Filosofía al borde de la Pelopincho; ¡für chikas only!

30 Ene

portada

Φ

 

Vida de Kant; por Kuno Fisher

Φ

viejas portadas escolares

 

 

IV. 2  Profesorado

Hemos indicado las condiciones exteriores de su posición oficial.  Debemos ahora tratar de cómo Kant llenó sus funciones, de la extensión y naturaleza de sus lecciones académicas.  En el invierno de 1755 al 56 dió Kant su primera clase. Borowski asistió a la apertura del curso.  “Vivía entonces -nos dice éste- con el profesor Kipke,  en la ciudad nueva.  Un número increíble de estudiantes ocupaba por completo la vasta sala que allí había y el vestíbulo, y se extendía hasta las escaleras.  Esto parecía embarazarle.  No teniendo el hábito de estas cosas,  casi perdió el dominio de sí mismo,  hablaba más bajo que de costumbre y se corregía frecuentemente.  Pero esto hacía crecer nuestra admiración por aquel hombre que creíamos todos de un vastísimo saber,  y que sin temor verdadero se  presentaba ante nosotros con tan grande modestia.  En las lecciones siguientes ya no sucedió lo mismo,  y no sólo fueron profundas sus explicaciones, sino también fáciles y amenas”.  Todos los que le oyeron coinciden en decir que sus lecciones eran interesantísimas,  de grandísima doctriina,  y que,  cuando el objeto que trataba lo requería,  les imprimía grandísimo vuelo y elevación.  El fin que Kant seguía en sus explicaciones era el del profesor,  y sobre todo del profesor de filosofía.  Antes que propagar ideas propias,  excitaba en sus discípulos el estímulo y los inclinaba al propio pensamiento.  Mil veces dijo él desde lo alto de su cátedra que no se viniera allí a aprender filosofía sino a filosofar.  No era su objeto transmitir resultados adquiridos, sino que delante de sus mismos oyentes procedía a la investigación,  les hacía seguir la operación científica y brotar a sus ojos las concepciones justas,  despertando de esta suerte en ellos la actividad del pensamiento y a la vez encadenando la atención y el espíritu de los que le escuchaban.  Es lógico que no sirvieran para todas las cabezas semejantes lecciones,  que sólo se atrajeran las inteligencias algo elevadas,  y que se alejaran los espíritus mediocres, probablemente los más numerosos.  Tampoco le gustaban los que escribían,  y no quería oyentes que por completo se entregaran a su palabra.  A causa del constante cuidado de provocar la meditación en sus oyentes y de preferir que la verdad brotara del espíritu de los otros a publicarla él mismo, puede decirse que nunca fue Kant dogmático en su clase,  ni aun como profesor de filosofía.  Hacía sus cursos,  según costumbre,  por manuales impresos,  que así a sus discípulos como a él fueron muy útiles por el gran número de cursos que dió.  No se sujetaba,  sin embargo, al manual,  ni se rebajó a convertir sus cursos en meras explicaciones de los párrafos impresos.  Empleaba en él también espontaneidad,  que quería surgiese en el ánimo de sus oyentes.  Sin traba alguna,  se entregaba por completo al libre curso de sus pensamientos,  y cuando éstos le arrastraban demasiado lejos del tema dado,  cortaba de repente el hilo con un “así sucesivamente“, o “etcétera“, y tomaba de nuevo el asunto con un “in summa, señores”.  Pero lo que sobre todo cautivaba a sus oyentes,  aún a los más incapaces de pensar por sí mismos,  era,  además de aquella libertad en sus explicaciones y de sus maneras llenas de animación,  las aplicaciones interesantes, graciosas y a veces poéticas que hacía cuando,  para hacer más claras sus lecciones, buscaba ejemplos y comparaciones en los poetas,  viajeros o historiadores.  Dada esta manera de tratar las cuestiones, cualquier interrupción del cuidado que tenía que observar le era en extremo desagradable.  La cosa más insignificante,  si no estaba habituado a ella,  por ejemplo una singularidad en el traje de un estudiante,  bastaba para turbarle.  Cuenta Jachmann un rasgo de este género,  muy característico y a la vez muy cómico.  Dice que tenía Kant la costumbre de fijar sus ojos, para recogerse en sí mismo cuando hablaba,  en uno de sus oyentes más cercanos,  como si a él fueran dirigidas sus demostraciones.  Estaba un día cerca de él un estudiante a quien faltaba en la levita un botón:  Kant advirtió ese hueco.  Sin cesar caía involuntariamente su mirada en el sitio del botón,  como si contemplara algún defecto de la naturaleza;  todo el curso de la lección se le notó excesivamente turbado.

Φ

                                                    ke056 El círculo obligado de su enseñanza comprendía las asignaturas que había profesado:  matemáticas, física,  lógica y metafísica, y además, derecho natural,  moral y teología natural, geografía física y antropología.  Los manuales de que se servía eran:  en matemáticas y física,  los de Wolf y Eberhard;  en lógica,  el de Baumeister, después el de Meier, y en metafísica,  el de Baumeister al principio,  después el de Baumgarten.  Desde 1760 empezó a extender el campo de sus lecciones a fin de hacer más atractivos los estudios académicos y de propagar los adelantos de las ciencias.  Para los teólogos daba el curso de filosofía de la religión o teología natural,  para otros antropología y geografía física. Desde que publicó en 1763 y 1764 su disertación  sobre La única base posible para la demostración de la existencia de Dios y sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y de lo sublime, entraron estas materias en sus explicaciones bajo el nombre de Crítica de las pruebas de la existencia de Dios y Tratado de lo bello y lo sublime.  Con el más riguroso celo llenó Kant durante cuarenta años sus deberes académicos.  Después vinieron los obstáculos:  primero,  el conflicto que tuvo con el gobierno;  segundo,  su avanzada edad.  En 1794 interrumpió su curso de teología racional, causa del conflicto con el gobierno.  En el verano de 1795 suspendió todas sus lecciones particulares,  y sólo continuó con las públicas de lógica y metafísica.  Por último, en el otoño de 1797 terminó para siempre sus cursos académicos.  Hacía sus cursos en dos horas diarias, rigurosamente determinadas,  como en general acostumbraba en la distribución de su tiempo.  Cuatro veces por semana daba sus lecciones de siete a nueve de la mañana,  dos veces de ocho a diez,  y, además,  el sábado de siete a ocho las repeticiones.  Tuvo siempre esas horas con la mayor puntualidad.  Asegura Jachmann que en los nueve años que estuvo oyendo a Kant no se acuerda de una sola vez que faltara a sus clases,  ni que se haya hecho esperar un cuarto de hora.  Bien se comprende que en el curso de cuarenta años poco a poco se fueran apagando sus fuerzas oratorias,  mucho más si se recuerda que no le acompañaban las físicas y sobre todo la debilidad de voz que siempre tuvo.  Mientras influían en el ánimo de los oyentes la vivacidad de las lecciones,  el nombre del maestro y la novedad del asunto,  parce como si la misma debilidad de aquel órgano fuera una causa más para atraerse la atención de aquellos oyentes.  Con el tiempo era lógico que perdieran sus lecciones la vivacidad que antes tenían.  En los primeros años podía Kant influir poderosamente, y hasta arrastrar a los más impresionables,  sobre todo cuando,  valiéndose de Pope y Haller,  sus poetas favoritos,  se entregaba a los transportes de su fantasía.  Una de estas lecciones debió ser la que enamoró en tal grado a un oyente que éste reprodujo todos los pensamientos en una composición poética,  que al otro día por la mañana enviaron a Kant.  Gustó tanto la poesía al filósofo que no pudo dejar de leerla en la clase.  El oyente poeta era Herder,  que a la sazón (1762-1764) estudiaba en Koenigsberg y seguía los cursos de Kant.  Recordando más tarde Herder en sus Cartas sobre el progreso de la humanidad los tiempos de su juventud académica,  trazó el retrato de su antiguo maestro con los más vivos y entusiastas colores:  “Yo tuve la dicha -dice él- de conocer a un filósofo,  que fue mi maestro.  En los años  más florecientes de su vida tenía la jovialidad de un mancebo,  y creo que siempre la tuvo, hasta en su edad madura.  Su ancha frente,  que indicaba la fuerza del pensamiento,  era morada de permanente jovialidad;  salía de sus labios la palabra más abundante en pensamientos;  disponía a su antojo del chiste,  del humor y de la broma,  de suerte que sus lecciones,  a la par que científicas,  eran el entretenimiento más agradable.  Con el mismo interés examinaba a Leibnitz,  Wolf,  Baumgarten,  Crusius,  Hume; estudiaba las leyes de Newton,  de Kepler y otros físicos;  daba entrada a los escritos de Rousseau, Emilio y la Eloísa,  que entonces acababan de publicarse,  así como también a cuantos descubrimientos científicos ocurrían, viniendo a parar siempre en el conocimiento imparcial de la naturaleza y en el valor moral del hombre.  La historia de la humanidad, de los pueblos, de la naturaleza,  de las ciencias naturales,  y la experiencia eran siempre las fuentes de que se valía para dar animación a sus explicaciones;  nada digno de ser sabido le era indiferente:  buscando siempre la verdad y su propagación,  no conocía cábalas,  ni sectas,  ni prejuicios,  ni personal vanidad.  Animaba y hasta obligaba a sus oyentes a pensar por propia cuenta.  Ignoraba lo que era el despotismo.  Este hombre,  que con el mayor respeto,  que con el más vivo agradecimiento nombro,  es Kant:  tengo ante mis ojos su agradable imagen”.   

Φ

Retrato de Kant

by Princess!, filosofando en chancletas, incluso en enero

                                                                                                          

¡Divina Buenos Aires!: ¿Existe el peligro inminente de una invasión marciana?

30 Dic

-HOY-

¡Marte ataca y lo anuncia en las verdulerías porteñas!

by Princess!, su marciana favorita y atenta al pulso de la ciudad...

by Princess!, su marciana favorita,      atenta al pulso de la ciudad…

 

¡Queridas amigas y ya despidiendo el año!: como suele decirse, una imagen -dos, en este caso- dicen más que mil palabras, así que, allí vamos y espero que no cunda el pánico:

2marcianos1marcianos

Obviamente y como cronista atenta y dramática que soy, lo primero que pensé es que una ¡inminente invasión marciana! no sólo se estaba preparando con fina anticipación, sino que, quizás, incluso, había (yo, esta humilde caminadora de la ciudad) había descubierto la red de colaboradores terrícolas de tamaño suceso mundial del mundo, ¡del universo!, incluso. ¡Ya mismo pensaba correr y transmitir semejante notición a mis contactos de la NASA, la ONU, la NATO, la UNESCO, el FBI, la DEA, los corresponsales extranjeros, a Fabio Zerpa y sus acólitos, a la Comisión Nacional de Actividades Espaciales y por supuesto, al cine de Hollywood!.  Ésto último fundado en una lógica implacable: ¿Se fijaron que todas las invasiones extraterrestres comienzan en los Estados Unidos de América?, bueno, ¡pues ésta comenzaría desde el Sur, más precisamente, desde nuestra amada y nunca bien ponderada Republiqueta de Petibonia!, cuya capital es la Atenas del Plata, como todos saben, y eso sí que sería un buen material para el cine de súper acción género invasión extraterrestre.  ¡Menos mal que entré a la verdulería y pregunté!: pude enterarme y lo transmito para llevar tranquilidad al pueblo argentino, que los así llamadosMARCIANOS“, son unos heladitos de fruta, muy populares en toda nuestra Patria Grande, o sea, el graaaaan conventillo latinoamericano, poblado por la graaaaan familia de hermanos y primos que somos. ¡Justamente, en Perú, es así como se los llama!. Ignoro el origen de esta denominación y su causa, pero ahora me quedo más tranquila y como les decía, tratando de llevar calma al pueblo todo.  ¡Se trata de eso, de heladitos de fruta al agua!. De cualquier manera y por las dudas, no deja de ser tranquilizador que, de referirse a pobladores auténticos de Marte, éstos serían de …”fruta”, por lo cual no lucirían taaaan peligrosos, caso que decidieran, en serio, acercarse a nuestra Madre Tierra. ¡Qué suerte, amigAs!.  Tá bien, como era un tema de interés general, no me dirigí solamente a ustedes, chicAs, que, ya saben, disfrutan de esta columna ceromachofriendlypero como no pasa nada, dejo de lado el interés en la Humanidad y me concentro en nosotrAs.  Si algún exponente del sesso masculino intenta leer estas páginas, ¡ya están avisados!, se borrarán en uno, dos, ¡tres! segundos…

 

 

 

Un sueño

12 Dic

 

Die Angst

Tenia que hacer trámites; ¿era por eso que viajaba en el colectivo 115, repleto y caluroso?.  Tal como sucede en la realidad de los sueños, se hacía tarde: es que siempre se hace tarde en los sueños. ¿Hacia dónde viajaba?.  De pronto me veo en la Avenida Santa Fe, aunque estoy en la vereda, y no se cuándo ni cómo, exactamente, bajé del colectivo. Miro el número de la calle, estoy “al 1300”. La certeza de estar en el lugar equivocado me llena de angustia, ¿qué colectivo tendré que tomar ahora?, ¿qué hago en este exacto lugar?. Llevo agenda y papeles en la mano, “supongo” que “debería” estar en un lugar concreto, para hacer algo concreto: pero no se qué, ni dónde. Hoy es lunes y recuerdo, como en una bruma, ¡que tengo que trabajar a partir de las doce del mediodía!; sin embargo, ya está cayendo la noche. Entonces busco el teléfono para avisar de mi demora.  ¿Demora?: ¡pero si ya son las ocho y no llamé en todo el día!, ¿qué explicación podría dar?. Ensayo un discurso coherente, para darme cuenta al instante que no tengo ninguno; es que ni yo misma se por qué se hizo tan tarde, por qué no fui, por qué no me di cuenta antes.  Ahora estoy, otra vez -o quizás la misma y todo lo anterior no sucedió- en el colectivo 115; siento un poco de alivio, parece que ahora sí tengo idea de hacia dónde me dirijo y por qué: es tarde y las calles están más tranquilas; ¡qué suerte, llegaré pronto!, pienso, como se piensa en los sueños.  Alguien grita, es un grito seco y corto; está muy cerca y miro: es un hombre no muy joven, mal vestido, despeinado. Otro hombre, más joven, lo toma del brazo y trata de calmarlo. ¿Por qué grita?, me pregunto.  El más joven le pide al chofer que detenga el colectivo, ¡con urgencia, imperiosamente!. Imagino que bajarán y el viaje seguirá su curso, pero no es así: es necesario que bajemos todos. No puedo encontrar razones para esto, tampoco los demás pasajeros; pero lo hacemos, como si fuera lo esperado, lo correcto, lo debido. Bajamos precisamente y ¿por segunda vez? frente al 1300 de la Avenida Santa Fe. Entonces me doy cuenta de que llevo bolsas de compras, son alimentos que necesitan congelarse.  Y digo “congelarse”,  no es suficiente el frío de la heladera.  Le pregunto a una pareja de pasajeros que conozco desde siempre en el mundo-sueño, si pueden guardármela en su casa: ¿Tienen freezer?, ¿Pueden hacerme el favor?. ¡Con gusto!, me contestan y ya estamos en la casa de barrio adonde viven.  Lo extraño es que cuando más miro en las bolsas, más cosas aparecen; de hecho, aparecen cosas que no tenía ni idea de haber cargado. ¡Se hizo tardísimo y ni siquiera llamé a mi trabajo!. Mejor me voy y me llevo las bolsas.  Y ya estoy, nuevamente, en la calle oscura…   

    ♣

 by Princess!!, que no va al psiconalista porque es muy caro...

by Princess!!, que no va al psiconalista porque es                         caro

Sobre las sirenas, los monstruos malévolos del mar…

10 Dic

 Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

Φ 

*Traducción y prefacio de Pedro Pericay*

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

Φ

 

Representación de sirenas, con rasgos de pez y de ave (Bestiario medieval inglés, ca. 1300)

             Representación de sirenas, con rasgos de pez y ave                                            (Bestiario medieval inglés, ca. 1300)

 

Φ

 

El nombre de las Sirenas, que deriva, al parecer, de la raíz “atar”, alude claramente al papel que les atribuye la Mitología. Sin embargo, es corriente ver en ellas a unas divinidades que personifican las almas de los muertos, con lo que vendrían a ser unos genios fúnebres ávidos de sangre y hostiles para los vivientes.  Tenían cuerpo de ave y busto de mujer, recordando -como ha observado Henzey-  al gavilán egipcio con cabeza humana, que simbolizaba, asimismo las almas de los difuntos.  Las Sirenas eran invocadas en el momento de morir, y sus estatuas aparecen frecuentemente sobre los sepulcros.  Sin embargo, de esta concepción la leyenda no ha conservado huellas alguna,  y sólo conoce a las Sirenas en su aspecto tópico de monstruos malévolos del mar.  Al principio eran representadas con cabeza y busto de mujer,  unidos a un cuerpo de ave.  Su figura, hoy corriente, de mujeres cuyo cuerpo termina en una cola de pez,  no apareció hasta época tardía.  Su atributo era un instrumento musical, lira o doble flauta, y en Sorrento tenían un templo consagrado a su culto.

Cuando Ulises se disponía a abandonar a Circe en sus rápidas naves,  ésta le advirtió de los peligros de su viaje,  y le dijo especialmente:  Primero llegarás al país de las encantadoras Sirenas,  que seducen a los mortales.  El imprudente que se aproxima a ellas no ve llegar jamás el día de su regreso,  pues las Sirenas,  tendidas en prados floridos,  los hechizan con sus armoniosos cantos.  A su alrededor se amontonas los cadáveres de sus víctimas”.  Y así sucedió.  Ulises avistó un islote rocoso,  donde pululaban unos extraños seres, mitad mujeres,  mitad aves,  que,  al ver el barco,  se pusieron a cantar.  Eran las Sirenas,  que decían:  “Ulises famoso,  gloria de los aqueos,  detén aquí tu nave y ven con nosotras.  Nadie ha pasado ante esta isla sin oír nuestras voces hechiceras y los divinos relatos de las proezas que los griegos han llevado a cabo bajo los muros de Troya.  Pues sabemos todo cuanto ocurre en la tierra fecunda”.   El embeleso de sus palabras era tal,  que Ulises no habría podido resistirlo si,  atendiendo los consejos de Circe,  no hubiese ordenado que se le atara al palo mayor de su nave.  Por lo que respecta a sus compañeros,  les taponó los oídos con cera.  De este modo sortearon un terrible peligro.  Los huesos calcinados que cubrían los verdes prados de la Isla de las Sirenas eran un testimonio fehaciente de la imprudencia de los marineros y,  a la vez, de la ferocidad de estos monstruos de insidiosos cantos.

Pero no siempre fue así.  Al principio,  las Sirenas,  consideradas como hijas del río Aqueloo,  fueron divinidades fluviales cuyo número -dos, tres, cuatro, incluso ocho- variaba según los autores.  Sus propios nombres aludían también al hechizo de su voz: Aglaofeme o Aglaófona (“de voz brillante”),  Telxiepia (“de palabras hechiceras”),  Pisínoe (“que persuade el espíritu”) y Molpo (“el canto”).  La singular conformación de sus cuerpos se explicaba de distintas maneras.  Según ciertas versiones,  las Sirenas se encontraban junto a Perséfone cuando ésta fue raptada por Hades,  y fueron ellas quienes suplicaron a Zeus les diese alas para correr en persecución del raptor.  Según otras,  su cuerpo de ave fue debido a un castigo de Afrodita,  irritada por haberse mostrado rebeldes al amor.  Tenían en gran estima su voz y su talento musical, hasta el punto de que un día se atrevieron a desafiar a las Musas.  Pero éstas las vencieron y las despojaron de su plumaje.  Entonces,  abandonando fuentes y valles,  fueron a ocultar su vergüenza en los acantilados de las costas meridionales de Italia.  Su residencia se situaba en el Cabo Píloro, en Capri,  en la Isla Antemusa y en las Islas Sirenusas.  Desde estas alturas costeras atraían a los navegantes con sus cantos y devoraban a los desgraciados que no habían podido resistir sus llamadas seductoras.  Sin embargo,  acabaron por encontrar quien las dominase.  Cuando la nave de los Argonautas pasó junto a su Isla intentaron,  como de costumbre,  ejercer su poder sobre ellos.  Pero sólo Butes, hijo de Celión,  se arrojó al mar para ir a su encuentro;  a los demás los contuvo Orfeo,  que,  hallándose a bordo,  rompió a cantar a los acordes de su lira.  Su voz fue tan persuasiva,  que contrarrestó victoriosamente el hechizo de las Sirenas.  Desde entonces,  las Sirenas perdieron su poder maléfico y fueron transformadas en peñas.  Una de ellas,  Parténope, se arrojó,  desesperada,  al mar,  y su cadáver fue depositado por las olas en la orilla.  Más tarde se le edificó una tumba en el mismo lugar en que posteriormente surgió la ciudad de Nápoles…

 

 

by Princess!!, apenas humana, ¡por suerte!

by Princess!, apenas humana, ¡por suerte!

Layo, Yocasta y Jr. Edipo: ¡Una familia con más problemas que los Pérez García!

14 Nov

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

Φ 

*Traducción y prefacio de Pedro Pericay*

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

Φ

Layo, hijo de Lábdaco, rey de Tebas, contrajo matrimonio con Yocasta. Como un oráculo le advirtiera que moriría a manos de su hijo, Layo expuso en el Monte Citerón al niño que acababa de dar a luz su esposa Yocasta; pero antes le taladró y ató ambos pies, pensando que así se desembarazaba de él.  La criatura fue recogida por un pastor y confiada a Pólibo, rey de Corinto,  quien la adoptó dándole el nombre de Edipo, a causa de sus pies maltrechos.  Cuando Edipo fue mayor y tuvo conocimiento de su destino por un oráculo, el cual le reveló que mataría a su padre y se casaría con su madre, creyó poder escapar a los hados marchándose para siempre de Corinto y renunciando,  por todo el tiempo que le quedara de vida,  a ver a los que consideraba como sus verdaderos padres.  Este escrúpulo le perdió.  A su llegada a Beocia, y en un cruce de caminos,  tuvo una disputa con un desconocido al que mató golpeándole con su bastón; la víctima resultó ser Layo,  padre de Edipo.  Prosiguió el héroe su camino sin sospechar que se había cumplido ya la primera predicción del oráculo,  y cuando llegó a Tebas se enteró de que la región era asolada por un monstruo fabuloso,  con cara y busto de mujer, cuerpo de león y amplias alas de ave,  el cual,  apostado en el camino que conducía a la ciudad, proponía enigmas a los viajeros y devoraba a quienes no podían resolverlos.  Creonte,  que desde la muerte de Layo gobernaba en Tebas,  prometió dar el trono y la mano de Yocasta al que consiguiera libertar el país de la Esfinge,  que tal era el nombre del monstruo. Dispúsose Edipo a afrontar la aventura, y al preguntarle la Esfinge:  ¿Cuál es el animal que por la mañana tiene cuatro pies,  dos al mediodía y tres por la noche?”,  logró el héroe superar la prueba respondiendo:  “El hombre; pues anda a gatas en su infancia,  camina sobre dos pies en la edad adulta y se apoya en un bastón en la vejez”.  La Esfinge declaróse vencida y se arrojó a las aguas.  De este modo, Edipo, siempre sin sospecharlo,  convirtiéndose en marido de su madre.  De esta unión nacieron dos hijos,  Eteocles y Polinices,  y dos hijas, Antígona e Ismene.  Venerado como un soberano,  cuyas únicas miras son el bien de su pueblo,  todo parecía sonreír a Edipo, que,  no obstante,  era reo de un doble y monstruoso crimen.  Pero la Erinis no dejaba de estar alerta.  Una terrible epidemia asoló el país y diezmó su población,  al propio tiempo que una extraordinaria sequía extendía el hambre por el territorio.  Consultado el oráculo,  éste respondió que la calamidad  no cesaría hasta que los tebanos no expulsaran del país al matador de Layo.  Prorrumpió Edipo en solemnes maldiciones contra el asesino,  y,  resolviendo ir en su busca,  de investigación en investigación,  vino a dar con el culpable,  es decir,  consigo mismo.

Avergonzada y presa de la desesperación, Yocasta se ahorcó, y Edipo se arrancó los ojos y se desterró luego,  acompañado de la fiel Antígona y buscando refugio en el demo de de Colono,  en el Ática.  Ya purificado de sus abominables crímenes,  desapareció misteriosamente de la tierra.  Sus hijos, víctimas de la maldición paterna,  cumplieron el aciago vaticinio de perecer el uno en manos del otro.  Habiendo convenido en que reinarían por años alternos,  Eteocles,  al expirar su plazo, se negó a abandonar el mando. Polinices reunió entonces un ejército de argivos y asedió la ciudad de Tebas,  asedio durante el cual los dos hermanos trabaron un combate s al singular en el que encontraron la muerte.  Por haber rendido las honras fúnebres al cuerpo de Polinices,  que el senado tebano prescribió quedase sin sepultura,  Antígona fue condenada a ser enterrada viva,  suplicio que compartió su hermana Ismene. Tal fue el fin de esta desdichada familia…

Φ

 

Edipo y la Esfinge; óleo de Francois Xavier Fabre (1766-1837)

                Edipo y la Esfinge; óleo de Francois Xavier Fabre (1766-1837)                                                                                            

Sucedió en mi barrio…

11 Oct

¡Qué bendición!: Queridas amigas, orbe todo y alrededores extraplanetarios, esto ocurrió en mi barrio…¡Bienvenido a Buenos Aires, porteñito de ley!. Una sugerencia para los propietarios de la tradicionalísima línea 39 -la misma que frecuentaba Carlitos Balá en su juventud y que lo convirtió en “Santo Patrón” y referente de estos bondis-, “sugerencia” inspirada en la famosa película de Almodóvar en la que un niño nace en circunstancias idénticas, ¡PASE LIBRE VITALICIO PARA ESTE NIÑO YA!. Informó, para el Petibonian Times, Princess!!, su corresponsal de las cosas pequeñas.

 

 

 

 

 

by Princess!!, cronista viajera, siempre lista y al servicio de la comunidá

by Princess!!, viajera empedernida de bondi,      siempre lista y al servicio     de la comunidá…

Correspondencia ¡inédita! Dra. Estela Artuá-Princesa García: sobre el amor y otras desgracias…

27 Ago
¡Entrega inmediata!

                  ¡Entrega inmediata!

 

 

 

 

 

 

 

AtenasdelPlata, todavía invierno, año del Señor 201…

 

                Estela, querida amiga: estas pocas líneas te alcanzarán, como casi siempre, en el enésimo Congreso de Entomología que cuenta con tu presencia y ¡solvencia! científika; hablando, o escribiendo del tema, más bien…¿qué tal Zanzíbar, pudiste pasear algo?.  Al margen, lamento que no hayas podido conocer Samarkanda y me refiero al cambio de sede, pero seguro que no te faltará oportunidad, ni otro plomífero congreso organizado a tal fin, o sea, viajar un poco al divino botón y con todo pago.  Así que pretendo amenizar tus ya agitados días con estas líneas, en la espera de tu regreso ¡triunfal! a la ciudad que nos vio nacer, así nos comemos unas pizzas en El Mazacote, de Chile y San José, en la República de Monserrat, o desayunamos en Ouro Preto, variándonos por la Avenida Corrientes, que ¿nunca? duerme y siempre está sucia. Yo estoy más que bien, Estela y, no quiero cantar victoria, pero creo que libre de las desgracias del amor… ¡tan luego yo, que nací “de novia” y/o casada!: no sólo dejé atrás por completo el affaire André, que no merecía ni el recuerdo ese tarado al cubo, sino, y lo más importante, es que ya no sólo no “necesito” sino que ¡ni siquiera “busco”! el amor de un hombre. Esto es fundamental porque, justamente, el peligro de buscar consiste en su fin, o sea, encontrar lo que se busca, que es, ahora me doy cuenta, algo que no deseo ni siquiera en su mínima expresión. Este concepto, esta realidad existencial, ha dado frutos impensados: acepté la Secretaría General de la Internacional de las Modernas Chicas, a la que tanta veces me resistí, retomé mi Curso de Filosofía für Chikas Only -este año nos metimos con Kierkegaard, Kant y Héctor Gagliardi-, dí un impulso inusitado a mi Correo Sentimental en la revista de La Mujer Moderna, retomé mis estudios sobre Derecho Internacional, la meditación Zen, la gimnasia sueca y las clases de repostería y tejido a dos agujas, inclusive. ¿Habrán terminado por fin mis males de amores?: Sí, ya que esto sólo depende del deseo, amiga, que por fin y a la vuelta de la vida, cumplo y sirvo hasta su última conclusión lógica.  Barrunto estas reflexiones, querida Estela, mientras camino en el atardecer perfecto de mi barrio al sur, que ya, pero ¡ya! anuncia la esperada primavera porteña. Te abraza tu amiga del alma, no sin antes enviarte un audio…  

Princess!!

 

 

 

tres sueños

14 Ago

 

UNO

Hacía trámites en un juzgado. “De pronto” me daba cuenta de que no sabía si tenía que pagar tasas o no y preguntaba a los empleados: parecían no registrar ni siquiera mi existencia.  Me veo llorando en el mostrador de Tribunales, completamente desesperada, pero ni aún así me registra alguien.  Pregunto, angustiada… nadie me contesta.  Un colega me dice: “Sí, corresponde pagar tasa judicial, más exactamente $2048”, y me anota la cifra; le agradezco muchísimo. Estoy sentada esperando, algo más tranquila, llevo un niño en brazos, aunque no es mi hijo. Me detengo a mirar las personas que comparten la espera, por lo visto para pagar algo, como yo, entonces veo a mi padre, interrogándome con la mirada: “¿Quién es ese niño, qué hacés aquí?”, parece decirme sin hablar y siento temor por sus reproches.  Después me acuerdo de que está muerto y eso parece tranquilizarme, aunque parezca absurdo y pregunto sin preguntar “¿Pero vos no estabas muerto?”.  Entonces recuerdo la cifra que me indicó el colega, especialmente las últimas dos, el número 48.  ¡Con razón!, pienso, ¡si es el muerto que habla!.

˜

DOS

Por alguna especie de milagro incompresible, visito XX, país en el que viví en un pasado ya remoto y al que nunca regresé. Estoy con otras personas, quizás amigos queridos, no lo sé. Sin embargo pregunto por el precio de los cigarrillos, dato sobre el cual no tengo la menor idea. ¿Serán más caros que allá?, “pienso” en clave sueño, sin preguntas, sin sonido, sin hablar.  Y parece ser lo único que me interesa o preocupa seriamente.

˜

TRES

Estoy en casa, preparándome para salir: tengo un turno médico ¡importantísimo! y muy esperado, quizás para mí, quizás para un hijo.  D. también está allí; mientras, me baño y arreglo atenta a la hora, ¡es que apenas tengo el tiempo suficiente para llegar puntual!. Después de bañarme y tranquilizar a D., preocupado por el correr del tiempo-sueño, que parece ir muy rápido, me pongo un desodorante en aerosol que lleva el nombre de un desinfectante de ambientes. Por lo visto, también fabrican desodorantes corporales, “pienso”; no lo sabía, aunque confío en una marca tan tradicional y prestigiosa.  Sin embargo,  apenas pasados unos momentos veo que el espejo del baño, sus paredes cubiertas de azulejos, incluso mi cuerpo y el resto de las paredes y ventanas de toda la casa, se llenan de horribles manchones negros que, como hongos de una pelicula barata de terror, ocupan las superficies y crecen sin parar.  “¿Qué tiene este desodorante?”, digo sin hablar en el idioma de los sueños mientras miro a D. que está algo sorprendido.  Es extraño, pero no me inquieto demasiado, ¡al contrario!, comienzo a limpiar todo con un trapo de cocina: “Debería pasarle agua con lavandina” comento con D. mientras las manchas oscuras y pegajosas invaden todo. Y comienzo a hacerlo. Discuto con D. y es ésto lo que me inquieta mucho más, siento una tristeza infinita.  “Si te ponés a limpiar vas a llegar tarde, ¡hasta podés  perder el turno!”, me dice sin decir; pero yo sigo y persisto hasta que me doy cuenta de la extensión y lo inquietante del desastre, incluso, en mi propio cuerpo. “Es que no puedo irme y dejar todo así”, contesto sin voz, en el sinsonido de los sueños.  D. se inquieta todavía más, reclamándome. Entonces asumo que pediré otro turno, mientras las manchas siniestras no dejan de crecer. ¡Es que no quiero pelear con D.!, no entiendo cómo no entiende.

 

 

Φ

 

 

by Princess!!, supuesta psicoanalista de barrio tanguero...

by Princess!!, supuesta psicoanalista de    barrio tanguero… y se trata de Freud         niño, ¡sin habano!, ni siquiera de chocolate

 

 

 

A %d blogueros les gusta esto: