Correspondencia ¡inédita! Dra. Estela Artuá-Princesa García: sobre el amor y otras desgracias…

27 Ago
¡Entrega inmediata!

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AtenasdelPlata, todavía invierno, año del Señor 201…

 

                Estela, querida amiga: estas pocas líneas te alcanzarán, como casi siempre, en el enésimo Congreso de Entomología que cuenta con tu presencia y ¡solvencia! científika; hablando, o escribiendo del tema, más bien…¿qué tal Zanzíbar, pudiste pasear algo?.  Al margen, lamento que no hayas podido conocer Samarkanda y me refiero al cambio de sede, pero seguro que no te faltará oportunidad, ni otro plomífero congreso organizado a tal fin, o sea, viajar un poco al divino botón y con todo pago.  Así que pretendo amenizar tus ya agitados días con estas líneas, en la espera de tu regreso ¡triunfal! a la ciudad que nos vio nacer, así nos comemos unas pizzas en El Mazacote, de Chile y San José, en la República de Monserrat, o desayunamos en Ouro Preto, variándonos por la Avenida Corrientes, que ¿nunca? duerme y siempre está sucia. Yo estoy más que bien, Estela y, no quiero cantar victoria, pero creo que libre de las desgracias del amor… ¡tan luego yo, que nací “de novia” y/o casada!: no sólo dejé atrás por completo el affaire André, que no merecía ni el recuerdo ese tarado al cubo, sino, y lo más importante, es que ya no sólo no “necesito” sino que ¡ni siquiera “busco”! el amor de un hombre. Esto es fundamental porque, justamente, el peligro de buscar consiste en su fin, o sea, encontrar lo que se busca, que es, ahora me doy cuenta, algo que no deseo ni siquiera en su mínima expresión. Este concepto, esta realidad existencial, ha dado frutos impensados: acepté la Secretaría General de la Internacional de las Modernas Chicas, a la que tanta veces me resistí, retomé mi Curso de Filosofía für Chikas Only -este año nos metimos con Kierkegaard, Kant y Héctor Gagliardi-, dí un impulso inusitado a mi Correo Sentimental en la revista de La Mujer Moderna, retomé mis estudios sobre Derecho Internacional, la meditación Zen, la gimnasia sueca y las clases de repostería y tejido a dos agujas, inclusive. ¿Habrán terminado por fin mis males de amores?: Sí, ya que esto sólo depende del deseo, amiga, que por fin y a la vuelta de la vida, cumplo y sirvo hasta su última conclusión lógica.  Barrunto estas reflexiones, querida Estela, mientras camino en el atardecer perfecto de mi barrio al sur, que ya, pero ¡ya! anuncia la esperada primavera porteña. Te abraza tu amiga del alma, no sin antes enviarte un audio…  

Princess!!

 

 

 

tres sueños

14 Ago

 

UNO

Hacía trámites en un juzgado. “De pronto” me daba cuenta de que no sabía si tenía que pagar tasas o no y preguntaba a los empleados: parecían no registrar ni siquiera mi existencia.  Me veo llorando en el mostrador de Tribunales, completamente desesperada, pero ni aún así me registra alguien.  Pregunto, angustiada… nadie me contesta.  Un colega me dice: “Sí, corresponde pagar tasa judicial, más exactamente $2048”, y me anota la cifra; le agradezco muchísimo. Estoy sentada esperando, algo más tranquila, llevo un niño en brazos, aunque no es mi hijo. Me detengo a mirar las personas que comparten la espera, por lo visto para pagar algo, como yo, entonces veo a mi padre, interrogándome con la mirada: “¿Quién es ese niño, qué hacés aquí?”, parece decirme sin hablar y siento temor por sus reproches.  Después me acuerdo de que está muerto y eso parece tranquilizarme, aunque parezca absurdo y pregunto sin preguntar “¿Pero vos no estabas muerto?”.  Entonces recuerdo la cifra que me indicó el colega, especialmente las últimas dos, el número 48.  ¡Con razón!, pienso, ¡si es el muerto que habla!.

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DOS

Por alguna especie de milagro incompresible, visito XX, país en el que viví en un pasado ya remoto y al que nunca regresé. Estoy con otras personas, quizás amigos queridos, no lo sé. Sin embargo pregunto por el precio de los cigarrillos, dato sobre el cual no tengo la menor idea. ¿Serán más caros que allá?, “pienso” en clave sueño, sin preguntas, sin sonido, sin hablar.  Y parece ser lo único que me interesa o preocupa seriamente.

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TRES

Estoy en casa, preparándome para salir: tengo un turno médico ¡importantísimo! y muy esperado, quizás para mí, quizás para un hijo.  D. también está allí; mientras, me baño y arreglo atenta a la hora, ¡es que apenas tengo el tiempo suficiente para llegar puntual!. Después de bañarme y tranquilizar a D., preocupado por el correr del tiempo-sueño, que parece ir muy rápido, me pongo un desodorante en aerosol que lleva el nombre de un desinfectante de ambientes. Por lo visto, también fabrican desodorantes corporales, “pienso”; no lo sabía, aunque confío en una marca tan tradicional y prestigiosa.  Sin embargo,  apenas pasados unos momentos veo que el espejo del baño, sus paredes cubiertas de azulejos, incluso mi cuerpo y el resto de las paredes y ventanas de toda la casa, se llenan de horribles manchones negros que, como hongos de una pelicula barata de terror, ocupan las superficies y crecen sin parar.  “¿Qué tiene este desodorante?”, digo sin hablar en el idioma de los sueños mientras miro a D. que está algo sorprendido.  Es extraño, pero no me inquieto demasiado, ¡al contrario!, comienzo a limpiar todo con un trapo de cocina: “Debería pasarle agua con lavandina” comento con D. mientras las manchas oscuras y pegajosas invaden todo. Y comienzo a hacerlo. Discuto con D. y es ésto lo que me inquieta mucho más, siento una tristeza infinita.  “Si te ponés a limpiar vas a llegar tarde, ¡hasta podés  perder el turno!”, me dice sin decir; pero yo sigo y persisto hasta que me doy cuenta de la extensión y lo inquietante del desastre, incluso, en mi propio cuerpo. “Es que no puedo irme y dejar todo así”, contesto sin voz, en el sinsonido de los sueños.  D. se inquieta todavía más, reclamándome. Entonces asumo que pediré otro turno, mientras las manchas siniestras no dejan de crecer. ¡Es que no quiero pelear con D.!, no entiendo cómo no entiende.

 

 

Φ

 

 

by Princess!!, supuesta psicoanalista de barrio tanguero...

by Princess!!, supuesta psicoanalista de    barrio tanguero… y se trata de Freud         niño, ¡sin habano!, ni siquiera de chocolate

 

 

 

“Todas las cosas de este mundo, ¡oh, Rey!, son cambiantes y transitorias”

13 Ago

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

Traducción y prefacio de Pedro Pericay

Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

 

     

Monjes budistas birmanos; fotografía del siglo XIX

                     Monjes budistas birmanos; fotografía del siglo XIX

Mitología India

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Leyenda de Buda. Nacimiento y primeros años

Si H. Oldenberg, basándose en las escrituras pali,  compuso una biografía “razonable”, aunque no “histórica”, del sabio de los Shakyas (Shakyamuni), que debía convertirse en Buda, es decir, el “Iluminado”, E. Senart, en cambio, trazó sobre el mismo asunto y a base de documentos sánscritos,  una biografía completamente legendaria,  en la que el iniciador del budismo no aparece reducido a un sabio de talla esencialmente humana,  sino como la modalidad del dios solar Visnú,  que habría descendido a la tierra para salvar a nuestra raza,  Pero,  en realidad,  en ninguno de los episodios clásicos de su vida deja de haber más o menos la impronta de lo maravilloso.  La vida de Buda transcurrió, en el nordeste de la India,  entre 563 y 483 antes de Jesucristo, aproximadamente.  Con objeto de prepararse para su última transmigración,  el que había de convertirse en Buda, o Bodhisattva, pasó por millares de existencias,  y antes de bajar,  por última vez, a la tierra, residió en el cielo de los tuchitas -morada de los bienaventurados-,  donde predicaba la ley a los dioses.  Pero un día comprendió que había llegado su hora y resolvió encarnarse en la familia de un rey de los Shakyas,  Suddhodhana,  que reinaba en Kapilavastu,  en los confines de Nepal.

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Nacimiento de Buda.  Sus primeros años.  La concepción se obró en forma milagrosa.  La reina Maya -nombre que literalmente significa ilusión-,  advertida por un presentimiento,  vio en sueños cómo el Bodhisattva descendía a su seno,  en forma de un pequeño y bellísimo elefante de color blanco como la nieve.  En aquel instante toda la creación manifestó su alegría con prodigios: pusiéronse los instrumentos musicales a sonar sin que nadie los tocase;  detuvieron su curso los ríos para contemplar al Bodhisattva,  y los árboles y las plantas cubriéronse de flores,  y los estanques,  de loto.  Al día siguiente fueron consultados sobre el sueño de Maya sesenta y cuatro brahmanes,  quienes profetizaron el nacimiento de un hijo,  destinado a convertirse ya en un emperador universal,  ya en un Buda.  Cuando llegó el momento de tan fausto suceso,  trasladóse la reina Maya al jardín de Lumbini,  donde de pie,  y cogiendo con su mano derecha, levantada,  la rama de un árbol Shala,  dio a luz al Bodhisattva,  que salió de su costado derecho sin causarle el más pequeño dolor.  Recibieron al reciennacido,  Brahma y los demás dioses; mas pronto el infante echó a andar,  y cada vez que sus pies tocaban el suelo surgía un loto.  Dio siete pasos en la dirección de los siete puntos cardinales y de este modo tomó posesión del mundo. Aquel mismo día nacieron Yashodara Devi -que con el tiempo sería su esposa-,  el caballo Kantala -que habría de montar cuando abandonase el palacio en busca del conocimiento supremo-,  su escudero Chandaka,  y su discípulo y amigo predilecto, Ananda, así como el árbol de la Bodhi,  a cuya sombra debía conocer la Iluminación.  Cinco días después de su nacimiento se impuso al joven príncipe el nombre de Siddhartha.  Al séptimo día falleció,  de felicidad,  la reina Maya,  para renacer en el seno de los dioses,  dejando que su hermana Mahaprajapati la reemplazara aquí en la Tierra,  cerca del joven príncipe. La abnegación de esta madre adoptiva se hizo legendaria.  Predijo el destino del niño el richi Asita,  Este santo anciano,  que había bajado del Himalaya, reconoció en la criatura los ochenta signos que constituyen las prendas de una auténtica vocación religiosa.  Más tarde,  cuando el niño fue acompañado al templo por sus padres,  prosternábanse las estatuas de los dioses a su paso.  Al cumplir doce años el joven príncipe, convocó el Rey un consejo de brahmanes,  los cuales revelaron al Monarca que el príncipe se entregaría a una vida de asceta si alguna vez se ofrecía a sus ojos el triste espectáculo de la enfermedad,  la vejez y la muerte,  y también si se tropezaba con un ermitaño. Sin duda,  el Rey prefería ver convertido a su hijo en un emperador universal antes que en un asceta,  por lo que todos los lugares en los que había de transcurrir la existencia del joven -suntuosos palacios,  amplios y hermosos jardines- fueron rodeados por un triple recinto.  Y se prohibió pronunciar dentro del mismo las palabras muerte y pesadumbre.

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Matrimonio de Buda.  Algún tiempo después, el râja creyó que el matrimonio sería el mejor medio para vincular el Príncipe a su reino.  Para dar con la princesa que supiese despertar el amor en su hijo,  el Rey mandó preparar unas joyas espléndidas,  y anunció que Siddhartha las distribuiría,  en un día fijado,  a las princesas de las cercanías.  Pero cuando hubo terminado el reparto,  acudió otra joven,  Yashodhara,  hija del ministro Mahanama,  que solicitó también algo para ella.  Se encontraron sus miradas, y al instante el Príncipe sacó de su dedo un precioso anillo y se lo ofreció.  Este cambio de miradas no pasó inadvertido al Rey,  quien dispuso que la joven fuese pedida en matrimonio.  Sin embargo,  la tradición de los Shakyas obligaba a sus princesas a aceptar por esposo a un verdadero kchatriya,  que había de dar antes pruebas de destreza en todas las artes de su casta, y el padre de Yashodhara tenía sus dudas respecto de Siddhartha,  cuya vida había transcurrido en la molicie de la corte.  Para disipar tales temores,  Mahanama organizó un torneo,  de cuyas varias pruebas -esgrima,  equitación y lucha-  salió victorioso el Príncipe.  Más aún: fue el único que consiguió tensar y disparar el enorme arco sagrado,  legado de sus antepasados.  Obtuvo, pues,  la mano de la princesa Yashodhara, y la vida del Bodhisattva transcurrió desde aquel  momento en las delicias del gineceo.

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La vocación y la gran partida.  Pero no pasó mucho tiempo sin que despertase en él la vocación divina.  La música de los diversos instrumentos que llegaba a sus oídos,  los graciosos pasos de danza con que las bailarinas pretendían distraer sus  miradas no sólo no conmovían sus sentidos,  sino que,  por el contrario,  acababan por demostrarle cuán vanos e inestables eran los objetos del deseo,  y cómo la vida humana pasa y no permanece.  “Pasa la vida de la criatura como el torrente por la montaña y el rayo por el cielo”. Cierto día el Príncipe llamó a su escudero para manifestarle sus deseos de visitar la ciudad.  Dio orden el Rey de que las calles fueran aseadas y embellecidas y se apartase de la vista de su hijo cuanto pudiera constituir para él un espectáculo de fealdad o tristeza.  Sin embargo,  tales precauciones resultaron vanas,  puesto que mientras el Príncipe recorría las calles se encontró con un tembloroso anciano,  casi sin aliento por los achaques de la edad y doblándose sobre su bastón. Sorprendido por este encuentro, hizo indagaciones y llegó a saber que la decrepitud es la suerte común que espera a quienes viven “toda su vida”.  Ya de regreso en palacio,  empezó a considerar si habría algún medio de sustraerse a la vejez.  Otro día,  en análogas circunstancias,  tuvo encuentros con un enfermo incurable y con una comitiva fúnebre,  con lo que vino a conocer el sufrimiento y la muerte.  Y, por último,  púsole el cielo en su camino un asceta pidiendo limosna,  el cual le declaró que había huído del mundo para trascender de la esfera del sufrimiento y la dicha y para alcanzar la paz del corazón.  A raíz de tales experiencias -que luego fue madurando en prolongada meditación-, Siddhartha concibió la idea de abandonar la existencia que hasta entonces había llevado, para abrazar la vida de asceta;  y así se lo comunicó a su padre:  “Todas las cosas de este mundo,  ¡oh, Rey!,  son cambiantes y transitorias.  ¡Dejadme,  pues, partir solo,  como el religioso mendicante!”.  Abrumado por la idea de perder a su hijo en quien tenía puesta las esperanzas de perpetuar su estirpe,  el Rey ordenó redoblar la vigilancia en torno al palacio y multiplicar diversiones y placeres  en el interior del mismo y en los jardines,  con objeto de disuadir al Príncipe de su proyecto de partido.  En aquel momento Yashodhara dio a luz al pequeño Rehula.  Pero ni aquel nuevo vínculo,  con toda su ternura,  fue capaz de apartar de su misión al Bodhisattva.  Su decisión hízose irrevocable y definitiva al ofrecérsele en una noche de insomnio el espectáculo del harén adormecido: rostros sin viveza, cuerpos abatidos en el involuntario vasallaje del sueño y la inconsciencia,  abandono sin arte en medio del desorden:  “Mientras unas babean,  sucias de saliva,  en otras todo es rechinar de dientes,  emitir ronquidos y hablar en el sueño.  Otras aún tienen la boca entreabierta…”.  Era como un anticipo de los horrores del cementerio.  Su resolución estaba, pues, tomada.  Sin embargo,  antes de partir,  Siddhartha quiso contemplar una vez más a su bella esposa.  Estaba Yashodara durmiendo con el niño reciennacido entre sus brazos.  Ardía el Príncipe en deseos de abrazar a su hijo,  pero temiendo despertar a la madre, abandonó la estancia.  Apartó la pesada cortina de piedras preciosas,  y,  respirando la noche fresca,  bajo las estrellas,  montó en su hermoso caballo,  seguido de Chandaka su escudero. Tomando partido por el Príncipe, los dioses infundieron en sus guardianes un profundo sueño mientras levantaban su cabalgadura para que el ruido de sus cascos no despertase a nadie. Ya en las puertas de la ciudad,  Siddhartha entregó el caballo a Chandaka, despidióse de sus amigos y les rogó consolasen a su padre.  Mientras tanto,  el animal le lamía los pies en mudo adiós.  De un tajo cortóse el Príncipe su cabellera y la arrojó a los aires,  de donde fue recogida por los dioses.  Poco después encontró a un cazador,  por cuyos harapos cambió su lujoso vestido,  y con este atavío,  que lo transformaba por completo,  presentóse en un monasterio,  donde los brahamanes lo recibieron como discípulo.  En lo sucesivo no se hablará más de Siddhartha, que ha desaparecido para convertirse en el monje Gautama,  o Shakyamuni -el asceta de los Shakyas- denominación con la cual se le sigue designando todavía…

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by Princess, una disoluta y hereje que ¡ná' que ver!

     by Princess!!, una disoluta y hereje que ¡ná’ que ver!

Wodan-Odín: “…quien también es el dios de la sabiduría y de la poesía”

24 Jul

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

Traducción y prefacio de Pedro Pericay

Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

 

 

 Wotan-Odin en la visión de Carl Emil Doepler, el Viejo. Diseño de vestuario para el estreno de "El anillo de los Nibelungos" en 1876

     

 

Mitología Germánica

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Frecuentemente se ve a Odín mezclado en los asuntos de los humanos.  Sin embargo,  raras veces se muestra a los mortales con todo el esplendor de su divinidad;  por el contrario,  prefiere adoptar la figura de un simple viandante.  Tiene sus favoritos entre los hombres,  a los que suele agraciar con la victoria;  pero su favor es versátil,  y no es extraño que ocasione la muerte de un héroe que ha contado durante mucho tiempo entre sus protegidos.  También este caso es susceptible de ser interpretado como una muestra de la benevolencia del dios,  pues el difunto corre al momento a gustar de las mieles del Valhall.  Entre los que recibieron particulares pruebas del favor de Odín se halla la familia de los Volsung,  cuyo fundador,  Sigi,  era considerado como uno de sus hijos.  Gracias a la protección de tal padre,  Sigi pudo sortear graves peligros y conquistar un reino.  Tuvo un hijo, llamado Rerir, que, al no dejar descendencia,  resolvió dirigir apremiantes súplicas a Odín,  quien lo escuchó y envió a su esposa una manzana.  Cuando la esposa de Rerir hubo ingerido el fruto dio a luz a Volsung,  que, con el tiempo, llegó a ser un guerrero temible.  Pues bien:  hijo de este Volsung fue Sigmundo, de quien se cuenta el siguiente episodio:  Estando un día, junto con otros guerreros, sentado junto al fuego en una gran sala sostenida por un grueso tronco central, entró un corpulento y maduro desconocido.  Le faltaba un ojo,  y cubría su cabeza con un sombrero de anchas alas,  mientras su cuerpo desparecía casi por completo bajo los pliegues de su manto.  Tan pronto como hubo penetrado en la estancia,  sacó su espada y,  hundiéndola hasta la empuñadura en el tronco de árbol que había en el centro,  dijo que sería de aquel que,  entre los presentes,  consiguiera arrancarla con la fuerza de su brazo.  Dicho esto, desapareció.  Cuantos allí había esforzáronse por hacerse con el arma.  Uno tras otro lo intentaron todos,  y sólo el último lo consiguió.  Éste era Sigmundo, quien desde entonces,  teniendo en sus manos la espada divina,  alcanzó en las batallas incontables victorias. Pero un día,  ya en su senectud,  mientras medía sus fuerzas con el adversario de turno,  Sigmundo vio surgir súbitamente ante él a un hombre tuerto, tocado con un ancho sombrero y cubierto con holgada capa,  que,  sin abrir la boca,  tendió su lanza en dirección a Sigmundo.  La espada de éste quedó partida en dos al chocar con el asta de la lanza que le presentaba el misterioso personaje,  y entonces éste de dio a conocer como el propio Odín, quien, por haber decretado que su favorito tenía que morir, lo desarmaba de aquel modo después de haberle procurado en otro tiempo la espada de sus triunfos.  Cayó, pues, Sigmundo, sin lucha posible,  bajo los golpes de su adversario,  pese a que su esposa Hjordis acudió al instante para tratar de curarlo y salvar su vida.  Pero Odín había decretado su muerte,  y había que acatar la voluntad del dios,  por lo cual Sigmundo se negó a que su esposa e prestase auxilio.  Solo le encargó que conservase los dos trozos de su espada,  para soldarlos algún día.  La espada,  reconstruída,  daría a su hijo nuevas y gloriosas victorias. El hijo de Sigmundo se llamó Sigurdo,  quien no es otro sino el “Sigfrido” de la tradición alemana,  héroe de la leyenda que se ha hecho célebre gracias a la Tretalogía de Richard Wagner.

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También se atribuyen a Odín  muchas aventuras amorosas.  Pese a estar casado y tener por esposa a Frigg -en alemán, Frija-,  la diosa más venerada y más cumplidora de sus deberes,  vemos cómo se une a menudo a simples mujeres mortales,  a hembras de la raza de los gigantes e incluso a monstruos.  Además de ser una divinidad guerrera y entregada a los placeres del amor,  Odín es conocido como el dios de la sabiduría y de la poesía.  Muchos poemas nos hablan de los prudentes consejos y reglas de conducta que da a los humanos.  Extrema para con ellos su caridad y su bondad; conoce fórmulas mágicas que curan los males,  otras que reducen a la impotencia las armas del enemigo y rompen las cadenas de los cautivos;  otras que retornan la palabra a los muertos y conquistan el amor de las mujeres.  Es lógico,  pues,  que sea el señor de los signos rúnicos,  puesto que estos caracteres de que se sirvieron los antepasados de los escandinavos,  grabándolos en madera o en piedra,  tienen una fuerza y una significación mágica.  Sin embargo, Odín no poseyó estos conocimientos como una ciencia infusa,  sino que los adquirió poco a poco interrogando a cuantos se tropezó por el mundo: gigantes, elfos,  o espíritus de las aguas y de los bosques.  El más sabio consejero que tuvo jamás fue Mimir, su tío materno, cuya fuente se halla en las proximidades de una de las raíces del fresno Yggdrasil.  Mimir,  “el que piensa”,  fue un genio de las aguas,  conocido y venerado por todos los germanos;  en la fuente de su nombre se ocultaba la sabiduría y la inteligencia,  por lo que Odín,  ávido de saberlo todo,  quiso también beber en ella;  pero Mimir se lo permitió a condición de que él le cediera su único ojo.  Mimir murió en la guerra desencadenada entre los Vanes y los Ases, y,  más tarde, Odín recogió su cabeza,  que embalsamó y preparó con fórmulas mágicas, hasta el punto de poder servirse de ella para obtener respuestas y conocer lo pasado.

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Odín es considerado como el dios de la Poesía, por haber sido lo bastante diestro y sutil para robar a los gigantes “el hidromiel de los poetas”,  hidromiel que era de origen divino.  Cuando los Ases y los Vanes, después de haber guerreado entre sí durante mucho tiempo,  llegaron a la paz, se reunieron y escupieron uno tras de otro en un mismo vaso,  formando luego,  con la mezcla de sus salivas, un hombre,  al que denominaron Kvasir y que era superior en inteligencia a los demás mortales.  Pero dos enanos mataron secretamente a Kvasir y mezclaron su sangre con miel,  después de lo cual guardaron el líquido en dos jarras y en el caldero Odrerir. De este modo se formó el famoso hidromiel  conocido también con el nombre de Odrerir,  que convertía en poeta y sabio a quien lo probaba. Pero aconteció que en cierta ocasión, habiendo dado muerte los enanos al padre del gigante Suttung, éste se vengó obligándolos a entregarle el precioso líquido. Cuando lo tuvo en su poder,  lo ocultó en un subterráneo, cuya entrada cerraban enormes peñascos,  y confió la guarda de este tesoro a su hija Gunnlod.  Odín resolvió entonces apoderarse del hidromiel Odrerir recurriendo a una treta.  Para ello empezó por ganarse al gigante Baugi, hermano de Suttung,  al que ya conocía por haber servido en otro tiempo de mozo con él,  y consiguió que abriera un orificio a través de las rocas que obturaban la morada subterránea de Suttung. Después, metamorfoseado en serpiente,  deslizóse por el agujero y penetró en la amplia estancia,  donde inmediatamente recobró la forma divina y se presentó con nombre supuesto a Suttung y a Gunnlod,  cambiando con ellos frases tan hábiles y persuasivas que se ganó la confianza del padre y conquistó el amor de la hija. Tres noches pasó el dios con Gunnold, durante las cuales la joven enamorada le dio a beber sendos tragos de hidromiel,  vaciando en tres momentos el líquido contenido en las dos jarras y en el caldero Odrerir;  hecho esto,  metamorfoseóse en águila y salió volando.  Suttung, que también adoptó la forma de este animal,  corrió en su busca pero en la persecución lo sorprendió la muerte.  Tan pronto como llegó Odín a Asgard,  regurgitó en grandes vasijas el hidromiel que había engullido y así se convirtió en dueño de la bebida mágica,  que ofreció después a los poetas que deseaba favorecer. Durante la huída, algunas gotas cayeron al suelo,  y de esta ínfima parte del hidromiel se alimentan los malos poetas… 

 

 

by Princess!!, su valquiria de barrio sureño, en el fin del mundo...

   by Princess!!, su valquiria de barrio sureño, en el fin del  mundo…

Wodan-Odín: “el que reside habitualmente en una enorme sala llamada Valhall…”

2 Jul

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

Traducción y prefacio de Pedro Pericay

Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

 

     

"Valkyrie", diseño de vestuario de Carl Emil Doepler, El Viejo, para el estreno del "Anillo de los Nibelungos" en 1876.

   “Valkyrie”, diseño de vestuario de Carl Emil Doepler, El Viejo, para el estreno del “Anillo de los Nibelungos” en 1876

Mitología Germánica

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Wodan fue considerado durante algunos siglos, sobre todo por los antepasados de los alemanes,  como la divinidad principal de los germanos. Poco a poco reemplazó, en la veneración de los fieles, a Tiuz, dios del cielo, y más tarde, a Donar-Thor, dios de las tempestades.  Por los tiempos en que Tácito escribía su “Germania” -a principios del siglo II de nuestra era-,  el culto a Wodan era ya el más importante, y, así,  vemos cómo,  invocando su nombre,  los anglos y los sajones emprendieron en el siglo V la expedición por la que quedaron establecidos en Gran Bretaña, y cómo consideraron al dios -en anglosajón, Woden– cual ascendiente de sus reyes. Todavía hoy,  el “miércoles” inglés contiene el nombre de Wodan,  “Wednesday”, que, por lo demás,  es una transposición directa de la denominación latina Mercurii dies. Antes de convertirse en una divinidad todopoderosa, Wodan fue un dios secundario,  un espíritu de la tempestad. En los países germánicos estaba muy extendida la idea de que en las noches de tormenta retumbaba en los aires el galope tumultuoso de un misterioso ejército, formado, según se creía,  por las almas de los guerreros muertos: era el “ejército enfurecido”, que diversas leyendas conocían también con el apelativo de “cacería salvaje”.  A esta furiosa tropa se le asignó un jefe,  cuyo nombre se entronca,  en todas las lenguas germánicas,  con la palabra que expresa el furor o frenesí -en alemán moderno wütten,  “rabiar”,  “enfurecerse”.  Este nombre, Wode,  a medida que la divinidad adquirió rasgos más precisos en la imaginación de sus creyentes,  fue transformándose también,  hasta convertirse en el Wodan de los antepasados de los alemanes,  y el Odín de los escandinavos. Primero, la veneración de los fieles se representó al dios de las tempestades nocturnas como un caballero que hacía ondear al viento su capa de anchurosos pliegues,  se tocaba con un sombrero de grandes alas y,  cabalgando un corcel, blanco o negro,  según la ocasión,  surcaba raudo los aires en busca de una pieza misteriosa para cazar.  Más tarde,  el personaje fue dignificado,  y dejó de ser una divinidad de la noche para encarar el dios del heroísmo y la victoria,  que resuelve desde las alturas cuanto concierne al destino de los hombres.  Más aún: fue considerado como la divinidad de las cosas del espíritu,  lo cual explica,  sin duda, el que los latinos lo comparasen con Mercurio.

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Los antepasados de los alemanes adornaron con multitud de leyendas la figura de este dios,  que,  a su entender,  predominaba sobre todos los demás. Pero como carecemos de obras literarias en lengua alemana que puedan informarnos al respecto, no conocemos ninguna de estas narraciones legendarias.  Sólo sabemos -gracias a la antigua fórmula mágica llegada hasta nosotros- que se acudía a Wodan para obtener la curación de las luxaciones o torceduras, y que, además, los guerreros lo invocaban en el combate, suplicándole les concediese la victoria.  En cambio,  en tierras escandinavas abundan las leyendas referentes a su personalidad y a sus aventuras.  En el Norte,  Wodan es conocido con el nombre de Odín.  Es el dios de la guerra y de la inteligencia.  De hermosa figura, habla de tal manera que cuanto sale de su elocuente boca es acogido,  por quienes la escuchaban, como la verdad misma.  Gusta de expresarse por medio de versos bien medidos,  según las reglas del arte de los escaldas. Puede adoptar,  a capricho,  cualquier forma, de pez o toro,  de ave,  serpiente o monstruo.  Cuando se dispone a entrar en combate,  su sola presencia inmoviliza a sus enemigos y los deja sordos y ciegos.  A Odín le corresponde establecer las leyes que regulan las sociedades humanas.  Como simple efecto de una orden suya,  existe la costumbre de quemar una pira,  con todos los enseres que les pertenecieron en vida,  los cuerpos de los guerreros muertos,  pues quien logre de este modo llevar consigo todos sus bienes, los tendrá a su lado cuando se encuentre después en Valhall. Va armado con una resplandeciente coraza y un casco de oro;  en su mano brilla la lanza Gungnir,  que forjaron los enanos y que ningún obstáculo desviará de su blanco. Su caballo, Sleipnir,  es el mejor y más ágil garañón,  y sus ocho extremidades no encuentran vallado que no puedan trasponer. Odín, mientras cabalgaba cierto día por el país de los gigantes, tropezó con un morador,  Hrungnir, quien,  lleno de admiración por un jinete que,  como aquél,  atravesaba sin fatiga tierras y mares,  se deshizo al punto en elogios sobre su corcel,  al tiempo que añadía:  “Pero yo tengo un caballo cuyo vigor y rapidez son mayores aún”.  Al oír estas palabras lanzóle a Odín un reto,  y enseguida emprendieron ambos rauda carrera sobre la inmensa planicie. En vano aguijoneaba Hrungnir a su cabalgadura.  Cuantas veces conseguía coronar la cresta de una loma,  veía ante él a Odin,  que,  en alas de Sleipnir.  alcanzaba ya la altura inmediata. En otra ocasión, deseando Odín librar a uno de sus protegidos, llamado Hadding,  de la persecución de que lo hacían objeto sus implacables enemigos, lo tomó en brazos,  lo envolvió en los pliegues de su capa y, sentándolo ante él en su silla de montar,  lo trasladó a su país.  Sobre este episodio se cuenta que,  como el muchacho,  entre atónito y curioso,  lanzase al exterior una furtiva mirada por entre el ropaje que lo envolvía, vio aterrado, que la cabalgadura pisaba las olas del mar con tanta seguridad como si corriese sobre tierra firme.  

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Odín reside habitualmente en una enorme sala, Valhall,  cuyas paredes están  cubiertas de oro deslumbrante.  Aquí reúne a cuantos quiere enaltecer de entre los que cayeron en el campo de batalla.  Las maderas de la amplia estancia son lanzas, y en vez de telas cubren el techo abombados y resplandecientes escudos;  en los bandos descansan las corazas.  Por la noche,  este impresionante buque es iluminado por los relámpagos que despiden las hojas de las espadas cuando se reflejan en ellas las fogatas encendidas en el centro de las mesas.  Cada una de las ciento cuarenta puertas dan paso a ochocientos combatientes. En este palacio, los héroes muertos emplean el tiempo en juegos guerreros y en festines, y Odín preside las libaciones.  En los hombros del dios,  dos cuervos susurran a su oído cuanto oyeron decir o vieron sus ojos.  Se llaman Hugin y Munin -es decir, “el pensamiento” y “la memoria”-. Cada mañana, enviados por Odín,  recorren todos los países habitados,  interrogan a vivos y muertos y regresan antes de la primera comida, trayendo a su dueño las novedades del espacioso universo.  En Valhall viven con Odín unos seres sobrenaturales, las Valquirias, guardianas o servidoras que presentan a los huéspedes de Odín la cerveza o el hidromiel, al propio tiempo que cuidan de conservar los platos y copas necesarias para los banquetes.  Pero las Valquirias no cumplen sólo estas funciones domésticas, sino que tienen también una misión bélica, y, así, cuando en algún lugar de la Tierra se entabla una batalla,  corren ardorosas,  enviadas por Odín,  a mezclarse entre los combatientes. Ellas designan los guerreros que han de sucumbir,  y otorgan la victoria al bando o al jefe que sea de su agrado. Marchan raudas por los espacios cabalgando en briosos caballos,  y su figura es la de un combatiente. Visten coraza y casco, embrazan el escudo y blanden en sus manos lanzas que despiden fuego.  Son invisibles excepto para aquellos cuya muerte han decretado. Se aparecen de pronto a los héroes escogidos por ellas para convertirse en compañeros de Odín,  y les comunican su inminente destino. Después se encaminan de nuevo a Valhall para anunciar a Odín la llegada de nuevos contingentes de guerreros,  que incrementarán su innumerable cohorte…

 

 

by Princess, su modesta pero gauchita Valquiria de barrio...

by Princess!!, su modesta -pero gauchita- Valquiria de barrio…

 

 

Un café porteño, ¡a la antigüita y sin chamuyo!: Ouro Preto

26 Jun

♣HOY♣

Reliquias porteñas

 Ouro Preto o el café…¡como se debe!

 

by Princess, su corresponsal gastronómica en la Atenas del Plata

by Princess, su corresponsal gastronómica; nota ¡exclusiva! para el PETIBONIAN TIMES

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“La ra la la la la la la la lalalala… la ra la la la la la la la lalalalá…“, ay, ¡pardon, Entschuldigung y sorry, queridas amigAs!; me pescaron tarareando (¿o laraleando?) la canción que, supongo, habrán reconocido inmediatamente. ¿Cómo que no?, ¿o no se dieron cuenta que se trata de “Moliendo café”?.  Es que, a propósito de clásicos, hoy tengo el gusto -nunca mejor dicho- de invitarlos a uno de esos “lugares para tomar café” de los que pocos quedan en Bi Ei, capital de nuestra perfumada republiqueta Argent… digo, Petibonia. Ustedes me dirán, bué, “Cafés hay muchos en la Atenas del Plata”; sí, obvio, aunque quizás no me digan nada pero déjenme suponerlo como recurso literario y hasta periodístico.  Así es nomás, cafés hay muchos, pero “lugares en los que tomar un buen café es el leitmotiv”, de esos, ya no hay tantos, que todo se lo ha llevado la moderna vida. OURO PRETO es uno de esos lugares maravillosos, agujeros negros del tiempo y del espacio que todavía sorprenden por su permanencia: y me adelanto, porque el café ¡vale la pena!, es riquísimo y una razón EN SÍ MISMA para sentarse en la vereda de Corrientes casi esquina Talcahuano o para entrar, directamente, a un “establecimiento”, como antes se decía, en el que, el café bien hecho y bien servido es un culto todavía. Da gusto sentarse en OURO PRETO; si bien ha sido modernizado, al menos tal como lo recuerdo desde la bruma de la infancia, cuando mi padre, antes de llevarnos al teatro o al cine, despuntaba el vicio de tomarse un buen café en el mostrador, -¡altísimo, tanto que yo me ponía en puntas de pie para tratar de ver algo de ese mundo ajeno a los niños!-, conserva, decía, un estilo muy clásico, muy madera, muy elegancia porteña a la antigüita: el olor ya es magnífico y, apenas entrar, podemos encargar un cuartito de buen café que nos muelen al instante… bué, eso si tienen los morlaco$, che, que el café es un lujo casi casi asiático hoy en día. Pero Princesa no desespera, y si hay mishiadura, ¡que no se note!: nos queda el recurso muy accesible de tomarnos un CAFECITO DE FILTRO, ¡exquisito!, de paraditos nomás, en el mostrador, por apenas poco más de U$S 1.-; incluso, si cobraron el aguinaldo, -chikas, estoy tremenda con la crítica social-, pueden acompañarlo con una medialunita de elaboración propia, que la pastelería también es muy buena y eso… ´por unas moneditas más. ¡Princesa no se achica ni aún achicándo$e!: por eso, me dije, vamos a darnos un gustito, un poquito caro aunque no tanto para los parámetros de la Avda. Corrientes, que, si bien nunca duerme o quizás por eso mismo, ¡suele ser cara, muy cara! y no siempre vale lo que cuesta. Es que, después de todo, un MAL CAFÉ cuesta casi lo mismo que UNO BUENO.  Me pedí un cortado en tacita larga que vino acompañado de un buen vaso de soda y una rica cosita dulce; pero, lo más genial, vino servido por mozos amables y PRO FE SIO NA LES, o sea, ¡una especie en extinción!, esos mozos a los que da gusto dejarles una propinita, por modesta que fuere: vestidos con camisas blancas, ¡impecables!, bien peinados, con corbata, zapatos y delantal al tono, lo mismo que la madura señora encargada, ¡preciosa, diligente y atenta a cada detalle!.  ¡Pucha!, si hasta la taza y el platito con virola dorada son un placer en sí mismos.  Eso sí, caso de disponer de unos mango$, pueden desayunar -un excelente desayuno muy completito sale por unos U$S 7.-; ¡vamos!, no sean amarretas e inviten un día a una amiga, un amigo y hasta un amor-, fuera de que hay una linda oferta de sandwiches, ensaladas y propuestas muy porteñas, muy clásicas, muy honestas y ¡nada tilingas!.  ¿Prefieren un chopp bien servido?: pues cuesta lo mismo que en un pinche bar pistola, o sea, unos U$S 2.60; si hace calor se sentirán muy cómodos con el estupendo aire acondicionado mientras degustan un clásico Mazagrán o un Ice Cream con toques de café, helado de vainilla, crema batida y granadina. Ni qué hablar de que, con la llegada del invierno y como punto de encuentro, OURO PRETO es ¡perfekto!. Disfruten de estos lugares que ojalá nunca desaparezcan, que los gustos hay que dárselos en vida (obbvvio, miren si nos vamos a dar gustos cuando ya estemos mirando los rabanitos…¡desde abajo!) y ¿quién puede negarse, por más ahorrativas crisis style que estén/emos, a tomarse uno de LOS MEJORES CAFECITOS DE LA CIUDAD, -en la mesa y expreso, por unos U$S 2.- a U$S 2.50.- en el ¡divino! Ouro Preto?.  Nadie, por supuesto…

 

¡Glup! o el disfrute infantil en Avenida Corrientes al 1300

¡Glup! o el disfrute infantil en Corrientes y           Talcahuano

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Nacimiento del mundo, de los dioses y de los hombres: el fresno Yggdrasil

25 Jun

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

Traducción y prefacio de Pedro Pericay

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

     

Yggdrasil, el árbol del mundo...

             Yggdrasil, el árbol del mundo, eternamente verde…

Mitología Germánica

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Existe, pues, incertidumbre, e incluso contradicción, en los relatos que han llegado hasta nosotros.  Aún hay otra tradición sobre el origen del mundo, difícilmente relacionable con otras, y que, no obstante,  es la preferida por los poetas normánicos.  Esta tradición presenta el Universo como un árbol  de dimensiones prodigiosas.  Este árbol, de follaje eternamente verde, el fresno Yggdrasil, hunde una de sus raíces en las profundidades del reino subterráneo,  mientras levanta sus poderosas ramas a los más alto del cielo. “Yggdrasil” significa,  en la lengua poética de los escaldas,  “el corcel del Temible (Odín)”,  y el gigantesco árbol recibió su nombre porque, según la tradición,  el caballo de Odín tenía la costumbre de apacentar en él.  En las proximidades del lugar en que la raíz del fresno se hunde en la tierra hasta tocar Niflhel, el mundo de los muertos,  brota el manantial Hvergelmir,  de cuyas aguas se forman los ríos primitivos.  Junto a la segunda raíz,  que se encuentra en el país de los gigantes,  cubiertos de hielo y escarcha,  mana la  fuente Mimir,  en la que reside toda sabiduría y de cuyas aguas anheló beber el propio Odín,  si bien se le exigió,  como pago por unos cortos tragos,  que cediera su único ojo.  Por último,  debajo de la tercera raíz,  que,  según determinada tradición,  se encontraba en el propio cielo, se halla la fuente de Urd,  la más sabia de las Nornas.  Cada dia,  las Nornas extraen agua de este manantial y riegan con ella el fresno Yggdrasil,  para evitar que se seque y llegue a pudrirse.  En las ramas más altas del árbol está posado un gallo de oro.  Desde allí otea el horizonte y previene a los dioses cuando sus antiguos enemigos,  los gigantes,  se presentan en son de guerra.  Debajo del fresno se encuentra oculto el cuerno de caza del dios Heimdall que un día habrá de resonar para anunciar el combate supremo de los Ases contra quien se atreva a aniquilar su poderío.  En las cercanías del lugar donde está el vigoroso tronco hay una extensión sagrada,  un lugar de paz, donde cada día se reúnen los dioses para administrar justicia.  Muerde las ramas del árbol la cabra Heidrun,  que prodiga su leche,  como alimento,  a los guerreros de Odín.

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Sin embargo, existen unos demonios malévolos que imaginan constantemente tretas para destruir el fresno Yggdrasil.  Un monstruo caracterizado por su astucia,  la serpiente Nidhogg,  está agazapado bajo la tercera raíz y la roe sin parar.  En el ramaje hay cuatro ciervos que se comen los brotes tiernos.  Pero gracias a los cuidados de las Nornas,  el árbol continúa verde y sigue levantando en el centro de la Tierra su indestructible tronco. Parece ser que los germanos occidentales, antepasados de los alemanes y los anglosajones, creyeron también que el Universo estaba sostenido por un gigantesco árbol, idea que probablemente les fue sugerida por la arquitectura de sus propias habitaciones.  En efecto,  los germanos acostumbraban a hacer descansar sus construcciones sobre un robusto tronco de árbol.  Algunas tribus alemanas clavaban en ciertas cumbres una columnas formadas por un solo tronco, con las que pretendían simbolizar el árbol del Universo.  Estos monumentos recibieron el nombre de Irmensul, que significa “columna gigante”. Durante la expedición que, en el año 772, realizó Carlomagno contra los sajones,  el Emperador ordenó destruir,  en lo que hoy es Westfalia, una de esas columnas,  que era objeto de gran veneración.  Pero este mundo no es eterno,  y llegará el día en que habrá de perecer, arrastrando,  en su derrumbamiento a los propios dioses.  Ese día, los gigantes y demonios maléficos que viven en las regiones escondidas o subterráneas del Universo tratarán de derribar el orden que las divinidades establecieron y mantuvieron.  Y sus esfuerzos no serán baldíos,  puesto que,  como resultado,  vendrá “el crepúsculo de los dioses” y el fin del Universo.  Pero antes de que nos refiramos a la muerte de estas divinidades,  hemos de decir quiénes fueron en vida, qué atribuciones se les reconocieron y cuál fue, por fin, su poder y su personalidad, esto es, los grandes dioses del panteón germánico

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El panteón germánico no tuvo jamás un número de divinidades rigurosamente preciso, sino que creció o disminuyó según las épocas y las tribus.  Determinados dioses que en un  momento dado fueron poderosos, perdieron luego poco a poco, al correr de los siglos, el prestigio del que gozaron otrora.  Por otra parte, los dioses germánicos fueron concebidos como hombres de una naturaleza superior. Al igual que ellos,  eran mortales y estaban sometidos a las contingencias del destino.  Según parece,  tres de ellos fueron objeto de culto en los países habitados por los germanos: Wodan,  a quien los germanos septentrionales conocen como Odín; Donar, que corresponde al Thor de los escandinavos, y Tiuz – o Ziu,  según el nombre que le dan los alemanes del sur-, denominado Tyr en Escandinavia.  Estos tres dioses,  junto con otros de los que más adelante se tratará,  pertenecen a la estirpe de los Ases.  Al lado de los Ases consideraron los germanos -o, por lo menos los escandinavos- que existía una segunda raza divina,  los Vanes, el más conocido de los cuales fue Freyr.  En tiempos remotísimos se entabló una lucha territorial entre los Ases y los Vanes -lucha que será convenientemente relatada en su lugar-, que terminó con un compromiso,  en virtud del cual Freyr se convirtió,  como Odín o Thor,  en un habitante de Asgard.  (Más adelante,  cuando estalle la rebelión de los gigantes,  los Ases y los Vanes irán unidos al combate,  y sucumbirán juntos).  Concebidos por un pueblo de guerreros, casi todos los dioses germánicos se distinguen por sus virtudes bélicas;  incluso las diosas,  cuyo número es más bien reducido,  se muestran,  llegado el caso,  como temibles combatientes…  

 

 

by Princess!!, su Walkiria de confianza pero muy porteña

   by Princess!!, su Walkiria de        confianza pero muy porteña

“En la aurora de los tiempos no había arenas ni olas glaciales…”

21 Jun

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

Traducción y prefacio de Pedro Pericay

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

 

 

Odin dirige sus últimas palabras a Balder; Ilustración de 1908

     Odin dirige sus últimas palabras a Balder; Ilustración de 1908

 

 

Mitología Germánica

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Los germanos se establecieron al sur de la Península Escandinava, en las islas del Mar Báltico y en las tierras bajas de la Alemania Septentrional,  entre el Rin y el Vístula, formaban, a mediados del primer milenio antes de Jesucristo,  una estrecha agrupación de tribus.  Ningún vínculo de orden político las unía, e incluso se enfrentaban en luchas frecuentes.  Sin embargo,  hablaban una misma lengua,  tenían cierta comunidad cultural y compartían, verosímilmente unas mismas creencias religiosas.  Tal vez haya que remontar algunas de estas creencias a sus antepasados indoeuropeos.  En efecto,  los germanos,  en los milenios precedentes, habían pertenecido al gran pueblo indoeuropeo,  y su lejano parentesco con los itálicos, celtas, griegos, baltoeslavos y otras ramas puede explicar la analogía que presentan sus concepciones generales e incluso alguna de sus leyendas,  con las de Grecia, Roma y Oriente.  No obstante, por haber vivido mucho tiempo separados de las demás poblaciones indoeuropeas,  los germanos acabaron por elaborarse una religión original.  

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Como carecemos de monumentos figurados y documentos escritos,  es probable que  no sepamos jamás exactamente en qué consistía esta religión cuando aún presentaba una unidad relativa.  Sólo tenemos conocimiento de unas formas bastante evolucionadas,  formas a las que llegó a comienzos de la era cristiana y en los siglos siguientes la antigua nación germana en sus distintas ramas.  En época histórica, los germanos se dividieron en tres grupos: los orientales o godos, que, establecidos primero entre el Oder y el Vístula, abandonaron este territorio a fines del siglo II de nuestra era y emigraron,  en gran número, al Mar Negro.  Los septentrionales, que ocuparon los países escandinavos. Y, por último, los occidentales, antepasados de los alemanes y los anglosajones, que, confinados inicialmente al norte de Alemania, ensancharon poco a poco sus dominios en dirección al Rin y al Danubio, donde chocaron con el pueblo romano,  en tanto que algunas de sus tribus se disponían a pasar el mar y establecerse en Gran Bretaña.  Esta dispersión de las gentes germánicas influyó en su cultura y, por consiguiente,  en sus concepciones religiosas. Los godos, por su contacto con la civilización bizantina,  se convirtieron en gran número al cristianismo desde el siglo IV. Los únicos testimonios documentales de su lengua llegados hasta nosotros son traducciones de la Biblia o comentarios de textos sagrados. Pero los pocos historiadores antiguos que nos hablan de los godos,  apenas nos dicen nada sobre sus tradiciones paganas. Hemos de renunciar, pues, a tratar de la religión de los germanos orientales.  La mitología germánica sólo la conocemos a través de las creaciones literarias de los germanos occidentales o de las de los septentrionales,  así como por algunas obras latinas o griegas.  Pero cuando los historiadores de la antigüedad clásica y los escritores de lengua alemana,  anglosajona y normánica empiezan a compilar las tradiciones religiosas de las diversas poblaciones germánicas,  la mitología dista mucho de presentar el mismo aspecto en todas partes.  Mientras determinadas divinidades presentan un culto desarrollado en una de las orillas del Mar Báltico,  en las costas de enfrente es casi ignorado este culto. Entre  pueblos vecinos, los mismos dioses no tienen siempre la misma categoría. Además, se notan ya las influencias cristianas. Los anglosajones de Gran Bretaña se convirtieron al cristianismo a principios del siglo VII, y sus misioneros inician inmediatamente la evangelización de la Alemania actual,  y  Carlomagno acabó por la fuerza la empresa que aquéllos emprendieron de modo pacífico. A su vez, las poblaciones escandinavas adoptaron la nueva fe entre los siglos IX y XI.  Ahora bien: si exceptuamos algunos historiadores latinos y griegos y algunos poetas escandinavos, los escritores que podemos considerar como fuentes para la mitología de los germanos,  son cristianos,  que revisten con su fe los viejos mitos paganos.  Además, viven en épocas muy distintas, y las tradiciones que recogen, a varios siglos de distancia,  sólo concuerdan en contados casos y de manera muy imperfecta.  

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Para los germanos occidentales,  antepasados de los alemanes y los anglosajones,  las fuentes documentales son poco abundantes.  Los historiadores latinos,  como César y Tácito,  dispusieron sólo de informes de segunda mano, y se esforzaron  en explicar la religión germánica a través de la romana.  Así, Donar, el dios del trueno,  se convirtió para ellos en Juppiter tonans;  Wodan -Odín- fue asimilado a Mercurio,  y Tiuz, a Marte. Los misioneros, monjes y clérigos que,  desde el siglo VIII,  prosiguieron la obra de conversión y fueron, a la vez, los primeros escritores en lengua alemana, habrían podido darnos, si ello hubiese entrado en sus propósitos,  un cuadro completo de la mitología alemana de los primeros siglos;  pero su preocupación principal fue extirparla de las almas,  y casi únicamente aludieron a los mitos paganos para condenarlos.  Hoy nada sabríamos de las viejas creencias alemanas si los cuentos y epopeyas llamados “populares” no nos hubiesen dejado un buen números de datos relativos a las divinidades secundarias, demonios,  gigantes, enanos y espíritus de toda especie.  Puede decirse que sólo los escandinavos se preocupaban de salvar y perpetuar el recuerdo de las antiguas creencias.  Sus poetas y eruditos,  incluso cristianos,  anotaron fielmente las leyendas relativas a los dioses del paganismo.  La vieja selección de poemas anónimos conocida con el nombre de Edda -que es anterior,  en parte,  a la introducción del cristianismo en Escandinavia-,  los cánticos de los escaldas,  las sagas, los manuales poéticos y las obras históricas y eruditas que los países de Islandia,  Noruega,  Dinamarca y Suecia nos legaron en la Edad Media,  nos permiten hacer revivir con bastante fuerza y colorido los antiguos dioses del panteón germánico y la innúmera cohorte de divinidades secundarias que giran en torno a ellos.  Las leyendas relativas a los grandes dioses,  tales como Wodan-Odín y Donar-Thor, las conocemos sólo por la literatura escandinava,  y son las que citaremos aquí con mayor frecuencia. Pero de esta afirmación no hemos de concluir que estas divinidades hayan sido propia y exclusivamente escandinavas, sino que, con distintos nombres fueron adoradas por la mayoría del pueblo germano.  Lo que ocurre es que las leyendas que corrían de boca en boca entre los antepasados de los alemanes y los anglosajones,  casi nunca llegaron hasta nosotros.  Por eso, toda exposición de mitología germánica tiene que basarse preponderantemente en la tradición escandinava…

 

 

 

 

by Princess!!, su Walkiria de confianza en temas mitológicos

by Princess!!, su Walkiria de confianza en temas mitológicos

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