El típico libro recontracitado y poco leído: “El Contrato Social” o la filosofía en batón y ruleros (III)

2 Oct

EL CONTRATO SOCIAL

o Principios del Derecho Político

Φ

Jean-Jacques Rousseau

-1762-

Φ

 
Traducción, estudio preliminar y adaptación al castellano: María José Villaverde
©Editorial Tecnos S.A; 1988.   ©Por la traducción: Editorial Tecnos S.A.   ©Por el estudio preliminar: María José Villaverde, 1988
 ©Por esta edición:  Ediciones Altaya S.A; 1996
ISBN Obra completa: 84-487-0119-4///ISBN: 84-487-0121-6

 

 

ejecucion del rey

                           Ejecución de Luis XVI, en la fría mañana del 21 de enero de 1793

 

 

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LIBRO PRIMERO

Capítulo II

Del derecho del más fuerte

 

 

               El más fuerte no es, sin embargo, lo bastante para ser siempre el amo,  si no convierte su fuerza en derecho y la obediencia en deber.  De ahí el derecho del más fuerte,  que irónicamente se toma como un derecho en apariencia,  pero que realmente se constituye en un  principio.  Pero ¿no se nos explicará nunca esta palabra?.  La fuerza es una capacidad física,  de cuyos efectos no veo qué clase de moralidad puede derivarse.  Ceder ante la fuerza es un acto de necesidad,  no de voluntad; o, en todo caso,  es un acto de prudencia.  ¿En qué sentido podría ser un deber?.  Supongamos por un momento que se trata de un derecho,  como se pretende.  De ello sólo resulta un galimatías inexplicable,  porque desde el momento en que es la fuerza la que constituye el derecho,  el efecto cambia con la causa;  toda fuerza capaz de sobrepasar a la anterior se convierte en derecho.  Desde el momento en que es posible desobedecer impunemente,  es legítimo hacerlo,  y, puesto que el más fuerte es quien siempre tiene la razón,  lo único que hay que hacer es conseguir ser el más fuerte.  Ahora bien, ¿qué clase de derecho es el que desaparece cuando la fuerza cesa?.  Si hay que obedecer por fuerza,  no es necesario obedecer por deber,  y, si no se está forzado a obedecer,  no se tiene la obligación de hacerlo.  Se constata así que la palabra “derecho” no añade nada a la fuerza y que aquí no significa nada en absoluto.  Obedeced al poder.  Si esto significa que es necesario ceder a la fuerza,  el precepto es bueno,  aunque superfluo,  y puedo asegurar que  no será violado jamás.  Todo poder procede de Dios,  lo confieso,  pero todas las enfermedades proceden igualmente del Él.  ¿Significa esto que esté prohibido acudir al médico?.  Si un ladrón me sorprende en un rincón del bosque,  no tendré más remedio que entregarle la bolsa;  pero, si pudiese evitar entregársela, ¿estoy en conciencia obligado a dársela?,  porque,  al fin y al cabo,  la pistola que esgrime es también un poder.

 

                Convengamos, pues,  en que la fuerza no constituye derecho,  y  que únicamente se está obligado a obedecer a los poderes legítimos.  De este modo, mi pregunta primera surge de nuevo.

 

 

by Princess, su Valquiria filósofa poniendo un fin a la revisión de Rousseau

     by Princess!!, su Valquiria           filósofa poniendo un fin a la               revisión de Rousseau

 

 

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Rousseau y su “religión civil” (II): Princess reflexiona en chancletas…

20 Sep

EL CONTRATO SOCIAL

o Principios del Derecho Político

Φ

Jean-Jacques Rousseau

-1762-

Φ

 
Traducción, estudio preliminar y adaptación al castellano: María José Villaverde
©Editorial Tecnos S.A; 1988.   ©Por la traducción: Editorial Tecnos S.A.   ©Por el estudio preliminar: María José Villaverde, 1988
 ©Por esta edición:  Ediciones Altaya S.A; 1996
ISBN Obra completa: 84-487-0119-4///ISBN: 84-487-0121-6

 

 

 

“La familia de cerdos es llevada de nuevo al establo”; caricatura francesa realizada poco después del intento de huida de la familia real a Austria. (1791)

“La familia de cerdos es llevada de nuevo al establo”; caricatura publicada después del intento de huida de la familia real en 1791

 

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LIBRO CUARTO

Capítulo VIII

De la religión civil

 

 

         …considerando políticamente estas tres clases de religión,  las tres tienen defectos.  La tercera (la religión de los lamas, el cristianismo romano, la de los japoneses) , es evidentemente tan mala que es perder el tiempo distraerse en demostrarlo:  Todo lo que rompe la unidad social no tiene valor alguno.  Todas las instituciones que ponen al hombre en contradicción consigo mismo no sirven para nada.  La segunda (las religiones de los primeros pueblos; nota de Princess), es buena por cuanto reúne el culto divino y el amor de las leyes,  y haciendo a la patria objeto de la adoración de los ciudadanos les enseña que servir al Estado es servir al dios tutelar.  Es una especie de teocracia, en la cual no se debe tener otro pontífice más que el príncipe, ni otros sacerdotes más que los magistrados.  Entonces,  morir por la patria es ir al martirio;  violar las leyes es ser impío, y someter a un culpable a la execración pública es destinatario a la cólera de los dioses;  Sacer estod.  Pero es mala porque,  estando fundada sobre el error y la mentira, engaña a los hombres,  los hace crédulos,  supersticiosos y ahoga el verdadero culta de la divinidad en un vano ceremonial.  Es mala, además, porque,  al ser exclusiva y tiránica,  hace a un pueblo sanguinario e intolerante,  de modo que no respira sino asesinatos y matanzas, y cree hacer una acción santa matando a cualquiera que no acepte a sus dioses.  De ahí que un pueblo así esté en un estado natural de guerra con todos los demás muy perjudicial para su propia seguridad.  Queda pues la religión del hombre, o el cristianismo,  no el de hoy, sino el del Evangelio, que es completamente diferente.  Por esta religión santa, sublime, verdadera, los hombres,  hijos del mismo Dios, se reconocen todos los hermanos,  y la sociedad que los une no se disuelve ni siquiera con la muerte.  Pero,  al no tener esta religión ninguna relación con el cuerpo político,  deja que las leyes saquen su fuerza de si mismas,  sin añadirle fuerza alguna;  de ahí que uno de los grandes lazos de la sociedad particular quede sin efecto.  Es más,  lejos de conseguir que los corazones de los ciudadanos se fundan con el Estado,  los separa de él como de todas las cosas en la tierra.  No conozco nada más contrario al espíritu social.  Se nos dice que un pueblo de verdaderos cristianos formaría la más perfecta sociedad que se pueda imaginar.  No veo en esta suposición más que una dificultad: que una sociedad de verdaderos cristianos no sería una sociedad de hombres.  Más aún,  esta supuesta sociedad no sería,  con toda su perfección,  ni la más fuerte ni la más duradera; a fuer de ser perfecta carecería de unión,  y su vicio destructor radicaría en su perfección misma.  Cada cual cumpliría con su deber,  el pueblo estaría sometido a las leyes;  los jefes serían justos y moderados; los magistrados,  íntegros,  incorruptibles; los soldados despreciarían la muerte;  no habría ni vanidad ni lujo.  Todo esto está muy bien,  pero miremos más lejos.  El cristianismo es una religión completamente espiritual, que se ocupa únicamente de las cosas del cielo;  la patria del cristianismo no es de este mundo.  Cumple con su deber, es cierto;  pero lo cumple sintiendo una profunda indiferencia.  Con tal que no tenga nada que reprocharse,  poco le importa que las cosas vayan bien o mal aquí abajo.  Si el Estado es próspero,  apenas si se atreve a gozar de la felicidad pública;  teme enorgullecerse de la gloria de su país;  si el Estado perece, bendice la mano de Dios que se deja sentir sobre su pueblo.  Para que la sociedad fuese pacífica y la armonía se mantuviese,  sería preciso que todos los ciudadanos,  sin excepción,  fuesen igualmente buenos cristianos;  pero sí,  por desgracia,  surge un solo ambicioso,  un sólo hipócrita, un Catilina por ejemplo,  un Cromwell,  este individuo daría con seguridad buena cuenta de sus piadosos compatriotas.  La caridad cristiana no permite fácilmente pensar mal del prójimo.  Así pues, desde el momento en que encuentre, mediante alguna astucia, el modo de imponerse y apoderarse de una parte del poder público,  nos hallaremos ante un hombre revestido de dignidad.  Dios quiere que se le respete,  por tanto se convertirá enseguida en una autoridad;  Dios quiere que se le obedezca.  Si el depositario de este poder comete abusos es porque es el instrumento que Dios utiliza para castigar a sus hijos.  Si se tomase conciencia de que hay que echar al usurpador,  sería preciso turbar el reposo público,  usar la violencia,  verter sangre,  y todo ello concuerda mal con la dulzura del cristianismo,  y después de todo,  ¿qué importa que se sea libre o esclavo en este valle de lágrimas?.  Lo esencial es ir al Paraíso, y la resignación no es sino un medio más para conseguirlo.  Si estalla alguna guerra extranjera, los ciudadanos marchan sin dificultad al combate: ninguno de ellos  piensa en huir;  cumplen con su deber pero sin pasión por la victoria;  saben morir mejor que vencer.  Que sean vencedores o vencidos, ¿qué importa?.  ¿No sabe la Providencia mejor que ellos lo que les conviene?.  ¡Imaginaos qué partido puede sacar de este estoicismo un enemigo soberbio,  impetuoso,  apasionado!.  Poned frente a ellos a esos pueblos generosos,  a quienes devora el ardiente amor a la gloria y a la patria;  imaginaos a vuestra república cristiana frente a Esparta o Roma:  los piadosos cristianos serían derrotados,  aplastados,  destruídos antes de haber tenido tenido tiempo de reconocerse, o no deberían su salvación más que al desprecio que su enemigo concibiese por ellos.  Era un buen juramento, a mi juicio,  el de los soldados de Fabio:  no juraron morir o vencer,  juraron volver vencedores,  y mantuvieron su juramento.  Nunca hubiesen hecho los cristianos nada semejante;  hubiesen pensado que era tentar a Dios.

 

 

     Pero me equivoco al hablar de una república cristiana; cada una de estas palabras excluye a la otra.  El cristianismo no predica sino sumisión y dependencia.  Su espíritu es demasiado favorable a la tiranía para que ésta no se aproveche de ellos siempre. Los verdaderos cristianos están hechos para ser esclavos;  lo saben y no se cona mueven demasiado por ello:  esta corta vida tiene poco valor a sus ojos.  Se nos dice que las tropas cristianas son excelentes,  pero yo lo niego:  que se muestre alguna que lo sea.  Por lo que a mí respecta,  no conozco tropas cristianas.  Se me citarán las cruzadas.  Sin discutir sobre el valor de los cruzados,  haré observar que, lejos de ser cristianos,  eran soldados del sacerdote,  eran ciudadanos de la Iglesia, que combatían por su país espiritual,  que ésta había convertido en temporal no se sabe cómo.  Interpretándolo como es debido,  esto cae dentro del paganismo; puesto que el Evangelio no establece ninguna religión nacional,  toda guerra sagrada se hace imposible entre los cristianos.  En tiempos de los emperadores paganos,  los soldados cristianos eran valientes;  todos los autores cristianos lo afirman y yo lo creo;  pero se trata de una emulación de honor contra las tropas paganas.  Pero cuando los emperadores fueron cristianos,  esta emulación desapareció, y cuando la cruz destronó al águila, todo el valor romano dejó se existir.  Pero,  dejando de lado las consideraciones políticas, volvamos al derecho, y establezcamos los principios sobre este punto importante.  El derecho que el pacto social da al soberano sobre los súbditos no excede,  como he dicho,  de los límites de la utilidad pública.  Los súbditos no tienen,  pues,  que rendir cuentas al soberano de sus opiniones,  sino en la medida en que estas opiniones interesan a la comunidad.  Ahora bien,  al Estado le importa que cada ciudadano tenga una religión que le haga amar sus deberes;  pero los dogmas de esta religión no le interesan al Estado ni a sus miembros,  sino en tanto que estos dogmas se refieren a la moral y a los deberes que aquel que la profesa está obligado a cumplir respecto de los otros. Cada cual puede tener, por lo demás,  las opiniones que le plazca, sin que el soberano tenga que estar enterado; porque como él no tiene ninguna competencia en el otro mundo, cualquiera que fuere la suerte de sus súbditos en una vida futura no es asunto que le competa,  con tal que sean buenos ciudadanos en ésta.  Hay pues, una profesión de fe puramente civil,  cuyos artículos corresponde fijar al soberano,  no precisamente como dogmas de religión,  sino como normas de sociabilidad, sin las cuales es imposible ser buen ciudadano y súbdito fiel.  No se puede obligar a nadie a creerlas,  pero puede desterrar del Estado a cualquiera que no las crea;  puede desterrarlo,  no por impío,  sino por insociable,  por no ser capaz de amar sinceramente las leyes,  la justicia,  e inmolar la vida,  en caso de necesidad,  ante el deber.  Si alguien, después de haber aceptado públicamente estos mismos dogmas,  se conduce como si no los creyese,  que sea condenado a muerte,  pues ha cometido el mayor de los crímenes:  ha mentido ante las leyes.  Los dogmas de la religión civil deben ser pocos,  sencillos, enunciados con precisión,  sin explicaciones ni comentarios…

 

 

 

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by Princess, su Valquiria filósofa de barrio...

       by Princess, su Valquiria                        filósofa de barrio…

¡Volvió la filosofía -política- en chancletas!: Jean Jacques Rousseau y un libro que cambiaría el mundo…

16 Sep

 

EL CONTRATO SOCIAL

o Principios del Derecho Político

Φ

Jean-Jacques Rousseau

-1762-

 

Φ

Traducción, estudio preliminar y adaptación al castellano: María José Villaverde
©Editorial Tecnos S.A; 1988.   ©Por la traducción: Editorial Tecnos S.A.   ©Por el estudio preliminar: María José Villaverde, 1988
 ©Por esta edición:  Ediciones Altaya S.A; 1996
ISBN Obra completa: 84-487-0119-4///ISBN: 84-487-0121-6

 

 

 

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LIBRO CUARTO

Capítulo VIII

De la religión civil

 

 

       Los hombres no tuvieron al principio más reyes que los dioses,  ni más gobierno que el teocrático.  Hicieron el razonamiento de Calígula,  y entonces razonaron correctamente.  Es necesario un profundo cambio de sentimientos e ideas para decidirse a tomar a un semejante por señor y jactarse de que de este modo se encontrará uno bien.  Al colocar a Dios al frente de cada sociedad política,  resultó que hubo tantos dioses como pueblos.  Dos pueblos extranjeros,  y casi siempre enemigos, no pudieron reconocer durante muchos tiempo a un mismo señor;  los ejércitos que se combaten no pueden obedecer al mismo jefe.  Así,  de las divisiones nacionales resultó el politeísmo,  y de éste la intolerancia teológica y civil,  que naturalmente es la misma,  como se demostrará a continuación.  La manía de los griegos por reconocer a sus dioses entre los pueblos bárbaros provino de que se consideraban también soberanos naturales de estos pueblos.  Pero hoy en día es una erudición muy ridícula el tratar de descubrir la identidad de los dioses de las diversas  naciones.  ¡Como si Moloch,  Saturno y Cronos pudiesen ser el mismo Dios!.  ¡Como si el Baal de los fenicios,  el Zeus de los griegos y el Júpiter de los latinos pudiesen ser el mismo!.  ¡Como si pudiesen tener algo en común seres quiméricos que llevan diferentes nombres!. Si se me preguntase por qué no había guerras de religión en el paganismo,  en el que cada Estado tenía su culto y sus dioses,  contestaría que por la misma razón que cada Estado,  al tener un culto y un gobierno propios,  no distinguía sus dioses de sus leyes.  La guerra política era también teológica:  las competencias de los dioses estaban,  por decirlo así,  determinadas por los límites de las naciones.  El dios de un pueblo no tenía derecho alguno sobre los demás pueblos.  Los dioses de los paganos no eran codiciosos:  se repartían entre ellos el imperios del mundo;  el mismo Moisés y el pueblo hebreo compartían a veces esta idea al hablar del dios de Israel.  Consideraban ciertamente como inexistentes a los dioses de los cananeos,  pueblos proscriptos dedicados a la destrucción,  y cuyo lugar debían ellos ocupar, pero observad cómo hablaban de las divinidades de los pueblos vecinos,  a los que les estaba prohibido atacar:  “La posesión de lo que pertenece a Chamos,  vuestro dios -decía Jefté a los amonitas-, ¿no os es legítimamente reconocida?.  Nosotros poseemos, con el mismo título,  las tierras que  nuestro dios vencedor ha conquistado”.   Esto implicaba,  creo yo,  una reconocida paridad entre los derechos de Chamos y los del dios de Israel.  Pero cuando los judíos,  sometidos a los reyes de Babilonia,  y más tarde a los reyes de Siria,  se obstinaron en no reconocer más dios que el suyo,  esta negativa,  considerada como una rebelión contra el vencedor,  les atrajo las persecuciones que se leen en su historia, y de las cuales no existe otro ejemplo antes del cristianismo.  Estando, pues, cada religión unida únicamente a las leyes del Estado que la prescribe,  no había otra manera de convertir a un pueblo que la de someterlo,  ni existían más misioneros que los propios conquistadores;  y siendo ley de los vencidos a la obligación de cambiar de culto,  era necesario comenzar por vencer antes de hablar de ello.  Lejos de combatir los hombres por los dioses, eran los dioses, como en Homero,  los que combatían por los hombres;  cada cual pedía al suyo la victoria y la pagaba con nuevos altares.  Los romanos,  antes de tomar una plaza, conminaban a los dioses de ésta a abandonarla,  y cuando permitían a los tarentinos conservar a sus dioses irritados es porque consideran que estos dioses estaban sometidos a los suyos y obligados a rendirles homenaje.  Dejaban a los vencidos sus dioses como les dejaban sus leyes.  Una corona al Júpiter del Capitolio era con frecuencia el único tributo que les imponían.  Finalmente,  al propagar los romanos su culto y sus dioses junto con su imperio,  y habiendo adoptado con frecuencia ellos mismos los de los vencidos,  y concedido a unos y a otros el derecho de ciudadanía,  los pueblos de este vasto imperio halláronse insensiblemente con multitud de dioses y de cultos,  que eran los mismos aproximadamente en todas partes;  y he aquí cómo el paganismo no fue finalmente en el mundo conocido sino una sola y misma religión.  Fue en esas circunstancias cuando Jesús vino a establecer sobre la tierra su reino espiritual;  lo que, separando el sistema teológico del político, hizo que el Estado dejase de ser uno, y originó divisiones intestinas que jamás han dejado de agitar a los pueblos cristianos.  

 

Ahora bien, al no haber al no haber podido entender nunca los paganos esta idea nueva de un reino del otro mundo, miraron siempre a los cristianos como verdaderos rebeldes, que, bajo una hipócrita sumisión,  no buscaban más que el momento de hacerse independientes para usurpar hábilmente la autoridad que fingían respetar en su debilidad.  Tal fue la causa de las persecuciones.  Lo que los paganos habían temido ocurrió.  Entonces todo cambió de aspecto;  los humildes cristianos cambiaron de lenguaje,  y pronto ese pretendido reino del otro mundo se convirtió,  en éste,  bajo un jefe visible, en el más violento despotismo.  Sin embargo,  como siempre ha habido un príncipe y leyes civiles,  de este doble poder ha surgido un perpetuo conflicto de jurisdicción, que ha hecho imposible la existencia de una buena organización de los estados cristianos,  y jamás se ha llegado a saber a cuál de los dos había que obedecer,  si al señor o al sacerdote.  Algunos pueblos,  sin embargo, incluso en Europa o en su vecindad,  han querido conservar o restablecer el antiguo sistema,  pero sin éxito;  el espíritu del cristianismo lo conquistó todo.  El culto sagrado ha permanecido siempre,  o se ha convertido de nuevo en independiente del soberano,  y sin unión necesaria con el cuerpo del Estado. Mahoma tuvo miras muy sanas:  trabó bien su sistema político y mientras subsistió la forma de su gobierno bajo los califas, sus sucesores,  este gobierno permaneció unido,  pero cuando los árabes se convirtieron en prósperos,  cultos,  corteses,  blandos y cobardes,  fueron sojuzgados por los bárbaros,  y entonces la división entre los dos poderes volvió a comenzar.  Aunque esta dualidad sea menos aparente entre los mahometanos que entre los cristianos,  se encuentra en todas partes,  sobre todo en la secta de Alí,  y hay estados,  como Persia,  donde no deja de hacerse sentir.  Entre nosotros,  los reyes de Inglaterra se han constituído en jefes de la Iglesia;  otro tanto han hecho los zares,  pero con este título se han convertido no tanto en sus señores como en sus ministros:  no han adquirido tanto el derecho de cambiarla como el poder de sostenerla.  No son legisladores,  sino sólo príncipes.  Donde quiera que el clero constituye un cuerpo,  es señor y legislador.  Hay, pues,  dos poderes, dos soberanos en Inglaterra y en Rusia lo mismo que en otras partes.

 

De todos los autores cristianos,  el filósofo Hobbes es el único que ha visto bien el mal y el remedio;  y que se ha atrevido a proponer reunir las dos cabezas del águila, y reducir todo a unidad política,  sin lo cual jamás habrá Estado ni gobierno bien constituído.  Pero ha debido darse cuenta de que el espíritu dominador del cristianismo era incompatible con su sistema,  y que el interés del sacerdote sería siempre más fuerte que el del Estado.  Lo que ha hecho odiosa su política no es tanto lo que hay de horrible y falso en ella como lo que encierra de justo y cierto.  Yo creo que desarrollando,  desde este punto de vista,  los hechos históricos,  se refutarían fácilmente las opiniones opuestas de Bayle y de Warburton.  Uno de ellos pretende que ninguna religión es útil para el cuerpo político,  mientras que el otro sostiene,  por el contrario,  que el cristianismo es su más firme apoyo.  Se podría demostrar al primero que jamás fue fundado un Estado sin que la religión le sirviese de base,  y al segundo que la ley cristiana, es, en el fondo,  más perjudicial que útil para la constitución del Estado.  Para terminar de aclarar mi posición,  sólo hace falta precisar un poco más las ideas demasiado vagas relativas al asunto.  La religión,  considerada en relación con la sociedad, que es general o particular, puede también dividirse en dos clases, a saber:  la religión del hombre y la del ciudadano.  La primera,  sin templos, sin altares,  sin ritos,  limitada al culto puramente interior del Dios Supremo y a los deberes eternos de la moral,  es la pura y simple religión del Evangelio,  el verdadero teísmo y lo que se puede llamar el derecho divino natural.  La otra, inscrita en un sólo país,  le proporciona sus dioses,  sus patronos propios y tutelares;  tiene sus dogmas,  sus ritos y su culto exterior,  prescripto por leyes.  Exceptuando la nación que le rinde culto,  todo es para ella infiel,  extraño,  bárbaro;  sólo extiende los deberes y los derechos del hombre hasta donde llegan sus altares.  Así fueron todas las religiones de los primeros pueblos a las que se puede dar el nombre de derecho divino, civil o positivo. Existe una tercera clase de religión, más rara,  que al dar a los hombres dos legislaciones, dos jefes, dos patrias,  los somete a deberes contradictorios y les impide ser a la vez devotos y ciudadanos: se trata de la religión de los lamas (Nota by Princess; alude al budismo), la de los japoneses,  y el cristianismo romano.  A esta última se la puede llamar la religión del sacerdotes;  de ella resulta un tipo de derecho mixto e insociable que no tiene nombre.  Considerando políticamente estas tres clases de religiones,  las tres tienen defectos.  La tercera es tan evidentemente mala que es perder el tiempo distraerse en demostrarlo:  Todo lo que rompe la unidad social no tiene valor alguno.  Todas las instituciones que ponen al hombre en contradicción consigo mismo no sirven para nada…

 

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by Princess, su Valquiria filósofa de barrio...

      by Princess, su Valquiria                    filósofa de barrio

al cine con Princesa García: “Tiro de gracia”, peli de culto ¡total, che!

15 Jul

¿Vamos al cine?

-♣-

¡Sensacional estreno del cine argie!: "Tiro de Gracia"

¡Sensacional estreno del cine argie!: “Tiro de Gracia”

-♣-

Queridas amigAs, lektorAs ¿fieles?…

 

 

¿Por dónde comenzar, por dónde “aprehender” esta rara, imperfecta y notable joyita del cine argentino a la “nouvelle vague-versión criolla”?.  Porque estamos a fines de los sixties, como toooodo el mundo sabe y asistimos al estreno de TIRO DE GRACIA, dirigida por Ricardo Becher  que, por supuesto y en su momento, casi casi sólo vieron sus protagonistas y algún que otro fan: duró lo que un suspiro en la cartelera porteña.  Pero, como también suele suceder, con el devenir del tiempo se convirtió en “la” película de culto de toda la vagancia argenta, especialmente la porteña, además de ser la primera en incluír rock y blues original de estas tristes pampas compuesto especialmente  por Javier Martínez Suárez, baterista y primera voz del mítico trío Manal.  Justamente, es el trío Manal el que, a su vez, interpreta la banda de sonido original; por otra parte, el muy jovencito Javier Martínez  no se priva, por si fuera poco, de encarnar  uno de los roles protagónicos, el de Paco, empleado público fanático del jazz, músico y baterista aunque no “haciendo de sí mismo”, estrictamente hablando.  La figura, tanto mítica como increíblemente misteriosa es, sin duda, Sergio Mulet (Marsella, 1947; Rumania, 2007): especie de Kerouac  porteño, modelo publicitario, latin lover de barrio, canchero, poeta, escritor… de hecho, es Sergio Mulet el autor de la novela en la que se basa esta peli, de su guión en coautoría con Ricardo Becher y de llevar sobre sus muy pintones hombros, el peso del protagónico.  Sin embargo TIRO DE GRACIA es, también, una película coral, un verdadero cacho de vida porteña y argenta, tal como se desarrollaba en la “bohemia” del Bar Moderno y en los alrededores de la facultad de Filosofía y Letras. Así, y “haciendo-de-sí mismos” o asumiendo roles actorales siendo o no actores de profesión, vemos desfilar por esta peli ¡increíble! al Negro Edgardo Suárez, al psicoanalista y filósofo Oscar Masotta, a Juan Carlos Gené, Federico Peralta Ramos, Gregorio Kohon, Alfredo Plank, Roberto Plate, Cristina Plate, ¡Perla Caron! y a la estrellita, entonces en ascenso, Susana “Su” Giménez. Y siguen las firmas y las presencias notables: el actor Abel Sáenz Buhr, el artista plástico Pérez Celis, en fin, una larga lista que pueden dedicarse a descifrar por sí mismas, ustedes, queridas lektorAs, ¡especialmente si son algo maduras y argentinas de pura cepa, like me!. Muchos partieron ya: Ricardo Becher, el director, falleció a los 81 años, en 2011, mientras que Mulet, apodado “el Yeti” murió, aparentemente asesinado por su esposa en un extraño episodio en Rumania, esas cosas raras de la vida.  Amigas, no me quiero hacer la Maestro Siruela y por lo tanto, sólo me resta decirles…¡Disfruten!. Todo lo demás que quieran saber, en fin, hay gente que escribe tan bien y con conocimiento profundo,  ¡es cuestión de buscar!. En lo que a mí respecta, apenas voy al cine.  Hablando de eso: ¿Pochoclo o maní con chocolate?

 

 

 

 

 

 

 

http://www.cinemargentino.com/films/914988459-ricardo-becher-recta-final

 

 

 

 

 

 by Princess!!, su  walquiria cinéfila y hasta demodee

De nuestro corresponsal en Petibonia: ¡Glamorosa edición de los “Adri Awards”!

24 Jun

De  nuestro corresponsal en la

Atenas del Plata, acreditado, ¡en exclusiva! en los…

Adri Awards

 
    La escasez de postulantes a los internacionalmente afamados

Adri Awards 

venía alarmando seriamente a los miembros de este Honorable Jurado. Hoy nos complace anunciar al mundo todo, que, en una sencilla y hasta emotiva ceremonia, ha sido conferida la enésima edición de la 

“Mención Honorífica Especial” 

 
Se trata del ¡Sr. Daniel Alejandro!, también conocido como “Dani”, prometedor joven oriundo de la Capital del Azúcar,
remota ciudad perdida en el norte de nuestra extensa republiqueta de Petibonia.
 ¡¡Congratulations, Daniel, que te lo decimos in english y todo !!
 
 
 

Mención de Honor “Adri Awards

  

Sr. Dani

 ¿VI? Visitante Extraterrestre de Espacios “Acsurdos”

Como en ocasiones anteriores, reiteramos la ausencia de premios (una prueba más del prestigio alcanzado).
 Y despedimos a Daniel Alejandro con un

¡Adelante!

(que hay cosas peores)  
Y que cada uno se haga responsable de lo que lee, che…

La cocina de PG: ¿”Comida para pobres” veggies?

30 May

-HOY-

¡Comida veggie y barata en Bi Ei!

 

Princess! prueba de todo para ustedes, queridas lektoras: ¡un sacrificio, che!

Princess! prueba de todo para ustedes, queridas lektoras: ¡un                           sacrificio, che!

 

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Amigas, lektoras del orbe todo: La cosmopolita y francamente despelotada, incluso bastante sucia capital de nuestra amada republiqueta -¡Petibonia!, también conocida como ¿Arge…?, no recuerdo del todo ese nombre antiguo- no deja de sorprendernos con sus propuestas gastronómicas. Como muestra, algo arbitrariamente elegida y entre quichicientas otras, les presento a una de las más renombradas cocineras del mundillo veggie-macro-alternativo, ¡Clara Aurora!. Se trata, simplemente, de comida preparada con ingredientes frescos y nobles, de rápida realización, liviana, colorida, ¡alimentadora! y, tal el motivo y el nombre de esta propuesta -“Comida para pobres”-, ¡barata, very very cheap, really!.  Cocina relativamente rápida y sencilla, con un toque de sofisticación y buena presentación; sana, rica, variada y veggie por unos U$S 4/6  para CUATRO personas CUATRO, esto es, a razón de U$S 1/1.50 por cabecita loca o comensal invitado a nuestra humilde morada. ¿Probamos?.  Informó Princesa García, su corresponsal glotona, ¡exclusivo! para el Petibonian Times…

 

 

 

 

 

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Temporada de estrenos en la Atenas del Plata: ¡volvió Princess “crítica” de cine!

27 May

                                                           

  ¿Vamos al cine?

-♥-

¡Sensacional estreno del cine argie!: "Paula Cautiva"

   ¡Sensacional estreno del cine                  argie!: “Paula Cautiva”

 

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Queridas amigAs, lectorAs ¿fieles?…

Volver, de tanto en tanto,  a las viejas pelis argentinas es un ejercicio que frecuento ¡lo más que puedo!, deben ser los años, seguramente: ver mi ciudad en 1963 -fecha de estreno de esta película-, como yo la veía a mis siete u ocho años -la verdad es que la percibía ¡preciosa!-, imágenes de la puerta del edificio donde entonces vivía, de los bondis que me tomaba para ir al cole o a las clases de música, a las mujeres vestidas como mi mamá vestía entonces, o los pasajeros saliendo por escalerillas de los aviones (sin “mangas”, amigos) en un aeropuerto de Ezeiza tan pero tan provinciano,  el magnífico lobby del Hotel Alvear, en fin, ¡hasta se me pianta un lagrimón, se me pianta, “igual que en un tango”!. Pero esta peli, dirigida por Fernando Ayala, simplemente ¡me mató!. Lo primero que destaco y transmito, modestamente, a la purretada argentina y del orbe todo, es que nuestro ispa tiene una característica notable: “parece” que pasan muuuuuuchas cosas, pero la verdad es que no pasa taaaaaanto; es más, a veces, ¡no cambia nada!; o sea, que si nos vamos unos años y volvemos, encontraremos todo más o menos igual. Y si algo nos pinta hasta el alma es la memorable escena del falso entierro, en el ¡topísimo! cementerio de la Recoleta, de un tano “grasa” pero con guita y pretensiones, en el supuesto y falso panteón de su familia, ¡ja, ja, ja!, todo esto gracias al “alquiler” que le proporciona un estanciero venido a menos. Y allí tenemos, sin más, a los restos fósiles de nuestra perfumada “oligarquía agropecuaria” que se dedican, para sobrevivir, a alquilar panteones, ejercer la prostitución vip y organizar tours de gringos al casco de la vieja estancia. ¡Película notable! y por muchas razones: la inestabilidad política -refiere, aunque sin nombrarlo, al conflicto entre colorados y azules que atravesó a las fuerzas armadas de entonces- el dólar que sube y baja -je, je, je, ¿les suena conocido?- la dificultad para que nos tomen en serio los de afuera, los vaivenes económicos y la labilidad de las inversiones en un país díscolo e imprevisible, sin olvidar el fútbol, todo en medio de los golpes “cívico-militares” (permitida toda analogía con otros sucesos de nuestra historia, comento maliciosamente, ¡je, je, je!), ancche los anticuados e ingenuos libros de lectura de la escuela primaria y las señoras haciendo compras en el almacén del barrio cuando se rumoreaba sobre el inminente golpe. Más allá de todo eso, un fantástico Orestes Caviglia (purretes del mundo, vean a este maravilloso actor que se merece y muuuuucho su nombre puessto en tantas salas y teatros argentinos) y una diviiiinaaaaa, bella y muy pero muy sofisticada Susana Freyre en su rol de cheta venida a menos que se gana los mangos trabajando como call girl,  o “escort”, como diríamos hoy. ¡Pero qué modeeeeerrrrnos, ja, ja, ja!. La cosa no queda allí: gauchos for export, gringos con plata y, sobre todo, chikas pop argentinas, (¡parecen discípulas mías!), todo esto según un relato de la algo olvidada escritora Beatriz Guido, que me pregunto si alguien la lee hoy: ¿Alguien la lee?.  Lo mejor, de lejos: Duilio Marzio -¡con razón me gustaba este galán cuando era chiquita!-; hombre requetepintón y muy muy bello aunque con nada que envidiarle a su coequiper Lautaro Murúa  -otro actor “recio” que ya había destacado, a su vez, como director de cine-.  Murúa fue un actor chileno recontrafincado en nuestro país,  con una gran carrera y una pinta bárbara y que, como tantos otros, tuvo que salir ¡corriendo! perseguido por la Alianza Anticomunista Argentina, de cuño peronista y sostenida por el gobierno ¡constitucional! de los primeros ’70 (ay, Argentina, sos una madre turra vos).   Un joven pero ya no tanto y ¡precioso! Leonardo Favio también se ocupa de deleitar a las chicas de entonces y de ahora, o sea, a las ¡modernas chikas!: aquí lo vemos antes de su explosión como cantante, tenía ya una tremenda carrera como actor y galán, como asistente de dirección de Leopoldo Torre Nilson y bueno, qué más decir sobre el seductor y simpatiquísimo Favio que en poco tiempo, además, comenzó una carrera de director notable; si vamos al punto, uno de los más grandes directores que tuvo el cine argentino. Párrafo aparte para la música: entre otras perlitas, el imperdible “madison” que bailan Fernanda Mistral y su cliente americano y, sobre todo, la música que compuso Astor Piazzolla para la peli.  Por otra parte, cuando la protagonista se decide a mostrarle el Buenos Aires “en serio” y no for export al visitante, lo lleva…¿a qué no saben dónde?: ¡pues a escuchar a Astor tocando el bandoneón, que, muy gustoso, aparece en la peli!.  Enjoy, amigos… no sin antes deslizar un comentario superficial pero de cierta precisión histÉ(Ó)rica: algo me llamó la atención y es el hecho de que tienen control remoto para la tele…¿alguien se acuerda de eso?, porque yo no lo registro como existente -al menos, masivamente- en 1963, cuando eramos, ¡ay!, tan pero tan modeeeeerrrrnos, che.

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by Princess!, su crítica servicial y en ruleros

by Princess!, su crítica servicial y                       en ruleros

Filosofía en chancletas y für chikas only (III): “La Lógica es el vestíbulo de las ciencias”, dice Kant…

1 May

 

 

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Prefacio a la segunda edición de la “Crítica de la Razón Pura”

 

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             Si en el trabajo de los conocimientos que pertenecen a la obra de la razón se sigue o no la senda segura de la ciencia,  cosa es que por los resultados bien pronto se juzga.  Si después de mil disposiciones y preparativos se encuentra el lector detenido en el momento de alcanzar el fin,  o si para llegar hasta él se exige de continuo el retroceder y de nuevo emprender otro camino,  o si no es posible poner acordes a los diferentes colaboradores sobre la manera de proseguir el fin común,  es preciso convencerse de que tal estudio está muy lejos de haber entrado en la segura senda de la ciencia y que cuanto se ha estado haciendo es un simple ensayo.  Y constituye un servicio para la Razón descubrir en dónde sería posible hallar este camino,  aún a costa de abandonar,  como cosa vana, mucho de lo que se ha adquirido sin reflexión en el fin propuesto.  Que la Lógica ha entrado en esa segura vía desde los tiempos más antiguos lo prueba el que desde Aristóteles no ha tenido que retroceder un sólo paso, a no ser que se considere que no ha habido perfección al despojarla de algunas sutilezas inútiles,  o al darle una claridad más acabada en la exposición,  cosas que más pertenecen a la elegancia que a la seguridad de la ciencia.  Es también digno de atención que tampoco haya podido dar hasta ahora ningún paso hacia adelante, y que, según toda apariencia,  parece ya cerrada y acabada.  Cuando algunos modernos han tratado de extenderla introduciendo capítulos,  ya de psicología, sobre las diversas facultades de conocer (imaginación,  ingenio); ya de metafísica,  sobre el origen del conocimiento,  o sobre las diferentes especies de certidumbre,  según la diversidad de los objetos (idealismo, escepticismo,  etc.);  ya de antropología,  sobre los prejuicios (sus causas y remedios),  sólo han hecho palpable la ignorancia que tienen de la propia naturaleza de esta ciencia.   Cuando se traspasan los límites de una ciencia y se entra en otra,  no es un aumento lo que se produce; antes bien, una desnaturalización.  Los límites de la Lógica están claramente determinados,  al ser una ciencia que sólo expone y demuestra rigurosamente las reglas formales de todo pensar  (ya sea éste a priori o empírico,  ya tenga tal origen u objeto, ya encuentre en nuestro espíritu obstáculos naturales o accidentales).  Si tan ventajosa es la situación de la Lógica,  débelo únicamente a los puntos a que se limita,  que la autorizan y hasta la obligan a hacer abstracción de todos los objetos de conocimiento y de sus diferencias,  de suerte que el entendimiento sólo tiene que ocuparse en sí propio y en su forma.  Pero para la Razón,  que no sólo se ocupa en sí,  sino también en los objetos,  ha debido ser empresa más difícil entrar en las verdaderas vías de la ciencia.  La Lógica sirve por este motivo de propedéutica,  y es una especie de vestíbulo para las ciencias;  y así,  al hablar de conocimientos,  se tiene ya supuesta una Lógica que los juzga,  aunque,  por otra parte sea necesario acudir a las ciencias objetivas y propiamente dichas para adquirir un verdadero conocimiento.

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                  Ahora, al existir lo que decimos Razón en estas ciencias,  es preciso que algo sea conocido a priori.  El conocimiento este puede relacionarse con sus objetos de dos maneras:  o simplemente para determinar éste y su concepto (que en otra parte debe haberse dado),  o para realizarlo.  El primero es un conocimiento teórico de la Razón;  el segundo,  un conocimiento práctico.  En ambos casos,  la parte pura del conocimiento,  más grande o más pequeña,  y que es aquella en donde la Razón determina bsolutamente a prior su objeto,  merece que se la estudie entes y por separado,  a fin de no mezclarla con lo que otras fuentes aporten,  pues es una hacienda mal entendida la de gastar ciegamente lo que se percibe;  que después no se sabe distinguir, cuando las circunstancias apuran, la parte de gastos que hay que disminuir de la otra que las entradas pueden sostener.  Las matemáticas y la física son los dos conocimientos teóricos de la Razón que determinan a priori sus objetos:  la primera,  de un modo completamente puro;  la segunda, por lo menos en parte,  y después a medida que lo permiten otras fuentes de conocimiento que no son la Razón.  Las matemáticas,  desde los tiempos más remotos a que alcanza la historia de la Razón humana en la maravillosa Grecia, han seguido siempre el seguro camino de la ciencia.  No se crea,  empero,  que haya sido para esa ciencia tan fácil como para la Lógica, donde la Razón sólo en sí misma se ocupa,  descubrir su real camino, o, mejor dicho,  construírselo,  pues me inclino a creer que por largo tiempo (particularmente entre los egipcios) fue un mero tanteo,  y que el gran cambio que experimentó debe atribuírse a una revolución producida por el feliz éxito de un ensayo que algún hombre hacía,  acertando con él a entrar en el camino que debía tomarse para no errar por más tiempo,  y que desde ese momento quedaron abiertas y trazadas las vías seguras de la ciencia.  La historia de esta revolución en el pensamiento y la del hombre dichoso que la efectuó,  con ser aún más notables que el descubrimiento del camino por el célebre cabo, no han llegado a nosotros.  Según las noticias que Diógenes de Laercia nos transmite,   no debió pasar desapercibida para los matemáticos la grandísima importancia del cambio que sufrió esa ciencia al entrar en nuevo camino; antes al contrario,  vemos que se guardó eterna memoria del que se supone fue inventor de los elementos más simples de la demostración geométrica,  y que, según el juicio común,  no han menester prueba alguna.  El primero que demostró el triángulo isósceles (llámese Thales o como se quiera) dio un gran paso.  Por el hecho observó que,  para conocer las propiedades de una figura, no convenía guiarse por lo que en la figura contemplaba,  y menos en su simple concepto;  que lo que le correspondía es señalar lo que él mismo había introducido con su pensamiento, y compuesto después (por construcción).  Vio también que,  si algo con certeza quería saber a priori,  no admitiera cosa que no fuera consecuencia necesaria de lo que él mismo,  por  medio de su concepto, había puesto en el objeto.  No sucedió lo mismo con la Física, que hubo de tardar mucho más tiempo en encontrar las grandes vías de la ciencia;  pues apenas hace siglo y medio que la proposición del profundo Bacon de Verulam causó este descubrimiento o por lo menos dio pie,  por estar ya muy preparado el camino;  pero de todas suertes fue una completa revolución del pensamiento.  Sólo hablo aquí de la física que se funda en principios empíricos.  Cuando Galileo hizo rodar sobre un plano inclinado las bolas cuyo peso había señalado, o cuando Torricelli hizo que le aire soportara un peso que él sabía ser igual a una columna de agua que le era conocida,  o cuando más tarde Stahl transformó metales en cales y éstas a su vez en metal,  quitándoles o volviéndoles a poner algo,  puede decirse que para los físicos apareció un nuevo día.  Se comprendió que la Razón sólo descubre lo que ella ha producido según sus propios planes;  que debe marchar por delante con los principios de sus juicios determinados según leyes constantes,  y obligar a la Naturaleza a que responda a lo que le propone,  en vez de ser esta última quien la dirija y maneje.  De otro modo no sería posible coordinar en una ley necesaria observaciones accidentales que al azar se han hecho sin plan ni dirección,  cuando precisamente es lo que la razón busca y necesita.  La Razón se presenta ante la Naturaleza,  por decirlo así,  llevando en una mano sus principios (que son los únicos que pueden convertir en leyes a fenómenos entre sí acordes),  y en la otra,  las experiencias que por esos principios ha establecido;  haciendo esto,  podrá saber algo de ella,  y ciertamente que no a la manera de un escolar que deja al maestro decir cuanto le place;  antes bien,  como verdadero juez que obliga a los testigos a responder a las preguntas que le dirige.  De suerte que,  si bien se advierte,  debe la Física toda la provechosa revolución de sus pensamientos a la ocurrencia de que sólo debe buscar en la Naturaleza (no inventar) aquello que la Razón misma puso en conformidad con lo que desea saber,  y que por sí sola no sería factible alcanzar.  A esta revolución debe principalmente la Física haber entrado en el segundo camino de la ciencia,  después de haber sido por largos siglos un simple ensayo y tanteo.  La Metafísica,  aislado conocimiento especulativo de la Razón,  que nada toma de las enseñanzas de la Experiencia y que sólo se sirve de simples conceptos (no como las Matemáticas,  mediante aplicación de los conceptos a la intuición),  donde,  como es natural,  campea por sí sola la Razón,  no tiene la dicha de haber podido entrar en el seguro camino de una ciencia: ¡ésta,  que es de las ciencias la más antigua y de tal naturaleza que,  aun sumiéndose las restantes en las tinieblas de una destructora barbarie, jamás dejaría de existir!.  Pero en esa ciencia la Razón tropieza con las mayores dificultades para comprender a priori las leyes que la más vulgar experiencia confirma (como ella pretende).  Así que el camino que se traza no es firme ni seguro,  y mil veces es menester de nuevo rehacerlo,  pues no conduce a donde se deseaba llegar…

 

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by Princess!!; filósofa del barrio melancólico en otoño...

by Princess!!; filósofa del barrio-melancólico-             en-otoño

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