by Princess!, zambulléndome en            los misterios del cielo 

dos sueños consecutivos

7 Nov

 

 

                                                                                                                             Sueños Uno y Dos, que van juntos

 

 

                       dos sueños al sur

Fueron dos noches seguidas, y “en las dos noches” vivía de dos casas diferentes. Seguro eran los barrios al sur de mi ciudad amada y soñada, tantas veces. (Yo vivo y sueño en Buenos Aires, que es una ciudad imaginaria). La primera casa, la del primer sueño, era hermosa y muy cuidada: compartíamos unos mates en el patio, rodeados de macetas con malvones coloridos y toda clase de plantas que pueblan los viejos patios del sur. Como yo era abogada, en sueños, otra mujer que compartía esa casa de cuartos inmensos que daban al patio común, me pedía que hablara con una vecina. ¡Quién sabe qué cosas molestas hacía esta vecina!, debía ser la vecina del tango. ¡Necesito saber su nombre!, dije, algo angustiada; ¿Cómo podría dirigirme a una persona si no es por su nombre?. Me lo decían, pero yo lo olvidaba al instante. Con todo, estaba decidida a  hablar con la mujer y para eso, “tenía” que entender el problema. Caía la tarde. Entonces yo comprendía que esa era mi nueva casa, que ese, era mi  nuevo hogar. ¡Cuántos cambios!, pensé sin hablar, como se piensa en los sueños. Un hombre sentado frente a mí me dijo: “Yo soy tu novio”. Extraño, pensé: ¿de qué se tratará eso?. Se veía un buen hombre, tranquilo, paciente, amable. ¡Cuántas novedades en mi vida!, tantas que ni yo las conocía. Tendré que acostumbrarme a la idea, alcancé a decirle, porque es una idea muy muy extraña. Pareció comprender: es algo que lleva tiempo, tiempo de sueño, que es diferente del “otro” tiempo: y es que tener novio ni se me había ocurrido. Era una idea completamente exótica, aunque no del todo inaceptable.

 

Debe ser que algo me retuvo, en sueños, en los barrios al sur: pero esta casa era diferente, rara, bastante abandonada. Tenía varios pisos, sólo escaleras y departamentos que se abrían a pasillos interminables. Una mujer vivía en uno de ellos, con un niño pequeño: sentí miedo porque las barandas eran inseguras, bajas, flojas, envejecidas. El niño podría caerse, pensé, y asomándome al vacío ví una piscina verdosa, llena de agua podrida. ¿Dónde están las escaleras?, pregunté: me señalaron una abertura que caía perpendicular a la planta baja. ¿Pero cómo se puede subir o bajar por aquí?: La mujer me tranquilizó, ella podía, también el niño. Sentí vértigo. Un hombre salido de no sé dónde se presentó como mi novio: esto es rarísimo, pensé en sueños. Digo: ya es rarísimo tener novio y, como si fuera poco, ¡en dos sueños seguidos!. Sin embargo era otro, no el del sueño anterior. ¿Cuál sería su nombre?: no lo sabía. Los sueños son así…

 

 

 

 

 

 

Las páginas amarillas de Princess: “El valor del dinero en el mercado no es estable…”

31 Oct

FUNDAMENTOS DE ANÁLISIS ECONÓMICO

Alberto Benegas Lynch (H.)

Novena Edición

©by ABELEDO PERROT S.A.E. e I.

Buenos Aires, Argentina; 1986

I.S.B.N. 950-20-0350-0

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VI

MONEDA

32. Teorema de la regresión monetaria: valor del dinero. Ley de Gresham. Clasificación de la moneda.

El valor del dinero está determinado del mismo modo que el resto de los bienes.  Como hemos dicho, en el mercado el dinero tiene valor, primero por sus usos no monetarios y luego por su uso como moneda. Por su parte, en el caso del dinero fiat (dinero gubernamental por mandato) su valor deriva principalmente de su uso monetario. En todos los casos, respecto al valor monetario, el dinero es aceptado porque tiene cierto poder adquisitivo y, a su vez, ese poder adquisitivo y, a su vez, ese poder adquisitivo es consecuencia de que la gente acepta y demanda dinero.  Prima facie parece que este razonamiento opera en un círculo vicioso.  Sin embargo, L. von Mises explicó este punto en su teorema de la regresión monetaria. Los deseos de la gente por tener efectivo están condicionados por el poder adquisitivo del dinero, el cual, a su turno, está determinado por el poder adquisitivo anterior, y así sucesivamente hasta que nos ubicamos en el “primer momento”, en que se recurrió al bien como dinero, “donde su poder adquisitivo estaba determinado por el uso no monetario del bien”. B.M. Anderson explica el valor de la moneda: 

“Algunas veces se sostiene que el dinero  tiene características únicas respecto del resto de los bienes, puesto que no tiene poder para satisfacer los deseos humanos sino que es para adquirir las cosas que tienen aquel poder.  Esta afirmación proviene del profesor Fischer quien no recurre a la utilidad marginal en su explicación del valor del dinero.”  Por otro lado los escritores del commodity school atribuyen el origen del valor de la moneda al metal con que está hecha.  Dichos escritores aplican la teoría de la utilidad de la moneda haciendo que dicho valor dependa de la utilidad marginal del oro o el  metal de que se trate.  Estos escritores no conciben que algo que no tiene utilidad sea considerado como dinero.  La moneda debe tener valor en sí misma o representar valor. El valor de la moneda deriva del valor del bien que se usa como dinero; así el valor del dinero se explica por la utilidad marginal igual que el valor de cualquier otra cosa.” 

“Para los autores que atribuyen el valor de la moneda solamente en cuanto a su aplicación monetaria y que ven que la moneda qua moneda no provee a la satisfacción directa de las necesidades del hombre (como la visión del profesor Fischer) sostienen que la moneda no tiene utilidad y por ello la consideran única respecto del resto de los bienes.  Dicha visión, en la superficie, parece justificada.  Pero sólo en la superficie.  En realidad la moneda no es única respecto del resto de los bines, en el sentido de que se demanda por lo que puede adquirirse con ella.  El trigo, el maíz, los títulos y todo lo demás que está sujeto a especulación es demandado por los especuladores solamente como un  medio para obtener un beneficio […] en este sentido, la moneda no se diferencia del resto de los otros bienes instrumentales.  Como regla general no provee directamente de servicios.  Tampoco lo hace una máquina, una hectárea de tierra o los bienes que están en el stock de una tienda […]  La moneda […] sin duda tiene sus peculiaridades; una de ellas es que debe tener valor proveniente de usos no monetarios antes de que pueda funcionar como moneda, lo cual hace que se incremente su valor.  En mi opinión […] no hay nada que justifique el tratamiento de la moneda en forma distinta de otras cosas o que justifique la idea de que la utilidad marginal no se aplica al valor del dinero […]”

El valor del dinero en el mercado no es estable, del mismo modo que no es estable el valor del resto de los bienes y servicios. La variación de los precios (en el caso del dinero, el poder adquisitivo) dependerá de las valorizaciones de los sujetos actuantes en el mercado.  De la idea de la estabilización del valor de la moneda surge la búsqueda de un “standart monetario” que se dice el gobierno debiera adoptar para manipularlo a los efectos de mantener estable su poder adquisitivo.  En relación con esta concepción es que M. Friedman propone una norma legal que establezca un aumento anual en la cantidad de la  moneda “en un x por ciento, donde x es algún número entre 3 y 5”.  Friedman se opone a la existencia de una autoridad monetaria y considera irrelevante que sea “independiente” por las mismas razones que apuntamos más arriba respecto de la banca central.  Friedman afirma que “llego a la conclusión de que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banca central.  Una vez que se crea un banco central está lista la máquina para que empiece la inflación”.  Asimismo considera Friedman que debe establecerse un sistema de encaje total para evitar la producción secundaria de dinero.  Friedman sostiene que:

“El patrón oro real es perfectamente compatible con los principios liberales y yo, en este caso, estoy completamente a favor de medidas que puedan promover su desarrollo […]. Pero para ello el gobierno debe renunciar a todo lo que hoy llamamos política monetaria […]  La limitación del poder gubernamental es precisamente lo que hace recomendable a los ojos de los liberales un patrón oro real […] La clase de patrón oro que hemos estado describiendo no es la clase de patrón oro que tuvimos desde por lo menos 1913 […]”

Sin embargo, Friedman considera que, por una parte el patrón oro “Históricamente ha probado que no es posible.  Siempre tiende en dirección a un sistema mixto el cual contiene medios fiduciarios como billetes bancarios, depósitos bancarios o billetes del gobierno, además del dinero-mercancía.  Y una vez que aquellos elementos fiduciarios se introducen, está probado que es difícil evitar el control gubernamental.  Por otra parte, dice Friedman que, además implica “altos costos debido a los recursos que deben utilizarse para la producción de ese dinero-mercancía”.  El rechazo del patrón oro debido a que, en la práctica, se introdujeron ingredientes que implicaron el abandono del sistema, nos parece similar al rechazo de los precios libres, debido a que, históricamente, desde 2000 a.C. distintos gobiernos, reiteradamente, han establecido precios políticos.  Por otro lado, el hecho de que el patrón oro implique mayores costos de producción respecto del papel moneda es, precisamente, el reaseguro del sistema para evitar los inmensos costos resultantes de la manipulación gubernamental de la moneda.  Del mismo modo puede decirse que las cerraduras y sistemas de alarma implican costos, pero se incurre en ellos para evitar los “mayores costos” del robo.  Es cierto que el patrón oro significó gran estabilidad de precios. J.M. Keynes, que no era precisamente un admirador del oro (“vetusta reliquia”, según sus palabras, escribía que:

“Lo más destacado de este largo período fue la relativa estabilidad del nivel de precios.  Aproximadamente el mismo nivel de precios tuvo lugar en los años 1826, 1841, 1855, 1862, 1871 y 1915.  Los precios también estaban al mismo nivel en los años 1844, 1881, 1914.  Si esto lo referimos a números índices y hacemos la base 100 en uno de estos años encontraremos que aproximadamente durante un siglo, desde 1826 hasta el comienzo de la guerra, la máxima fluctuación en cualquier dirección fue de 30 puntos […]. No sorprende entonces que hayamos creído en la estabilidad de los contratos monetarios para largos períodos.”

Pero en último análisis la discusión de este aspecto de la cuestión monetaria debe presentarse entre la “estabilidad” que impondría una norma donde se estipule el crecimiento monetario constante o la eliminación del curso forzoso y que el mercado establezca la moneda que considere conveniente.  El crecimiento constante de la moneda a razón del 3% anual (o cualquier otro porcentaje) debido a una disposición política afecta a los precios relativos como consecuencia de esa decisión política. El crecimiento, la contracción o el mantenimiento de la cantidad de moneda debe ser decidido por las valoraciones de los sujetos actuantes en el mercado del mismo modo que se lleva a cabo con otros bienes y servicios.  Esto fue, en gran medida, logrado por el patrón oro como se lo concibió antes de la primera guerra mundial, pero no hay razón para que deba imponerse al mercado el oro como moneda.  Por esto es que F.A. Hayek afirma: “Sigo creyendo que mientras el dinero esté en manos del gobierno el patrón oro, con todas sus imperfecciones, es el único sistema tolerable y seguro. Pero ciertamente podemos hacer mejor que eso, pero no a través del gobierno.”

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  by Princess!, leyendo Economía al    borde de la Pelopincho (con la pelota)

Diario desde el Fin del Mundo: Día doscientos mil qué se yo cuántos de la cuareterna Big Brother

22 Oct

“Despertar es quebrar ilusiones y hallar entre sombras la amarga verdad”

Villa Trompeta, hora cero del fin de los tiempos, Oktubre de 20202020

Liebes Tagebuch:

 

 

 

           ¿1984 ó 2020?

 

Hoy todo es tristeza, difícil es vivir en un manicomio que, además, no tiene Director.  Sólo y apenas volví sobre este tema, que más que tema es psicosis, para dejar un testimonio. Es un relato corto, quizás lo retome si siento que tengo “algo más” que decir; quizás con esto sea suficiente. Mi propósito es que cuando ya no esté, algo que no sabemos cómo y cuándo sucederá, mis nietos (ojalá sean muchos) puedan leer estas pequeñas reflexiones sobre los hechos que nos llevaron a ser otra cosa de lo que éramos… antes de 1984 o del año del Señor 2020. Lo hago porque me angustió la idea de que este estado “excepcional” que parece no tener fin a la vista, efectivamente, ¡no lo tenga!. Pensé que debía escribirles esto, para que recuerden que alguna vez, (caso que durante décadas sigamos viviendo en esta pesadilla sin fin), sepan que otra forma de vivir es posible y que, en otro tiempo, del que ya no tendrán memoria ni registro, lo fue.

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                      ¡A leer!

Queridos sucesores en la palabra: Hubo un tiempo que no fue hermoso, pero fue verdadero. Hermoso no es ningún tiempo, eso deben saberlo ya y más allá de todas las pavadas de realización imposible que les propongan, si es que existen todavía, unos muñecos que viven de nosotros (bué, de ustedes ahora, porque yo estoy en otro mundo) y que, en general, no hacen nada. Ya los escucho en sus primeras objeciones: “Si son malos y no hacen nada, ¿cuál es el problema?”. Veo que son chicos inteligentes, no está nada mal la observación: el tema es que, a veces, hacen algo. Me eximo de mayores comentarios, lo entenderán perfectamente. De hecho, estoy segura, y lo veo desde la eternidad,  ya deben ir por el impuesto número quichicientos al cubo enésimo que les cobran con el argumento de que será por “única vez”. ¡Cuán sabia era la abuela!, los escucho murmurar desde el cielo donde no estoy (no era tan trigo limpio; no idealicen, por favor), pero, para su conocimiento, lamento desilusionarlos: no se trata de una cuestión de “sabiduría” sino de triste y modesta experiencia. Esto se resume en un refrán que paso a enseñarles: “El Diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo” (en este caso y para que no los censuren los guardianes de la Neolengua, cambien por “vieja/o/e/x/@”).  No doy consejos, ¡a nadie! y menos a ustedes: los consejos no sirven para absolutamente nada, tampoco la experiencia, que suele ser un rosario amargo de fracasos resentidos. Y yo no quiero trasmitirles nada de eso sino sólo escribirles sobre uno de los objetos más lindos que el ser humano inventó: LOS LIBROS. Ignoro si existen libros todavía, ignoro si ya no los han prohibido las autoridades de la Nueva Petibonia, que solía llamarse Argentina y retengan bien este antiguo nombre. Pero, si todavía existen y si tienen o encuentran alguno, lo primero que deben aprender es a cuidarlos, restaurarlos, acondicionarlos, ponerlos en algún lugar accesible pero libre de bichos, humedades y otros ataques del tiempo. Eso es lo primero. Después se abren, porque los libros que no se abren no existen, somos nosotros quienes los hacemos existir sólo y si los abrimos, los miramos y sobre todo, si los leemos.  Podría hacerles algo así como una lista de libros “imprescindibles”, pero es algo fútil: un libro es un libro siempre, así que guárdenlos, incluso, si no los leen en el momento o quién sabe… nunca. Todos los libros son iguales desde ese punto de vista: son tesoros así sean una remachada frivolidad o tontera, y escuchen o lean bien, ¡aún siendo malísimos!. No les daré, como les dije, ninguna lista de libros “sabiondos”, con suerte los descubrirán solitos. Jamás escuchen el comentario típico de los tarados: “No se puede estar leyendo todo el tiempo, tenemos que tomar acción, eso es sólo teoría o poesía, o literatura, o pavadas, o ciencia, o historia, o arte o cocina, o tejido al crochet, o técnica para construir casas, botes, castillos, fuertes, puentes, ciudades, edificios o buques. Les advierto que tales pseudo argumentos son los de las personas malas, dominantes, manipuladoras o, al menos, burras de solemnidad y las tales personas se dedican a despreciar a los que leen y sostienen la palabra. ¡No aflojen y lean!: así, al menos, no terminan como nosotros, que estamos terminando con todo. ¿Quieren más o ya están aburridos?. Bueno, hagamos como que escucho el clamor de los niños del futuro desde mi nube loca y tal vez, tal vez, vuelva a escribirles. ¡Hasta más ver!, que no deja de ser una manera de decir, dadas las circunstancias.

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  by Princess!, en lucha desigual                 con Leviathan                                

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Las páginas amarillas de Princess: “La autoridad monetaria se suele conocer con el nombre de Banca Central”

4 Oct

 

 

FUNDAMENTOS DE ANÁLISIS ECONÓMICO

 

Alberto Benegas Lynch (H.)

Novena Edición

©by ABELEDO PERROT S.A.E. e I.

Buenos Aires, Argentina; 1986

I.S.B.N. 950-20-0350-0

 

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VI

MONEDA

 

31. Reseña de la moneda. Primera Conferencia de Génova. Patrón cambio oro. Bretton Woods. Doble mercado del oro. Acuerdo Smithoniano. Flotación sucia

 

 

 

Luego de sucesivos períodos de cierres transitorios en la convertibilidad, finalmente los gobiernos decretaban el cierre definitivo de la convertibilidad. Si el curso forzoso es mantenido (como fue el caso) la clausura de las instituciones de conversión inexorablemente conduce a la aparición de la autoridad monetaria.  Hasta ese momento el llamado patrón oro clásico -a pesar de las limitaciones que significaba el curso forzoso, los monopolios de acuñación y conversión y otras disposiciones como la de encajes- permitía que la cantidad de dinero-mercancía (en este caso el oro) y no su precio en términos de otras mercancías que no eran dinero dependieran en gran medida del mercado.  Una vez clausurada la conversión y manteniendo el curso forzoso, la autoridad monetaria debía establecer la cantidad de moneda y, de esta manera, influía en el poder adquisitivo de la misma. 

La autoridad monetaria se suele conocer con el nombre de banca central. Las autoridades del banco central -el banquero de los banqueros- sólo pueden decidir entre tres posibilidades: a qué tasa expandirán la moneda, a qué tasa la contraerán o si no introducirán modificaciones en el volumen de la masa monetaria.  Como veremos en esta segunda parte, cualquiera de las tres variantes que adopte, la autoridad monetaria está alterando los precios relativos, puesto que éstos serán el resultado de esa decisión política y no de la estructura valorativa del mercado.  A partir de ese momento se hizo evidente que “hay dos tipos de personas […] aquellos que tienen el privilegio de crear moneda y aquellos que tienen la obligación de aceptarla”; H.Z. Katz, The paper aristrocracy.

También en Génova, en 1922, según la resolución IX del Acuerdo, se oficializó la liquidación del patrón oro clásico (en la práctica, abandonado durante la primera guerra  mundial), y se estableció el llamado patrón cambio oro.  Este sistema de pseudopatrón oro significó que las reservas de los ya creados bancos centrales estarían también constituídos en dólares y libras (aunque esta última fue posteriormente dejada de lado).  Estas divisas, a su vez, estarían vinculadas al oro a una razón fija, pero la convertibilidad sólo podría llevarse a cabo en la Reserva Federal y en el Banco de Inglaterra, a requerimiento de la banca central extranjera, sistema éste que finalmente condujo a la crisis de los años ’30.  Las consecuencias del abandono del patrón oro clásico, es decir el boom de los años ’20 y la crisis de los años ’30, fueron anunciadas, entre otros, por L. von Mises.  Sus advertencias fueron escritas en 1912 y en 1924, en el prólogo a la segunda edición alemana, escribía:

“Mi libro también se refería al problema de la inflación e intentaba demostrar la inconveniencia de las doctrinas que la avalaban; también se refería a los cambios que amenazaban nuestro sistema monetario en el futuro inmediato. El libro provocó ataques apasionados de aquellos que estaban preparando el camino para la catástrofe monetaria que sobrevendría. Algunos de aquellos que atacaron el libro tuvieron gran influencia política y llevaron a la práctica sus doctrinas experimentando la inflación en sus países.  Nada ha sido más errado que el aceptar la común aseveración de que la crisis económica se debió principalmente a los problemas inherentes a a la guerra y a los períodos de posguerra. Tal afirmación ignora la literatura de la teoría económica […]. Los tremendos cambios que ha experimentado el valor de la moneda no sorprenden a quienes conocen del tema; no sorprenden las variaciones en el valor de la moneda ni tampoco las consecuencias sociales y las reacciones de los políticos frente a ambas circunstancias.”

En 1945, en Bretton Woods, J.M. Keynes, por Gran Bretaña, y H.D. White, por Estados Unidos, fueron los inspiradores de un banco central internacional encargado de evitar inflaciones y deflaciones dispares.  Treinta y cinco naciones suscribieron el acuerdo, donde se abandonó la libra como moneda de reserva, se eliminó la posibilidad de convertir dólares en oro a los particulares para operaciones de envergadura, y se introdujo el mecanismo del “valor par”, con la intención de evitar fluctuaciones de las monedas de los países firmantes respecto de la evolución del dólar (a su vez, vinculado a un tipo de cambio de U$S 35 la onza).  Esta institución se denominó Fondo Monetario Internacional, encargado también de financiar los déficit en los balances de pagos producidos como consecuencia de los tipos de cambio fijos establecidos en el acuerdo de Bretton Woods.

En 1968 se estableció el mercado doble del oro, por medio del cual el gobierno de Estados Unidos acordó dejar de vender oro en el mercado internacional (cosa que venía haciendo para mantener la aludida relación fija de 35 dólares la onza).  En este sentido, se dijo que el precio “real” del oro y el que debía tomarse a los efectos contables era 35 dólares la onza.  Se anunció que aparecía un mercado marginal que “no reflejaría la situación real”.  La gente, aun sin conocer de política monetaria, no se dejó convencer por los representantes de los organismos internacionales, en el sentido de que el papel tenía mayor valor que el oro y el precio del metal comenzó a subir.

En agosto de 1971 -debido a que algunos bancos contrales europeos amenazaron con convertir sus dólares reclamando el oro de Fort Knox (cosa que ya había hecho Francia a fines de la década del ’60- el presidente Nixon decidió abandonar completamente la relación del oro con el dólar y estableció lo que él denominó “el acuerdo más importante de la historia”, que consistió en establecer tipos de cambio fijos.  Estos acuerdos se llevaron a cabo en el Smithonian Institute de Washington, y la parte del acuerdo considerada la más trascendental en la historia monetaria concluyó en el pánico de marzo de1973, fecha en que se estableció la llamada flotación sucia, donde las monedas fluctúan dentro de una franja establecida por los respectivos bancos centrales. 

 

 

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  by Princess!, humilde y curiosa                     lectora infantil

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