¡Volvió la filosofía -política- en chancletas!: Jean Jacques Rousseau y un libro que cambiaría el mundo…

16 Sep

 

EL CONTRATO SOCIAL

o Principios del Derecho Político

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Jean-Jacques Rousseau

-1762-

 

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Traducción, estudio preliminar y adaptación al castellano: María José Villaverde
©Editorial Tecnos S.A; 1988.   ©Por la traducción: Editorial Tecnos S.A.   ©Por el estudio preliminar: María José Villaverde, 1988
 ©Por esta edición:  Ediciones Altaya S.A; 1996
ISBN Obra completa: 84-487-0119-4///ISBN: 84-487-0121-6

 

 

 

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LIBRO CUARTO

Capítulo VIII

De la religión civil

 

 

       Los hombres no tuvieron al principio más reyes que los dioses,  ni más gobierno que el teocrático.  Hicieron el razonamiento de Calígula,  y entonces razonaron correctamente.  Es necesario un profundo cambio de sentimientos e ideas para decidirse a tomar a un semejante por señor y jactarse de que de este modo se encontrará uno bien.  Al colocar a Dios al frente de cada sociedad política,  resultó que hubo tantos dioses como pueblos.  Dos pueblos extranjeros,  y casi siempre enemigos, no pudieron reconocer durante muchos tiempo a un mismo señor;  los ejércitos que se combaten no pueden obedecer al mismo jefe.  Así,  de las divisiones nacionales resultó el politeísmo,  y de éste la intolerancia teológica y civil,  que naturalmente es la misma,  como se demostrará a continuación.  La manía de los griegos por reconocer a sus dioses entre los pueblos bárbaros provino de que se consideraban también soberanos naturales de estos pueblos.  Pero hoy en día es una erudición muy ridícula el tratar de descubrir la identidad de los dioses de las diversas  naciones.  ¡Como si Moloch,  Saturno y Cronos pudiesen ser el mismo Dios!.  ¡Como si el Baal de los fenicios,  el Zeus de los griegos y el Júpiter de los latinos pudiesen ser el mismo!.  ¡Como si pudiesen tener algo en común seres quiméricos que llevan diferentes nombres!. Si se me preguntase por qué no había guerras de religión en el paganismo,  en el que cada Estado tenía su culto y sus dioses,  contestaría que por la misma razón que cada Estado,  al tener un culto y un gobierno propios,  no distinguía sus dioses de sus leyes.  La guerra política era también teológica:  las competencias de los dioses estaban,  por decirlo así,  determinadas por los límites de las naciones.  El dios de un pueblo no tenía derecho alguno sobre los demás pueblos.  Los dioses de los paganos no eran codiciosos:  se repartían entre ellos el imperios del mundo;  el mismo Moisés y el pueblo hebreo compartían a veces esta idea al hablar del dios de Israel.  Consideraban ciertamente como inexistentes a los dioses de los cananeos,  pueblos proscriptos dedicados a la destrucción,  y cuyo lugar debían ellos ocupar, pero observad cómo hablaban de las divinidades de los pueblos vecinos,  a los que les estaba prohibido atacar:  “La posesión de lo que pertenece a Chamos,  vuestro dios -decía Jefté a los amonitas-, ¿no os es legítimamente reconocida?.  Nosotros poseemos, con el mismo título,  las tierras que  nuestro dios vencedor ha conquistado”.   Esto implicaba,  creo yo,  una reconocida paridad entre los derechos de Chamos y los del dios de Israel.  Pero cuando los judíos,  sometidos a los reyes de Babilonia,  y más tarde a los reyes de Siria,  se obstinaron en no reconocer más dios que el suyo,  esta negativa,  considerada como una rebelión contra el vencedor,  les atrajo las persecuciones que se leen en su historia, y de las cuales no existe otro ejemplo antes del cristianismo.  Estando, pues, cada religión unida únicamente a las leyes del Estado que la prescribe,  no había otra manera de convertir a un pueblo que la de someterlo,  ni existían más misioneros que los propios conquistadores;  y siendo ley de los vencidos a la obligación de cambiar de culto,  era necesario comenzar por vencer antes de hablar de ello.  Lejos de combatir los hombres por los dioses, eran los dioses, como en Homero,  los que combatían por los hombres;  cada cual pedía al suyo la victoria y la pagaba con nuevos altares.  Los romanos,  antes de tomar una plaza, conminaban a los dioses de ésta a abandonarla,  y cuando permitían a los tarentinos conservar a sus dioses irritados es porque consideran que estos dioses estaban sometidos a los suyos y obligados a rendirles homenaje.  Dejaban a los vencidos sus dioses como les dejaban sus leyes.  Una corona al Júpiter del Capitolio era con frecuencia el único tributo que les imponían.  Finalmente,  al propagar los romanos su culto y sus dioses junto con su imperio,  y habiendo adoptado con frecuencia ellos mismos los de los vencidos,  y concedido a unos y a otros el derecho de ciudadanía,  los pueblos de este vasto imperio halláronse insensiblemente con multitud de dioses y de cultos,  que eran los mismos aproximadamente en todas partes;  y he aquí cómo el paganismo no fue finalmente en el mundo conocido sino una sola y misma religión.  Fue en esas circunstancias cuando Jesús vino a establecer sobre la tierra su reino espiritual;  lo que, separando el sistema teológico del político, hizo que el Estado dejase de ser uno, y originó divisiones intestinas que jamás han dejado de agitar a los pueblos cristianos.  

 

Ahora bien, al no haber al no haber podido entender nunca los paganos esta idea nueva de un reino del otro mundo, miraron siempre a los cristianos como verdaderos rebeldes, que, bajo una hipócrita sumisión,  no buscaban más que el momento de hacerse independientes para usurpar hábilmente la autoridad que fingían respetar en su debilidad.  Tal fue la causa de las persecuciones.  Lo que los paganos habían temido ocurrió.  Entonces todo cambió de aspecto;  los humildes cristianos cambiaron de lenguaje,  y pronto ese pretendido reino del otro mundo se convirtió,  en éste,  bajo un jefe visible, en el más violento despotismo.  Sin embargo,  como siempre ha habido un príncipe y leyes civiles,  de este doble poder ha surgido un perpetuo conflicto de jurisdicción, que ha hecho imposible la existencia de una buena organización de los estados cristianos,  y jamás se ha llegado a saber a cuál de los dos había que obedecer,  si al señor o al sacerdote.  Algunos pueblos,  sin embargo, incluso en Europa o en su vecindad,  han querido conservar o restablecer el antiguo sistema,  pero sin éxito;  el espíritu del cristianismo lo conquistó todo.  El culto sagrado ha permanecido siempre,  o se ha convertido de nuevo en independiente del soberano,  y sin unión necesaria con el cuerpo del Estado. Mahoma tuvo miras muy sanas:  trabó bien su sistema político y mientras subsistió la forma de su gobierno bajo los califas, sus sucesores,  este gobierno permaneció unido,  pero cuando los árabes se convirtieron en prósperos,  cultos,  corteses,  blandos y cobardes,  fueron sojuzgados por los bárbaros,  y entonces la división entre los dos poderes volvió a comenzar.  Aunque esta dualidad sea menos aparente entre los mahometanos que entre los cristianos,  se encuentra en todas partes,  sobre todo en la secta de Alí,  y hay estados,  como Persia,  donde no deja de hacerse sentir.  Entre nosotros,  los reyes de Inglaterra se han constituído en jefes de la Iglesia;  otro tanto han hecho los zares,  pero con este título se han convertido no tanto en sus señores como en sus ministros:  no han adquirido tanto el derecho de cambiarla como el poder de sostenerla.  No son legisladores,  sino sólo príncipes.  Donde quiera que el clero constituye un cuerpo,  es señor y legislador.  Hay, pues,  dos poderes, dos soberanos en Inglaterra y en Rusia lo mismo que en otras partes.

 

De todos los autores cristianos,  el filósofo Hobbes es el único que ha visto bien el mal y el remedio;  y que se ha atrevido a proponer reunir las dos cabezas del águila, y reducir todo a unidad política,  sin lo cual jamás habrá Estado ni gobierno bien constituído.  Pero ha debido darse cuenta de que el espíritu dominador del cristianismo era incompatible con su sistema,  y que el interés del sacerdote sería siempre más fuerte que el del Estado.  Lo que ha hecho odiosa su política no es tanto lo que hay de horrible y falso en ella como lo que encierra de justo y cierto.  Yo creo que desarrollando,  desde este punto de vista,  los hechos históricos,  se refutarían fácilmente las opiniones opuestas de Bayle y de Warburton.  Uno de ellos pretende que ninguna religión es útil para el cuerpo político,  mientras que el otro sostiene,  por el contrario,  que el cristianismo es su más firme apoyo.  Se podría demostrar al primero que jamás fue fundado un Estado sin que la religión le sirviese de base,  y al segundo que la ley cristiana, es, en el fondo,  más perjudicial que útil para la constitución del Estado.  Para terminar de aclarar mi posición,  sólo hace falta precisar un poco más las ideas demasiado vagas relativas al asunto.  La religión,  considerada en relación con la sociedad, que es general o particular, puede también dividirse en dos clases, a saber:  la religión del hombre y la del ciudadano.  La primera,  sin templos, sin altares,  sin ritos,  limitada al culto puramente interior del Dios Supremo y a los deberes eternos de la moral,  es la pura y simple religión del Evangelio,  el verdadero teísmo y lo que se puede llamar el derecho divino natural.  La otra, inscrita en un sólo país,  le proporciona sus dioses,  sus patronos propios y tutelares;  tiene sus dogmas,  sus ritos y su culto exterior,  prescripto por leyes.  Exceptuando la nación que le rinde culto,  todo es para ella infiel,  extraño,  bárbaro;  sólo extiende los deberes y los derechos del hombre hasta donde llegan sus altares.  Así fueron todas las religiones de los primeros pueblos a las que se puede dar el nombre de derecho divino, civil o positivo. Existe una tercera clase de religión, más rara,  que al dar a los hombres dos legislaciones, dos jefes, dos patrias,  los somete a deberes contradictorios y les impide ser a la vez devotos y ciudadanos: se trata de la religión de los lamas (Nota by Princess; alude al budismo), la de los japoneses,  y el cristianismo romano.  A esta última se la puede llamar la religión del sacerdotes;  de ella resulta un tipo de derecho mixto e insociable que no tiene nombre.  Considerando políticamente estas tres clases de religiones,  las tres tienen defectos.  La tercera es tan evidentemente mala que es perder el tiempo distraerse en demostrarlo:  Todo lo que rompe la unidad social no tiene valor alguno.  Todas las instituciones que ponen al hombre en contradicción consigo mismo no sirven para nada…

 

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by Princess, su Valquiria filósofa de barrio...

      by Princess, su Valquiria                    filósofa de barrio

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al cine con Princesa García: “Tiro de gracia”, peli de culto ¡total, che!

15 Jul

¿Vamos al cine?

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¡Sensacional estreno del cine argie!: "Tiro de Gracia"

¡Sensacional estreno del cine argie!: “Tiro de Gracia”

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Queridas amigAs, lektorAs ¿fieles?…

 

 

¿Por dónde comenzar, por dónde “aprehender” esta rara, imperfecta y notable joyita del cine argentino a la “nouvelle vague-versión criolla”?.  Porque estamos a fines de los sixties, como toooodo el mundo sabe y asistimos al estreno de TIRO DE GRACIA, dirigida por Ricardo Becher  que, por supuesto y en su momento, casi casi sólo vieron sus protagonistas y algún que otro fan: duró lo que un suspiro en la cartelera porteña.  Pero, como también suele suceder, con el devenir del tiempo se convirtió en “la” película de culto de toda la vagancia argenta, especialmente la porteña, además de ser la primera en incluír rock y blues original de estas tristes pampas compuesto especialmente  por Javier Martínez Suárez, baterista y primera voz del mítico trío Manal.  Justamente, es el trío Manal el que, a su vez, interpreta la banda de sonido original; por otra parte, el muy jovencito Javier Martínez  no se priva, por si fuera poco, de encarnar  uno de los roles protagónicos, el de Paco, empleado público fanático del jazz, músico y baterista aunque no “haciendo de sí mismo”, estrictamente hablando.  La figura, tanto mítica como increíblemente misteriosa es, sin duda, Sergio Mulet (Marsella, 1947; Rumania, 2007): especie de Kerouac  porteño, modelo publicitario, latin lover de barrio, canchero, poeta, escritor… de hecho, es Sergio Mulet el autor de la novela en la que se basa esta peli, de su guión en coautoría con Ricardo Becher y de llevar sobre sus muy pintones hombros, el peso del protagónico.  Sin embargo TIRO DE GRACIA es, también, una película coral, un verdadero cacho de vida porteña y argenta, tal como se desarrollaba en la “bohemia” del Bar Moderno y en los alrededores de la facultad de Filosofía y Letras. Así, y “haciendo-de-sí mismos” o asumiendo roles actorales siendo o no actores de profesión, vemos desfilar por esta peli ¡increíble! al Negro Edgardo Suárez, al psicoanalista y filósofo Oscar Masotta, a Juan Carlos Gené, Federico Peralta Ramos, Gregorio Kohon, Alfredo Plank, Roberto Plate, Cristina Plate, ¡Perla Caron! y a la estrellita, entonces en ascenso, Susana “Su” Giménez. Y siguen las firmas y las presencias notables: el actor Abel Sáenz Buhr, el artista plástico Pérez Celis, en fin, una larga lista que pueden dedicarse a descifrar por sí mismas, ustedes, queridas lektorAs, ¡especialmente si son algo maduras y argentinas de pura cepa, like me!. Muchos partieron ya: Ricardo Becher, el director, falleció a los 81 años, en 2011, mientras que Mulet, apodado “el Yeti” murió, aparentemente asesinado por su esposa en un extraño episodio en Rumania, esas cosas raras de la vida.  Amigas, no me quiero hacer la Maestro Siruela y por lo tanto, sólo me resta decirles…¡Disfruten!. Todo lo demás que quieran saber, en fin, hay gente que escribe tan bien y con conocimiento profundo,  ¡es cuestión de buscar!. En lo que a mí respecta, apenas voy al cine.  Hablando de eso: ¿Pochoclo o maní con chocolate?

 

 

 

 

 

 

 

http://www.cinemargentino.com/films/914988459-ricardo-becher-recta-final

 

 

 

 

 

 by Princess!!, su  walquiria cinéfila y hasta demodee

De nuestro corresponsal en Petibonia: ¡Glamorosa edición de los “Adri Awards”!

24 Jun

De  nuestro corresponsal en la

Atenas del Plata, acreditado, ¡en exclusiva! en los…

Adri Awards

 
    La escasez de postulantes a los internacionalmente afamados

Adri Awards 

venía alarmando seriamente a los miembros de este Honorable Jurado. Hoy nos complace anunciar al mundo todo, que, en una sencilla y hasta emotiva ceremonia, ha sido conferida la enésima edición de la 

“Mención Honorífica Especial” 

 
Se trata del ¡Sr. Daniel Alejandro!, también conocido como “Dani”, prometedor joven oriundo de la Capital del Azúcar,
remota ciudad perdida en el norte de nuestra extensa republiqueta de Petibonia.
 ¡¡Congratulations, Daniel, que te lo decimos in english y todo !!
 
 
 

Mención de Honor “Adri Awards

  

Sr. Dani

 ¿VI? Visitante Extraterrestre de Espacios “Acsurdos”

Como en ocasiones anteriores, reiteramos la ausencia de premios (una prueba más del prestigio alcanzado).
 Y despedimos a Daniel Alejandro con un

¡Adelante!

(que hay cosas peores)  
Y que cada uno se haga responsable de lo que lee, che…

La cocina de PG: ¿”Comida para pobres” veggies?

30 May

-HOY-

¡Comida veggie y barata en Bi Ei!

 

Princess! prueba de todo para ustedes, queridas lektoras: ¡un sacrificio, che!

Princess! prueba de todo para ustedes, queridas lektoras: ¡un                           sacrificio, che!

 

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Amigas, lektoras del orbe todo: La cosmopolita y francamente despelotada, incluso bastante sucia capital de nuestra amada republiqueta -¡Petibonia!, también conocida como ¿Arge…?, no recuerdo del todo ese nombre antiguo- no deja de sorprendernos con sus propuestas gastronómicas. Como muestra, algo arbitrariamente elegida y entre quichicientas otras, les presento a una de las más renombradas cocineras del mundillo veggie-macro-alternativo, ¡Clara Aurora!. Se trata, simplemente, de comida preparada con ingredientes frescos y nobles, de rápida realización, liviana, colorida, ¡alimentadora! y, tal el motivo y el nombre de esta propuesta -“Comida para pobres”-, ¡barata, very very cheap, really!.  Cocina relativamente rápida y sencilla, con un toque de sofisticación y buena presentación; sana, rica, variada y veggie por unos U$S 4/6  para CUATRO personas CUATRO, esto es, a razón de U$S 1/1.50 por cabecita loca o comensal invitado a nuestra humilde morada. ¿Probamos?.  Informó Princesa García, su corresponsal glotona, ¡exclusivo! para el Petibonian Times…

 

 

 

 

 

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Temporada de estrenos en la Atenas del Plata: ¡volvió Princess “crítica” de cine!

27 May

                                                           

  ¿Vamos al cine?

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¡Sensacional estreno del cine argie!: "Paula Cautiva"

   ¡Sensacional estreno del cine                  argie!: “Paula Cautiva”

 

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Queridas amigAs, lectorAs ¿fieles?…

Volver, de tanto en tanto,  a las viejas pelis argentinas es un ejercicio que frecuento ¡lo más que puedo!, deben ser los años, seguramente: ver mi ciudad en 1963 -fecha de estreno de esta película-, como yo la veía a mis siete u ocho años -la verdad es que la percibía ¡preciosa!-, imágenes de la puerta del edificio donde entonces vivía, de los bondis que me tomaba para ir al cole o a las clases de música, a las mujeres vestidas como mi mamá vestía entonces, o los pasajeros saliendo por escalerillas de los aviones (sin “mangas”, amigos) en un aeropuerto de Ezeiza tan pero tan provinciano,  el magnífico lobby del Hotel Alvear, en fin, ¡hasta se me pianta un lagrimón, se me pianta, “igual que en un tango”!. Pero esta peli, dirigida por Fernando Ayala, simplemente ¡me mató!. Lo primero que destaco y transmito, modestamente, a la purretada argentina y del orbe todo, es que nuestro ispa tiene una característica notable: “parece” que pasan muuuuuuchas cosas, pero la verdad es que no pasa taaaaaanto; es más, a veces, ¡no cambia nada!; o sea, que si nos vamos unos años y volvemos, encontraremos todo más o menos igual. Y si algo nos pinta hasta el alma es la memorable escena del falso entierro, en el ¡topísimo! cementerio de la Recoleta, de un tano “grasa” pero con guita y pretensiones, en el supuesto y falso panteón de su familia, ¡ja, ja, ja!, todo esto gracias al “alquiler” que le proporciona un estanciero venido a menos. Y allí tenemos, sin más, a los restos fósiles de nuestra perfumada “oligarquía agropecuaria” que se dedican, para sobrevivir, a alquilar panteones, ejercer la prostitución vip y organizar tours de gringos al casco de la vieja estancia. ¡Película notable! y por muchas razones: la inestabilidad política -refiere, aunque sin nombrarlo, al conflicto entre colorados y azules que atravesó a las fuerzas armadas de entonces- el dólar que sube y baja -je, je, je, ¿les suena conocido?- la dificultad para que nos tomen en serio los de afuera, los vaivenes económicos y la labilidad de las inversiones en un país díscolo e imprevisible, sin olvidar el fútbol, todo en medio de los golpes “cívico-militares” (permitida toda analogía con otros sucesos de nuestra historia, comento maliciosamente, ¡je, je, je!), ancche los anticuados e ingenuos libros de lectura de la escuela primaria y las señoras haciendo compras en el almacén del barrio cuando se rumoreaba sobre el inminente golpe. Más allá de todo eso, un fantástico Orestes Caviglia (purretes del mundo, vean a este maravilloso actor que se merece y muuuuucho su nombre puessto en tantas salas y teatros argentinos) y una diviiiinaaaaa, bella y muy pero muy sofisticada Susana Freyre en su rol de cheta venida a menos que se gana los mangos trabajando como call girl,  o “escort”, como diríamos hoy. ¡Pero qué modeeeeerrrrnos, ja, ja, ja!. La cosa no queda allí: gauchos for export, gringos con plata y, sobre todo, chikas pop argentinas, (¡parecen discípulas mías!), todo esto según un relato de la algo olvidada escritora Beatriz Guido, que me pregunto si alguien la lee hoy: ¿Alguien la lee?.  Lo mejor, de lejos: Duilio Marzio -¡con razón me gustaba este galán cuando era chiquita!-; hombre requetepintón y muy muy bello aunque con nada que envidiarle a su coequiper Lautaro Murúa  -otro actor “recio” que ya había destacado, a su vez, como director de cine-.  Murúa fue un actor chileno recontrafincado en nuestro país,  con una gran carrera y una pinta bárbara y que, como tantos otros, tuvo que salir ¡corriendo! perseguido por la Alianza Anticomunista Argentina, de cuño peronista y sostenida por el gobierno ¡constitucional! de los primeros ’70 (ay, Argentina, sos una madre turra vos).   Un joven pero ya no tanto y ¡precioso! Leonardo Favio también se ocupa de deleitar a las chicas de entonces y de ahora, o sea, a las ¡modernas chikas!: aquí lo vemos antes de su explosión como cantante, tenía ya una tremenda carrera como actor y galán, como asistente de dirección de Leopoldo Torre Nilson y bueno, qué más decir sobre el seductor y simpatiquísimo Favio que en poco tiempo, además, comenzó una carrera de director notable; si vamos al punto, uno de los más grandes directores que tuvo el cine argentino. Párrafo aparte para la música: entre otras perlitas, el imperdible “madison” que bailan Fernanda Mistral y su cliente americano y, sobre todo, la música que compuso Astor Piazzolla para la peli.  Por otra parte, cuando la protagonista se decide a mostrarle el Buenos Aires “en serio” y no for export al visitante, lo lleva…¿a qué no saben dónde?: ¡pues a escuchar a Astor tocando el bandoneón, que, muy gustoso, aparece en la peli!.  Enjoy, amigos… no sin antes deslizar un comentario superficial pero de cierta precisión histÉ(Ó)rica: algo me llamó la atención y es el hecho de que tienen control remoto para la tele…¿alguien se acuerda de eso?, porque yo no lo registro como existente -al menos, masivamente- en 1963, cuando eramos, ¡ay!, tan pero tan modeeeeerrrrnos, che.

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by Princess!, su crítica servicial y en ruleros

by Princess!, su crítica servicial y                       en ruleros

Filosofía en chancletas y für chikas only (III): “La Lógica es el vestíbulo de las ciencias”, dice Kant…

1 May

 

 

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Prefacio a la segunda edición de la “Crítica de la Razón Pura”

 

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             Si en el trabajo de los conocimientos que pertenecen a la obra de la razón se sigue o no la senda segura de la ciencia,  cosa es que por los resultados bien pronto se juzga.  Si después de mil disposiciones y preparativos se encuentra el lector detenido en el momento de alcanzar el fin,  o si para llegar hasta él se exige de continuo el retroceder y de nuevo emprender otro camino,  o si no es posible poner acordes a los diferentes colaboradores sobre la manera de proseguir el fin común,  es preciso convencerse de que tal estudio está muy lejos de haber entrado en la segura senda de la ciencia y que cuanto se ha estado haciendo es un simple ensayo.  Y constituye un servicio para la Razón descubrir en dónde sería posible hallar este camino,  aún a costa de abandonar,  como cosa vana, mucho de lo que se ha adquirido sin reflexión en el fin propuesto.  Que la Lógica ha entrado en esa segura vía desde los tiempos más antiguos lo prueba el que desde Aristóteles no ha tenido que retroceder un sólo paso, a no ser que se considere que no ha habido perfección al despojarla de algunas sutilezas inútiles,  o al darle una claridad más acabada en la exposición,  cosas que más pertenecen a la elegancia que a la seguridad de la ciencia.  Es también digno de atención que tampoco haya podido dar hasta ahora ningún paso hacia adelante, y que, según toda apariencia,  parece ya cerrada y acabada.  Cuando algunos modernos han tratado de extenderla introduciendo capítulos,  ya de psicología, sobre las diversas facultades de conocer (imaginación,  ingenio); ya de metafísica,  sobre el origen del conocimiento,  o sobre las diferentes especies de certidumbre,  según la diversidad de los objetos (idealismo, escepticismo,  etc.);  ya de antropología,  sobre los prejuicios (sus causas y remedios),  sólo han hecho palpable la ignorancia que tienen de la propia naturaleza de esta ciencia.   Cuando se traspasan los límites de una ciencia y se entra en otra,  no es un aumento lo que se produce; antes bien, una desnaturalización.  Los límites de la Lógica están claramente determinados,  al ser una ciencia que sólo expone y demuestra rigurosamente las reglas formales de todo pensar  (ya sea éste a priori o empírico,  ya tenga tal origen u objeto, ya encuentre en nuestro espíritu obstáculos naturales o accidentales).  Si tan ventajosa es la situación de la Lógica,  débelo únicamente a los puntos a que se limita,  que la autorizan y hasta la obligan a hacer abstracción de todos los objetos de conocimiento y de sus diferencias,  de suerte que el entendimiento sólo tiene que ocuparse en sí propio y en su forma.  Pero para la Razón,  que no sólo se ocupa en sí,  sino también en los objetos,  ha debido ser empresa más difícil entrar en las verdaderas vías de la ciencia.  La Lógica sirve por este motivo de propedéutica,  y es una especie de vestíbulo para las ciencias;  y así,  al hablar de conocimientos,  se tiene ya supuesta una Lógica que los juzga,  aunque,  por otra parte sea necesario acudir a las ciencias objetivas y propiamente dichas para adquirir un verdadero conocimiento.

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                  Ahora, al existir lo que decimos Razón en estas ciencias,  es preciso que algo sea conocido a priori.  El conocimiento este puede relacionarse con sus objetos de dos maneras:  o simplemente para determinar éste y su concepto (que en otra parte debe haberse dado),  o para realizarlo.  El primero es un conocimiento teórico de la Razón;  el segundo,  un conocimiento práctico.  En ambos casos,  la parte pura del conocimiento,  más grande o más pequeña,  y que es aquella en donde la Razón determina bsolutamente a prior su objeto,  merece que se la estudie entes y por separado,  a fin de no mezclarla con lo que otras fuentes aporten,  pues es una hacienda mal entendida la de gastar ciegamente lo que se percibe;  que después no se sabe distinguir, cuando las circunstancias apuran, la parte de gastos que hay que disminuir de la otra que las entradas pueden sostener.  Las matemáticas y la física son los dos conocimientos teóricos de la Razón que determinan a priori sus objetos:  la primera,  de un modo completamente puro;  la segunda, por lo menos en parte,  y después a medida que lo permiten otras fuentes de conocimiento que no son la Razón.  Las matemáticas,  desde los tiempos más remotos a que alcanza la historia de la Razón humana en la maravillosa Grecia, han seguido siempre el seguro camino de la ciencia.  No se crea,  empero,  que haya sido para esa ciencia tan fácil como para la Lógica, donde la Razón sólo en sí misma se ocupa,  descubrir su real camino, o, mejor dicho,  construírselo,  pues me inclino a creer que por largo tiempo (particularmente entre los egipcios) fue un mero tanteo,  y que el gran cambio que experimentó debe atribuírse a una revolución producida por el feliz éxito de un ensayo que algún hombre hacía,  acertando con él a entrar en el camino que debía tomarse para no errar por más tiempo,  y que desde ese momento quedaron abiertas y trazadas las vías seguras de la ciencia.  La historia de esta revolución en el pensamiento y la del hombre dichoso que la efectuó,  con ser aún más notables que el descubrimiento del camino por el célebre cabo, no han llegado a nosotros.  Según las noticias que Diógenes de Laercia nos transmite,   no debió pasar desapercibida para los matemáticos la grandísima importancia del cambio que sufrió esa ciencia al entrar en nuevo camino; antes al contrario,  vemos que se guardó eterna memoria del que se supone fue inventor de los elementos más simples de la demostración geométrica,  y que, según el juicio común,  no han menester prueba alguna.  El primero que demostró el triángulo isósceles (llámese Thales o como se quiera) dio un gran paso.  Por el hecho observó que,  para conocer las propiedades de una figura, no convenía guiarse por lo que en la figura contemplaba,  y menos en su simple concepto;  que lo que le correspondía es señalar lo que él mismo había introducido con su pensamiento, y compuesto después (por construcción).  Vio también que,  si algo con certeza quería saber a priori,  no admitiera cosa que no fuera consecuencia necesaria de lo que él mismo,  por  medio de su concepto, había puesto en el objeto.  No sucedió lo mismo con la Física, que hubo de tardar mucho más tiempo en encontrar las grandes vías de la ciencia;  pues apenas hace siglo y medio que la proposición del profundo Bacon de Verulam causó este descubrimiento o por lo menos dio pie,  por estar ya muy preparado el camino;  pero de todas suertes fue una completa revolución del pensamiento.  Sólo hablo aquí de la física que se funda en principios empíricos.  Cuando Galileo hizo rodar sobre un plano inclinado las bolas cuyo peso había señalado, o cuando Torricelli hizo que le aire soportara un peso que él sabía ser igual a una columna de agua que le era conocida,  o cuando más tarde Stahl transformó metales en cales y éstas a su vez en metal,  quitándoles o volviéndoles a poner algo,  puede decirse que para los físicos apareció un nuevo día.  Se comprendió que la Razón sólo descubre lo que ella ha producido según sus propios planes;  que debe marchar por delante con los principios de sus juicios determinados según leyes constantes,  y obligar a la Naturaleza a que responda a lo que le propone,  en vez de ser esta última quien la dirija y maneje.  De otro modo no sería posible coordinar en una ley necesaria observaciones accidentales que al azar se han hecho sin plan ni dirección,  cuando precisamente es lo que la razón busca y necesita.  La Razón se presenta ante la Naturaleza,  por decirlo así,  llevando en una mano sus principios (que son los únicos que pueden convertir en leyes a fenómenos entre sí acordes),  y en la otra,  las experiencias que por esos principios ha establecido;  haciendo esto,  podrá saber algo de ella,  y ciertamente que no a la manera de un escolar que deja al maestro decir cuanto le place;  antes bien,  como verdadero juez que obliga a los testigos a responder a las preguntas que le dirige.  De suerte que,  si bien se advierte,  debe la Física toda la provechosa revolución de sus pensamientos a la ocurrencia de que sólo debe buscar en la Naturaleza (no inventar) aquello que la Razón misma puso en conformidad con lo que desea saber,  y que por sí sola no sería factible alcanzar.  A esta revolución debe principalmente la Física haber entrado en el segundo camino de la ciencia,  después de haber sido por largos siglos un simple ensayo y tanteo.  La Metafísica,  aislado conocimiento especulativo de la Razón,  que nada toma de las enseñanzas de la Experiencia y que sólo se sirve de simples conceptos (no como las Matemáticas,  mediante aplicación de los conceptos a la intuición),  donde,  como es natural,  campea por sí sola la Razón,  no tiene la dicha de haber podido entrar en el seguro camino de una ciencia: ¡ésta,  que es de las ciencias la más antigua y de tal naturaleza que,  aun sumiéndose las restantes en las tinieblas de una destructora barbarie, jamás dejaría de existir!.  Pero en esa ciencia la Razón tropieza con las mayores dificultades para comprender a priori las leyes que la más vulgar experiencia confirma (como ella pretende).  Así que el camino que se traza no es firme ni seguro,  y mil veces es menester de nuevo rehacerlo,  pues no conduce a donde se deseaba llegar…

 

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by Princess!!; filósofa del barrio melancólico en otoño...

by Princess!!; filósofa del barrio-melancólico-             en-otoño

Filosofía al borde de la Pelopincho (II): Kant y la religión…-¡sólo para chikas librepensadoras!-

28 Feb

 

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Vida de Kant; por Kuno Fisher

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VI. 1  Los decretos religiosos

 

Necesitamos remontarnos un poco para referir este desagradable y célebre conflicto.  Existían las circunstancias exteriores de peor género que podían transformar en persecución política una discusión teológica.  Bajo el gobierno del gran rey y de su ilustre ministro, jamás hubiera sucedido al filósofo de Koenigsberg lo que en estos momentos era natural consecuencia de la nueva forma de gobierno. Federico el Único murió en el año 1786.  Su sucesor,  Federico Guillermo II,  muy diferente del gran rey,  de fútil y voluble espíritu,  y sin elevación alguna de pensamiento,  no hubiera sido por sí mismo un peligro para nuestro filósofo.  Por el contrario,  al ocupar el trono, le dio muestras de benevolencia y de respeto.  Hizo que fuere Kiesewetter a Koenigsberg para que estudiara en sus propias fuentes la filosofía kantiana.  Se entregó en brazos del misticismo y de lo misterioso,  más por su forma extraordinaria y extravagante que por pietismo.  En una palabra,  no le convencía el pietismo,  pero le seducía.  En verdad, no podía costar mucho trabajo  atraer a esa dirección a un hombre que sentía interés y hasta admiración por St. Germain y Cagliostro.  Ya nadie ignora con qué medios y con qué facilidad supieron alucinar y conquistar al crédulo monarca.   La política prusiana  tomó en este reinado el camino de la reacción, que se iba acentuando a medida que en Francia se desencadenaba la revolución y crecían  sus impetuosos ataques a la Iglesia y al Estado.  La revolución estaba aliada en Francia con el pensamiento libre.  La monarquía en Prusia contraía alianzas con los enemigos más apasionados de las luces, y cayó en el error de buscar en el crecimiento del poder clerical una protección contra el deseo de las novedades políticas.  Dos años más tarde del cambio de trono,  cayó el ministro Zedlitz,  y en su lugar fue colocado,  el 3 de julio de 1788,  un teólogo fanático y ambicioso,  el antiguo predicador Juan Cristián Woellner.  El general ayudante del rey,  Bischofswerder,  tenía sus mismas ideas.  Desde estas regiones, y con la fuerza de la autoridad superior,  se organizó una verdadera campaña contra el racionalismo,  con objeto de expulsarlo de todas sus posiciones ventajosas en la cátedra y en la literatura.  Pocos días después del nombramiento del ministro,  el 9 de julio de 1788,  se publicó un decreto que obligaba severamente a los profesores de religión a sujetarse a lo dispuesto como norma única y exclusiva, amenazándoles, caso contrario con la pérdida del empleo.  Este es el memorable decreto de Woellner.  Otro posterior del 19 de diciembre del mismo año suprimía la libertad de prensa,  sometiendo a la censura las obras nacionales y sujetando a inspección las extranjeras.  Para que se llevaran a cabo estas medidas se estableció,  en abril de 1791,  una autoridad especial encargada de la inspección y vigilancia en todas las cuestiones religiosas y de enseñanza.  Constaba esta autoridad,  especie de consejo supremo,  de tres hombres,  que se llamaban consejeros consistoriales,  siendo en realidad los más serviles instrumentos de Woellner; sus nombres eran:  Hermes,  Woltersdorff e Hilmer.  Tenían omnimodo poder sobre todos los empleos académicos y eclesiásticos; tenían en sus  manos la promoción y el ascenso,  la supresión y la facultad de disponer de todos ellos.  Examinaban a todos los candidatos para los empleos académicos y religiosos,  y recaía este examen en su fe y sus opiniones.  Los predicadores y profesores existentes estaban rigurosamente vigilados y sometidos a la censura, que sólo atendía a sus ideas ideas religiosas. Viajaban por todas las provincias, inspeccionaban los establecimientos públicos,  decretaban sobre la enseñanza y los libros de texto,  recomendando los que ellos mismos escribían o encomendándolos a los que pensaban bien.  Aquel que no se acomodaba explícitamente a estas disposiciones provocaba las sospechas de la autoridad inquisitorial,  y se le señalaba como mal pensado.  A los sospechosos se les llamaba racionalistas,  enemigos de toda religión y ateos.  No se tardó muchos en llamarles también jacobinos y demócratas.  En 1792 y 1794 los decretos sobre religión y censura fueron más severos todavía,  Se consideraba a todo racionalista como sedicioso,  y todo profesor al tomar posesión de su cargo debía jurar sobre los libros simbólicos.

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VI. 2  La doctrina religiosa nueva de Kant

 

En estos momentos precisamente sobrevinieron las investigaciones de Kant sobre política y religión.  La Crítica de la Razón práctica, que ya contiene el elemento fundamental de la doctrina religiosa de Kant,  se publicó en el mismo año en que Woellner subió al poder. La filosofía crítica,  y con ella un nuevo racionalismo mejor fundado,  se habían extendido a las más lejanas regiones del mundo científico, y se encontraban en el momento más propicio para conquistar las cátedras de las universidades alemanas.  Su íntima naturaleza era totalmente opuesta al espíritu con que gobernaba en la enseñanza el ministro de Federico Guillermo,  y que amenazaba a la libertad de pensamiento y de conciencia,  no en sus extravíos y exageraciones,  sino en sus mismas raíces.  Una figura de tanta influencia como la de Kant y una filosofía tan poderosa como la suya debían provocar muy pronto en el campo enemigo rudos ataques y disposiciones hostiles.  Una carta de Kiesewetter que fue encontrada entre los manuscritos de Kant demuestra que, desde el primer día en que Wolterdorff ejerció sus funciones,  había ya propuesto al rey que se prohibiera al filósofo Kant explicar cosa alguna. Pero el ataque que se dirigió contra Kant no se hizo de esa manera que tanto agradaba a Wolterdorff.                              Kant mismo ofreció esta ocasión al fanatismo de Berlín.  Había enviado para su publicación en 1792 a la Revista Mensual de Berlín, inspirada por el racionalismo de aquella época,  un trabajo sobre “El mal absoluto”.  Se hacía la impresión de la Revista en Jena; pero,  con objeto de evitar todo lo que pudiera sugerir el pensamiento de que se había querido evitar la censura y hacer una especie de fraude literario,  encargó Kant explícitamente que se sometiera su artículo a la censura de Berlín. Dio Hilmer la autorización para que se imprimiera, añadiendo, sin embargo, para su completa tranquilidad que lo hacía “en vista de que los artículos de Kant sólo son leídos por los científicos muy profundos”.  Se publicó el artículo en abril de 1792.  Poco después envió Kant al mismo periódico y con la misma recomendación su segundo trabajo sobre La lucha del bien y del mal”.  Como asunto concerniente a la teología bíblica,  pasó este escrito a la censura común de Hilmer y Hermes.  Negó este último el imprimatur.  Apoyó Hilmer a su colega y comunicó por escrito esta resolución al director de la Revista.  A las observaciones de éste se replicó sencillamente “que los censores no tenían otro criterio que el decreto sobre religión y que no podían dar explicaciones de ningún género”.  Esto imposibilitó desde luego la publicación del artículo en la Revista berlinesa.  Pero Kant, que había publicado ya la primera disertación, deseaba vivamente hacer lo mismo con las tres siguientes,  que se hallaban enlazadas con la primera de un modo íntimo y directo.  No había otro camino posible que dar este escrito a una facultad teológica para que lo examinara y diera el necesario permiso.  No se dirigió a Goettingen,  por ser universidad extranjera; tampoco podía dirigirse a Halle,  que había prohibido se publicara el escrito de Fichte “Crítica de toda revelación”.  Adoptó el camino más corto y sometió sus disertaciones a la censura de la facultad teolgica de Koenigsberg.  Esta votó por unanimidad la autorización, y poco tiempo después fueron publicados los cuatro estudios como obra completa y formando un solo volumen con este título: La Religión en los límites de la Razón”,  obra que fue impresa en 1793 en la casa de Nicolovius en Koenigsberg.  Causó tanta sensación esta obra de Kant que al año siguiente era ya de todo punto necesaria una segunda edición.  Pero el tribunal clerical de Berlín no podía ver esto con calma,  y aprovechó la ocasión por tanto tiempo deseada de tomar alguna medida contra nuestro filósofo. El 13 de octubre de 1794 recibió Kant esta extraordinaria orden: “Federico Guillermo, rey de Prusia por la gracia de Dios, etc. a nuestro fiel e ilustre súbdito, salud.  Nuestra elevadísima persona ha visto desde algún tiempo con sumo disgusto cómo habéis abusado de vuestra filosofía para relajar y desnaturalizar muchas de las doctrinas fundamentales de la Santa Escritura y del cristianismo,  particularmente en vuestro libro sobre La Religión en los límites de la Razón y en otros escritos menores.  Nos esperábamos algo mejor de vos;  debéis también comprender hasta qué punto faltáis a vuestros deberes como maestro de la juventud y a mis paternales prescripciones en bien del país.  Esperamos de vuestra parte en el menor plazo posible una justificación completa,  y os advertimos que,  si no queréis caer en desgracia con nos,  no incurráis de nuevo en las faltas cometidas aplicando, por el contrario,  todo vuestro celo y autoridad como es deber vuestro,  a que se lleven a cabo con mejor éxito nuestras paternales intenciones.  En caso contrario,  os atendréis necesariamente a las dolorosas consecuencias que os sobrevinieren.  Haceos acreedor a nuestra alta gracia.  Berlín,  1° de octubre de 1794.  Por orden especial de S.M,  Woellner”.  Al propio tiempo,  todos los profesores de filosofía y de teología de Koenigsberg tuvieron que comprometerse por escrito a no dedicar cursos a la filosofía religiosa de Kant. En esta época se hallaba nuestro filósofo en la cima de sus años y de la gloria: tenía setenta años de edad,  y el mundo entero glorificaba su nombre.  Con ocasión de la medida de que acababa de ser víctima,  obró con la mayor prudencia.  La guardó para sí mismo y con tanto secreto que,  excepción hecha de un solo amigo,  nadie tuvo conocimiento del hecho hasta que él lo propagó después de la muerte del rey.  El cambio de ideas que se le pedía era absolutamente imposible;  la resistencia abierta era inútil y contraria a sus sentimientos.  El único partido que le quedaba era el silencio.  Sobre un pedacito de papel que se encontró entre otros después de su muerte,  escribió las siguientes palabras que expresan su situación y sus pensamientos como en un monólogo: “Abdicar y desmentir una convicción interior es una bajeza;  pero callar en un caso como el presente es el deber de un súbdito;  y si todo lo que se dice debe ser verdadero,  no por eso es un deber decir públicamente toda la verdad”.  En este sentido respondió Kant a la carta real justificándose de los cargos que se le hacían y demostrando que eran infundados.  En cuanto a la recomendación que se le hizo de emplear mejor su talento,  la cumplió condenándose al silencio.  Se resignó a no dar curso alguno sobre asuntos de religión. Para evitar la última sospecha -dice al final de la carta aseguro solemnemente y declaro,  como muy fiel vasallo de Vuestra Real Majestad, que en lo futuro,  así en mis escritos como en mis clases,  me abstendré por completo de todo lo que se refiera a la religión,  así a la natural -que era como entonces se llamaba a la filosofía de la religión; nota by Princess- como a la revelada”.  Estas palabras,  “como muy fiel vasallo de Vuestra Majestad”,  contienen una reserva mental muy prudente y que tal vez podrá parecer a algunos demasiado prudente. Se comprometia a callar mientras el rey viviera,  y adoptó este giro con el pensamiento de que en caso de que el rey muriera antes que él,  como sería entonces súbdito del sucesor,  recobraría de nuevo su libertad de pensamiento.  Explícitamente lo dice él mismo en otra parte.  Los hechos, en efecto, justificaron la previsión.  Kant tuvo la satisfacción de recobrar su libertad de pensar al ocupar el trono Federico Guillermo III,  con el cual reapareció en Prusia el verdadero espíritu de tolerancia.  La lucha entre la razón y la fe,  entre lo racional y lo positivo,  crítica y precepto,  o como quiera llamarse,  dio lugar,  de parte de los teólogos,  a ataques muy sensibles e injustificados contra nuestro filósofo.  A él le importaba que esta cuestión se siguiera lealmente y en conformidad con lo que se debía buscar,  que no era la derrota del adversario,  sino el progreso de la ciencia.  No era aquello un mero proceso entre la teología y la filosofía,  pues bien considerada en su generalidad,  la discusión alcanzaba a las relaciones de las ciencias filosóficas con las positivas,  que se diferenciaban entre sí en la Universidad según los diferentes miembros que la componían.  Fue tal esta lucha entre los individuos de las facultades que casi tomaron aspecto de derecha e izquierda de Parlamento.  En esta discusión intervino Kant con su escrito “La disputa de las facultades” poniendo término a aquellas divisiones de la ciencia y señalando a cada parte los límites en que podía desenvolverse.  En el prefacio daba cuenta de lo que le había acontecido durante el ministerio Woellner.  Tal fue el último escrito digno de su talento…

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by Princess!!, filosofando en chancletas, incluso, durante el carnaval...

       by Princess!!, filosofando en                 chancletas, incluso, durante el                                carnaval…

Filosofía al borde de la Pelopincho; ¡für chikas only!

30 Ene

portada

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Vida de Kant; por Kuno Fisher

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viejas portadas escolares

 

 

IV. 2  Profesorado

Hemos indicado las condiciones exteriores de su posición oficial.  Debemos ahora tratar de cómo Kant llenó sus funciones, de la extensión y naturaleza de sus lecciones académicas.  En el invierno de 1755 al 56 dió Kant su primera clase. Borowski asistió a la apertura del curso.  “Vivía entonces -nos dice éste- con el profesor Kipke,  en la ciudad nueva.  Un número increíble de estudiantes ocupaba por completo la vasta sala que allí había y el vestíbulo, y se extendía hasta las escaleras.  Esto parecía embarazarle.  No teniendo el hábito de estas cosas,  casi perdió el dominio de sí mismo,  hablaba más bajo que de costumbre y se corregía frecuentemente.  Pero esto hacía crecer nuestra admiración por aquel hombre que creíamos todos de un vastísimo saber,  y que sin temor verdadero se  presentaba ante nosotros con tan grande modestia.  En las lecciones siguientes ya no sucedió lo mismo,  y no sólo fueron profundas sus explicaciones, sino también fáciles y amenas”.  Todos los que le oyeron coinciden en decir que sus lecciones eran interesantísimas,  de grandísima doctriina,  y que,  cuando el objeto que trataba lo requería,  les imprimía grandísimo vuelo y elevación.  El fin que Kant seguía en sus explicaciones era el del profesor,  y sobre todo del profesor de filosofía.  Antes que propagar ideas propias,  excitaba en sus discípulos el estímulo y los inclinaba al propio pensamiento.  Mil veces dijo él desde lo alto de su cátedra que no se viniera allí a aprender filosofía sino a filosofar.  No era su objeto transmitir resultados adquiridos, sino que delante de sus mismos oyentes procedía a la investigación,  les hacía seguir la operación científica y brotar a sus ojos las concepciones justas,  despertando de esta suerte en ellos la actividad del pensamiento y a la vez encadenando la atención y el espíritu de los que le escuchaban.  Es lógico que no sirvieran para todas las cabezas semejantes lecciones,  que sólo se atrajeran las inteligencias algo elevadas,  y que se alejaran los espíritus mediocres, probablemente los más numerosos.  Tampoco le gustaban los que escribían,  y no quería oyentes que por completo se entregaran a su palabra.  A causa del constante cuidado de provocar la meditación en sus oyentes y de preferir que la verdad brotara del espíritu de los otros a publicarla él mismo, puede decirse que nunca fue Kant dogmático en su clase,  ni aun como profesor de filosofía.  Hacía sus cursos,  según costumbre,  por manuales impresos,  que así a sus discípulos como a él fueron muy útiles por el gran número de cursos que dió.  No se sujetaba,  sin embargo, al manual,  ni se rebajó a convertir sus cursos en meras explicaciones de los párrafos impresos.  Empleaba en él también espontaneidad,  que quería surgiese en el ánimo de sus oyentes.  Sin traba alguna,  se entregaba por completo al libre curso de sus pensamientos,  y cuando éstos le arrastraban demasiado lejos del tema dado,  cortaba de repente el hilo con un “así sucesivamente“, o “etcétera“, y tomaba de nuevo el asunto con un “in summa, señores”.  Pero lo que sobre todo cautivaba a sus oyentes,  aún a los más incapaces de pensar por sí mismos,  era,  además de aquella libertad en sus explicaciones y de sus maneras llenas de animación,  las aplicaciones interesantes, graciosas y a veces poéticas que hacía cuando,  para hacer más claras sus lecciones, buscaba ejemplos y comparaciones en los poetas,  viajeros o historiadores.  Dada esta manera de tratar las cuestiones, cualquier interrupción del cuidado que tenía que observar le era en extremo desagradable.  La cosa más insignificante,  si no estaba habituado a ella,  por ejemplo una singularidad en el traje de un estudiante,  bastaba para turbarle.  Cuenta Jachmann un rasgo de este género,  muy característico y a la vez muy cómico.  Dice que tenía Kant la costumbre de fijar sus ojos, para recogerse en sí mismo cuando hablaba,  en uno de sus oyentes más cercanos,  como si a él fueran dirigidas sus demostraciones.  Estaba un día cerca de él un estudiante a quien faltaba en la levita un botón:  Kant advirtió ese hueco.  Sin cesar caía involuntariamente su mirada en el sitio del botón,  como si contemplara algún defecto de la naturaleza;  todo el curso de la lección se le notó excesivamente turbado.

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                                                    ke056 El círculo obligado de su enseñanza comprendía las asignaturas que había profesado:  matemáticas, física,  lógica y metafísica, y además, derecho natural,  moral y teología natural, geografía física y antropología.  Los manuales de que se servía eran:  en matemáticas y física,  los de Wolf y Eberhard;  en lógica,  el de Baumeister, después el de Meier, y en metafísica,  el de Baumeister al principio,  después el de Baumgarten.  Desde 1760 empezó a extender el campo de sus lecciones a fin de hacer más atractivos los estudios académicos y de propagar los adelantos de las ciencias.  Para los teólogos daba el curso de filosofía de la religión o teología natural,  para otros antropología y geografía física. Desde que publicó en 1763 y 1764 su disertación  sobre La única base posible para la demostración de la existencia de Dios y sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y de lo sublime, entraron estas materias en sus explicaciones bajo el nombre de Crítica de las pruebas de la existencia de Dios y Tratado de lo bello y lo sublime.  Con el más riguroso celo llenó Kant durante cuarenta años sus deberes académicos.  Después vinieron los obstáculos:  primero,  el conflicto que tuvo con el gobierno;  segundo,  su avanzada edad.  En 1794 interrumpió su curso de teología racional, causa del conflicto con el gobierno.  En el verano de 1795 suspendió todas sus lecciones particulares,  y sólo continuó con las públicas de lógica y metafísica.  Por último, en el otoño de 1797 terminó para siempre sus cursos académicos.  Hacía sus cursos en dos horas diarias, rigurosamente determinadas,  como en general acostumbraba en la distribución de su tiempo.  Cuatro veces por semana daba sus lecciones de siete a nueve de la mañana,  dos veces de ocho a diez,  y, además,  el sábado de siete a ocho las repeticiones.  Tuvo siempre esas horas con la mayor puntualidad.  Asegura Jachmann que en los nueve años que estuvo oyendo a Kant no se acuerda de una sola vez que faltara a sus clases,  ni que se haya hecho esperar un cuarto de hora.  Bien se comprende que en el curso de cuarenta años poco a poco se fueran apagando sus fuerzas oratorias,  mucho más si se recuerda que no le acompañaban las físicas y sobre todo la debilidad de voz que siempre tuvo.  Mientras influían en el ánimo de los oyentes la vivacidad de las lecciones,  el nombre del maestro y la novedad del asunto,  parce como si la misma debilidad de aquel órgano fuera una causa más para atraerse la atención de aquellos oyentes.  Con el tiempo era lógico que perdieran sus lecciones la vivacidad que antes tenían.  En los primeros años podía Kant influir poderosamente, y hasta arrastrar a los más impresionables,  sobre todo cuando,  valiéndose de Pope y Haller,  sus poetas favoritos,  se entregaba a los transportes de su fantasía.  Una de estas lecciones debió ser la que enamoró en tal grado a un oyente que éste reprodujo todos los pensamientos en una composición poética,  que al otro día por la mañana enviaron a Kant.  Gustó tanto la poesía al filósofo que no pudo dejar de leerla en la clase.  El oyente poeta era Herder,  que a la sazón (1762-1764) estudiaba en Koenigsberg y seguía los cursos de Kant.  Recordando más tarde Herder en sus Cartas sobre el progreso de la humanidad los tiempos de su juventud académica,  trazó el retrato de su antiguo maestro con los más vivos y entusiastas colores:  “Yo tuve la dicha -dice él- de conocer a un filósofo,  que fue mi maestro.  En los años  más florecientes de su vida tenía la jovialidad de un mancebo,  y creo que siempre la tuvo, hasta en su edad madura.  Su ancha frente,  que indicaba la fuerza del pensamiento,  era morada de permanente jovialidad;  salía de sus labios la palabra más abundante en pensamientos;  disponía a su antojo del chiste,  del humor y de la broma,  de suerte que sus lecciones,  a la par que científicas,  eran el entretenimiento más agradable.  Con el mismo interés examinaba a Leibnitz,  Wolf,  Baumgarten,  Crusius,  Hume; estudiaba las leyes de Newton,  de Kepler y otros físicos;  daba entrada a los escritos de Rousseau, Emilio y la Eloísa,  que entonces acababan de publicarse,  así como también a cuantos descubrimientos científicos ocurrían, viniendo a parar siempre en el conocimiento imparcial de la naturaleza y en el valor moral del hombre.  La historia de la humanidad, de los pueblos, de la naturaleza,  de las ciencias naturales,  y la experiencia eran siempre las fuentes de que se valía para dar animación a sus explicaciones;  nada digno de ser sabido le era indiferente:  buscando siempre la verdad y su propagación,  no conocía cábalas,  ni sectas,  ni prejuicios,  ni personal vanidad.  Animaba y hasta obligaba a sus oyentes a pensar por propia cuenta.  Ignoraba lo que era el despotismo.  Este hombre,  que con el mayor respeto,  que con el más vivo agradecimiento nombro,  es Kant:  tengo ante mis ojos su agradable imagen”.   

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Retrato de Kant

by Princess!, filosofando en chancletas, incluso en enero

                                                                                                          

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